Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Dieciocho
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Capítulo Dieciocho

E l sábado amaneció con un problema que no tenía solución fácil: no había con quién dejar a Gisela.

Era sábado, el campamento cerraba, Daniela seguía en Málaga, Gladys en Galicia, Mateo en su luna de miel. Y en Ática, ese día, entraba la comida de los Bernal: el evento imposible que habían montado en dos días a base de milagros.

Así que Gisela fue a trabajar con ellos.

—Te portas bien, ¿vale, princesa? —Nico se agachó a su altura en la oficina, pegada a la cocina y comunicada con ella por una puerta que dejó abierta para poder vigilarla—.

El tío tiene que trabajar mucho hoy. Muchísimo.

Pero Alfonsina y yo vamos a estar aquí al lado todo el rato.

Te hemos puesto tus cosas aquí y, a la hora de comer, puedes pedir lo que quieras. ¿Trato?

—¿Puedo comer estrellitas?

—Puedes comer lo que te dé la gana. Hoy mandas tú.

Y Gisela, encantada con aquel régimen de excepción, se instaló en un rincón de la oficina con sus lápices, su conejo y una tablet, y se portó como una campeona toda la mañana mientras a su alrededor estallaba la guerra.

P orque la comida de los Bernal fue una guerra.

Y no por la comida. La comida salió perfecta; en la cocina de Ática se cocinó como si a cada miembro del equipo le fuera la vida en ello, y sacaron sesenta cubiertos de un menú ampliado sin que se resintiera un solo plato, la resentida fue la clienta.

La señora Bernal era de esas personas que confunden pagar con poseer.

Llegó dos horas antes de tiempo a supervisar, encontró mal la disposición de las mesas y las mandó cambiar, encontró frío el tono de las flores, encontró alto el volumen de la música y luego encontró que el rosado de los manteles no era el mismo blanco que ella había imaginado en su cabeza.

Y trató al personal —a Alfonsina incluida— con esa displicencia de quien cree que la educación es algo que se les debe a los iguales y no se malgasta con el servicio.

Lo de las flores fue lo que trajo a Cayetana hasta Ática.

Los arreglos florales de Ática los hacía Bloomingdale, una floristería que ubicaba cerca de Gran Vía, abierta desde 1985.

Vicky, la esposa de Mateo, trabajaba allí, y aquella mañana la propia dueña había llevado los centros en persona: Cayetana Ramírez, setenta y tres años, tres divorcios, un moño blanco impecable y una lengua que no se había mordido nunca en su vida.

Estaba colocando los últimos centros con Xavi, su empleado de confianza, un joven de diecinueve años, alto y espigado, cuando la señora Bernal decidió que las peonías estaban mustias.

—Estas flores están medio muertas —dijo la Bernal, tocando un pétalo con un dedo con cierto desdén—. Yo esto no lo pago. Que se note que es un bautizo, no un tanatorio.

Cayetana se irguió despacio, con un centro de peonías entre las manos, y la miró de arriba abajo por encima de las gafas, con toda la calma de quien ha sobrevivido a tres divorcios y no le teme ya a nada.

—Señora, estas peonías las he hidratado yo esta madrugada a las cinco y están más vivas que muchos que conozco.

—Le dejó el centro delante de su nariz con una sonrisa dulcísima—.

Lo que pasa es que las flores, como las personas, lucen según quién las mire.

A una cara amable le florecen. Ante una cara agria se ponen mustian, fíjese usted. Yo de esto sé un rato.

Y siguió colocando flores con Xavi, tan tranquila, mientras la señora Bernal abría y cerraba la boca sin encontrar respuesta.

Alfonsina, que lo había oído todo desde el otro lado del comedor, agachó la cabeza sobre su tablet para que no se le viera la sonrisa y por dentro le dio a Cayetana las gracias que no podía darle en voz alta.

Alfonsina la aguantó con una sonrisa profesional de acero durante seis horas.

Le cambió las mesas. Le subió y le bajó la música.

Le sonrió mientras la señora Bernal le decía que “así no, mujer, ¿es que no lo ve?”, y no perdió la compostura ni una sola vez, porque Alfonsina Reyes era, por encima de cualquier cosa, una profesional.

Pero por dentro estaba agotada. Llevaba dos noches durmiendo poco y raro, con el corazón en un puño, mintiéndole a su madre y metiéndose cada vez más hondo en algo con Nicolás de lo que ya no sabía cómo salir.

Aguantar encima a la señora Bernal durante seis horas fue la gota que le llenó el vaso hasta el borde.

Ni siquiera vio, en toda la tarde, las cinco llamadas perdidas de su madre en el móvil, que tenía en silencio en el cajón de su oficina.

Ni las veintitrés de Federico.

A las siete de la tarde llamó Mateo.

Nico lo cogió en la cocina, con el teléfono entre el hombro y la oreja, las manos en una bandeja.

—¡Mateo! Justo ahora no, que tengo a los Bernal, ¿te llamo en...?

—Nico. —La voz de Mateo sonaba rara. Cansada—. Nico. Escucha. No podemos volver.

Nico dejó la bandeja.

—¿Cómo que no pueden volver?

—El volcán. Ha entrado en erupción un volcán en una de las islas cercanas y la nube de ceniza tiene todo paralizado. Han cancelado los vuelos y el puerto está cerrado hasta nuevo aviso. La aerolínea dice que no van a sacar vuelos en varios días. Puede ser una semana. Puede ser más.

—¿Otra semana?

—O más. Nico, lo siento. Sé que te estoy dejando toda la carga a ti y a Alfonsina, los seis restaurantes, y ahora encima Gisela, que Daniela me ha escrito, y...

—Mateo sonaba genuinamente destrozado—. No sabes cómo lo siento.

Dime que está todo bien. Miénteme si hace falta, pero dime que está todo bien.

Nico miró a su alrededor. La cocina a tope. Sesenta cubiertos saliendo. Su sobrina dibujando en la oficina con la puerta abierta. Alfonsina cruzando el pase en ese momento con una bandeja, el pelo pegado a la frente del calor, guapísima, agotada, suya y no suya.

—Está todo bien, Mateo —dijo—. Te lo juro. Está todo controlado. Tú disfruta de tu mujer y de tu volcán, que aquí no se hunde nada. Palabra.

Y colgó.

Se quedó un segundo con el teléfono en la mano, mirando la cocina, a Gisela al fondo, a Alfonsina cruzando otra vez el pase.

Nada estaba bajo control.

Y, sin embargo, hacía mucho tiempo que no sentía que su vida estuviera tan exactamente donde tenía que estar.

Una semana. O más. Una semana más de aquello.

No supo si era una condena o un regalo.

L a comida de los Bernal terminó a las once de la noche.

Los últimos invitados se fueron pasada la medianoche, incluida la señora Bernal, que se despidió sin dar las gracias y dejando caer que “había estado bien, dentro de lo que cabe”.

El personal se fue marchando poco a poco.

Al final quedaron en Ática Nico, Luis y Guillermo, recogiendo la cocina, que después de sesenta cubiertos parecía un campo de batalla; Alfonsina, cuadrando las últimas cuentas del evento; y Gisela, que a las diez se había quedado dormida en un rincón de la oficina, sobre una cama improvisada que su tío le había hecho con manteles limpios, abrazada al conejo sin oreja.

Estaban así, en esa calma sucia y agotada que queda después de una tormenta, cuando la puerta de Ática se abrió de un empujón.

Entraron Federico y Nilda.

F ederico venía delante, con la corbata torcida y esa cara de dignidad ofendida que ponía cuando el mundo no se plegaba a él.

Detrás venía Nilda, más pequeña, con el bolso apretado contra el pecho y los labios blancos. Nunca en su vida había puesto un pie en Ática y miraba aquel comedor a la una de la mañana como quien entra en un sitio que no comprende.

Federico había aparecido en su casa hacía poco más de una hora buscando a Alfonsina. Nilda, que llevaba toda la tarde llamando a su hija sin respuesta, acababa de descubrir que tampoco estaba donde había dicho que estaría. Federico se había ofrecido a llevarla.

Y Nilda, asustada, había aceptado.

Alfonsina se quedó de piedra detrás del mostrador.

—¿Mamá?

—Aquí estás. —Nilda avanzó hacia ella y le temblaba la voz—. Aquí estás, a la una de la mañana. Con razón no cogías el teléfono.

—Mamá, ¿qué haces aquí? ¿Qué...?

—Estábamos preocupadísimos, Alfonsina. —Federico se adelantó antes de que Nilda pudiera contestar.

Se llevó una mano al pecho, con esa voz de mártir, de víctima, de hombre bueno al que siempre le pagaban mal—.

Tu madre lleva horas llamándote. Yo también.

Sin saber nada de ti. Imagínate cómo nos hemos puesto.

He ido a tu casa porque ya no sabía qué pensar y me la he encontrado igual de preocupada que yo.

Suspiró.

—Uno hace estas cosas porque te quiere, ¿sabes? Aunque tú no lo valores.

Y ahí estaba la jugada entera de Federico en una sola frase: convertir su control en amor, su vigilancia en preocupación y ponerla a ella en deuda delante de todos.

Pero fue Nilda quien le hizo daño.

—Yo he llamado a Edith.

Alfonsina dejó de respirar.

Su madre dio otro paso.

—Hace un rato. Para saber si estabas bien, ya que a mí no me contestabas. Edith me ha dicho que sí, que estabas con ella, muy tranquila. —Se le quebró un poco la voz—. Pero he oído a Noe de fondo, Alfonsina. Le he preguntado quién era y no ha sabido qué decirme.

Alfonsina cerró los ojos un instante.

—Mamá...

—Noe no está de viaje. —Nilda la miró con un dolor que era mucho peor que un grito—. Y si Noe está en su casa, tú no estás durmiendo con Edith.

Se hizo un silencio.

—Así que dime dónde estás durmiendo, hija. Dime por qué me has mentido.

El silencio que cayó sobre Ática fue espantoso.

Porque lo había dicho delante de todos.

Delante de Luis, que se había quedado inmóvil con un trapo en la mano en la puerta de la cocina. Delante de Guillermo, que por una vez en su vida no tenía nada que cantar. Delante de Nico, que había salido al salón al oír las voces y se había quedado clavado a mitad de camino.

Y delante de Federico, que en ese momento no decía nada.

No hacía falta. Miraba a Alfonsina con una ceja apenas levantada, con aquella expresión dolida y paciente que tan bien sabía ponerse, dejando que fuera su propia madre quien hiciera las preguntas que él se moría por hacer.

Alfonsina abrió la boca. No le salió nada. ¿Qué iba a decir?