Capítulo Quince #2
—¡No he visto nada! ¡Pero lo sé! ¡Lo sé, Nico! ¡Y me lo vas a contar!
Nico volvió al salón con la cerveza en la mano.
Alfonsina seguía mirando la televisión, muy seria. Esperó exactamente tres segundos.
—¿La del moño?
Nico cerró los ojos.
—No empieces.
Alfonsina sonrió sin mirarlo.
D ejaron la película sin finalizar porque Gisela se durmió con la cabeza apoyada en el brazo de Alfonsina y el conejo sin oreja escurriéndosele de las manos.
—Se ha dormido —susurró Alfonsina.
—Ya la llevo yo.
Nico se agachó, cogió a la niña en brazos con un cuidado infinito —aquel hombre grande, con aquella criatura pequeña dormida contra el pecho—, y la llevó al cuarto, y Alfonsina fue detrás a colocarle el conejo.
La arroparon entre los dos, en la penumbra, sin hablar, cada uno a un lado de la cama.
Y por un instante la escena tuvo una intimidad doméstica tan sencilla, tan natural, que cuando levantaron la vista y se encontraron mirándose a través de la cama, a los dos se les cortó un poco la respiración.
Salieron del cuarto de puntillas.
—Bueno —dijo Alfonsina, en el pasillo, de repente incómoda—. Yo... a lo mejor debería irme a bañar…
Se queda , pensó él.
—Falta media hora de peli —dijo Nico.
—Ya.
—Y has traído tú las palomitas.
Volvieron al sofá.
Y eso fue mala idea. Alfonsina lo supo en cuanto se sentó. Porque ahora Gisela dormía en el cuarto, la casa estaba a oscuras salvo por la televisión y ellos estaban solos bajo la misma manta, demasiado cerca, con todo lo ocurrido entre los dos sentado también en aquel sofá.
Esto va a acabar igual que la última vez, pensó , con una claridad absoluta. Como no me levante ahora mismo, no vamos a parar.
Y fue justo entonces cuando el móvil, en la mesa baja, se puso a vibrar.
Se iluminó la pantalla.
FEDERICO.
Los dos lo miraron. Vibró una vez, dos, tres, arrastrándose un poco sobre la madera, con el nombre encendido entre los dos como una acusación.
Alfonsina no lo cogió.
Y cuando Nico apartó un segundo la vista hacia la tele —solo un segundo, porque no soportaba ver el nombre de aquel hombre encendido en el móvil de ella—, Alfonsina alargó la mano, cogió el teléfono, y lo apagó.
Del todo. Presión larga, pantalla en negro, apagado.
No lo silenció. Lo apagó.
Y volvió a dejarlo en la mesa, boca abajo, y no dijo nada, y Nico no dijo nada, pero él lo había visto de reojo, había visto cómo ella apagaba a Federico para quedarse en aquel sofá con él, y algo se le encendió en el pecho que no se atrevió ni a nombrar.
Terminaron la película sin tocarse. A un palmo. Sin tocarse. Que fue, quizá, la cosa más difícil que habían hecho ninguno de los dos en toda la noche.
A la una de la madrugada, Alfonsina se puso de pie.
—Me tengo que dormir. Que mañana hay que llevar a la niña al campamento y madrugar.
—Sí. —Nico se levantó también—. Tú duerme en la cama, con Gisela. Yo me quedo en el sofá.
—Nicolás, es tu cama. Yo puedo...
—Tú duermes en la cama con la niña, y yo en el sofá, y no hay más que hablar. —Lo dijo con una firmeza tan tranquila que ella no supo cómo rebatirla—. Ahora te saco una toalla y algo para dormir.
Fue al armario. Sacó una toalla limpia. Y luego, después de dudar un momento, sacó una camiseta suya —una camiseta negra, vieja, gastada, de una gira de una banda de metal, de esas que de tanto lavarlas se quedan suaves— y se la tendió.
—Toma. Para dormir. Es lo más pequeño que tengo, que igual te queda como un saco, pero...
—Vale. —Alfonsina la cogió—. Gracias.
Y sus dedos se rozaron al pasarle la camiseta, un segundo, y los dos apartaron la mano deprisa, como dos personas que saben que un roce de más lo rompe todo.
—Buenas noches, jefa.
—Buenas noches, Nicolás.
A lfonsina cerró la puerta del baño y abrió el bolso. Por una vez, su manía de llevar un neceser para cualquier emergencia resultó útil: cepillo de dientes, desodorante, crema, una braga limpia doblada en el fondo y hasta un peine pequeño.
Se puso la camiseta. Le quedaba enorme, por media pierna, y la tela gastada le rozaba la piel con una suavidad absurda.
Se miró en el espejo, con la camiseta de Nico y el moño deshecho del todo y la cara lavada y el anillo de Federico todavía en el dedo, y no se reconoció, y no supo si eso la asustaba o la aliviaba.
Entró en el cuarto de puntillas. Gisela dormía profundamente en su lado de la cama, abrazada al conejo, con la respiración lenta y tranquila de los niños. Alfonsina se metió con cuidado en el otro lado, se tapó, apagó la lámpara.
Y apoyó la cabeza en la almohada.
Y ahí empeoró todo.
Porque la almohada olía a él. No a suavizante, no a limpio —las sábanas estaban limpias—.
Pero la almohada, el colchón, la cama entera tenían debajo de todo ese olor suyo que ella reconocía demasiado bien: champú, piel y algo más que nunca había sabido nombrar y que llevaba meses detectando cada vez que Nicolás se acercaba demasiado.
Se quedó boca arriba, en la oscuridad, con la niña dormida al lado y la camiseta de él puesta y la almohada de él bajo la cabeza y el anillo de otro en el dedo, mirando el techo del cuarto de Nico, y pensó, con una lucidez que le dio ganas de llorar:
Estoy perdida.
Estoy completa y absolutamente perdida.
Al otro lado de la pared, Nico seguía despierto en el sofá, con un brazo bajo la cabeza y los ojos abiertos en la oscuridad. En el cojín había quedado un rastro del champú de ella.
Tampoco él consiguió dormir.
Y así pasaron los dos la primera noche. Separados. Despiertos. Perdidos.