Capítulo Veintiuno #3
—Y mira, te propongo un trato. Si me ayudas con esto.
Si me ayudas a sostenerla, a que salga adelante, a estar a su lado como se merece...
Si me ayudas a que se deje querer, te prometo que no la toco.
Que no le pongo un dedo encima hasta que me dé el sí delante de un altar, como tú mandas, con todas las de la ley.
—Levantó un poco la vista hacia el retablo—.
Y eso, viniendo de mí, es muchísimo. Tú me conoces.
Tú sabes cómo soy yo. Así que fíjate si voy en serio.
Y se quedó callado, en el último banco, cuidándola desde lejos, mientras ella rezaba delante.
A lfonsina rezó un rato largo. Y cuando terminó, cuando ya no le quedaban lágrimas ni palabras, se levantó, se santiguó otra vez mirando al altar, y caminó despacio de vuelta por el centro de la nave, hacia la salida, hacia él.
Nico se levantó del banco al verla venir.
Ella llegó hasta donde él estaba, con los ojos hinchados, la cara lavada de tanto llorar, y se paró delante de él.
—¿Te sientes mejor? —le preguntó Nico, en voz baja.
Y la rodeó con los brazos, y la atrajo hacia su pecho, con cuidado, como se abraza algo que se ha roto y hay que volver a pegar.
Alfonsina se dejó abrazar. Apoyó la cara en su pecho, en aquel hueco del hombro que ya conocía, y cerró los ojos, y por primera vez desde la llamada de su hermana respiró hondo, del todo.
—En tus brazos sí —dijo, con la voz pequeña, contra su camisa—. En tus brazos me siento mejor, Nicolás. Y no sé si eso está bien o está mal. Y me asusta.
Nico la apretó un poco más fuerte. Le apoyó la barbilla en la cabeza. Y en la penumbra de aquella iglesia, con las velas parpadeando y el retablo dorado al fondo y la mujer que quería temblando entre sus brazos, dijo, muy bajito, lo único que era verdad:
—No eres la única.
S alieron de San Pascual y Nico la llevó a casa de sus padres en otro Uber, en silencio, con la mano de ella entre las suyas todo el trayecto, sin decir nada, porque no había nada que decir que sirviera de algo y los dos lo sabían.
Como la vio tan rota, tan pálida, tan al borde de caerse con cada paso, no la dejó en el portal.
Subió con ella. La acompañó en el ascensor, sujetándola, y la llevó hasta la puerta del piso, dispuesto a asegurarse de que entraba, de que había alguien dentro que la cuidara, de no soltarla hasta el último segundo posible.
Y estaban los dos allí, en el rellano, delante de la puerta, cuando se abrió el ascensor de al lado y salió Federico.
—Vaya. —Federico se paró en seco al verlos, y la cara se le torció—. Cómo no. Otra vez tú.
—Federico, ahora no —dijo Alfonsina, sin fuerzas—. Por favor. Hoy no.
—¿Ahora no? —Federico avanzó, y miró a Nico de arriba abajo con desprecio—.
He venido en cuanto me ha llamado tu hermana para contarme lo de tu madre.
Como es normal, porque soy tu prometido, porque es mi sitio.
—Se plantó delante—. Y me encuentro con que una vez más no contestas el teléfono y que quien te ha traído a casa es este.
Otra vez. Siempre este. —Le hizo un gesto a Nico con la mano, como quien espanta a un camarero—.
Ya puedes irte. Que ya estoy yo aquí para cuidarla.
Tú aquí no pintas nada. Esto es cosa de familia.
Nico no le contestó.
Ni siquiera lo miró. No entró en el juego, no discutió, no levantó la voz. Se volvió hacia Alfonsina, que temblaba junto a la puerta, y le habló solo a ella, en voz baja, tranquila, como si Federico no existiera, como si en aquel rellano solo estuvieran los dos.
—Oye. —Le buscó los ojos—. Lo que sea. A la hora que sea. Las tres de la mañana, las cinco, la hora que sea. Me llamas y aparezco. Para lo que necesites. Aunque sea para no decir nada. ¿Me oyes? No estás sola en esto. Ni un minuto.
Alfonsina asintió, con los ojos llenos otra vez.
—Lo sé —susurró—. Gracias, Nicolás.
Y entonces Nico se enderezó. Miró un segundo a Federico —solo un segundo, sin rencor, casi con pena—, y luego volvió a mirarla a ella, a Alfonsina, delante del otro, delante del prometido, delante del anillo y de todo, y dijo, con una sencillez que lo desarmó todo:
—Te quiero.
Lo dijo sin más. Sin dramatismo, sin desafío, sin mirar a Federico para ver su reacción.
Se lo dijo a ella, a los ojos, como quien constata una verdad tan grande y tranquila que ya no se puede callar más, ni siquiera por prudencia, ni siquiera en el peor día, ni siquiera delante de quien no debía oírlo.
Y luego, sin esperar respuesta —sin pedirle nada, sin ponerla en el compromiso de contestar—, se dio la vuelta y se fue hacia el ascensor, dejándolos a los dos allí plantados: a Federico con la cara descompuesta, incapaz de encontrar palabras, y a Alfonsina con la mano en el pecho y el corazón hecho pedazos de mil maneras distintas a la vez.
Las puertas del ascensor se cerraron.
Y en el rellano quedó flotando, imposible de recoger, imposible de deshacer, aquel te quiero de dos palabras que Nico había soltado como quien suelta por fin algo que pesaba demasiado, y que lo había cambiado todo, para siempre, en el peor lunes de la vida de Alfonsina Reyes.