Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Catorce #3
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Capítulo Catorce #3

Y Daniela le contó. A borbotones. Que tenía que irse cuatro días, de jueves a domingo, a un retiro en Málaga.

Que era importante. Que formaba parte del tratamiento que seguía desde que había dejado de beber —lo dijo así, “mi recuperación”, mirándolo a los ojos, sin bajar la voz, con la vergüenza y a la vez la valentía de quien lleva meses peleándose consigo misma para ponerse bien y no piensa disimularlo delante de la familia de su ex—.

Que llevaba semanas esperando esa plaza.

Que no podía faltar, que era ahora o esperar medio año más, y que no se podía permitir esperar medio año más.

Había llamado a sus padres, a su hermana, a la nana, a todo el mundo. Nada. Gladys estaba en Galicia y Mateo seguía en Santorini.

La lista se había quedado en una sola persona. Él.

—No —dijo Nico.

Le salió solo. Del susto.

—Nico, por favor...

—Daniela, yo no puedo. —Se pasó la mano por el pelo—.

No sé cuidar a una niña cuatro días. No sé hacerle la comida, no sé...

no sé peinarla, no sé nada. Estoy llevando seis restaurantes, acabo de pasar una inspección, tengo la cabeza...

—Bajó la voz—. Daniela, te lo digo de verdad, no soy la persona.

Se me va a poner mala, o le va a pasar algo, y no me lo voy a perdonar.

Búscate a otro. Una canguro. Yo pago la canguro que haga falta, la mejor de Madrid, pero yo no.

Daniela se le llenaron los ojos de lágrimas, y a Nico se le encogió el estómago, porque una cosa era discutir con la ex de su hermano y otra muy distinta verla romperse en mitad del comedor.

Y fue entonces cuando habló Gisela.

Gisela, que hasta ese momento había estado callada, mirándolo todo con esa atención suya tan suya, agarrada a la mano de su madre, con su mochila de mariposas y sus diez años.

Gisela, que no había entendido ni una palabra de las razones de los adultos, ni de las canguros, ni de las listas, ni de por qué su madre lloraba.

Gisela soltó la mano de Daniela, dio un paso hacia Nico, levantó la cara y dijo, con toda la naturalidad del mundo, con toda la certeza de una niña que no sabe que se puede decir que no:

—Tío, yo me quedo contigo y me porto bien.

Y le tendió los brazos. Nico se quedó mirando aquellos brazos pequeños extendidos hacia él.

No había manipulación en aquella cara. No había chantaje, ni cálculo, ni pena estudiada.

Había solo una niña que había resuelto el problema de los mayores con la lógica más sencilla del universo: eres mi tío, tú me cuidas, ya está .

Para Gisela no había ninguna lista de la que él fuera el último recurso.

Para Gisela él era, sencillamente, la respuesta. La primera. La única. La buena.

Y a Nico Rey de Francisco, que llevaba toda la vida siendo el hermano en el que no se confía, el irresponsable, el último de la lista, el que no sabe ni hacerse el nudo de la corbata, se le deshizo algo en el pecho al ver a aquella niña tenderle los brazos con la seguridad absoluta de que él era capaz.

La abrazó.

—Vale —dijo, con la voz un poco rara—. Vale, princesa. Te quedas conmigo.

Daniela se echó a llorar de alivio, y le dio las gracias mil veces, y le dejó una maleta y una lista de instrucciones de tres folios y un peluche de un conejo sin una oreja que era imprescindible para dormir, y se fue antes de que a ninguno de los dos le diera tiempo a arrepentirse.

Y Nico se quedó de pie en mitad del salón en Ática, un miércoles por la tarde, con una niña de diez años, un conejo sin oreja bajo el brazo, seis restaurantes que dirigir y absolutamente ninguna idea de lo que acababa de aceptar.

L o primero que hizo fue lo único que sabía hacer: darle de comer.

La sentó en una mesa del comedor vacío, se metió en la cocina, y le sacó un postre —una de las cosas de Ernesto que habían sobrado del servicio, una especie de coulant de chocolate con helado— y se lo puso delante, y Gisela lo miró con los ojos como platos y empezó a comérselo con una concentración religiosa.

—Ahora te quedas aquí un momentito con Guillermo, ¿vale?

—Nico le hizo una seña a Guillermo, que ya venía encantado, que a Guillermo un niño le alegraba el día más que un chisme—.

Que tengo que hablar con una persona un segundo y ahora vuelvo.

Guillermo es muy majo. Te va a cantar. Bueno, mejor que no te cante.

—Yo canto muy bien —protestó Guillermo, sentándose al lado de Gisela—. ¿A que canto bien? Mira, esta te la sabes seguro...

Y Nico los dejó ahí, al cotilla y a la niña con el coulant, y subió las escaleras.

Y se paró delante de la puerta del despacho de Alfonsina.

Respiró. Llamó con los nudillos, aunque la puerta estaba abierta.

—¿Tienes un segundo?

Alfonsina levantó la vista del ordenador. Llevaban sin dirigirse una palabra que no fuera de trabajo desde la mañana, desde Raíz, desde el medio metro de distancia, y verlo ahí en la puerta, pidiendo permiso para entrar en su propio edificio, le apretó otra vez el nudo.

—Claro.

—Me tengo que ir temprano. —Nico se quedó en el umbral, sin entrar del todo, con las manos en los bolsillos—.

Hoy y los próximos días. Me... —Se pasó la mano por la nuca—.

Me han dejado a Gisela. Cuatro días. Daniela tiene que irse unos días y no había nadie más, y...

bueno. Que me la llevo a casa ahora y que igual entro más tarde por las mañanas, o antes.

Ya me organizo. Solo quería avisarte, por la agenda.

—Al menos tendrás a Mary Tere para que te ayude. —Ahí iba la pulla.

Nico sonrió apenas.

—Mary Tere se fue el domingo. Se lo pedí antes de irme a San Sebastián.

Alfonsina sintió una cosa vergonzosamente parecida al alivio.

Ella lo miró. Lo miró de verdad, por primera vez en todo el día: aquel hombre grande y perdido, de pie en su puerta, con el pelo revuelto de pasarse la mano cien veces, hablándole de una niña de diez años a la que no sabía cuidar, intentando sonar como si lo tuviera todo bajo control cuando se le veía en la cara el pánico de arriba abajo.

Y toda la distancia de la mañana, todo el respeto helado, todo el muro de cortesía se le cayó de golpe, porque ella lo conocía. Lo suficiente para saber que aquel hombre no tenía ni idea de cómo se le hace la cena a una niña, ni cómo se le lava el pelo, ni cómo se le duerme.

—Nicolás. —Se le suavizó la voz sin querer—. ¿Tú sabes cuidar a una niña de diez años?

—No. —Lo dijo sin dudar—. No tengo ni idea. Estoy aterrorizado.

Y a Alfonsina se le escapó media sonrisa, la primera del día, la primera en una semana.

—Si necesitas ayuda —dijo, despacio, midiendo cada palabra, sabiendo perfectamente lo que estaba ofreciendo y lo que iba a significar—, yo puedo ayudarte.

Y los dos se quedaron un momento mirándose, en el umbral de aquel despacho, con la palabra ayuda colgando en el aire entre los dos como colgaba todo lo demás. Y los dos supieron, sin decirlo, que acababan de hacer algo que llevaban días evitando: elegir estar cerca.