Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Diecisiete
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Capítulo Diecisiete

A lfonsina fue a su casa por ropa a media tarde y se encontró a su madre en la cocina, planchando, con la radio puesta.

—Anda, mira quién aparece. —Su madre dejó la plancha de pie sobre la tabla—. Dos días sin verte el pelo. ¿Qué tal en casa de Edith?

—Bien. Muy bien. —Alfonsina abrió la nevera para no mirarla a la cara—. Cosas de chicas.

—Ya. Cosas de chicas. —Su madre la miró por encima de las gafas, con esa manera que tienen las madres de mirar que es media confesión arrancada sin preguntar—. Con lo liada que estás en el trabajo y ahora encima noches fuera. Te veo cansada, hija.

—Estoy bien, mamá.

—Bueno. —Volvió a la plancha—. Oye, que el lunes tengo médico.

Alfonsina cerró la nevera.

—¿Médico?

—Sí. Por lo de la garganta. Ya me hicieron las pruebas que me mandaron y el lunes me dan los resultados. —Su madre estiró una camisa sobre la tabla, muy concentrada, demasiado concentrada—. Seguro que no es nada. El aire acondicionado, la alergia, cualquier tontería.

—¿Qué pruebas?

—Pues pruebas, hija. Una analítica, unas placas... lo que mandan para quedarse tranquilos.

—¿Y por qué no me dijiste nada?

—Porque no había nada que decir. —Nilda levantó por fin la vista y sonrió—. Cuando tenga los resultados, si hay algo que contar, te lo cuento.

—Te acompaño el lunes.

—No, no. —Lo dijo demasiado rápido—. Tú no faltes al trabajo, que Mateo todavía no ha vuelto y bastante tienes encima. Voy yo, me dicen que está todo bien y me vuelvo a casa. Una hora.

—Mamá...

—Alfonsina. —Nilda le dio una palmadita a la camisa recién planchada—. Que no es nada, mujer.

Y siguió planchando.

Alfonsina se quedó mirándola. Su madre llevaba demasiado tiempo diciendo que no era nada para que aquellas palabras consiguieran tranquilizarla del todo.

—Bueno. Que me llevo unas cosas. —Cogió una bolsa y metió ropa deprisa—. Que estas noches también me quedo con Edith, ¿eh?

—¿Otra vez?

—Es que Noe ha salido de viaje, por trabajo, y Edith no se quiere quedar sola en casa con el embarazo tan adelantado, por si le pasa algo de noche. —Le salió redonda, la mentira, sin un temblor, y eso la asustó un poco—. Así que me quedo con ella hasta que Noe vuelva. Cosa de tres noches.

—Ay, qué buena amiga eres. —Su madre suspiró, enternecida—. Claro, claro. La pobre, con la barriga. Dale un beso de mi parte. Y que se cuide.

—Se lo doy.

Y Alfonsina se fue con la bolsa de ropa y la conciencia un poco sucia, pero no tanto como para desistir.

L o de Edith lo cuadró en el ascensor, por teléfono, en voz baja.

—Edith. Soy yo. Necesito un favor gordo.

—Dime.

—Necesito que, si te llama mi madre, le digas que estoy en tu casa. Estas tres noches. Que me estoy quedando contigo porque Noe está de viaje y no quieres estar sola con el embarazo.

Un silencio al otro lado.

—Alfonsina. ¿Qué coño dices? Noe no está de viaje.

—Ya lo sé. Es mentira. Toda la coartada es mentira.

—¿Y dónde estás tú de verdad?

Alfonsina se miró en el espejo del ascensor. La bolsa de ropa. El pelo suelto. La cara.

—En casa de Nico. —Bajó la voz—. Cuidando a la hija de Mateo. Con él. Los dos. Tres noches más.

Otro silencio. Y luego Edith, su Edith contenida y pragmática, soltó una risa bajita que lo decía todo.

—Por fin.

—No es lo que piensas. No ha pasado nada.

—Ya, ya. Claro que no.

—Edith, de verdad, que la niña está...

—Que sí, que te cubro. Tres noches. Noe está en Bilbao por trabajo si pregunta alguien. —Una pausa—. Alfonsina.

—Qué.

—Ya era hora de que hicieras una locura. Pásalo bien. Y no me des explicaciones, que soy tu coartada, no tu confesor.

Y colgó, y Alfonsina se quedó en el ascensor con el móvil en la mano, sintiéndose a la vez la peor hija del mundo y más viva de lo que recordaba haberse sentido nunca.

C uando llegó al ático, olía a comida.

Nico había cocinado. Había recogido a Gisela del campamento, la había traído a casa, y le había hecho la cena —esta vez sin experimentos, sin albahaca, sin reducciones de cuarenta minutos: unas croquetas compradas y una tortilla francesa, comida de niños—, y tenía la mesa puesta, y a Gisela duchada (por ella sola, con Nico dictando desde el pasillo, que ya le había cogido el truco) y en pijama, y la casa entera tenía un aire cálido, doméstico, de hogar prestado que a Alfonsina le apretó el pecho nada más entrar.

—¡Alfonsina! —Gisela corrió a abrazarla por la cintura—. ¡El tío Nico ha hecho croquetas y no se le han quemado!

—Casi no se me han quemado —matizó Nico desde la cocina, con un paño al hombro—. Hay que ser justos.

Y cenaron los tres, y fue fácil, y fue bonito, y ninguno de los dos dijo en voz alta lo fácil y lo bonito que era, porque decirlo lo habría roto.

L a hora de dormir fue el momento.

Gisela pidió cuento. Y no un cuento cualquiera: pidió que se lo contaran los dos, en la cama, todos juntos, porque su mamá le contaba cuentos en la cama y le gustaba tener a alguien a cada lado.

Así que se metieron los tres en la cama de Nico —la cama era de las extra grandes—, con Gisela en el medio, muy pequeña entre los dos adultos y le contaron un cuento a dos voces, inventado, malísimo, sobre un conejo que había perdido una oreja en una batalla heroica contra un dragón, y Gisela se reía y corregía los detalles y añadía personajes, y a mitad del cuento se quedó dormida, de repente, como se duermen los niños, con el conejo apretado y la respiración lenta.

Se hizo el silencio.

Nico y Alfonsina se quedaron quietos, cada uno a un lado de la niña dormida, mirándose por encima de ella en la penumbra, sin atreverse a moverse para no despertarla.

—Se ha dormido —susurró Nico.

—Sí.

—Bueno. —Nico empezó a incorporarse, con mucho cuidado, para no mover el colchón—. Yo me voy al sofá.

—Puedes quedarte.

Le salió antes de pensarlo. En voz baja, en la oscuridad, con la niña dormida entre los dos.

Nico se quedó a medio incorporar.

—¿Qué?

—Que puedes quedarte. —Alfonsina tragó saliva, pero no se echó atrás—. Hay sitio. La cama es grande, y Gisela ocupa poco, y ese sofá se ve incomodísimo, Nicolás, llevas una noche durmiendo hecho un ovillo, se te nota en la cara. —Hizo una pausa—. Duérmete aquí. Con la niña en medio. No pasa nada.

Con la niña en medio. Eso era la salvaguarda, la frontera, la excusa que hacía que aquello fuera aceptable: había una niña de diez años entre los dos, dormida, como una muralla de inocencia que lo volvía todo inocente.

Nico se lo pensó un segundo. Y volvió a tumbarse, despacio, en su lado de la cama.

—Vale —dijo—. Con la niña en medio.

—Con la niña en medio.

Apagaron la luz.

Y durante un rato durmieron así, cada uno en su borde, con Gisela roncando suavemente en el centro, y la respiración de los tres acompasándose poco a poco en la oscuridad, y fue, quizá, el rato más tranquilo que ninguno de los dos había tenido en semanas.

Pero a mitad de la noche, las cosas se movieron, como se mueven las cosas de noche cuando nadie las gobierna.

Gisela, dormida, rodó hacia el lado de Alfonsina, buscando el calor, y se acurrucó contra ella dándole la espalda a Nico, y dejó su sitio del centro medio vacío.

Y Alfonsina, dormida, con la niña pegada a su pecho, se mudó ella al medio porque dormía incómoda.

Y Nico, dormido, se giró hacia ese medio.

Y en algún momento de la madrugada, sin que ninguno de los dos lo decidiera, se encontraron: la espalda de Alfonsina contra el pecho de Nico, el brazo de Nico cruzándole la cintura, los dos respirando al mismo ritmo, abrazados como si llevaran toda la vida durmiendo así.

Alfonsina se despertó a medias. Notó el brazo, el calor contra la espalda, todo el cuerpo de él, y por un momento se quedó muy quieta, con el corazón latiéndole en la garganta, pensando que debía apartarse, que tenía que apartarse, que aquello era exactamente lo que se habían jurado no hacer.

No se apartó. Y notó, por la respiración, que él también se había despertado.

Se quedaron los dos así, quietos, despiertos en la oscuridad, fingiendo que dormían, abrazados, durante un minuto largo, larguísimo, en el que no pasó nada y pasó de todo.

Y entonces Nico, muy despacio, apoyó los labios en su hombro.

Un beso. Suave. Y luego, subiendo, otro en el cuello.

Y Alfonsina se giró en sus brazos, despacio, con cuidado de no despertar a la niña que dormía a un palmo, hasta quedar frente a él, cara a cara, las narices casi tocándose en la oscuridad.

Y él la besó en los labios.

No fue como el de la Cava. No hubo rabia, ni prisa, ni manos buscando debajo de la ropa. Fue un beso lento, hondo, tibio, un beso de los que no llevan a ningún sitio porque ya están en el sitio, un beso que sabía a los dos, a la noche, a todo lo que llevaban días sin decirse.

Él se separó apenas.

Y Alfonsina, en vez de contestar, en vez de recordarle el anillo, en vez de recordarse a sí misma quién era y lo que debía y lo que tocaba, hizo lo único que le pedía el cuerpo y el alma a las tres de la mañana en la cama de aquel hombre: lo volvió a besar. Ella a él. Corto, suave, definitivo.

Y luego apoyó la cabeza en su pecho, justo en el hueco del hombro, donde ajustaba como si lo hubieran hecho a medida, y él le pasó el brazo por encima, y los dos, con una niña de diez años durmiendo a su lado, con un anillo de otro hombre en el dedo de ella, con todo el lío del mundo esperándolos al otro lado del amanecer, se quedaron dormidos así.

Abrazados. Por fin.

Como si no hubiera nada más sencillo en el mundo, y como si no fuera, al mismo tiempo, la cosa más complicada que habían hecho en su vida.