Capítulo Quince
A las ocho y media de la noche, Nico Rey de Francisco había llegado oficialmente al final de sus recursos.
Había conseguido llevar a Gisela al ático.
Eso lo había hecho bien. También había conseguido enseñarle su cuarto, y dónde estaba el baño, y colocarle el conejo sin oreja en la almohada de la cama —su cama, porque le había cedido a la niña la única habitación sin pensárselo dos veces—. Hasta ahí, un triunfo.
El problema empezó con la cena.
Nico le cocinó una pasta con una salsa de tomate casera, hecha desde cero, reducida cuarenta minutos, con albahaca fresca y un toque de mantequilla al final que habría hecho llorar a un crítico gastronómico.
Gisela la miró con desconfianza.
—Esto no es como lo hace mi nana.
—Es mejor que como lo hace tu nana —dijo Nico, con toda la humildad del gremio.
—No. —Gisela apartó el plato dos centímetros, con delicadeza, pero con firmeza—. Mi nana le echa las de la bolsa. Las que son estrellitas. Y no lleva estas hojas verdes.
—Es albahaca.
—No me gustan las hojas verdes.
Y ahí se acabó la pasta. Cuarenta minutos de reducción a la basura.
Después vino lo del pelo. Gisela quería ducharse ella sola, como hacía en su casa —ya era mayor, ya casi una señorita, y se lo dejó bien claro—, y Nico, que ni de broma iba a entrar en el baño con una niña de diez años, se quedó en el pasillo, al otro lado de la puerta cerrada, dando instrucciones a ciegas como quien dirige un aterrizaje por radio.
—¿Todo bien ahí dentro?
—¡Sí!
—¿Te sale el agua caliente?
—¡Sí!
—El champú es el bote azul. El AZUL, Gisela, no el verde, que el verde es para... da igual, el azul.
—¡Ya me lo puse!
—Vale. Vale, muy bien. —Nico se pasó la mano por el pelo, al otro lado de la puerta, sin saber qué hacer con las manos—. ¿Te aclaras bien? Que no te quede jabón, que luego pica.
Un silencio. Y luego, con un hilo de voz que se le quebró al final:
—Tío Nico... me ha entrado jabón en los ojos.
—¡No te los frotes! —Nico pegó la frente a la puerta, impotente—. No te los frotes, princesa, que es peor. Echa agua. Agua limpia, con la mano, así, para arriba. ¿Puedes?
—¡Pica!
—Ya lo sé, ya lo sé, mi vida, échate agua, que ya se va. Aguanta.
Y estuvo así, plantado en el pasillo, hablándole a una puerta, dirigiendo desde fuera una batalla que no podía ni ver, hasta que la vocecita de dentro dijo por fin “ya no pica” y a Nico se le destensaron los hombros como si hubiera desactivado una bomba.
Gisela salió al rato, en pijama, con el pelo empapado, pero entera, y a Nico le tocó pelearse después con un peine y un pelo lleno de nudos que tampoco supo desenredar, porque los nudos se empiezan a desenredar por las puntas y eso Nico no lo sabía.
Y después de lo del pelo vino lo peor, que fue cuando Gisela, ya en pijama, sentada en el sofá, con el conejo apretado contra el pecho, se puso muy quietecita, muy seria, y dijo con un hilo de voz:
—Quiero a mi mamá.
Y a Nico se le paró el corazón.
Porque una pasta rechazada se soluciona.
Un jabón en los ojos se soluciona. Pero una niña de diez años echando de menos a su madre, con los ojos llenándosele de lágrimas en un sofá que no es el suyo, en una casa que no es la suya, con un tío que no sabe qué hacer con las manos...
eso Nico no sabía solucionarlo. Eso no venía en ninguna receta.
Se sentó a su lado. Le pasó un brazo por los hombros, torpe.
—Tu mamá vuelve el domingo, princesa. Cuatro nochecitas y ya está.
—¿Cuántas son cuatro?
—Pues... —Nico contó con los dedos, y le temblaban un poco—. Esta, y otra, y otra, y otra. Y ya.
Gisela miró los cuatro dedos. No pareció convencerla. Le tembló la barbilla, y a Nico se le encogió el alma, y cogió el móvil de la mesa dispuesto a llamar a la única persona a la que se le ocurría llamar, dispuesto a tragarse el orgullo y decirle te necesito, ven, no puedo yo solo .
Y sonó el timbre.
N ico abrió la puerta y ahí estaba Alfonsina.
De pie en el rellano, con el traje del trabajo todavía puesto, pero sin la chaqueta, con el moño un poco más suelto que por la mañana, y con dos bolsas del supermercado colgando de las manos.
—He pensado que igual no tenías nada en la nevera —dijo.
Nico se la quedó mirando con el móvil todavía en la mano, el móvil en el que estaba a punto de marcar su número, y no supo qué decir.
—¿Cómo...?
—Porque te conozco, Nicolás. —Pasó por delante de él antes de que pudiera contestar, entrando con esa seguridad práctica que usaba cuando ya había tomado una decisión—.
Y porque llevo tres años siendo la asistente de tu hermano y conozco a Gisela.
—Levantó una de las bolsas—. Sé perfectamente que le has hecho algo carísimo y complicado que no se ha querido comer, porque esta señorita solo come cinco cosas y las cinco vienen en bolsa o en sobre.
Palitos de merluza. Puré de esos. Yogures de colores. Y las estrellitas de la pasta.
Desde el sofá, Gisela levantó la cabeza de golpe.
—¡Alfonsina! —Y se le iluminó la cara entera, porque a Alfonsina sí la conocía, claro que la conocía, era la señora simpática que le daba pegatinas cuando iba a la oficina de papá—. ¿Trajiste las estrellitas?
—Traje las estrellitas, mi amor.
Y Gisela sonrió por primera vez desde que había pedido a su madre, y Nico se quedó en la puerta, con el móvil en la mano, viendo cómo aquella mujer entraba en su casa con dos bolsas de supermercado como si fuera la cosa más natural del mundo, justo cuando él estaba a punto de llamarla, y sintió una cosa en el pecho tan grande y peligrosa que tuvo que tragar saliva.
L a llamada a su madre la hizo Alfonsina en la cocina, en voz baja, mientras el puré se calentaba.
—Mamá. Sí. Oye, que esta noche no voy a casa.
—Una pausa—. No, no pasa nada. Es que...
—Y ahí, Alfonsina Reyes, veintiséis años, la mujer que no había dicho una mentira gorda en toda su vida, la que se sabía de memoria el número de expediente de cada proveedor y no era capaz ni de saltarse un ceda el paso, cerró los ojos y mintió—.
Es que me quedo en casa de Edith. Sí. Nos ha surgido una cosa de chicas.
Ya te cuento mañana. Un beso, mamá. Descansa.
Colgó.
Se quedó un momento mirando el móvil, con el corazón latiéndole raro, porque acababa de hacer algo que no había hecho nunca: mentirle a su madre para quedarse a dormir en casa de un hombre.
Se dijo que era por la niña. Pero sabía que no era solo por la niña.
Se guardó el móvil, removió el puré, y no se permitió pensar más en ello.
C enaron los tres en el sofá, con los platos en las rodillas, viendo dibujos en la tele.
Gisela se comió los palitos de merluza y las estrellitas y un yogur de fresa, y se río de una cosa de la tele, y le contó a Alfonsina una historia larguísima y sin pies ni cabeza sobre una compañera del cole que tenía un perro que se llamaba Chorizo, y Alfonsina la escuchó entera, con toda la atención del mundo, haciéndole las preguntas correctas en los momentos correctos, con la soltura de quien conoce a esa niña desde hace años y sabe cómo hablarle.
Y Nico, desde el otro extremo del sofá, las miraba a las dos.
Miraba a la niña riéndose. Miraba a Alfonsina, con el moño ya medio deshecho y los zapatos quitados y los pies encima del sofá, escuchando la historia del perro Chorizo como si fuera lo más importante del mundo.
Miraba aquella escena —una mujer, una niña, dibujos en la tele, platos vacíos, una casa caliente— y pensó, sin poder evitarlo, con una punzada que le dolió de verdad:
Esto. Esto es lo que podríamos tener.
El pensamiento le llegó entero, sin permiso, y le dolió. Una mujer así. Una noche cualquiera. Dibujos en la tele, platos vacíos, una niña contando una historia absurda sobre un perro llamado Chorizo. Una vida sencilla. Llena.
Y entonces Alfonsina levantó la mano para acariciarle el pelo a Gisela.
El anillo lanzó un destello bajo la luz del salón.
Nico apartó la mirada.
Cuatro noches, pensó. Solo tenía cuatro noches prestadas de algo que ni siquiera era suyo.
Le dolió tanto que tuvo que levantarse por agua.
L lamaron a la puerta a las diez.
Era Kike.
—Tío, ¿estás vivo? —Kike apareció en el rellano con dos cervezas, como si tal cosa—.
Que llevas días sin contestar los mensajes, que Mary Tere me ha dicho que la echaste del piso, que San Sebastián, que yo qué sé.
Vengo a ver si sigues respirando. —Estiró el cuello, intentando ver por encima del hombro de Nico—. ¿Y esa tele? ¿Estás viendo dibujos?
—Estoy ocupado, Kike.
—¿Ocupado con dibujos? —Kike estiró más el cuello—. Oye, ¿hay alguien ahí? Juraría que he oído... —Se puso de puntillas—. ¿Eso son pies de mujer en tu sofá? Nico. Nico, ¿eso son...?
Nico se puso en el marco de la puerta, tapándole la vista con todo el cuerpo, como un portero de discoteca.
—Estoy cuidando a mi sobrina, Kike.
—¿A tu...? —Kike parpadeó—. ¿A la hija de Mateo? ¿La...? —Bajó la voz, respetuoso de repente—. ¿La nena? ¿La estás cuidando tú?
—Cuatro días.
—¿Tú solo?
Nico no contestó a eso, y Kike, que era tonto para muchas cosas, pero no para todas, entrecerró los ojos, y volvió a mirar los pies del sofá, y le cambió la cara.
—Esos pies no son de tu sobrina —dijo despacio—.
Tu sobrina tiene diez años. Esos pies llevan unas medias de nailon oscuras hasta...
—Estiró el cuello, y abrió mucho los ojos—.
Nico. Nico, esa que está en tu sofá lleva medias.
¿Tú te crees que yo no distingo unas medias de señora seria de una noche de peli con la sobrina?
Que a mí no me engañas, que llevo años de conocerte.
¿Quién es? ¿Es la del moño? Es la del moño. DIME que es Alfonsina.
—Buenas noches, Kike.
—Nico. NICO. ¿Esa es quien yo creo que...?
—Buenas noches, Kike. —Nico cogió una de las cervezas de la mano de su amigo, le dio un cabezazo cariñoso en el hombro para empujarlo hacia el ascensor, y le cerró la puerta en las narices con toda la delicadeza del mundo—. Gracias por la birra.
Y desde dentro, mientras echaba el pestillo, oyó a Kike hablándole a la puerta cerrada: