Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Veintidós #2
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Capítulo Veintidós #2

E l volcán se había calmado. Los aviones volvían a salir de Santorini.

Y Mateo, después de cinco semanas fuera —dos de luna de miel, dos más que se había regalado porque estaba feliz como nunca, y una última encerrado por la ceniza—, tenía billete para llegar a Madrid el jueves por la noche y presentarse en Ática el viernes por la mañana.

Había convocado reunión de staff para el viernes a las nueve y media, para que le contaran, uno por uno, todo lo que había pasado en las cinco semanas en que su imperio había estado en manos de su hermano pequeño y su eficiente asistente.

Y había mucho que contar, y no todo estaba presentable todavía.

Nico, esos días, andaba a la carrera arreglando los últimos flecos.

El más gordo: Verso. La inundación de aquella primera noche —hacía ya cinco semanas— había dejado la tarima del comedor levantada, hinchada por el agua, y aunque el seguro lo había cubierto, las tablas nuevas no habían llegado hasta ahora.

Así que Nico se pasó el miércoles y el jueves en Verso, en vaqueros y camiseta, de rodillas, cambiando personalmente las tablas del suelo con el equipo de mantenimiento, para que su hermano no se encontrara su bistró de Malasaña con el suelo reventado.

Y de vez en cuando, mientras encajaba una tabla o hundía un clavo, se acordaba de aquella noche: de Alfonsina con el agua por los tobillos, de la pinza, de aquel beso en el suelo mojado que había empezado como empezaban todas las malas ideas entre ellos, sin permiso y demasiado tarde para pararlo.

Le parecía mentira todo lo que había pasado desde entonces, todo lo que se había roto y todo lo que, sin darse cuenta, habían ido construyendo en apenas cinco semanas.

Y fue en mitad de aquellos días, el miércoles por la tarde, cuando a Alfonsina le sonó el móvil en el despacho y era Mateo.

—¿Mateo?

—Alfonsina. —La voz de su jefe venía cálida, directa, sin el pánico de las otras llamadas—. Tengo un minuto entre maletas y quería llamarte antes de vernos el viernes. Me ha contado Nico lo de tu madre.

A Alfonsina se le hizo un nudo en la garganta.

—Ah. Sí. Yo... perdona que no te haya dicho nada, con todo el lío del volcán no quería...

—No, no, escúchame. —Mateo la cortó, suave pero firme—. No me tienes que pedir perdón por nada. Al revés. Te llamo para decirte una cosa, y quiero que me escuches bien, ¿vale? Porque lo digo muy en serio.

—Vale.

—Tu madre es lo primero. Por encima de Ática, por encima de los seis restaurantes, por encima de todo.

Así que quiero que sepas que tienes los días que necesites.

Todos. Si un día tienes que salir corriendo en mitad de una reunión, sales corriendo y no le das explicaciones a nadie.

Si necesitas una semana, o dos, o un mes, te las coges.

Si te tienes que ir a las once de la mañana porque te llaman del hospital, te vas, y no me pides permiso, que no hace falta.

—Una pausa—. Y todo esto corre de mi cuenta.

No se te va a descontar ni un euro del sueldo, ni un día.

Faltes lo que faltes. Eso ni lo pienses.

Alfonsina tuvo que apretarse el puente de la nariz para no echarse a llorar allí mismo, en el despacho.

—Mateo, yo... no sé qué decir. Gracias. De verdad. No hacía falta que...

—Sí hacía falta. —La voz de Mateo se ablandó del todo—.

Llevas tres años sosteniéndome esta casa, Alfonsina.

Sosteniéndome a mí. Ahora te toca a ti que te sostengan.

Y para eso estamos. Tú ocúpate de tu madre y de ti.

De lo demás nos ocupamos nosotros. —Y añadió, con una sonrisa que se le notó en la voz—: Y si mi hermano ha hecho la mitad de las tonterías que me imagino en estas cinco semanas, el viernes lo arreglamos.

Descansa, ¿vale? Nos vemos el viernes. Y no vengas si no puedes. Me llamas y ya está.

Colgó.

Y Alfonsina se quedó un rato mirando el móvil, con los ojos llenos, pensando en la diferencia abismal entre dos hombres.

En Federico, que le había conseguido el mejor oncólogo de España y había conseguido que hasta aquello pesara, que cada favor viniera acompañado de la sensación de deberle algo.

Y en Mateo, que acababa de poner a sus pies todo el tiempo que necesitara y luego había seguido haciendo la maleta, sin pedirle absolutamente nada a cambio.

Uno ayudaba para atar. El otro, para soltar.

Y Alfonsina pensó inevitablemente en el hermano pequeño de Mateo, en aquel lo que sea, a la hora que sea, me llamas y aparezco , y entendió de pronto que quizá había cosas que también se aprendían en una familia: maneras de estar, de cuidar, de querer sin cerrar la mano alrededor de nadie.

Se secó los ojos, dejó el móvil sobre en el escritorio y volvió al trabajo.

A quella noche, en casa, Alfonsina se sentó un rato con su madre en el borde de la cama, antes de dormir.

Estuvieron calladas un momento, la mano de la hija sobre la de la madre. Y Nilda le apretó los dedos.

—Descansa, hija, que tienes mala cara. —Le dio unas palmaditas en la mano—. Y no te quedes velándome como si me fuera a ir esta noche, que todavía le doy guerra a esto un rato largo, ¿eh? Que soy dura de pelar. Como tú.

Alfonsina sonrió a medias, con la garganta cerrada.

—Como tú, mamá.

—Anda, ve a dormir. —Nilda le acarició la mejilla, y por un segundo se le ablandó la voz—.

Y perdona si estos días te hablo de más o de menos, que estoy asustada y a veces lo pago con quien no debo.

Contigo, casi siempre. —Le sostuvo la mirada—.

Eres una buena hija, Alfonsina. La mejor. No lo dudes nunca.

A Alfonsina se le llenaron los ojos.

—No hay nada que perdonar, mamá.

—Bueno. —Nilda sonrió, cansada—. Pues no hay nada que perdonar. Vete a dormir.

Y Alfonsina se levantó, le dio un beso en la frente, y se fue a su cuarto.

Y no le contó nada. Ni lo de Federico, ni lo mucho que le pesaba deberle precisamente aquello que más agradecía, ni lo de Nico, ni lo del rellano, ni el te quiero , ni nada.

Se lo tragó todo, como se tragaba todo últimamente, y se metió en la cama, y se quedó mirando el techo, cargando ella sola con el peso entero de una vida que se le había vuelto imposible de sostener.

Su madre le había dicho que era una buena hija.

Y ella no había sido capaz de darle, a cambio, ni una sola verdad.

Todavía no.