Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Veinte
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Capítulo Veinte

A lfonsina supo que algo iba mal en cuanto metió la llave en la cerradura.

Porque a las siete de la noche de un domingo, la casa de sus padres estaba demasiado en silencio. No se oía la tele, ni a su madre trasteando en la cocina. Un silencio de emboscada.

Y en cuanto abrió la puerta, lo confirmó: en el salón, sentado en el sofá bueno, el de las visitas, con las piernas cruzadas y una copa de algo en la mano que su madre le habría servido para agasajarlo, estaba Federico.

Y en el sillón de enfrente, muy tiesa, con las manos entrelazadas sobre el regazo y una cara de funeral, estaba Nilda.

La estaban esperando. Los dos. Juntos.

—Anda, mira quién llega. —Federico dejó la copa en la mesita, despacio, sin levantarse—. La desaparecida.

—Federico. —Alfonsina se quedó de pie en la entrada del salón, con el bolso todavía colgado del hombro—. ¿Qué haces aquí?

Pero fue Nilda quien se levantó primero, alisándose la falda, con una diplomacia tirante que no engañaba a nadie.

—Bueno, ustedes dos tendrán cosas de que hablar. —Nilda se alisó otra vez la falda—. Yo voy a preparar un poco de café, que siempre ayuda a que las cabezas se pongan en su sitio.

Y se fue hacia la cocina, dejándolos solos, con esa retirada estratégica de las madres que se van, pero no del todo, que hacen café con la oreja puesta, que salen de la habitación para que hablen, pero vuelven en el momento justo.

Alfonsina se quedó sola con Federico en el salón.

—Estaba esperándote —dijo él por fin, respondiendo a la pregunta con retraso, ya sin la madre delante—.

Llevo aquí desde las cinco, haciéndole compañía a tu madre, que estaba preocupadísima de nuevo.

—Sonrió sin ninguna alegría—. Preocupadísimos los dos, en realidad.

Porque nadie sabía dónde estabas. Otra vez.

—He ido a misa. Y luego a comprar unas cosas, ya se lo dije a mamá.

—¿Nueve horas? —Federico levantó una ceja—. ¿Misa de nueve horas? Debe de ser una parroquia muy piadosa.

A lfonsina notó el peligro y echó mano de lo único que tenía: la compostura. La misma sonrisa de acero con la que había aguantado a la señora Bernal el día anterior, la misma con la que llevaba toda la vida sobreviviendo.

—Me entretuve. Me encontré con una amiga, tomamos algo, se me pasó la tarde. —Dejó el bolso en una silla, con una naturalidad que no sentía—. Lo siento si los he preocupado. Pero soy mayorcita, ¿no? Puedo pasar un domingo por ahí sin dar el parte cada hora.

—Claro que puedes. —Federico se levantó, despacio, y se acercó—. Lo que pasa es que hay cosas que no cuadran, cariño. Y a mí las cosas que no cuadran me ponen nervioso.

Y entonces le cogió la mano. La izquierda.

—Por ejemplo, esto.

Le levantó la mano desnuda, sin anillo, a la altura de sus ojos, sujetándola por la muñeca.

—¿Dónde está tu anillo, Alfonsina?

El corazón le dio un vuelco. Pero la mentira le salió sola, rápida, práctica, la mentira de una mujer que llevaba días aprendiendo a mentir a marchas forzadas.

—Lo he guardado. —Retiró la mano con suavidad—.

En el joyero. Federico, es un anillo carísimo, y Madrid de tarde está imposible, lleno de carteristas y de tirones.

No pienso ir por ahí sola, un domingo, en metro, con un solitario de ese tamaño en el dedo llamando la atención.

Me lo quito para andar por la calle y me lo pongo para las ocasiones. Es de sentido común.

Era una buena mentira. Sólida. Razonable. De las que no se pueden discutir sin parecer paranoico.

Y habría colado perfectamente, de no ser porque Federico, mientras la escuchaba, la estaba mirando de verdad. De arriba abajo. Y lo que veía no cuadraba con una tarde de misa y de compras.

—Y las compras. —Federico miró alrededor, muy despacio, con las manos en los bolsillos—. Dijiste que ibas a comprar unas cosas. Que por eso tardabas. —Ladeó la cabeza—. ¿Dónde están?

—¿Qué?

—Las bolsas, Alfonsina. Las cosas que ibas a comprar. Llevas nueve horas fuera “de compras” y llegas con el bolso y nada más. Ni una bolsa. Ni un paquete. Nada. —Chasqueó la lengua—. No pareces que vengas de compras.

—No encontré lo que buscaba —dijo ella, y notó cómo la voz le perdía firmeza—. Fui, miré, no había mi talla, me volví. No siempre que una sale a comprar vuelve cargada.

—Ya. —Federico sonrió, y no era una sonrisa buena—. Claro. —Dio un paso más—. Dime una cosa, entonces, ya que eres tan sensata. ¿En qué iglesia dan el mantecado?

Alfonsina se quedó helada.

—¿Qué?

—El mantecado. —Federico alargó la mano y le tocó, con un dedo, la camisa, donde—ella lo vio ahora, al bajar la vista, con un frío que le subió desde el estómago—había dos gotas secas, inconfundibles, de helado.

Manchas de crema, de un color entre beige y dorado, justo encima del corazón—.

Llevas helado en la camisa. Y el pelo...

—Le recorrió con la mirada el pelo suelto, revuelto, que ella se había recogido mal a toda prisa en el Uber pero que todavía conservaba el desorden de las manos de Nico—.

El pelo lo llevas hecho un desastre. Tú, que no sales de casa sin el moño perfecto.

Tú, que planchas hasta los pañuelos. —Bajó la voz—.

Vienes despeinada y manchada de helado de una misa de nueve horas. ¿Y quieres que me lo crea?

Silencio.

Alfonsina abrió la boca. La cerró. Notó cómo se le subían los colores, cómo la coartada perfecta se le deshacía en las manos, no por lo que había dicho, sino por lo que llevaba puesto, por lo que su propio cuerpo gritaba sin permiso.

—He tomado un helado con mi amiga —dijo, con la voz un poco menos firme—. Y hace calor. Y se me ha deshecho el moño. No sé qué insinúas, Federico, pero no me gusta ni el tono ni que hayas venido a casa de mis padres a interrogarme como si fuera una delincuente.

—¿Interrogarte? —Federico abrió los brazos, y ahí volvió, instantáneo, el victimismo, el número del hombre bueno y herido—.

¡Yo no te interrogo, Alfonsina, yo me preocupo!

¡Que vamos a casarnos! ¡Que te noto rara desde hace semanas, ausente, mintiendo, desapareciendo, y no sé qué te pasa ni por qué, y me estoy volviendo loco!

—Se llevó la mano al pecho—. ¿Tú sabes lo que es querer a alguien que se te va escapando entre los dedos y no saber por qué? ¿Lo sabes?

Federico se arregló la americana.

—No voy a seguir haciendo esto —dijo al fin, bajando la voz—. Cuando quieras decirme la verdad, me llamas.

Cogió las gafas de sol de la mesa.

—Porque los dos sabemos que hoy no has estado con ninguna amiga.

Alfonsina sintió un latigazo de miedo, pero no contestó.

Federico la miró un segundo más.

—Y espero, por tu bien y por el mío, estar equivocado sobre con quién has estado.

Entonces sí se puso las gafas y se dirigió a la puerta.

—Será mejor que me marche.

Abrió la puerta y se fue.

Alfonsina se quedó mirando la puerta entre sorprendida y aliviada.

Y en ese momento volvió Nilda de la cocina, con una bandeja, tres tazas y la cafetera, y se quedó un segundo parada en el umbral del salón, calibrando la temperatura de lo que había dejado hervir en su ausencia.

—¿Y Federico?

—Se ha ido. Dijo que tenía algo urgente que atender —mintió Alfonsina.

Nilda dejó la bandeja en la mesita, despacio, sin prisa, y sirvió el café con un pulso de madre que ha decidido tomar el mando de la conversación.

—Alfonsina. —La voz de su madre sonó cansada, y triste, y firme—. Siéntate, hija. Vamos a hablar.

Alfonsina se sentó, porque a su madre no se le decía que no.

Y Nilda la miró, y en aquella mirada había amor, y preocupación de verdad, y también algo más duro, algo de generación, algo de “las cosas se hacen como se tienen que hacer”.

—Yo no sé qué está pasando. —Nilda hablaba despacio, escogiendo las palabras—.

No sé dónde has estado estas noches. Lo que sí sé que me has mentido, cosa que no habías hecho nunca.

Y sé que has llegado hoy con una cara que no te había visto en la vida, y no sé si esa cara es buena o es mala, pero sé que tiene que ver con algo que no me estás contando.

—Tragó saliva—. Y me da miedo, hija. Me da mucho miedo.

—Mamá...

—Déjame terminar. —Nilda levantó una mano—.

Tú tienes veintiséis años. Tienes un buen trabajo.

Y tienes a un hombre bueno, con una buena posición, que te ha pedido matrimonio delante de todo el mundo y que estuvo aquí, en mi salón, un domingo por la noche, preocupado por ti.

¿Tú sabes la suerte que es eso, Alfonsina?

¿Sabes cuántas mujeres querrían lo que tú tienes y lo estás mirando como si te pesara?

Y ahí estaba. La presión. No la de Federico, que Alfonsina ya sabía manejar, sino la otra, la que de verdad dolía: la de su madre, que la quería, que no era mala, que solo tenía miedo de que su hija tirara por la borda lo que ella entendía por seguridad y por futuro.

—Yo solo quiero que seas feliz —dijo Nilda, y se le quebró un poco la voz—. Y que estés protegida. Que no te falte nada. Que tengas a alguien que te cuide. Eso es todo lo que quiere una madre.

Y Alfonsina, mirando a su madre con la cara cansada, con la voz ronca de las últimas semanas, con la cita del médico al día siguiente y sintió que se le partía algo por dentro.

Y estuvo a punto. Tenía las palabras en la boca. Las notaba subir, calientes, definitivas, liberadoras:

Estoy enamorada de otro, mamá, perdidamente enamorada de otro hombre, uno que me hace reír, que me saca de quicio, que me deja ser como me da la gana, que hoy me ha llevado a un museo con una niña y me ha dado un helado y me ha dicho que me va a querer de una manera que Federico no sabe ni escribir.

Lo tenía todo ahí. En la punta de la lengua. A un segundo de soltarlo y hacer saltar por los aires la vida entera y quedarse libre.

Abrió la boca.

—Mamá, yo...

Y entonces Nilda tosió.

Fue una tos pequeña, seca, que le vino de repente, y que intentó tapar con la mano, y que se alargó más de la cuenta, y que le dejó los ojos llorosos y la respiración un poco agitada, y que la obligó a coger el vaso de agua de la mesita y beber, con la mano un poco temblorosa.

—Perdón. —Nilda se recompuso, carraspeó—. Esta tos que no se me quita. Será el aire.

Y Alfonsina cerró la boca y se tragó las palabras enteras, todas, calientes como estaban, porque de golpe no pudo.

No pudo soltarle a su madre —a su madre con esa tos, con esa cita al día siguiente, con esa cara cansada— una bomba que la iba a destrozar.

No aquella noche. No podía sumar su terremoto al miedo que ya veía en los ojos de su madre.

No era el momento.

—Nada, mamá. —Bajó la cabeza—. Que tienes razón. Que he estado rara. Que lo siento.

Nilda suspiró, aliviada.

—Mamá, mañana voy contigo al médico —A Alfonsina le salió automático.

—No hace falta, hija, que voy yo sola —dijo Nilda, rápida.

—Voy contigo, mamá. —Y esto lo dijo con una firmeza que no admitía discusión, una firmeza que la sorprendió hasta a ella misma—. Y no se hable más.

Y en aquella frase — voy contigo, mamá — había mucho más que un plan para el lunes. Había una hija que, una vez más, había puesto lo suyo en pausa porque alguien a quien quería la necesitaba.

Lo de Federico podía esperar. Lo de Nico también.

Al menos eso se dijo.

A lfonsina se sentó en su cama. Sacó del bolso, de la cremallera interior, el anillo de Federico, y lo miró un buen rato bajo la luz de la mesilla, aquel solitario enorme y frío que no había elegido, que no quería, que se había convertido en el símbolo de una jaula de la que no se atrevía a salir.

Y luego sacó el móvil.

Tenía un mensaje de Nico, de hacía una hora. Uno solo. Sin presionar, sin preguntar dónde estaba, sin reclamar nada.

“Espero que hayas llegado bien. No hace falta que contestes. Solo quería que supieras que hoy ha sido el mejor día que recuerdo en mucho tiempo. Descansa, jefa”.

Alfonsina lo leyó tres veces.

Y luego apretó el móvil contra el pecho, en la oscuridad de su cuarto de siempre, en la casa de sus padres, con el anillo de un hombre en la mesilla y el mensaje de otro en la mano, y por primera vez en toda la noche, sola, sin testigos, sin compostura que fingir, se echó a llorar.

No de pena.

De rabia por no ser valiente. De miedo por lo del día siguiente. Y de amor —de un amor enorme, imposible, a destiempo— por un hombre al que había salido corriendo unas horas antes porque sabía que, si se quedaba, se entregaba.

Y cuando por fin se le pasó el llanto, se secó la cara con el dorso de la mano, respiró hondo, y contestó el mensaje. Porque no podía dárselo todo, no todavía, pero aquello sí. Aquello se lo podía dar.

“He llegado bien. Y no lo digas solo tú: para mí también ha sido la mejor salida que recuerdo en muchísimo tiempo. Gracias por hoy. Descansa, Nicolás. Hasta mañana”.

Lo envió antes de arrepentirse. Y se quedó mirando la pantalla, esperando, y vio aparecer los tres puntitos, y luego una sola palabra que le llegó como un abrazo en mitad de la peor noche:

“Descansa”.

Mañana era lunes.

Mañana su madre tenía médico.

Y Alfonsina, que no lo sabía todavía, estaba a punto de entrar en la semana que le iba a partir la vida en dos.