Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Diecinueve #2
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Capítulo Diecinueve #2

Y precisamente por eso a Alfonsina le dio un vuelco el corazón. Porque había visto el dedo desnudo y había decidido no pedirle nada a cambio. Ni una explicación, ni una esperanza, ni un significado que ella todavía no estaba preparada para darle.

—Alfonsina. —Gisela tiró otra vez de su mano—. Dame del tuyo.

—Pero si tienes tres sabores.

—Quiero probar el de arroz con leche.

—Esta niña nos va a dejar sin helado a los dos —dijo Nico.

—A ti no, porque el tuyo sabe a crema de playa —dijo Alfonsina entre risa.

—Otra. Se acabó. Me voy.

—¡Noooo!

Gisela corrió detrás de él cuando Nico fingió marcharse calle abajo con su helado, y Alfonsina se quedó un segundo parada, riéndose, viéndolos hacer el idiota en mitad de la acera.

Luego echó a andar detrás de ellos. Y mientras caminaba volvió a mirar su mano.

La marca pálida del anillo seguía allí, rodeándole el dedo.

Por un instante pensó en Federico. En su madre. En el teléfono apagado dentro del bolso. En todo lo que la esperaba cuando aquel domingo terminara.

Después levantó la vista.

Nico había conseguido mancharse la punta de la nariz de helado y Gisela se estaba muriendo de la risa intentando decírselo.

Siguieron los tres por Chamberí, pasándose los envases, robándose cucharadas, discutiendo sobre sabores y riéndose por cualquier tontería, y a Alfonsina se le olvidó —de verdad, del todo, por primera vez en semanas— que tenía otra vida esperándola en algún sitio.

Y entonces, en un semáforo, pasó.

Gisela se distrajo. En el escaparate de una tienda de la esquina vio un peluche enorme, un oso descomunal, y soltó la mano de Alfonsina y pegó la nariz al cristal, absorta, señalando y hablando sola.

Y por un segundo, Nico y Alfonsina se quedaron solos. De pie en la acera, con sus helados, mirando a la niña pegada al escaparate. Muy cerca el uno del otro. Sin la cadena de manos, pero sin separarse.

Alfonsina notó que él la miraba. Giró la cara.

Y Nico la besó.

Un beso corto. Suave. Con sabor a coco y a arroz con leche, tibio de la tarde de junio, un beso de nada y de todo, que duró lo que tardó Gisela en despegarse del escaparate. Un beso robado en una esquina de Chamberí, a plena luz del domingo, sin anillo.

—Perdona —susurró Nico, separándose, con media sonrisa—. Otra vez. Ya sabes que no puedo evitarlo.

—Ya lo sé. —Alfonsina se mordió el labio, colorada, feliz, aterrada—. Yo tampoco.

—¡TÍO NICO! —Gisela se giró, radiante, ajena a todo—. ¡Un oso! ¡Un oso gigante! ¿Lo has visto?

—Lo he visto, princesa. —Nico se aclaró la garganta, dio un paso hacia la niña—. Es un oso impresionante.

—¿Me lo compras?

—Ni de broma.

—Jooo.

Y siguieron andando, los tres con Gisela negociando la compra del oso y perdiendo estrepitosamente, y Alfonsina con los labios todavía calientes y el corazón desbocado y una certeza cada vez más grande e imposible instalándosele en el pecho.

A las seis de la tarde, la burbuja se rompió, como se rompen todas las burbujas: puntualmente.

Daniela los estaba esperando en la puerta del apartamento, de vuelta de Málaga, con mejor cara que cuando se fue —más descansada, más entera, con una calma nueva en los ojos que ninguno de los dos comentó, pero los dos notaron—.

Gisela corrió a sus brazos gritando “¡MAMÁ!”, y le contó, toda de carrerilla y sin respirar, lo del museo y los espejos y el agua que subía y el laberinto y el helado de fresa y chocolate que era mejor que el coco del tío Nico, y lo del oso gigante que el tío Nico no le había querido comprar.

—Muchas gracias, Nico. —Daniela lo abrazó, emocionada—.

De verdad. No sabes lo tranquila que he estado sabiendo que estaba contigo.

— Miró a Alfonsina, y luego a Nico, y algo debió de entender, porque se le dibujó una sonrisa pequeña que tuvo la elegancia de guardarse para ella.

—. Y gracias a ti también, Alfonsina. Por todo.

—No es nada. Ha sido un placer. —Y era verdad—. Es una niña maravillosa.

Recogieron las cosas de Gisela, la maleta, el conejo sin oreja, el gorro nuevo del museo. Y Gisela, antes de irse, se abrazó a la cintura de Alfonsina, muy fuerte, y le dijo, mirándola desde abajo con esa franqueza suya que no sabía mentir:

—¿Vas a venir a mi casa a jugar?

Y Alfonsina, que no podía prometerle nada, se agachó y le dio un beso en el pelo.

—Ya veremos, cariño. Ya veremos.

Y vio a Daniela llevarse a la niña de la mano, escalera abajo, hasta que desaparecieron.

Y entonces se quedaron solos. Nico y Alfonsina. En la puerta del piso. A las seis y cuarto de un domingo de junio.

Se hizo un silencio distinto de todos los anteriores, más denso, más consciente, el silencio de dos personas que acaban de pasar el día jugando a una vida que no era suya y que ahora tienen que decidir qué hacen con lo que sienten.

—Bueno —dijo Alfonsina, con la voz un poco ronca—. Se acabó el día.

—Se acabó el día.

—Tengo que encender el móvil. —No se movió—. Debo tener veinte llamadas de mi madre. Y mil de Federico.

—Ya.

—Tengo que volver a mi vida, Nicolás.

—Todavía no.

Y no le dio tiempo a preguntar “¿qué?”. Porque Nico dio un paso, le sujetó la cara con las dos manos y la besó.

Y esta vez no fue un beso robado. No fue el besito de la esquina, corto y con sabor a helado, del “perdona, otra vez”.

Esta vez fue un beso con todo: la boca entera, las dos manos en su cara y luego en su pelo deshaciéndole lo que quedaba del recogido, el cuerpo pegado al de ella, la lengua, el hambre de semanas soltada de golpe en el rellano de un edificio a las seis y cuarto de la tarde.

Alfonsina se quedó sin aire. Le agarró la camisa con los dos puños, y en vez de apartarlo tiró de él, y le devolvió el beso igual, con la misma hambre, con las mismas ganas atrasadas, y Nico, sin dejar de besarla, alargó una mano hacia atrás, abrió la puerta del piso, y la arrastró dentro.

Cerró la puerta de una patada.

Y la besó contra la puerta cerrada, en la penumbra del recibidor, y ya no había niña, ni museo, ni helado, ni acera de Chamberí, ni transeúntes, ni nada: solo los dos, solos por primera vez de verdad desde la cava, sin nadie que los interrumpiera y sin ningún sitio al que huir, besándose como si se fueran a morir mañana, hasta que a los dos se les acabó el aliento y tuvieron que parar, frente contra frente, jadeando, agarrados, temblando.

Se quedaron así. Sin aliento. En la oscuridad del recibidor. Los dos con el corazón desbocado, la respiración rota, las manos todavía agarradas a la ropa del otro, sin atreverse a dar el paso siguiente y sin querer, por nada del mundo, soltarse.

—Alfonsina —dijo Nico, con la voz hecha trizas, la frente pegada a la de ella—. Escúchame. Porque esto te lo tengo que decir ahora, con el móvil apagado, antes de que lo enciendas y vuelvas a tu vida y te acuerdes de todo lo que eres y de todo lo que debes.

Ella tragó saliva, sin soltarlo.

—Dime.

Y Nico la miró, en la penumbra de su casa, sin una sola broma, por primera vez completamente en serio:

— Que el día que te canses de vivir como esperan los demás.

El día que quieras elegir tú. —Le apartó un mechón de la cara—.

Yo estoy aquí. No me voy a ninguna parte.

Da igual el tiempo que tardes. Da igual el anillo, ni el correcto, ni tu madre, ni lo que diga Madrid entero.

Yo te espero. Y cuando estés lista, te voy a querer de una manera que ese hombre no sabe ni cómo se escribe.

Y Alfonsina, con el móvil apagado en el bolso y el anillo escondido en la cremallera y los labios hinchados de él y el corazón hecho un caos absoluto, supo que aquellas palabras iban a perseguirla toda la noche, toda la semana, toda la vida si hacía falta.

Porque eran, exactamente, lo que llevaba toda la vida esperando que alguien le dijera.

Y también supo, en ese mismo instante, con una claridad que le dio pánico, que, si se quedaba un segundo más en aquel recibidor a oscuras, con la puerta cerrada y él mirándola así, no iba a poder aguantar.

Que iba a soltar el bolso. Que iba a dar ella el paso siguiente.

Que se iba a entregar entera, allí mismo, sin pensar en nada ni en nadie, y que después ya no habría vuelta atrás para nada.

Y no estaba lista. No así. No a la carrera, huyendo, con toda su vida sin resolver esperándola al otro lado del móvil apagado.

—Me tengo que ir —dijo, y le salió casi sin voz.

—Alfonsina...

—Me tengo que ir, Nicolás. Ya.

Y abrió la puerta ella misma, deprisa, torpe con el pestillo, y salió al rellano casi tropezándose, y bajó las escaleras sin esperar el ascensor, deprisa, casi corriendo, huyendo de aquel piso y de aquel hombre y sobre todo de sí misma, de lo que había estado a un pelo de hacer, del sí que le temblaba en la boca y en el cuerpo entero.

Salió a la calle. Respiró el aire de la tarde de junio como quien sale del agua. Se apoyó un segundo en la pared, con el corazón desbocado.

Y solo entonces, en la acera, lejos de él, a salvo, sacó el móvil del bolso y lo encendió.

Y empezaron a entrar, una detrás de otra, las llamadas perdidas, los mensajes, la vida real cayéndole encima otra vez: su madre, Federico, su madre, Federico, su madre.

La burbuja se había roto del todo.

Pero en los labios todavía le duraba el sabor a coco.

Y esa frase — el día que quieras que te quieran de verdad — ya no se le iba a ir nunca.