Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Veintiuno #2
55%

Capítulo Veintiuno #2

—Solo quería saludar —protestó Guillermo, en off, forcejeando por asomarse.

—A la cocina, Guillermo.

Y Guillermo se retiró, ofendidísimo, sin haber logrado que lo enfocaran ni un segundo, mascullando que en esta casa no se valoraba el talento, mientras Alfonsina, detrás del móvil, se mordía los labios para no reírse a carcajadas en pleno directo.

Para cuando lo cerraron, el teléfono de reservas no paraba de sonar, las redes de Ática se habían llenado de seguidores nuevos, los comentarios de cariño se contaban por cientos y el vídeo de la señora Bernal empezaba a quedar sepultado bajo una conversación completamente distinta.

Eran las doce y media, y por un momento todo parecía ir bien.

Por un momento.

A la diez en punto, justo cuando de preparaba para dejar la oficina, el móvil de Alfonsina sonó.

En la pantalla: ALEXANDRA. Su hermana. La mayor. La que vivía en Huelva y llamaba los domingos por la tarde, no los lunes a las diez.

Alfonsina sintió un pinchazo de mal presagio antes incluso de contestar.

—¿Alex?

—Alfonsina. —La voz de su hermana venía rota, como si llevara un rato llorando—. Alfonsina, ¿estás sentada?

—Alex, ¿qué pasa? ¿Qué ha pasado?

—Me acaba de llamar mamá. —Alexandra hablaba a trompicones, tragándose el llanto—.

Desde la consulta. Me ha llamado a mí primero porque...

no sé, porque soy la mayor, dice, porque aguanto más, porque no quería quebrarse contándotelo a ti directamente.

—Se le quebró la voz—. Alfonsina, los resultados de las pruebas. Es malo. Es muy malo.

—Alex, por Dios, dime qué es.

—Cáncer. De esófago. —Un silencio horrible—. Y está muy avanzado. Etapa cuatro. Dicen que ya no se puede operar, que solo se puede... que solo queda tratar para que no sufra. Alfonsina, mamá se...

Alfonsina no oyó el resto.

Dejó de oír. El despacho se le puso lejos, la voz de su hermana se le convirtió en un ruido de fondo, el móvil se le resbaló de la mano y ella se quedó de pie en mitad del despacho, blanca, con la boca abierta y sin aire, mientras la palabra cáncer le rebotaba dentro del cráneo sin encontrar dónde caber.

La voz ronca. La pérdida de peso. La tos. El cansancio. El “es un resfriado, mujer”. Las semanas. El aire acondicionado. Todo. Todo encajó de golpe, en un segundo espantoso.

Y encima de todo, aplastándola, una certeza que no la iba a dejar respirar en mucho tiempo: que esa mañana, esa misma mañana, su madre había recibido la peor noticia de su vida con su padre al lado, y ella no había estado allí.

Porque ella había elegido ir a apagar un fuego en internet.

Porque había dicho “es un momentito, ahora voy”.

Porque había mandado a su padre en su lugar por una reseña, por un vídeo, por unas mesas.

Su madre se estaba muriendo. Y ella, en el momento en que se lo dijeron, estaba sujetando un móvil para grabar a Nico cortando un pescado.

Las piernas le fallaron.

— ¡Alfonsina!

Nico, que pasaba por el pasillo, la vio caer contra la mesa y llegó a tiempo de sujetarla antes de que se fuera al suelo. La agarró por los brazos, la sostuvo, y ella se dejó caer contra él sin fuerzas, con la respiración entrecortada, incapaz de hablar.

—Alfonsina, ¿qué pasa? ¿Qué ha pasado? —Nico la sujetaba, asustado, buscándole la cara—. Dime algo. Mírame. ¿Qué ha pasado?

—Mi madre. —Le salió en un hilo de voz, roto—. Mi madre se muere, Nicolás. Se muere.

Y se le doblaron las rodillas otra vez, y rompió a llorar, un llanto que no era llanto, que era otra cosa, un temblor que le salía de muy hondo, y Nico la sostuvo contra su pecho, y Guillermo apareció corriendo al oír el alboroto, y entre los dos la sentaron y le hablaron bajito, mientras Alfonsina lloraba sin consuelo posible, rota en pedazos, con la culpa y el horror y el amor todos revueltos, ahogándola.

—Traigo el agua, traigo el agua. —Guillermo, que se había puesto pálido, le acercó un vaso con las manos temblando—. Ya está, hija, ya está. Respira. Estamos aquí. Respira.

Nico, agachado delante de ella, se sacó un pañuelo limpio del bolsillo y se lo puso en la mano, cerrándole los dedos alrededor con las dos suyas.

—Toma. —Y le sujetó las manos, el pañuelo dentro—. Dime qué necesitas. Lo que sea. Dímelo y lo hago.

Alfonsina apretó el pañuelo, se secó la cara con él, y levantó la mirada, empapada, y le salió una petición que no esperaba ni ella:

—Llévame a una iglesia.

—¿Qué?

—A San Pascual. La de Recoletos. —Se agarró a sus manos—. Necesito entrar en una iglesia, Nicolás. Necesito rezar. Necesito... no sé lo que necesito. Pero llévame allí. Por favor.

Y Nico no preguntó nada más. Se levantó, sacó el móvil, pidió un Uber, cogió su chaqueta y la de ella, le dijo a Ernesto —el chef de Raíz y el de más galones en cocina con Mateo fuera— que se quedaba al mando de la casa hasta que él volviera, y se llevó a Alfonsina de allí sujetándola por los hombros, como se lleva a alguien que se puede caer con el próximo paso.

L a iglesia de San Pascual, en el Paseo de Recoletos, frente a la Biblioteca Nacional y a un paso del bullicio de Cibeles, era un remanso de silencio y de penumbra fresca, con su retablo neoclásico de madera al fondo y un puñado de velas encendidas parpadeando en la sombra.

Entraba poca gente a las diez y media de un lunes. Estaba vacía.

Alfonsina se detuvo en la entrada. Mojó los dedos en la pila del agua bendita y se persignó, despacio, con un gesto de la infancia que le salió solo, de muy adentro.

Y luego echó a andar por el centro de la nave, sola, hacia el altar, con los pasos resonando en la piedra, y fue a sentarse en uno de los primeros bancos, cerca del retablo, donde se sientan los que vienen a pedir algo grande.

Y se arrodilló, y hundió la cara en las manos, y rezó.

Nico se quedó atrás. No se atrevió a acercarse al altar.

Se quedó en el último banco de todos, el de la entrada, con las manos sobre el regazo, mirándola de lejos, a aquella mujer pequeña arrodillada allá al fondo bajo las velas, y sintió, con esa vieja vergüenza absurda que le daban las iglesias, que no tenía ningún derecho a acercarse más; que los primeros bancos eran para gente como Alfonsina, para gente que sabía rezar, no para un desastre como él que no pisaba una iglesia desde hacía años.

Y como estaba allí, y como no sabía qué otra cosa hacer con las manos y con el miedo, hizo algo que no había hecho en mucho tiempo.

Habló con Dios.

A su manera. En voz muy baja, casi sin mover los labios, mirando la espalda temblorosa de Alfonsina allá al fondo.

—Oye. —Empezó, incómodo, como quien llama a una puerta a la que hace mucho que no llama—. Sé que no hablo mucho contigo últimamente. La verdad es que no hablo nada. Y sé que escuchas, aunque yo no me lo merezca, así que ahí va.

Tragó saliva.

—¿Ves esa mujer de ahí delante? ¿La del moño deshecho, la que está rota?

A esa acaban de arruinarle el corazón. Se le muere la madre, y encima cargando con una culpa que no le toca, porque es la mejor persona que conozco y se va a culpar de todo, yo la conozco.

—Apretó las mandíbulas—. Y yo la quiero.

La quiero como no he querido a nadie en mi vida, te lo juro por lo que quieras.

Y no sé cómo ayudarla. No sé qué se hace con un dolor tan grande.

Yo sé hacer de comer y hacer reír a la gente, y eso ahora no sirve de nada.

Bajó la cabeza.

—Así que te pido ayuda. A ti. Que me ayudes a ayudarla, ahora que más me necesita.

Que me des las palabras, o la paciencia, o lo que haga falta, para estar a la altura por una vez en mi vida.

—Hizo una pausa—. Sí, ya sé que he hecho mil travesuras.

Que no soy precisamente un santo. Que la lista de mis tonterías no cabe en este banco.

Pero por esta mujer estoy dispuesto a arreglar toda la mierda que haya hecho, toda, la que tú me digas.

Y entonces, en aquel banco del fondo, Nico Rey de Francisco hizo la promesa más seria de su vida entera, y se la hizo a Dios en voz bajita en una iglesia vacía un lunes por la mañana: