Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Veintidós
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Capítulo Veintidós

E l martes por la mañana, Alfonsina llegó a Ática con el cuerpo de plomo y el alma en otro sitio.

No había dormido. Había pasado la noche en vela, oyendo a su madre toser desde su habitación, calculando meses, arrepintiéndose de cosas, y a las seis y media se había levantado, se había puesto el uniforme de guerra y había ido a trabajar, porque no sabía qué otra cosa hacer con las manos ni con el miedo.

Acababa de dejar el bolso en el despacho cuando le sonó el móvil.

Federico.

Estuvo a punto de no cogerlo. Pero lo cogió, por costumbre, por cansancio, por no tener una bronca más encima de todo lo demás.

—¿Sí?

—Cariño. —La voz de Federico venía cálida, eficiente, satisfecha de sí misma—. Tengo buenas noticias. He estado toda la mañana al teléfono, moviendo cielo y tierra, y lo he conseguido. He hablado con Diego Ledesma.

—¿Con quién?

—Diego Ledesma. El mejor oncólogo de España, Alfonsina. El mejor. La gente espera meses para que la reciba, y a veces ni así. Pues bien: le he conseguido a tu madre una cita para esta misma tarde. A las cinco. En su consulta privada.

Alfonsina se quedó muda un segundo.

—Pero Federico...

—Es lo menos que puedo hacer por ti, mi amor.

—Lo dijo con esa suavidad de propietario generoso—.

Tu madre se merece lo mejor, y yo tengo los contactos para conseguírselo.

¿Para qué está uno, si no? —Una pausa medida—.

Y quiero pedirte una cosa. Quiero que me permitas acompañarlas.

A ti y a tu madre. A la consulta. Estar ahí, con ustedes, como lo que soy. Como el hombre de la familia.

Y ahí estaba lo que Alfonsina empezaba a reconocer cada vez con más facilidad en Federico: esa manera suya de ayudar que conseguía que una acabara agradecida y en deuda al mismo tiempo, como si cada puerta que él abría viniera acompañada, sin decirlo, de una razón más por la que quedarse a su lado.

Alfonsina lo notó. Lo notó con toda claridad, por primera vez sin ninguna niebla. Pero tenía a su madre muriéndose, tenía delante la posibilidad del mejor oncólogo del país, y no era tan tonta ni tan orgullosa como para rechazar eso por dignidad.

—Gracias, Federico —dijo, con la voz apretada—. De verdad. Eso... eso puede ser muy importante para mamá. Gracias.

—Para eso estoy. —Se le notó la sonrisa a través del teléfono—. Paso por ustedes a las cuatro y media. Ponte guapa, anda, que hace días que te veo desmejorada. Un beso, mi amor.

Y colgó, dejándola con el móvil en la mano y una sensación que no sabía cómo ordenar, porque estaba agradecida de verdad —Dios, cómo iba a agradecerle aquello si podía significar una oportunidad para su madre— y, sin embargo, debajo del agradecimiento había otra cosa, una incomodidad fría, la sensación de que Federico acababa de hacer algo maravilloso por ella y que, de alguna manera que todavía no sabía explicar, aquello también la hacía sentirse un poco menos libre.

L a consulta de Diego Ledesma era tal y como Alfonsina se había imaginado: una planta noble en el barrio de Salamanca, cuadros buenos en las paredes y un médico de bata impecable y modales de embajador que hablaba despacio, con esa autoridad tranquila de los que cobran mucho y lo saben.

Nilda, pequeña en el sillón de cuero, escuchó el diagnóstico confirmado con una entereza que a Alfonsina le rompió el corazón.

El padre de Alfonsina le sujetaba la mano a su esposa.

Y Federico, sentado con las piernas cruzadas, muy dueño de la situación llevó la voz cantante desde el primer minuto.

Y lo primero que quedó claro, por cómo se saludaron, es que Federico y el eminente doctor Ledesma no se conocían de aquella tarde: se conocían de antes, de otro sitio, de ese mundo pequeño y forrado en el que todos los que mandan acaban coincidiendo.

—Diego, cuánto tiempo. —Federico le había estrechado la mano con un apretón de viejos conocidos, palmada en el hombro incluida—. ¿Qué tal Inés? ¿Y los niños?

—Creciendo, que da miedo. —El doctor sonrió—. Oye, ¿al final te apuntas al torneo del club el mes que viene? Que te esperamos en el hoyo uno, no me falles como el año pasado.

—Ahí estaré, ahí estaré. Con esos greens no se juega, se peca. —Federico se río de su propia gracia—. Ya hablaremos de eso. Ahora vamos a lo importante, que para eso he traído a mi futura suegra a las mejores manos de Madrid.

Y Alfonsina, sentada al lado de su madre, asistió a aquel intercambio con una sensación rarísima en el estómago: la de estar viendo cómo la vida de su madre entraba en la agenda de dos señores que se tuteaban, que jugaban al golf en el mismo club, que se hacían favores entre ellos como quien se pasa la sal.

La enfermedad de Nilda, de repente, era un asunto de caballeros con contactos.

—A ver, cuéntame. —Ledesma se puso las gafas de aumento, abrió el informe, y se dirigió a Federico antes que a nadie, de tú, de igual a igual—. Tú tranquilo, que a esta señora la vamos a cuidar como se merece.

—Diego, quiero que quede clara una cosa.

—Federico se inclinó hacia delante, con la confianza del que le habla a un igual—.

Aquí no se va a reparar en gastos. El tratamiento que haga falta.

El mejor. El más avanzado, aunque haya que traerlo de fuera.

Lo que sea. El dinero no es problema, ya me conoces.

Lo que tú digas que es lo mejor para esta señora, eso se hace.

Y Ledesma, viendo que delante tenía una familia dispuesta a considerar cualquier opción y a un hombre para quien el dinero no parecía ser un límite, se tomó su tiempo. Se explayó.

Habló de tres líneas de tratamiento posibles, con nombres larguísimos que Alfonsina no entendió del todo, pero cuyo precio intuyó por el tono reverencial con que los pronunciaba: una terapia dirigida de última generación, un ensayo con inmunoterapia, un protocolo combinado que se hacía en no sé qué clínica de Houston.

Cifras que no se dijeron en voz alta pero que flotaban en la habitación como un perfume caro.

—Perdone, doctor —dijo Nilda.

Ledesma dejó de hablar y la miró.

—Todo eso que usted está diciendo... los tratamientos, la inmunoterapia, lo de fuera... ¿puede funcionar?

—Puede —dijo él—. Y por eso estamos hablando de ello. Ahora mismo lo importante es estudiar bien su caso, ver qué tratamiento se ajusta mejor y empezar. Después iremos viendo cómo responde.

Nilda asintió, pero no apartó los ojos de él.

—¿Y cuánto tiempo tengo?

El doctor Ledesma guardó silencio un instante y se inclinó un poco hacia ella.

—Nilda, no voy a darle una fecha. Primero porque no la sé, y segundo porque cada paciente responde de una manera distinta.

He visto personas responder mucho mejor de lo que esperábamos y otras que nos obligan a cambiar de estrategia por el camino.

Lo que tenemos delante es una enfermedad seria, eso no se lo voy a ocultar.

Pero tenemos cosas que hacer. Y mientras tengamos cosas que hacer, vamos a hacerlas.

Nilda respiró hondo.

—Entonces hay esperanza.

—Hay tratamiento —dijo Ledesma, con una sonrisa tranquila—. Y hay que empezar por ahí. Un paso a la vez. No se me vaya usted hoy de esta consulta contando meses, porque nadie le ha puesto un calendario encima de la mesa. ¿De acuerdo?

Nilda asintió.

—De acuerdo.

—Pues eso quiero. Ahora déjeme a mí preocuparme de los tratamientos y usted preocúpese de llegar aquí con ganas de darme guerra.

Nilda sonrió por primera vez desde que habían entrado.

—Guerra sé dar.

—Perfecto. Entonces ya tenemos algo ganado

—No escatimes, Diego. Lo mejor para Nilda —dijo Federico magnánimo, generoso, comprándolo todo con la cartera y con la boca, mientras miraba de reojo a Alfonsina para asegurarse de que ella lo veía.

De que ella registraba, apuntaba, agradecía.

De que ella entendía todo lo que aquel hombre estaba dispuesto a hacer por su familia.

Mira lo que hago por ti , decía cada gesto suyo. Mira lo que soy capaz. ¿Cómo vas a dejarme, después de esto? ¿Cómo vas a irte, ahora?

Alfonsina lo entendió perfectamente. Y aun así no pudo evitar sentir, revuelta con el asco, una gratitud real: porque fuera cual fuera la intención, aquel hombre estaba poniendo su fortuna al servicio de que su madre viviera un poco más, o un poco mejor.

Y una hija con la madre muriéndose no está en posición de rechazar milagros, vengan de quien vengan y cuesten lo que cuesten.

Salió de la consulta con el corazón partido en dos mitades que no encajaban.

E l tratamiento empezó el miércoles por la mañana.

Y ahí Alfonsina tomó otra decisión difícil, pero esta vez con los ojos abiertos: no podía estar en dos sitios, y su madre, entera y con su padre al lado, le pidió expresamente que fuera a trabajar.

—Ve, hija. Ve a poner orden en tu trabajo.

—Nilda le apretó la mano en la puerta del hospital—.

Que me acompaña tu padre, que para algo sirve el hombre.

Y que a mí me pone más nerviosa que me miren todos con esa cara de entierro que otra cosa.

Ve. Y esta tarde me cuentas cómo está el lío ese de Mateo, que me distrae.

Así que fue el padre quien se sentó junto a Nilda aquella primera mañana de tratamiento, quien le sujetó la mano, quien le llevó el agua y la manta y las revistas; y fue Alfonsina quien se metió en Ática a las ocho de la mañana a hacer lo único que sabía hacer bien cuando el mundo se derrumbaba: poner orden.

Y falta hacía. Porque Mateo Rey de Francisco, por fin, tenía previsto aterrizar.