Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Veintitrés
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Capítulo Veintitrés

M ateo Rey de Francisco entró en Ática el viernes a las nueve y veinticinco de la mañana como entra un rey que vuelve de las cruzadas: bronceado, descansado, con cinco kilos más, feliz, con una sonrisa que no le cabía en la cara y un aire de hombre al que la vida, por fin, le había salido bien.

—¡Mi gente! —Abrió los brazos en mitad del comedor—. ¡Cuánto los he echado de menos! Bueno, a algunos. A ti no, Guillermo, que me has estado mandando audios de tres minutos cada día.

—Eran informes de situación —protestó Guillermo, dignísimo.

—Eran coplas. Me mandabas coplas, Guillermo. Te oí cantar La bien pagá entera en un mensaje de voz mientras yo estaba en mi luna de miel.

—Para que se ambientara, don Mateo.

Y hubo risas, y abrazos, y Mateo fue saludando a todos —a Luis, a Ernesto que había venido desde Raíz, a Sandra— con esa campechanía suya de jefe querido, repartiendo bronceado y buen humor, hasta que por fin se metió en su despacho, se dejó caer en su butacón de cuero detrás del escritorio —su trono, como lo llamaba Nico— y juntó las manos sobre el escritorio con una sonrisa expectante.

—Bueno. —Miró a Nico y a Alfonsina, que se habían sentado enfrente—. Cuéntenme. Cinco semanas. ¿Qué ha pasado por aquí?

Y empezó el interrogatorio.

Y fue un espectáculo, porque Nico y Alfonsina llevaban cinco semanas trabajando codo con codo, mintiendo juntos, tapándose las espaldas, y se habían convertido, sin darse cuenta, en un equipo tan compenetrado que hasta para contar las cosas se pisaban y se completaban las frases.

—A ver, lo de Raíz —empezó Mateo—. La inspección de Sanidad. Que me llamó Ernesto muerto de miedo.

—Pasó la inspección sin un solo punto negativo —intervino Alfonsina, profesional—. Ernesto tenía el termómetro de la cámara descalibrado, lo cambiamos a tiempo, y el dossier de trazabilidad estaba impecable. Cero incidencias.

Alfonsina le entregó el expediente con la inspección aprobada.

—Joder. ¿Y lo hicieron los dos juntos?

—Fuimos los dos, sí —dijo Nico.

—Los dos —dijo Alfonsina.

Y Mateo los miró. Una milésima de segundo. Y siguió.

—La comida de los Bernal. Que me enteré del pollo que se montó en internet.

—Eso lo resolvió Nico —dijo Alfonsina, y le salió con un orgullo que no supo disimular del todo—. Hizo un directo desde la cocina, transparencia total. Le dio la vuelta entera. Acabamos con las reservas llenas tres semanas.

—Ella llevaba la cámara —dijo Nico—. Yo solo puse la cara.

—Pusiste algo más que la cara, según vi en los comentarios —murmuró Alfonsina por lo bajo, antes de poder frenarse.

—¿Cómo?

—Nada.

Y Mateo volvió a mirarlos. Otra milésima. Otra.

Fueron desgranando las cinco semanas así, a dos voces, capítulo a capítulo: lo de Verso y la inundación —“ya está el suelo cambiado, no vas a notar nada”, dijo Nico, sin mirar a Alfonsina, que se puso a ordenar unos papeles de repente—, lo de los cuatro días de Gisela “Y Nico te agradezco lo de Gisela”, mencionó Mateo, y Nico dijo “no te creas que solo yo”, y Alfonsina volvió a ordenar los papeles—, lo de San Sebastián y las licencias, lo de los eventos, lo de las nóminas.

Todo. Verdades. Pero verdades a medias, con un hueco del tamaño de un almacén de Ática en el centro de cada una, con silencios en los sitios raros, con miradas que se cruzaban un instante de más y se apartaban demasiado rápido.

Y Mateo, que era muchas cosas, pero no era tonto —que se había hecho a sí mismo un imperio de seis restaurantes leyendo a la gente—, los escuchaba, y asentía, y sonreía, y por dentro pensaba: aquí ha pasado algo. Aquí, entre estos dos, ha pasado algo muy raro.

Porque conocía a su hermano. Y conocía a Alfonsina, tres años siendo su asistente, la mujer más profesional y contenida del planeta.

Y lo que tenía delante no era su hermano alocado y la asistente eficiente de verbo puntilloso.

Eran otra cosa. Se movían distinto. Se miraban distinto. Se callaban distinto.

Pero no dijo nada. Todavía.

A las diez y media, Alfonsina miró el reloj y se levantó.

—Mateo, te tengo que dejar media hora. Tengo una entrevista.

—¿Una entrevista?

—La pastelera. La pastry chef que queremos incorporar para Ática y Verso.

—Recogió su carpeta—. Te lo comenté por correo antes de...

bueno, antes de todo. Es buenísima, tiene un currículum espectacular, viene de un obrador con estrella y de montar la pastelería de dos hoteles de cinco estrellas.

Si nos cuadra, le damos las dos cartas de postres. La he citado a las once, abajo.

—Ah, perfecto, sí, la pastelera. —Mateo hizo un gesto—. Ve, ve. Tú de eso sabes más que yo. Si a ti te convence, a mí me convence.

—Gracias. —Alfonsina se colgó la carpeta y, ya de camino a la puerta, se giró un segundo—. Ah, y bienvenido, Mateo. De verdad. Se te ha echado de menos.

—Gracias, Alfonsina. —Y añadió, con una calidez distinta—: Y oye. Lo de tu madre. Lo que hablamos. Va en serio. Lo que necesites.

Alfonsina asintió, con la garganta apretada, y salió.

Y Nico, que había visto la puerta abierta, se levantó también.

—Bueno, yo también tengo que bajar a ver lo de...

—Tú te quedas.

Lo dijo Mateo sin levantar la voz, sin dejar de sonreír, pero con una firmeza que clavó a Nico otra vez en la silla.

—¿Qué?

—Que tú y yo tenemos algo pendiente, hermanito. —Mateo se echó hacia atrás en el butacón, cruzó los brazos, y lo miró con una sonrisa lenta, peligrosa, de hermano mayor que huele la sangre.

S e cerró la puerta del despacho, y se quedaron los dos solos.

—Bueno —dijo Mateo—. Suéltalo.

—¿Que suelte el qué?

—Lo que sea que ha pasado aquí en cinco semanas y que no me están contando ni tú ni ella.

—No ha pasado nada. —Nico se encogió de hombros, la viva imagen de la inocencia—. Te lo hemos contado todo. La inspección, los Bernal, Gisela, Verso...

—Nico.

—Que te lo he contado todo, Mateo, de verdad. Oye, ¿te has fijado en lo moreno que estás? Pareces un mueble de teca. ¿Eso es de Santorini o te has metido en una freidora?

—Nico.

—En serio, tienes un color que no es sano. Vicky te va a tener que untar en aftersun como a una croqueta...

—Nicolás. —Mateo se inclinó hacia delante, apoyó los codos en la mesa—.

Llevo años viéndote escurrir el bulto con chistes.

Desde que eras pequeño y rompías algo y te ponías a hacer el payaso para que no te riñera mamá.

Te conozco. Así que déjate de croquetas, de teca, y de hostias, y dime qué pasa con Alfonsina.

Y Nico se quedó callado.

Por primera vez en toda la mañana, se quedó callado del todo, sin chiste, sin salida, con la sonrisa apagándosele despacio en la cara.

—No sé de qué me hablas —dijo, pero ya sin fuerza.

—Sí lo sabes. —Mateo bajó la voz—. Los he estado mirando toda la mañana.

Cómo se pisan las frases. Cómo ella ordena papeles cada vez que sale tu nombre.

Cómo la miras tú cuando ella habla. —Se recostó—.

Que a ti te gusta Alfonsina no es noticia, Nico.

Eso lo sé yo desde el primer día. Llevas tres años tirándole los tejos y llevándote calabazas, y era hasta gracioso.

Tú tirando maíz y ella poniéndote firme.

—Entornó los ojos—. Lo que no había visto nunca es a ella ponerse colorada.

Y hoy se ha puesto colorada tres veces. Por ti.

Así que eso es lo nuevo. Que la cosa ya no va en una sola dirección. ¿Me equivoco?

Nico se pasó una mano por la cara. Miró la puerta cerrada. Miró a su hermano. Y soltó el aire, despacio, como quien deja por fin en el suelo un peso que llevaba cargando cinco semanas.

—No te equivocas. —Se sentó otra vez, apoyó los codos en las rodillas, la vista en el suelo—.

Ha cambiado la cosa, Mateo. Ha pasado...

algo. —Se frotó la nuca—. Hubo un beso. Y hubo un casi todo que no llegó a nada.

Y desde entonces esto ya no es yo tirándole maíz y ella riñéndome la gracia. Es otra cosa. Es de las dos partes.

Mateo no dijo nada. Esperó, que era su manera de sacarle las cosas a la gente.

—Y no es una de las mías, ¿eh? —Nico levantó la vista un momento, casi a la defensiva—. No es un calentón. Esto es distinto. —Volvió a bajar los ojos, incómodo de decirlo en voz alta—. Me he enamorado, Mateo. En serio. Por primera vez en mi vida en serio.

Lo dijo mirando al suelo, deprisa, como quien confiesa algo que le da vergüenza, y luego se quedó callado, apretando las manos.

—Vaya —dijo Mateo, bajito.

—Ya. Vaya. —Nico resopló—. Y para una vez que me pasa de verdad, para una vez que no quiero salir corriendo, resulta que llego tarde. Que llego tardísimo.

—¿Por qué tarde?

Y ahí llegó. Nico se apoyó en el respaldo, cerró los ojos un segundo, y lo soltó.

—Porque está prometida. —Abrió los ojos—. Con un tal Federico. Un banquero. El correcto, lo llamo yo. Se le declaró en Sevilla, delante de todo el mundo, con un anillo que parece un faro. Y la boda, en teoría, parece que va.

Mateo soltó un silbido bajo.

—Vaya.

—Sí. Vaya.

—El correcto.

—El correcto. —Nico sonrió sin ganas—. Un tío que la trata como si fuera una vitrina. Que la controla, que la vigila. Y yo que la quiero bien y bonito.

Se calló, incómodo de haberse oído.

Mateo lo miraba desde su butacón, muy serio ya, sin rastro del bronceado alegre de hacía un rato.

—Ella está viviendo la peor semana de su vida, Mateo, y yo solo puedo mirar desde la barrera, porque no soy nadie, porque ella lleva el anillo de otro, porque no tengo ningún derecho.

Se hizo un silencio largo en el despacho.

Mateo se pasó la mano por la barbilla, y miró a su hermano pequeño —al desastre, al que no sabía hacerse el nudo de la corbata, al que le había sostenido el imperio entero cinco semanas, al que se había hecho cargo de su hija, al que acababa de confesarle que se había enamorado de verdad por primera vez en su vida— con una mezcla de ternura y de preocupación que no le cabía en el pecho.

—Madre mía, Nico. —Suspiró—. La que has montado en cinco semanas.

—Ya ves.

—Me voy de luna de miel y tú, mientras, te enamoras de mi asistente, que está prometida con un banquero, y encima se le muere la madre. —Meneó la cabeza, incrédulo—. No te puedo dejar solo. No te puedo dejar solo ni cinco minutos.

Y a pesar de todo, a pesar de lo grave que era todo, a los dos hermanos se les escapó una media sonrisa, esa que solo se tienen los hermanos, la que aparece hasta en mitad de los desastres.

—¿Y ella qué siente? —preguntó Mateo, otra vez serio—. Por ti.

Nico lo miró.

—Lo mismo —dijo, muy bajito, mirando la pared—.

Sé que siente lo mismo. Y eso es lo peor.

Que lo siente y no se atreve. Que estamos los dos ahí parados, con ese anillo en medio, y su madre, y el miedo.

—Se encogió de hombros—. Le he dicho que la espero.

Y ya está. No puedo hacer más. —Tragó—. Y no sé si va a atreverse, Mateo.

No sé si la voy a perder por no ser el correcto.

—Una cosa sí te voy a decir.

Nico levantó la vista.

—Con ella, ahora mismo, despacio. Mucho. Tiene demasiadas cosas encima para que tú seas otra más.

—Ya lo sé.

—No, déjame terminar. Si te quiere, estupendo. Si algún día decide dejar a ese hombre, tendrá que hacerlo porque ella quiera dejarlo, no porque tú tires de ella desde el otro lado. No la pongas a elegir mientras tiene a su madre así.

Nico negó con la cabeza.

—No lo estoy haciendo.

—Ya lo sé —dijo Mateo—. Si pensara que lo estás haciendo, esta conversación sería bastante distinta.

Y Mateo, el hermano mayor, el rey de Ática, el que había vuelto de su luna de miel bronceado y feliz para encontrarse a su hermano pequeño hecho un lío de amor por primera vez en la vida, se levantó del trono, rodeó el escritorio, y le puso una mano en el hombro.

—Escúchame, anda. —Le apretó el hombro—. Que de esto sé yo un rato. Que yo también me enamoré de la mujer imposible —Sonrió—. Anda que no me decían a mí que estaba loco por poner un cartel en Gran Vía.

—Lo tuyo era distinto.

—Lo mío era peor. —Mateo se río—. Pero esa es otra historia.

Ven, que esto hay que hablarlo con calma.

Y necesito un café. Cuéntamelo todo desde el principio.

—Puso la cafetera que descansaba en un rincón porque Mateo era tan estricto con el café que se lo preparaba a su gusto y con sus propias manos—.

Desde la primera noche. Y no te dejes ni una, que quiero saber en qué lío se ha metido mi hermano mientras yo miraba puestas de sol con mi mujer.

Y Nico, por primera vez en cinco semanas, se sentó a contarle a alguien toda la verdad, entera, sin huecos, sin chistes para tapar los silencios.

Y le sentó como un vaso de agua en mitad del desierto.