Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Dieciocho #2
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Capítulo Dieciocho #2

¿Que llevaba dos noches durmiendo en casa de Nico? ¿Que había mentido para volver allí? ¿Que esa misma madrugada se había despertado entre sus brazos y, cuando él la besó, ella lo había besado de vuelta con el anillo de Federico puesto?

¿Eso iba a decir? ¿A la una de la mañana, delante de su madre, de sus compañeros, de Federico y del propio Nico?

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Pero no de pena. De rabia.

Una rabia pura, caliente, humillante.

Porque ella se había pasado la vida siendo la correcta. La responsable. La hija que no daba disgustos. La empleada que solucionaba los problemas de todo el mundo. La mujer que llegaba a tiempo, que cumplía, que no levantaba la voz, que no hacía escenas.

Y ahora estaba allí, acorralada delante de la gente con la que trabajaba, obligada a escoger entre seguir mintiendo o destrozarlo todo de una vez, sin que nadie le concediera siquiera un minuto para respirar.

No dijo nada. Se dio media vuelta y subió las escaleras.

Entró en su oficina, cogió el bolso, el móvil y la chaqueta y volvió a bajar. Venía blanca. Le temblaban las manos. Llevaba la mandíbula tan apretada que le dolía.

—Vámonos —dijo.

No miró a nadie.

—Vámonos ya.

—Alfonsina. —Nico dio un paso hacia ella antes de poder contenerse—. No te vayas así. No tienes por qué...

Federico se volvió hacia él.

—Creo que esto es un asunto familiar.

Lo dijo sin levantar la voz.

Educado. Casi amable.

Y precisamente por eso a Nico le entraron ganas de partirle la cara.

Federico volvió hacia Alfonsina y le pasó un brazo por la cintura. La mano quedó abierta sobre su cadera, firme, demasiado segura de su sitio.

—Vámonos a casa, cariño. Ha sido una noche muy larga y estás alterada. Ya está. Ya pasó. Yo te cuido.

Alfonsina cerró los ojos un segundo.

Estaba agotada. Humillada. Tenía a su madre delante, los ojos de todo el mundo encima y ninguna fuerza para montar una segunda batalla encima de la primera.

Así que se dejó llevar.

Y esa fue la peor parte para Nico. No el brazo de Federico alrededor de su cintura.

No aquella mano sobre su cadera. Sino que ella se dejara.

Que caminara hacia la puerta pegada al costado de aquel hombre, vencida, sin apartarlo, sin volver la cabeza, porque ya no le quedaban fuerzas para resistirse.

Nilda salió primero.

Alfonsina llegó a la puerta bajo el brazo de Federico. Y justo antes de cruzarla, Federico se giró.

Buscó a Nico con la mirada.

Lo encontró. Y sonrió. Apenas una curva lenta en la boca, satisfecha.

Después se volvió y salió con Alfonsina.

La puerta de Ática se cerró detrás de los tres.

A Nico le ardieron las manos. Se quedó donde estaba, con los puños apretados a los costados y la mandíbula trabada, mirando aquella puerta cerrada.

No fue la mano de Federico en su cintura lo que más le dolió. Fue que Alfonsina se hubiera ido con él.

Que después de dos noches, de aquella cama, de despertarse con ella entre los brazos, de aquel beso en la oscuridad, al final hubiera sido Federico quien dijera vámonos a casa .

Y ella hubiera ido.

S e hizo un silencio enorme en Ática.

Luis bajó la vista y se metió en la cocina sin decir nada. Guillermo, por una vez, tampoco encontró palabras: dejó la fregona apoyada en la pared, muy despacio, y miró a Nico con una pena de perro viejo.

—Nico...

—Déjalo, Guillermo.

Nico se quedó de pie en mitad del comedor cansado, las sillas por colocar, las mesas por recoger, los restos del banquete, mirando la puerta cerrada por la que acababa de irse la mujer a la que quería, del brazo de un hombre que no la merecía.

Y no había podido hacer nada. Porque no era su novio.

Porque no era nadie. Porque no tenía ningún derecho a cruzar aquel comedor, apartar a Federico de un empujón y decir ella no se va contigo a ningún sitio .

Ningún derecho. Ella llevaba el anillo del otro.

Y él solo era el hermano del jefe, el cocinero, el que fregaba los platos.

Nunca en su vida se había sentido tan impotente.

—Tío Nico.

La vocecita lo sacó de la niebla.

Gisela estaba de pie en la puerta de la oficina, despeinada, con el conejo colgando de la mano y los ojos hinchados de sueño. Se había despertado con las voces.

—¿Dónde está Alfonsina? —preguntó, frotándose un ojo—. ¿Se ha ido?

Nico respiró hondo. Cruzó el comedor, se agachó a su altura y le colocó un mechón detrás de la oreja con toda la ternura que no había podido gastar en otra cosa aquella noche.

—Sí, princesa. Se ha tenido que ir. —Le salió la voz un poco ronca—. Ha venido su mamá a buscarla porque tenían que hablar de una cosa. Pero mañana la ves, ¿vale? Seguro que mañana la ves.

—¿Me lo prometes?

Nico dudó apenas un instante. No sabía si podía prometer aquello.

No sabía siquiera si después de esa noche Alfonsina querría volver a verlo fuera de Ática, si se arrepentiría de los últimos dos días, de la cama, del beso, de haberse quedado.

Pero Gisela lo miraba esperando una respuesta con el conejo colgándole de la mano.

—Te lo prometo.

La cogió en brazos, y ella le echó los brazos al cuello y apoyó la cabeza en su hombro, medio dormida ya otra vez.

Nico se quedó de pie en mitad de aquel comedor arrasado, meciendo a una niña que no era suya, en una noche que se había torcido del todo, con una rabia fría instalándosele en el pecho y un pensamiento clavado que no se le iba a ir en mucho tiempo.

Federico no la quería como él entendía que se quería a alguien. La quería suya. La quería dentro del sitio que había decidido para ella, con su anillo en el dedo y su brazo alrededor de la cintura, dócil, correcta, sin salirse de las líneas.

Nico, en cambio, había visto a la otra Alfonsina. La del pelo deshecho y los pies encima del sofá. La que se reía con Gisela. La que mentía por primera vez en su vida para quedarse una noche más. La que se había girado en aquella cama y lo había besado porque había querido hacerlo.

Y de pronto entendió algo con una claridad que casi le dolió.

Él no quería que Alfonsina fuera suya. Quería que fuera Alfonsina.

Y si algún día ella lo elegía, si alguna vez le daba una sola oportunidad de quererla sin esconderse, sin huir, iba a pasarse la vida entera demostrándole que había una diferencia enorme entre pertenecerle a alguien y que alguien te eligiera todos los días.