Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Veinticinco
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Capítulo Veinticinco

E l lunes empezó en el hospital.

La segunda tanda del tratamiento era más agresiva que la primera, y a Nilda le tocó pasar la mañana entera conectada a la vía, en uno de aquellos sillones reclinables, con la manta sobre las piernas y la cara cada vez más pálida a medida que el gotero hacía su trabajo.

Alfonsina se sentó a su lado, le sujetó la mano, le leyó revistas, le humedeció los labios cuando empezaron las náuseas, y fingió una entereza que estaba muy lejos de sentir.

—Estoy bien, hija —mentía Nilda cada media hora—. Que no es para tanto. Vete tranquila luego al trabajo.

—Ya, mamá. Ya.

Fue a media mañana, cuando bajó a administración a preguntar por unos papeles del seguro, cuando Alfonsina lo vio.

La factura.

O más bien el desglose de lo que iban costando las cosas: los tres tratamientos que Federico había contratado “sin reparar en gastos”, la terapia dirigida, la inmunoterapia, el protocolo de importación. Todo detallado, en una hoja, con sus cifras al lado.

Y las cifras eran de vértigo.

Alfonsina se quedó mirando aquel papel en la ventanilla de administración, y el suelo se le movió un poco.

No eran cientos de euros. Eran decenas de miles.

Una cantidad que ella, con su sueldo de asistente —bueno, generoso incluso, pero un sueldo de asistente, al fin y al cabo—, no podría reunir ni en años.

Ni en muchos años. Una cantidad que ya estaba gastada, comprometida, en marcha, imposible de devolver.

—¿Desea algo, señorita? —le preguntó la administrativa.

—No. Nada. —Alfonsina dobló el papel con dedos que le temblaban—. Gracias.

Y subió otra vez a la planta, a sentarse al lado de su madre, con una losa nueva instalándosele en el pecho.

Porque quería dejar a Federico. Quería hacerlo desde la noche anterior, quizá desde mucho antes.

Pero aquellas cifras cambiaban las cosas.

Ya no bastaba con quitarse un anillo y devolvérselo.

Había tratamientos contratados, dinero comprometido, medicamentos que su madre necesitaba y que ella no podía pagar.

Y Federico estaba pagando.

¿Seguiría haciéndolo si ella lo dejaba?

La pregunta le dio tanto miedo que no quiso contestársela.

Porque quizá sí. Quizá Federico sería capaz de separar una cosa de la otra y cumpliría lo prometido, aunque ella rompiera el compromiso. Quizá no.

Y Alfonsina no podía jugarse la vida de su madre a un quizá.

Miró a Nilda, dormida en el sillón, pálida bajo la manta, con la vía entrando en el brazo.

Qué listo eres, Federico , pensó, con un escalofrío. Qué bien lo has hecho.

A mediodía llegó su padre a relevarla.

—Vete al trabajo, hija. —Le dio un beso, se quitó la chaqueta, se sentó en la silla que ella dejaba, junto a su mujer—. Yo me quedo con mamá el resto de la sesión. Que para algo estoy aquí. Ve, que sé que tienes lío con lo de Mateo recién llegado.

—¿Seguro, papá?

—Seguro. Anda. —Le apretó la mano—. Y cómete algo por el camino, que estás en los huesos.

Alfonsina besó a su madre, que dormitaba ya, agotada, le acarició el pelo un momento, y salió del hospital hacia Ática con el alma pesada y la cabeza hecha un lío.

No imaginaba que Ática le tenía preparado, esa tarde, el antídoto perfecto.

P orque cuando entró en el restaurante, se encontró con una estampa que le borró de golpe todas las penas de la cabeza.

Había un problema eléctrico. Uno de los circuitos del salón había petado, y como Pablo, el de mantenimiento, ya no volvía —se había ido definitivamente, y todavía no habían contratado a nadie—, el que estaba arreglándolo, subido a una escalera, con el cuadro eléctrico abierto y un destornillador entre los dientes, era Nico.

Y Nico, para arreglar la electricidad, se había puesto en modo obrero.

Llevaba uno de esos mandiles de faena con mil bolsillos, de los que usan los carpinteros, cargado de herramientas.

Una gorra de béisbol puesta del revés. Una camiseta gris ajustada que se le pegaba a la espalda y a los brazos cada vez que estiraba para llegar a un cable.

Unos vaqueros gastados. Unas zapatillas deportivas.

Y, coronándolo todo, la barba de tres días que a Alfonsina le quitaba el sentido.

Alfonsina se paró en seco en mitad del salón.

Y se lo comió con los ojos.

No pudo evitarlo. Después de la mañana horrible que llevaba, después de la factura y el hospital y la losa en el pecho, encontrarse a aquel hombre subido a una escalera, con los brazos en tensión y la camiseta marcándole todo y la gorra del revés, fue como un vaso de agua fría en pleno desierto.

Se le secó la boca. Se le olvidó, por un segundo entero, que su madre estaba enferma y que ella estaba atrapada y que el mundo era un desastre.

Solo existía Nico, arriba en la escalera, ajeno, guapísimo, arreglándole la luz al mundo.

—Hija. —La voz de Guillermo, a su lado, la sacó del trance. El lavaplatos la miraba con una sonrisa socarrona, fingiendo estar muy ocupado con una bandeja—. Que levantes la barbilla, anda. Que se te ha caído al suelo y la vas a pisar.

—No sé de qué me hablas, Guillermo —dijo Alfonsina, recuperando la compostura a duras penas, colorada hasta las orejas.

—De nada, de nada. —Guillermo se alejó, y empezó a canturrear por lo bajo, con muchísima intención, aquello de “y si te quiero es porque eres mi sol, mi luna y mi estrella...”—. Yo no he dicho nada. Yo solo friego.

Y desde la puerta de la cocina, Susana, la sous-chef , que también lo había visto todo, se tapaba la boca con la mano para que no se le escapara la risa.

—Muy graciosos todos —masculló Alfonsina, y subió las escaleras hacia su despacho con toda la dignidad que pudo reunir, que no fue mucha, notando en la nuca las miradas divertidas de media plantilla.

Nico, arriba en la escalera, ni se enteró. Estaba peleándose con un cable que no daba su brazo a torcer.

—¡Alfonsina! —gritó, sin girarse, al oírla pasar—. ¡Cuando puedas, ven que te tengo que comentar una cosa de Vicky!

—¡Ahora bajo... digo, ahora subo... ahora hablamos! —Y Alfonsina se metió en su oficina y cerró la puerta y se abanicó con una carpeta, resoplando—. Madre mía. Madre mía con el hombre este.

C uando por fin se le pasó el sofoco y Nico terminó con la electricidad, subió a verla —ya sin la gorra, pero con el mandil de herramientas todavía puesto y una mancha de grasa en el antebrazo que Alfonsina se esforzó mucho en no mirar—.

—Ya está la luz. —Se dejó caer en la silla de enfrente—. Menos mal, porque llamar a un electricista un lunes es misión imposible. Oye, tengo que contarte lo de Vicky, que me ha dejado Mateo un marrón.

—¿Qué pasa con Vicky?

—Que se apunta a la escuela de cocina. —Nico sonrió—.

Ya sabes, se lo tomó en serio, quiere formarse de verdad.

Y Mateo, que está baboso perdido con ella, quiere que le bajemos las horas en Verso para que pueda ir a clase.

Me ha dicho que hable contigo para cuadrar el horario. Ah, y que le subas el sueldo.

—¿Que le baje las horas y le suba el sueldo?

—Cosas del amor, jefa. El hombre está enamorado, no razona. —Nico se encogió de hombros—. A mí me parece bien lo de las horas, lo del sueldo ya lo ven ustedes, que yo de nóminas no entiendo. Habla con ella y lo cuadran.

Alfonsina cogió el teléfono y llamó a Vicky.

Y Vicky, al otro lado, se río.

—Ay, Alfonsina, claro no, chica. Ese marido mío no entiende nada.

—Se la oía divertida, cariñosa, con ese acento boricua que Madrid en casi cuatro años no le había podido borrar—.

Yo no quiero que me suban el sueldo. Mateo brega con todo y no es justo.

Yo lo único que necesito es bajar a cuatro horas los cinco días, de lunes a viernes, para poder llegar a tiempo a las clases de la tarde.

Nada más. El sueldo me lo ajustan a las horas, como debe ser, que yo no quiero regalos ni privilegios por ser la esposa del jefe.

—Vicky, que Mateo ha insistido mucho en lo del sueldo...

—Que no, mujer. Mi marido es un exagerado. Mira, yo hablo con él esta noche y lo pongo en su sitio, que a mí sí me hace caso. Tú déjame las cuatro horas cuadradas y estamos en paz. Y gracias, Alfonsina, de verdad.

Y Alfonsina colgó, sonriendo por primera vez en todo el día, pensando en la suerte que había tenido Mateo de encontrar a una mujer como Vicky —una que no quería regalos, ni privilegios, ni jaulas de oro; una que solo quería cuatro horas para perseguir lo suyo—.

Y pensó, sin poder evitarlo, en la diferencia con la vida que a ella le estaban montando: una de anillos caros y tratamientos impagables y favores que ataban.

Vicky quería menos para ser más libre.

Y a Alfonsina la estaban comprando con más para tenerla más atada.

Y esa tarde, quizá por eso, quizá porque la factura del hospital le seguía quemando en el bolso, quizá porque la estampa de Vicky libre le había dado una punzada de envidia y de arrojo, Alfonsina tomó una decisión.

Iba a hablar con Federico. Iba a intentar, al menos, empezar a deshacer el nudo. A hablar claro. A ver si había una manera de salir de aquello sin condenar a su madre. Le escribió un mensaje:

“Federico, necesito que hablemos. En persona. ¿Puedes esta tarde?”

La respuesta llegó enseguida:

“Claro, cariño. Precisamente esta noche tengo mesa en el Casino, me viene de perlas. Cenamos y hablamos con calma. Te recojo a las ocho. Un beso”.

Alfonsina miró el mensaje con una vaga incomodidad.

Habría preferido un sitio más suyo, más neutro, una cafetería cualquiera donde ninguno de los dos jugara en casa.

El Casino era el templo de Federico, su terreno, el sitio donde lo trataban como a un rey.

Pero, se dijo, al menos era un lugar público.

Con gente alrededor. Que rodeada de camareros y de otras mesas, él no tendría más remedio que escucharla y aceptar.

No tenía una excusa razonable para negarse sin parecer paranoica. Así que contestó que, de acuerdo, que a las ocho.