Capítulo Veintiuno
E l lunes por la mañana, Alfonsina estaba en su casa, vestida y lista media hora antes de tiempo, con el bolso preparado y las llaves en la mano, dispuesta a acompañar a su madre a la cita del médico.
Y entonces sonó el móvil. Y era Nico.
Y en cuanto vio su nombre en la pantalla un lunes a las siete y media de la mañana, supo que había problemas.
—¿Nicolás?
—Alfonsina, perdona que te llame tan temprano, ya sé que hoy ibas con tu madre.
—La voz de Nico venía tensa—. No te llamo para que vengas, ¿eh?
Te llamo solo para que estés al tanto, porque esto va a salir en todas partes y no quiero que te enteres por internet.
—Respiró—. La Bernal. La del bautizo. Ha hecho un vídeo en directo anoche poniéndonos a caer de un burro.
A Ática, a Mateo, a todos. Que si el servicio es una vergüenza, que si la trataron fatal, todo mentira.
Y lleva la noche entera circulando, con miles de visitas.
—Madre mía. —Alfonsina se sentó en el brazo del sofá—. Pero si le salvamos el bautizo. Si le montamos sesenta cubiertos en dos días.
—Ya. Pero eso ella no lo cuenta. —Nico bajó la voz—.
He hablado con Mateo hace un rato, le he despertado y todo.
Y hemos decidido responder. Nada de pelearnos con ella: lo contrario.
Un directo desde la cocina, enseñando cómo se trabaja aquí de verdad, transparencia total.
Mateo me ha dado el visto bueno. Lo vamos a montar esta mañana.
—Una pausa—. Y de verdad que no te llamo para que vengas, Alfonsina.
Tú vete con tu madre, que eso es lo primero. Yo me apaño con esto.
Y ahí estaba el problema. Porque Alfonsina, con el móvil pegado a la oreja, sintió lo de siempre, lo que sentía desde hacía tres años: que, si ella no estaba delante de una crisis, la crisis se torcía.
Que Nico era un genio en la cocina y un desastre con los detalles.
Que un directo improvisado, con el nombre de Mateo en juego, sin ella cuadrando las cosas, podía salir bien o podía ser una catástrofe mayor que la de la Bernal.
Que aquello, en el fondo, también era su responsabilidad, su trabajo, su casa.
—Papá. —Se levantó, fue hacia la cocina, donde su padre desayunaba—.
Papá, ¿puedes acompañar tú a mamá al médico?
Me ha surgido una urgencia gorda en el trabajo, una cosa de internet que si no la apago se lía.
—Su padre asintió, tranquilo, sin darle importancia, porque nadie le daba importancia todavía a aquella cita—.
Voy, apago el fuego, y en cuanto pueda me presento en la consulta.
Es un momento. Le dices al médico que llego.
Y a Nico, por teléfono:
—Voy para allá. Ni se te ocurra empezar el directo sin mí. Que te conozco, y como te dejen suelto con un móvil delante acabas enseñando hasta las facturas. Voy.
Colgó. Le dio un beso a su madre en la frente —“vuelvo enseguida, mamá, que va papá contigo, es un momentito”—, y salió corriendo hacia Ática, sin saber que aquel “es un momentito” iba a ser una de las cosas de las que más se iba a arrepentir en la vida.
C uando llegó a Ática, aquello era un gallinero.
Nico había convertido el comedor en un plató improvisado, y todo el mundo tenía una opinión sobre cómo hacer el directo.
—Yo lo que digo —proclamaba Guillermo, subido a una silla por razones que nadie entendía— es que hay que ponerle una musiquita de fondo.
Que la gente engancha con la música. Algo con clase, ¿eh?
Julio Iglesias. O Raphael. Imagínate a Nico cortando el pescado y de fondo “yo sigo siendo aquel”...
—Se llevó la mano al pecho, emocionado—.
Se viene abajo internet. Se viene abajo.
—Guillermo, no vamos a poner a Raphael —dijo Alfonsina, dejando el bolso.
—¡Con lo bien que quedaría!
—Que no.
Ernesto, el jefe de cocina de Raíz, que se había plantado en Ática en cuanto se enteró del marrón para arrimar el hombro, estaba apoyado en la barra, cuarentón, con los brazos cruzados, y aportó lo suyo con el sentido práctico de quien se ha comido muchas inspecciones:
—Yo lo único que digo es que, si vas a sacar la cocina en directo delante de media España, déjame repasar antes las cámaras y los rótulos de fechas, no vaya a ser que se cuele un plano de algo mal etiquetado y nos hundamos nosotros solos, sin necesidad de la Bernal.
—Las cámaras están al día, Ernesto —dijo Sandra, la sous-chef —. Las repasé yo la semana pasada cuando te inspeccionaron Raíz.
—Repásalas otra vez. Que en la tele todo se ve, Sandra.
Y en medio de todo aquel caos, Luis —el jefe de mozos, el callado, el centrado— no discutía con nadie: se había puesto ya la chaqueta buena y estaba montando una mesa en el salón con una precisión de cirujano, colocando la cristalería, midiendo las distancias entre cubiertos con el ojo, doblando las servilletas en un pliegue perfecto, preparando el escenario con la eficacia silenciosa que tenía para todo, mientras los demás discutían de Raphael.
—Cuando quieran —dijo Luis, sin levantar la voz, cuando terminó—. La mesa está lista. Y el salón también. Lo demás es cosa suya.
Alfonsina lo miró, le hizo un gesto de gratitud, y cogió las riendas.
—Vale. Se acabó el circo. —Batió las palmas—.
Nada de música. Nada de Raphael, Guillermo, ni se te ocurra.
Ernesto, repasa las cámaras si te quedas más tranquilo y luego échanos una mano en cocina.
Nico, tú delante. Yo llevo la cámara. Enseñamos la verdad, con naturalidad, sin nombrar a nadie, y en veinte minutos hemos apagado esto. ¿Estamos?
—Estamos —dijo Nico, y la miró con una cosa en los ojos, gratitud y algo más, porque ahí estaba ella otra vez, ordenando el caos, salvándolo—. Gracias por venir.
—Es mi trabajo. —Pero le sostuvo la mirada un segundo de más—. Venga. A rodar.
Y rodaron.
Fue un caos maravilloso. Nico se puso delante de la cámara del móvil —que sujetaba Alfonsina— y empezó a pasearse por la cocina de Ática enseñándolo todo con esa naturalidad arrolladora que tenía: presentó a los cocineros, abrió las cámaras frigoríficas, enseñó las etiquetas de caducidad, cortó un pescado en directo, explicó de dónde venía cada cosa.
Los espectadores empezaron a entrar a cientos, y luego a miles.
Pero los comentarios, muy pronto, dejaron de ir sobre la comida.
“Perdona ¿pero quién es el cocinero guapo”, escribía una.
“Madre mía el hermano del chef”, escribía otra.
“¿Está soltero? Pregunto para una amiga (la amiga soy yo)”.
“Yo no sé cocinar, pero me ofrezco para toda la vida”.
“Que me venga a hacer una mariscada a casa y ya vemos”.
“El pescado no sé, pero a él me lo comía crudo”.
“¿Ática hace bodas? Porque yo con este me caso”.
Los corazones subían por la pantalla como una marea, y el noventa por ciento no tenían nada que ver con el género fresco ni con la trazabilidad de las cámaras frigoríficas.
Alfonsina, detrás del móvil, leía los comentarios y no sabía si reírse o tirar el teléfono por la ventana.
Notaba una cosa rara y caliente subiéndole por el pecho, una cosa fea y absurda que tardó un segundo de más en reconocer, con horror, como lo que era: celos.
Celos de diez mil desconocidas que le estaban proponiendo matrimonio a Nico por internet.
Pero será posible , pensó, apretando el móvil. Será posible que me estén poniendo de los nervios estas. Si ni lo conocen. Si están todas locas. Menudo descaro.
—¿Qué tal van los comentarios? —preguntó Nico durante un corte—. ¿Estamos apagando el fuego?
—El fuego lo estás apagando tú, pero estás encendiendo otro —masculló Alfonsina.
—¿Qué?
—Nada. Que muy bien. Sigue. —Y giró un poco el móvil, para que se viera menos a Nico y más el pescado, con una dignidad profesional que no engañaba a nadie, y menos a ella misma.
Y se armó el motín.
Porque en cuanto el encuadre se fue del guapo al besugo, los comentarios se sublevaron en masa: “¿PERO DÓNDE SE HA IDO EL ADONIS?”, “¡el pescado no, el cocinero!”, “Oiga el cámara enfoque a lo importante”, “Hemos venido a ver al chef bueno no a un lenguado”, “Que suban al de los brazos otra vez YA”, “El de la cámara despedido”, “Que lo enfoquen a él, que está más bueno que el vino”, “El besugo que se aparte, gracias”.
La pantalla era una revuelta de mayúsculas y de corazones y de emojis de fuego reclamando su ración de Nico.
Alfonsina apretó los dientes.
—Que quieren más plano tuyo —dijo entre dientes, girando el móvil de vuelta hacia él con toda la mala uva del mundo—. Toda España quiere más plano tuyo. Ale. Disfruta.
—¿Ah, sí? —Nico sonrió a la cámara, encantado, y se apartó un mechón de la frente con el antebrazo, en un gesto que no tenía nada de casual, y la pantalla directamente ardió—. Bueno, si insisten...
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Lo del pelo. Eso. No lo hagas. —Alfonsina notaba el calor subiéndole por el cuello—. Que se les va a caer el móvil de las manos a alguna de estas y me las vas a matar.
Y Nico se río, sin saber muy bien de qué, mientras diez mil desconocidas se lo rifaban en directo y una sola mujer, la que sostenía la cámara, se moría de unos celos que jamás en la vida iba a reconocer en voz alta.
Luis salió a mostrar su mesa perfecta con toda la ceremonia del oficio. Ernesto emplató un postre. Todo iba de maravilla.
Guillermo, eso sí, se pasó el directo entero rondando el borde del plano, muriéndose de ganas de salir, haciéndole señas a Nico, carraspeando, colocándose “por si acaso” en el fondo.
En un momento dado se acercó demasiado, ya casi dentro del encuadre, con la boca abierta para soltar vete a saber qué, y Nico, sin dejar de sonreír a la cámara, sin perder el ritmo, alargó un brazo y le puso la mano entera en la cara, empujándolo suavemente fuera de plano, como quien aparta una cortina.
—Aquí, en Ática, trabajamos en equipo —dijo Nico a la cámara, angelical, mientras con la otra mano mantenía a Guillermo a raya—. Cada uno en su sitio. Y el sitio de algunos es detrás. Muy detrás.