Capítulo Veinticuatro
E l sábado por la tarde, Nico le mandó un mensaje a Alfonsina fingiendo que no le temblaba el pulso al escribirlo.
“Oye, jefa. Mañana Mateo nos invita a todos a ver el partido del Atleti en el bar de un colega suyo, que nos ha separado el reservado. Domingo, seis de la tarde. Va la gente cercana: Mateo y Vicky, Luis con su mujer, Ernesto y la suya, Guillermo con su santa... Sandra. Todos en pareja, vamos. Y yo, como siempre, de sujetavelas. ¿Te vienes y me salvas de ser el único pringado sin acompañante? En plan amigos, ¿eh? Sin líos. Solo para no estar solo como un perro”.
Lo del “en plan amigos, sin líos” lo añadió por prudencia, y por cobardía, y porque después de lo del rellano —después del “te quiero” que había soltado delante de Federico y de que ella no le contestara— no sabía muy bien en qué punto estaban.
Así que se escudó en la amistad, como quien pide una cosa enorme haciéndola pequeña.
Alfonsina leyó el mensaje tres veces.
Y se dio cuenta, con un vuelco, de que quería ir. Que quería ir muchísimo. Que la sola idea de pasar una tarde de domingo con Nico, aunque fuera rodeados de gente, aunque fuera “en plan amigos”, le iluminaba el fin de semana entero como no se lo iluminaba nada desde hacía días.
Pero había un problema. Y el problema se llamaba Federico.
Porque Federico también le había pedido el domingo.
Comida en casa de sus padres —los suegros, o los casi suegros, o lo que fueran ya—, en su chalé de las afueras, con el mantel bueno y la conversación tiesa y la madre de Federico mirándola de arriba abajo como quien inspecciona una adquisición.
Una tarde entera de tortura educada. Y Alfonsina había dicho que sí, porque no había tenido fuerzas para decir que no, porque con lo de su madre no le quedaban energías para pelear también esa batalla.
Miró la hora del partido. Las seis.
Miró la hora de la comida. La una.
Y empezó a hacer cálculos.
—Le he dicho a Nico que no puedo —le contó a Edith por teléfono esa noche, en voz baja, encerrada en su cuarto—. Que tengo compromiso familiar. Que me voy a casa de los padres de Federico a torturarme.
—¿Y por qué no le dices a Federico que no vas y ya está?
—Porque no es tan fácil, Edith. Porque mi madre está enferma, porque Federico le ha conseguido el oncólogo, porque le debo... —Se calló—. Le debo cosas.
Hubo un silencio al otro lado.
—No.
—¿Qué?
—Eso no. Una cosa es que estés agradecida y otra que le debas tu vida porque haya hecho algo bueno por tu madre. No mezcles las cosas, Alfonsina.
—Es muy fácil decirlo desde fuera.
—Claro que es fácil. Por eso te lo digo yo, que estoy fuera y lo veo. Tú ahora mismo estás metida hasta el cuello y no ves una mierda.
Alfonsina cerró los ojos.
—No quiero pelear con él ahora, Edith. No puedo. No tengo fuerzas.
—Eso sí te lo compro. Pero no me digas que le debes ir a comer con sus padres. Eso no.
Silencio.
—¿Tú quieres ir al partido?
—Sí.
—¿Muchísimo?
—Muchísimo.
—Pues busca la manera. No hace falta que arregles tu vida entera mañana. Empieza por un partido de fútbol.
Y colgó, y Alfonsina se quedó pensando, y empezó a urdir un plan que tres semanas atrás la Alfonsina correcta y del moño no se habría atrevido ni a soñar.
E l domingo fue a la comida.
Aguantó la mesa de los padres de Federico con una sonrisa de porcelana.
Aguantó a la madre preguntándole por la fecha de la boda “que no pueden alargarlo eternamente, hija, que tu madre, con toda la pena del mundo, no es que le quede mucho tiempo”.
Aguantó a Federico poniéndole la mano en la rodilla por debajo del mantel, marcando territorio delante de sus padres y conteniéndola cuando quería gritar.
Aguantó el asado, el vino que no le gustaba, la sobremesa infinita.
Y a media tarde, cuando el reloj se acercaba a las cuatro, se llevó una mano a la frente y puso cara de circunstancias.
—Ay. No me encuentro bien.
—¿Qué te pasa, cariño? —le preguntó Federico.
—No sé, me ha dado un mareo. Un dolor de cabeza horrible, de repente.
Debe de ser el cansancio de estos días, con lo de mi madre, que no estoy durmiendo.
—Se levantó, vacilante, muy convincente—.
Perdónenme. Creo que necesito irme a casa y acostarme.
Lo siento muchísimo, con lo bien que la estamos pasando.
Y los padres de Federico, que en el fondo tenían ganas de echarse la siesta, se deshicieron en comprensiones, y Federico —fastidiado, pero sin poder objetar delante de sus padres— la acompañó a la puerta.
—Te llevo a casa.
La llevó. Todo el trayecto preocupado y controlador a partes iguales, diciéndole que tenía que cuidarse, que no podía con todo, que para eso estaba él. La dejó en el portal de sus padres, le dio un beso en la frente, le dijo que descansara, que la llamaba luego.
Y se fue.
Y en cuanto el coche de Federico dobló la esquina y desapareció, la moribunda resucitó.
A lfonsina subió a casa por la escalera como una exhalación.
—¿Ya estás aquí, hija? —Su madre, desde el sofá—. ¿No estabas en la comida?
—Me he escapado antes, mamá, que era un muermo. —Ya iba camino de su cuarto—. Voy a cambiarme, que he quedado con Marta un rato. Con lo de estos días necesito distraerme, despejarme.
—Ay, sí, hija, ve. Ve con Marta. Que buena falta te hace reírte un poco. Y ella es muy graciosa.
Y Alfonsina se metió en su cuarto, cerró la puerta, y se transformó.
Fuera el vestido sobrio y correcto de comida-con-suegros.
Se puso unos vaqueros ajustados, de los que no se ponía casi nunca porque Federico decía que “llamaban la atención”.
Una blusa bonita, fresca, con un poco de escote.
Unas sandalias de plataforma que la hacían más alta y le estilizaban las piernas.
Se soltó el moño de sufrida y se hizo una coleta alta, juvenil, que le quitaba diez años y mil preocupaciones de encima.
Se pintó los labios de un rojo que desde la boda de Mateo no se ponía.
Se miró al espejo.
Y por primera vez en mucho tiempo, no vio a la asistente correcta, ni a la prometida de Federico, ni a la hija que cuidaba a su madre enferma. Vio a Alfonsina. A secas. A la de antes. A la que se reía con toda la boca.
Y le gustó verla.
Cogió el bolso, le dio un beso a su madre, le repitió lo de Marta, y salió a la calle a hacer una cosa prohibida, maravillosa y completamente suya: irse a ver un partido de fútbol con el hombre del que estaba enamorada.
E l reservado del bar era un caos de camisetas rojiblancas, cervezas, y voces.
Nico llevaba toda la tarde con una espina clavada.
Había llegado el primero, se había sentado, y había visto entrar a todos: a Mateo con Vicky, agarrados, recién casados, insoportablemente felices; a Luis con su mujer; a Ernesto con la suya; a Guillermo con su santa esposa, que resultó ser una señora diminuta y encantadora que le reía las coplas.
Sandra con su esposo Pablo. Todos en pareja.
Todos con alguien. Y él en una esquina, con su cerveza, sonriendo por fuera y lamiéndose por dentro la herida de siempre: la de ser el único que llegaba solo, la de que la única persona con la que quería estar allí estaba a esas horas comiendo asado con los padres de un banquero.
Se había resignado. Había decidido disfrutar del partido, animar al Atleti, hacer reír a la gente como siempre, y tragarse las ganas.
Y entonces se abrió la cortina del reservado.
Y entró ella.
Con los vaqueros, y la coleta, y los labios rojos, y las sandalias, y una sonrisa tímida y radiante de niña que se ha escapado del colegio.
Guapísima. Libre. Distinta. La Alfonsina que él siempre había intuido debajo del moño y que solo había visto asomar a ratos, entera por fin, plantada en la puerta del reservado buscándolo con la mirada entre la gente.
Y a Nico se le olvidó el partido.
Se le olvidó que en la tele el árbitro estaba señalando una falta al borde del área, y que Griezmann se preparaba para lanzarla, y que todo el bar contenía el aliento.
Se le olvidó la cerveza a medias en la mano.
Se le olvidó todo. Se levantó, sin darse cuenta de que se levantaba, y le hizo sitio a su lado, y apartó un par de móviles y una jarra para que ella pudiera sentarse pegada a él.
—Has venido —dijo, y no le salió la voz de galán, le salió la voz de tonto, la de verdad.
—He venido. —Alfonsina se sentó a su lado, con las mejillas coloradas—. Me he escapado. He fingido un mareo digno de un Óscar. No preguntes.
—No pregunto. —Nico la miraba como quien mira algo que no se cree—. Estás... —Se frenó, tragó saliva, buscó una palabra que no lo delatara del todo delante de todos y no la encontró—. Estás muy guapa, Alfonsina.
—Cállate y explícame el fútbol, que no tengo ni idea.
Y desde la otra punta del reservado, Mateo, que no se perdía una, le dio un codazo suave a Vicky y señaló con la barbilla hacia la parejita de la esquina.
Vicky miró.
Alfonsina estaba inclinada hacia Nico para oírlo por encima del ruido mientras él, olvidado por completo de la televisión, le explicaba alguna cosa del partido señalando la pantalla con una mano y mirándola a ella en vez de mirar donde señalaba.
Vicky volvió la cara hacia su marido.
—¿Y estos? —preguntó.
Mateo sonrió.
—Exactamente.
En ese momento Nico levantó la vista y se cruzó con la de su hermano. Mateo no dijo nada. Le guiñó un ojo, una sola vez, con esa complicidad de hermano que significaba tranquilo, no voy a meterme , y volvió al partido.
Nico bajó la vista, colorado como un crío.
—Entonces —dijo Alfonsina, señalando la televisión—, ¿ese de negro es de los nuestros?
Nico la miró horrorizado.
—Ese es el árbitro.
—Ah.
—Madre de Dios, Alfonsina. Tenemos muchísimo trabajo por delante.
F ue la mejor tarde en mucho tiempo. Para los dos.
Alfonsina se bebió una cerveza, y luego la mitad de otra.
Comió alitas de pollo picantes con los dedos, chupándose la salsa, riéndose de sí misma, sin una pizca de la compostura de porcelana que arrastraba en las comidas de los suegros.
Nico le fue explicando el partido con una paciencia infinita y unas metáforas malísimas —“el pivote es como el que en una cocina se encarga de que no se queme nada mientras los demás lucen”— y ella asentía, y preguntaba tonterías, y se metía en el partido más de lo que esperaba.
—¿Y por qué grita todo el mundo ahora?
—Porque eso ha sido penalti clarísimo y el árbitro no lo ha pitado.
—¡Pero qué barbaridad! —Y Alfonsina, que veinte minutos antes no sabía lo que era un penalti, se sumó a la indignación general con un entusiasmo que hizo reír a Nico a carcajadas—. ¡Árbitro, que te has vendido! ¿Se dice así? ¿Se puede decir eso?
—Se puede, se puede. Lo estás haciendo genial.
Y cuando, en el minuto setenta, el Atleti metió un gol —un cabezazo en el último palo que hizo estallar el reservado entero—, Alfonsina se levantó de un salto, gritó como una posesa, y sin pensarlo se abrazó a Nico, y Nico la levantó del suelo del abrazo, y por un segundo, entre el rugido de la gente y las camisetas rojiblancas por todas partes, se quedaron así, agarrados, riéndose, con las caras muy cerca, celebrando un gol de fútbol como si fuera la cosa más importante del mundo.
Nadie se fijó. Todos estaban gritando el gol.
Nadie, salvo Mateo, que desde su esquina lo vio todo, y le apretó la mano a Vicky, y no dijo nada, porque algunas cosas es mejor dejarlas crecer solas.
E l partido acabó con victoria del Atleti, y el reservado se fue vaciando poco a poco entre despedidas, abrazos y quedadas para la próxima.
Nico y Alfonsina fueron los últimos en salir, alargando la tarde todo lo que se podía alargar, y cuando por fin se encontraron en la calle, de noche ya, con el aire fresco de la noche de junio, se hizo un silencio distinto entre los dos.
—Te llevo a casa —dijo Nico.
—Vale.
Pidió un Uber. Fueron en el asiento de atrás, callados, con las manos muy cerca sobre el asiento sin llegar a tocarse, con toda la tarde flotando entre los dos y una pregunta grande que ninguno se atrevía a formular en voz alta.
El coche paró en el portal de los padres de Alfonsina.
Se bajaron los dos. Nico la acompañó hasta el interior del portal.
—Gracias —dijo Alfonsina—. Por hoy. Por la tarde. Hacía mucho que no me reía así. Que no me sentía... así.
—Gracias a ti por venir. —Nico se metió las manos en los bolsillos, incómodo, feliz—. Por escaparte. Por el mareo de mentira. Por gritarle al árbitro.
Se rieron los dos, bajito.
Y luego se quedaron callados. Mirándose. En el portal. Con toda la tarde y todas las semanas y todo lo que no se habían dicho apretándose en el aire entre los dos.
Y ninguno supo quién dio el primer paso. Quizá los dos a la vez.
Se besaron.
En el portal de la casa de sus padres, bajo la luz amarilla, sin excusas, sin mareos fingidos: se besaron porque querían, despacio, de verdad, un beso que sabía a cerveza y a alitas y a libertad y a tarde robada, un beso de dos personas que ya no podían seguir fingiendo que aquello no estaba pasando.
Cuando se separaron, se quedaron un momento con las frentes juntas, respirando.
—Buenas noches, Alfonsina —susurró Nico.
—Buenas noches, Nicolás.
Y Alfonsina subió las escaleras, despacio, con el corazón desbocado y con una certeza que ya no podía seguir aplazando martilleándole por dentro: Que aquello no podía seguir así.
Que no podía seguir besando a un hombre en un portal mientras el anillo de otro seguía guardado en su bolso, esperando que ella decidiera qué hacer con él.
Que tenía que tomar una decisión. Ya. Por su madre, que tal vez le queda poco tiempo. Por Nico, que la esperaba sin exigirle nada. Y sobre todo por ella, por la Alfonsina de la coleta y los labios rojos que había resucitado esa tarde y que no pensaba volver a dejar morir.
Tenía que elegir.
Y por primera vez, mientras subía las escaleras de su casa con el sabor de Nico en la boca, supo perfectamente lo que quería elegir.
Solo le faltaba el valor.
Pero eso, se dijo, abriendo la puerta de casa, ya vendría. El valor, como todo, se aprende.
Igual que se había aprendido, en una tarde de fútbol, a gritarle a un árbitro con toda la boca.