Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Diecinueve
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Capítulo Diecinueve

A lfonsina se despertó el domingo con el cuerpo pesado y el ánimo por los suelos.

Había dormido en su cama después de que Federico la dejara en el portal la noche anterior sin apenas mirarla, con un “mañana hablamos” que sonó a sentencia.

Después de eso subió acompañada de su madre, se tiró en la cama, y se pasó la noche mirando el techo, reviviendo la humillación: su madre en mitad de Ática, la voz de Nilda temblando, el dime por qué me has mentido delante de Luis, de Guillermo, de Nico.

La cara de Nico. La sonrisita de Federico.

Se despertó con ganas de no existir un rato. Y a las diez y media, cuando estaba tirada en la cama sin fuerzas ni para levantarse aquel domingo por la mañana, le vibró el móvil.

Un mensaje de Nico. Lo abrió con el corazón en un puño, temiendo que fuera algo serio, algo de trabajo, algo más de la noche anterior.

Era una foto de Gisela, en pijama, sentada en la mesa de la cocina del apartamento, con una tostada en la mano y la cara embadurnada de chocolate hasta las cejas, sonriendo como si fuera el mejor día de su vida.

Y debajo, un texto:

“Parte de guerra: domingo, 10:30h. La rehén desayuna bien. Ha exigido Nutella bajo amenaza de motín. He negociado: Nutella a cambio de no contarle a su madre que anoche se durmió a las tantas. Reina el equilibrio. Un problema: el responsable de la operación no tiene ni idea de qué hacer con una niña de 10 años un domingo entero hasta las 6. Se aceptan sugerencias. Y refuerzos”.

Alfonsina se río sola, en voz alta, en su cuarto, con la almohada todavía marcada de la mala noche, y fue como si alguien abriera una ventana en una habitación cerrada.

Se río de la foto, de la Nutella, del “parte de guerra”, del “se aceptan refuerzos”, y de golpe la noche anterior pesaba un poco menos, porque al otro lado de la ciudad había un hombre grande y torpe intentando hacerle gracia a las diez y media de la mañana de un domingo, y lo estaba consiguiendo.

Tecleó:

“¿La rehén tiene demandas para el resto del día?”

La respuesta llegó al instante:

“La rehén quiere ‘ir a un sitio divertido con Alfonsina’. Cito textualmente. El responsable de la operación secunda la moción. Firmemente”.

Y Alfonsina se quedó mirando la pantalla, mordiéndose el labio, con el pulgar sobre el teclado y todo el sentido común del mundo diciéndole que no, que anoche precisamente, que su madre, que Federico, que el anillo, que su vida ordenada hecha añicos.

Y escribió:

“Dame una hora. Me encargo del sitio divertido”.

L a mentira a su madre le salió más fácil que nunca, y eso ya casi ni la asustaba.

—Mamá, me voy a misa de doce, y luego aprovecho para comprar unas cosas que necesito, que mañana no me va a dar tiempo. Como fuera. No me esperes.

Su madre la miró desde el sofá, con esa cara de preocupación con la que la miraba desde la noche anterior, y por un momento Alfonsina temió que le dijera algo, que sacara el tema, que le exigiera cuentas. Pero Nilda solo asintió, cansada, y dijo:

—Ve con Dios, hija. Y piensa en lo que hablamos. Por favor, contéstame cuando te llame.

—Claro, mamá.

Y salió de casa con una mentira más en el bolsillo y, por primera vez en la vida, sin sentirse del todo culpable, porque después de lo de la noche anterior algo se le había movido por dentro, algo pequeño y firme que empezaba a preguntarse si la vida que le habían diseñado era de verdad la que quería.

En el portal, después de pedir el Uber, hizo dos cosas.

Apagó el móvil. Del todo, como la otra noche.

Y se quitó el anillo. Se lo sacó del dedo, lo guardó en el bolsillo interior del bolso, con cremallera, y se miró la mano desnuda, sin el peso, sin el destello, y respiró como no respiraba hacía días.

Por un día. Solo por un día. Sin anillo, sin móvil, sin Federico, sin su madre, sin culpa.

Por un día iba a ser libre.

S e encontraron en la puerta del Museo de los Sentidos, en la calle Virgen de los Peligros, a dos pasos de Sol.

Alfonsina lo había elegido por Gisela. Un sitio nuevo, lleno de ilusiones ópticas y espejos y experiencias raras, perfecto para una niña y en cuanto vio la cara de Gisela al reconocerla, supo que había acertado.

—¡ALFONSINA! —Gisela se soltó de la mano de Nico y corrió a abrazarla, y Alfonsina la levantó en volandas, y la niña le plantó un beso de Nutella residual en la mejilla—. ¡El tío Nico ha dicho que vamos a un sitio de magia!

—No es de magia exactamente. —Alfonsina la dejó en el suelo—. Es un sitio donde tus ojos ven cosas que no son verdad. Y tus manos tocan cosas raras. Y hay un laberinto de espejos donde te multiplicas por mil.

—¿Por MIL?

—Por mil.

—¡Tío Nico, me voy a multiplicar por mil!

—Que Dios nos pille confesados —dijo Nico—. Con una ya vamos servidos.

Y entraron.

Y fue, sencillamente, un día feliz. De esos que mientras están pasando parecen poca cosa y luego resulta que uno recuerda durante años.

Se metieron en la sala donde el agua parecía subir cuesta arriba, y Gisela no se lo creía y metía la mano una y otra vez para pillar el truco.

Se perdieron en el laberinto de espejos, y se chocaron con sus propios reflejos, y Gisela se reía tanto que le entró hipo, y en una de las vueltas Nico y Alfonsina se quedaron atrapados en un rincón de espejos, multiplicados hasta el infinito, mil Nicos y mil Alfonsinas mirándose, y por un segundo se les cortó a los dos la risa y se miraron —de verdad— antes de que Gisela reapareciera gritando “¡Los he encontrado!”.

Pasaron por el túnel giratorio, que a Nico le revolvió el estómago y a Gisela le encantó.

Pasaron por la sala del tacto, donde había que meter las manos en cajas sin ver qué había dentro, y Nico metió la mano y puso cara de terror fingido y gritó como un niño, y Gisela se partía de risa.

Se hicieron mil fotos en las paredes imposibles, boca abajo, torcidas, gigantes y enanas.

Y Nico pagó las entradas, y el gorro de recuerdo que Gisela quiso, y las fotos impresas, y todo, sin dejar que Alfonsina sacara la cartera ni una vez.

—Invito yo —dijo, cada vez—. Que para eso soy el tío rico. Bueno, el tío hermano del rico. Es casi lo mismo.

S alieron del museo a media tarde, deslumbrados y cansados y felices, y Nico pidió un Uber.

—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Gisela, que no quería que se acabara nunca.

—Ahora —dijo Nico— vamos al sitio más importante del día. Un secreto que solo conocen los que saben. —Bajó la voz, teatral—. La mejor heladería de Madrid.

Fueron a Los Alpes, en Chamberí, en la calle Arcipreste de Hita: una heladería de las de toda la vida, abierta desde mil novecientos cincuenta, con cincuenta sabores y un señor mayor detrás del mostrador que llevaba media vida sirviendo cucuruchos.

Gisela se quedó plantada delante de la vitrina con la boca abierta, incapaz de decidirse, y tardó diez minutos en elegir, y al final eligió tres sabores que no pegaban ni con cola —fresa, chocolate y dulce de leche— en un recipiente que era más grande que su cabeza.

Alfonsina pidió uno de arroz con leche. Nico, uno de coco.

Y salieron a la calle, los tres, con sus helados, en una tarde de junio dorada y templada, y echaron a andar sin rumbo por Chamberí.

Y en algún momento, sin que nadie lo decidiera, se encontraron caminando así.

Los tres. Gisela en el medio, con su envase imposible en una mano y la otra bien agarrada a la de Alfonsina. Una familia de mentira, de prestado, de un solo domingo, caminando por una acera de Chamberí compartiendo helado como si el mundo fuera exactamente así de sencillo y así de bueno.

—El de dulce de leche está mejor que el tuyo —le dijo Gisela a Nico.

—Imposible. El coco es el rey de los helados.

—El coco sabe a protector solar.

—¡Oye! —Nico se llevó la mano al pecho, herido—. Alfonsina, ¿tú has oído a esta niña? Coco igual a protector solar. Se acabó, te devuelvo a tu madre.

Gisela se echó a reír.

—¡No puedes!

—¿Cómo que no puedo?

—Porque mi mamá no viene hasta las seis.

—Pues a las seis. A las seis en punto te devuelvo. Y le digo: Daniela, aquí tiene usted a su hija, que ha insultado al coco y ya no puede seguir perteneciendo a esta familia.

—¡Tío!

—Hay cosas que no se perdonan, Gisela.

Alfonsina se reía también, y Gisela le dio a probar de su helado para que decidiera quién tenía razón. Alfonsina probó una cucharada de dulce de leche y puso los ojos en blanco de gusto, exagerando a propósito.

—Lo siento, Nicolás. La niña tiene razón.

—No me lo puedo creer. Las dos contra mí.

—El pueblo ha hablado —dijo Alfonsina.

—El pueblo no tiene criterio.

Gisela volvió a reírse y tiró de la mano de Alfonsina mientras caminaban.

Y fue entonces cuando Nico lo vio.

No porque estuviera buscándolo. No porque llevara toda la tarde pendiente de sus manos. Simplemente Gisela levantó el brazo de Alfonsina al tirar de ella y, durante un segundo, la mano izquierda quedó delante de sus ojos.

Desnuda. Nico bajó la mirada. El anillo no estaba.

Llevaba días viéndolo allí. Primero aquel pedrusco que apareció de golpe y le cayó como una patada en el estómago; después, el destello constante en la oficina, en Raíz, en su sofá, en su cama. Había aprendido a verlo incluso cuando intentaba no mirarlo.

Y ahora no estaba.

Nico no dijo nada. No sabía qué significaba.

Podía habérselo quitado por cualquier motivo.

Podía habérselo dejado en casa. Después de lo ocurrido la noche anterior, podía incluso habérselo quitado porque estaba enfadada con Federico y volvérselo a poner esa misma noche.

No iba a preguntarle. No iba a hacerse ilusiones con una cosa que ella no le había explicado.

Pero algo, muy adentro, se le aflojó.

Alfonsina sintió la mirada. Bajó los ojos hacia su propia mano y supo inmediatamente qué había visto. Cuando volvió a mirarlo, Nico ya estaba comiendo de su helado de coco como si nada.

No preguntó. No sonrió. No hizo ninguna de las bromas que habría hecho el Nico de unas semanas atrás.