Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Dieciséis
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Capítulo Dieciséis

A lfonsina se despertó a las siete de la mañana en una cama que no era la suya, con una niña de diez años roncando suavemente a su lado, un conejo sin oreja en la cara y la certeza inmediata, aplastante, de dónde estaba y de lo que había hecho el día anterior.

Se levantó con cuidado para no despertar a Gisela. Se recogió el pelo como pudo, y salió al salón de puntillas a buscar un vaso de agua y algo de dignidad.

Encontró el vaso de agua. La dignidad la perdió del todo en el salón.

Porque en el sofá, medio tapado por una manta que se había ido resbalando durante la noche hasta un punto en que ya no tapaba prácticamente nada, estaba Nico.

Dormido. Boca arriba. Un brazo colgando hasta el suelo, el otro por encima de la cabeza. La boca entreabierta. Roncando bajito. En calzoncillos. Solo en calzoncillos, con el torso desnudo y la manta completamente inútil enredada a la altura de las piernas.

Alfonsina se quedó de piedra en mitad del salón, con el vaso de agua en la mano.

Y no pudo evitarlo. Miró.

Miró los hombros, el pecho, que subía y bajaba despacio, aquel vientre plano de hombre que se pasa el día de pie en una cocina, la línea del vello, el elástico de los calzoncillos.

Y entonces miró un poco más abajo. Y se le cayó el alma a los pies.

Porque a los hombres, por la mañana, cuando están dormidos y relajados y no saben que hay una mujer mirándolos en mitad del salón, les pasa una cosa que Alfonsina, en su vida ordenada y correcta, de moño tirante, había leído en algún libro de anatomía, pero no había tenido nunca, jamás, delante de los ojos a las siete de la mañana y sin previo aviso.

Se puso roja hasta la raíz del pelo.

Apartó la vista. La volvió a poner. La apartó otra vez, escandalizada de sí misma.

Se dijo Alfonsina, no mires , y miró. Se dijo es fisiología, es una cosa normal, es de mañana, no significa nada , y siguió sin poder despegar los ojos de aquel hombre tirado en un sofá que parecía esculpido por alguien con muy malas intenciones hacia la paz mental de las mujeres decentes.

El vaso de agua le temblaba en la mano.

—Madre santa —susurró.

Y se metió al baño para intentar quitarse de la cabeza una imagen que, por desgracia, parecía habérsele quedado grabada con una nitidez extraordinaria.

A brió el grifo del lavabo, y se echó agua en la cara, intentando que el agua se llevara por el desagüe la imagen de Nicolás Rey de Francisco medio desnudo en un sofá, cosa que el agua no consiguió, porque hay imágenes que no se van con agua ni con lejía.

Respiró. Insistió con el agua fría, luego más fría, luego directamente helada.

Estás comprometida , se dijo. Llevas un anillo.

Tienes una vida ordenada, un futuro previsible, un hombre que te ha pedido matrimonio delante de doscientas personas.

No estás para andar mirando a nadie en calzoncillos a las siete de la mañana.

Compórtate. Eres una profesional. Eres la asistente de dirección.

Eres una mujer seria. Y estás aquí por la niña. Solo por la niña.

Cerró el grifo.

Y desde el salón, a través de la puerta, oyó la voz de Nico ya despierto, canturreando fatal, y un ruido de sartén, y olor a tostadas.

C uando salió, ya vestida con lo del día anterior y el pelo suelto, Nico estaba en la cocina.

En pantalones cortos y una camiseta — gracias a Dios , pensó ella—, con un delantal por encima, haciendo el desayuno con esa soltura absoluta que solo tenía cuando cocinaba, como si fuera otro hombre distinto del que no sabía hacerse un nudo de corbata.

—Buenos días. —No la miró, muy concentrado en la sartén, y ella se lo agradeció con toda el alma, porque no habría sabido sostenerle la mirada—. Tortitas. Con lo de las estrellitas no me atrevo a competir, pero tortitas sé hacer.

—Huelen bien.

—¿Café?

—Por favor.

Y desayunaron, y fue raro, y fue bonito, y fue una tortura, los dos moviéndose por aquella cocina pequeña con un cuidado exagerado de no rozarse, diciéndose “perdona”, “pasa tú”, “¿te sirvo?”, con una cortesía de recién casados que no eran nada.

Lo difícil fue Gisela.

Gisela se despertó de un humor de perros, no quería tortitas, quería las estrellitas otra vez, no quería ponerse la ropa que su madre le había dejado preparada porque picaba; no encontraba el conejo, que estaba en la cama, donde ella lo había dejado; y no quería ir al campamento porque en el campamento había una niña que se llamaba Vega que le había dicho una cosa fea.

Nico, ante todo aquello, se quedó bloqueado, mirando a la niña como se mira una máquina que se ha estropeado y de la que no tienes el manual.

Alfonsina, no.

Alfonsina se agachó a la altura de Gisela, con una paciencia que a Nico le pareció sobrenatural, y negoció.

Las estrellitas para la comida si te pones la ropa.

La ropa por dentro con otra camiseta debajo, para que no pique.

El conejo lo buscamos juntas. Y lo de Vega se lo cuentas a Alfonsina en el Uber, con todo detalle, para ver qué hacemos con esa Vega.

Punto por punto, sin perder la calma, sin subir la voz, como quien desactiva una bomba cable a cable.

Y en diez minutos Gisela estaba vestida, peinada, con el conejo bajo el brazo y contándole a Alfonsina la saga completa de Vega camino del ascensor.

Nico salió detrás de ellas con las llaves en la mano, escuchando a Gisela contarle a Alfonsina, por tercera vez, lo que Vega le había dicho.

Y tuvo que recordarse que aquello solo duraba tres días más.

D ejaron a Gisela en el campamento de verano, era junio, hacía un sol de justicia, Madrid entero olía a vacaciones que no llegaban, y la niña se fue corriendo con sus amigos sin mirar atrás, que es la mejor señal de que un niño está bien.

Y luego el Uber los dejó a los dos en Ática, y en cuanto cruzaron la puerta, Guillermo, que estaba montando el comedor, los vio entrar juntos, a la misma hora, y sonrió de oreja a oreja. Arrancó a cantar, con mucho arte y ninguna sutileza:

—♪ Amaneciste en mis brazos y no sé cómo pasó... ♪

—Guillermo —dijo Alfonsina, sin pararse.

—¡Que es una canción bonita! —protestó Guillermo—. ¡Que la canta todo el mundo! ¡No sé por qué te la tomas a mal!

Y siguió cantando, feliz, mientras los dos subían las escaleras cada uno en silencio.

Y entonces empezó el día. Y el día venía cargado.

Porque a las diez llamó la organizadora de la comida de los Bernal —el bautizo del nieto, una celebración para cuarenta comensales que Ática tenía contratada desde hacía dos meses para servir el sábado en una finca a las afueras de Madrid, pagada, cerrada, con el menú decidido hasta el último canapé— para decir, entre lágrimas, que el salón de la finca se había inundado durante la noche.

No podían celebrar allí.

Y si por favor, por lo que más quisieran, podían trasladar la comida entera a Ática. Al comedor principal. Y ya que tenían que reorganizarlo todo... ampliarla a sesenta, porque se les habían apuntado veinte personas más.

El sábado.

O sea, pasado mañana.

Sesenta comensales. En dos días. Había que convertir el comedor principal en un salón para un bautizo, ampliar un menú pensado para cuarenta, rehacer pedidos, cuadrar personal y reorganizar un servicio que ya tenía sus propias reservas, con Mateo en Santorini y Nico haciendo malabares con una niña.

—No podemos —dijo Nico, con el teléfono todavía en la mano—. No hay manera. Sesenta cubiertos en dos días, reorganizando el comedor, con la plantilla de verano a media asta...

—Sí podemos —dijo Alfonsina.

Y ahí, otra vez, pasó lo que pasaba siempre que se ponían a trabajar juntos: que dejaban de ser dos personas que se morían de deseo y de miedo y se convertían en una máquina perfectamente engrasada.

Ella cogió el comedor, el personal, los proveedores, la logística.

Él cogió la cocina, el menú, las provisiones, los números.

Se repartieron el marrón sin discutir, con esa sincronía que tenían y que ninguno de los dos sabía de dónde salía, y en dos horas habían dado la vuelta a lo imposible: el comedor reorganizado en un plano, dos camareros extra llamados, el menú ampliado, el pedido de género hecho de urgencia.

Trabajaron pegados. Codo con codo, sobre el mismo plano del comedor, sobre la misma pantalla, pasándose el boli, terminándose las frases, tan cerca que a ratos se les olvidaba todo lo demás.

Y así estaban, los dos inclinados sobre un plano del comedor, las cabezas casi juntas, ella señalando una mesa, él asintiendo, los dos sonriendo por algo que acababa de decir el otro, cuando se abrió la puerta de Ática y entró Federico.

F ederico se paró en seco a media entrada.

Nadie lo había visto llegar. No había avisado. Venía, seguramente, a llevarle flores a Alfonsina, o a recogerla para comer, o a hacer cualquiera de esas cosas de propietario que hacía, y se encontró, desde la puerta, sin que ellos lo vieran todavía, una estampa que no le gustó nada.

Su prometida y el cocinero. Inclinados sobre una mesa, hombro con hombro, las cabezas juntas.

Riéndose. Con esa clase de risa baja y cómplice que solo tienen dos personas que están muy a gusto la una con la otra.

Ella con el pelo suelto —Federico nunca la había visto con el pelo suelto en el trabajo— y una cara que él no le conocía, relajada, luminosa, viva.

Una cara que no era la que ponía con él.

—Buenos días.

Lo dijo desde la puerta, cortante, y los dos se separaron de golpe, demasiado de golpe, con esa culpabilidad instantánea de quien no estaba haciendo nada malo, pero sabía perfectamente cómo podía parecer.

—Federico. —Alfonsina se enderezó, se colocó el pelo—. No sabía que venías.

—Ya lo veo. —Federico avanzó, sin quitarle los ojos de encima a Nico, midiéndolo—. Pasaba a ver si comíamos juntos. Pero te veo... ocupada.

—Es que tenemos una comida de sesenta el sábado que nos ha caído encima esta mañana y estamos...

—Estás. —Federico sonrió, una sonrisa que no llegó a los ojos—. Sí. Ya veo que estás.

Se hizo un silencio incómodo. Nico se apartó del plano, se metió las manos en los bolsillos, y adoptó esa neutralidad absoluta que era su manera de no delatarse.

—Lo dejo, entonces —dijo Nico—. Que tengo cocina.

Y se fue hacia la cocina, correcto, distante, sin mirar a Alfonsina, y Federico lo siguió con la vista todo el camino, y luego se giró hacia ella, y le cogió la mano —la del anillo—, y se la besó despacio, marcando territorio, mirándola.

—Estás muy guapa con el pelo suelto —dijo—. Deberías llevarlo así más a menudo. —Una pausa—. Aunque no en el trabajo. En el trabajo mejor recogido, que es más serio. ¿No crees?

Y Alfonsina, que hacía un mes le habría dado la razón sin pensar, sintió por primera vez, con toda claridad, las paredes de la jaula.

—Tengo mucho lío, Federico —dijo, retirando la mano con suavidad—. ¿Hablamos en otro momento?

Federico la miró un segundo de más.

—Claro, cariño. Te llamo esta noche. —Le acarició los nudillos antes de soltarle la mano—. Y esta vez no me apagues el teléfono, ¿eh?

Alfonsina levantó la vista.

Él sonrió.

—Tranquila. No pasa nada. Tenemos toda la vida para aprender estas cosas.

Se arregló la corbata.

—Al final vas a ser mía de todas formas.

Y se fue.

Y a Alfonsina se le quedó aquella frase clavada como una astilla el resto del día.

P or la tarde, cuando ya el sábado imposible empezaba a parecer posible, Nico se acercó a la oficina de Alfonsina. Se quedó en el umbral, como hacía siempre, sin entrar del todo.

—Oye. —Se rascó la nuca—. Que Gisela. Esta noche. Que... si no te quieres quedar otra vez. No hace falta, ¿eh? Que ya me las apaño yo, que hoy he aprendido un montón. Pero la niña te lo va a pedir. Y sinceramente, yo lo del pelo todavía no lo domino.

Alfonsina levantó la vista del ordenador.

Y sonrió. La primera sonrisa de verdad, sin miedo, sin culpa, de todo el día.

—Me quedo.

—¿Sí?

—Sí. Pero tengo que pasar por mi casa por ropa, que llevo dos días con lo mismo. Y... —Bajó un poco la voz, con media sonrisa avergonzada—. Y tengo que inventarme una excusa mejor. No le puedo decir a mi madre la verdad.

—¿Que es...?

—Que me voy a dormir a casa de un hombre. —Se puso un poco roja al decirlo—. Mi madre se muere. Le da algo. Enciende una vela a todos los santos.

Y Nico se río. Se río de verdad, la primera risa suelta de él en muchos días, echando la cabeza hacia atrás, y a Alfonsina se le encogió el estómago de lo guapo que era cuando se reía sin cuidarse.

—Vale. —Se apartó del umbral, sonriendo todavía—. Pues inventa una buena. Y tómate tu tiempo. —Le sostuvo la mirada un segundo, cálido, sin ninguna distancia—. Te espero en casa.

Te espero en casa.

Alfonsina se quedó inmóvil cuando él salió.

Tres palabras dichas sin pensar, como si fueran la cosa más normal del mundo. Como si aquel sitio fuera de ambos. Pero no era su casa.

Y quizá por eso le dolió tanto que durante un segundo deseó que lo fuera.

Alfonsina se quedó mirando la puerta por la que él acababa de irse. Y pensó, con el corazón haciéndole cosas raras, que aquellas tres palabras eran, con diferencia, lo más peligroso que le habían dicho en toda su vida.

Más que lo que Federico le dijo en la mañana.

Muchísimo más.