Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Catorce #2
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Capítulo Catorce #2

Los dos miraron el teléfono mil veces esos cinco días. Los dos lo dejaron mil veces sin marcar.

Y así, cada uno en su ciudad, cada uno en su cama, cada uno convencido de que era el otro quien no quería dar el paso, llegaron al miércoles.

E l teléfono de Nico sonó a las seis de la mañana del miércoles, apenas unas horas después de haber vuelto a su ático de Chueca, y como estaba durmiendo fatal desde hacía días y soñaba que fuera ella, lo cogió al primer tono.

—¿Mmh?

—Nico. ¿Estás despierto?

Era Mateo. Y a Mateo, incluso medio dormido, Nico le notó una cosa rarísima en la voz: pánico. Mateo no tenía pánico nunca. Mateo era un hombre que había montado seis restaurantes y un programa de televisión sin despeinarse, y ahora sonaba como si se le estuviera quemando la casa.

—Son las seis de la mañana —dijo Nico, incorporándose—.

En Grecia son las siete. ¿Qué haces despierto?

—Y como estaban entre hermanos, y como llevaba cinco días de perros y necesitaba pincharle a alguien, añadió—: ¿Qué haces llamándome a mí a estas horas en vez de estar comiéndole el coño a tu mujer, que para eso te has ido de luna de miel?

—Nico.

—Que en Santorini se madruga poco, hombre, aprovecha, que la vida son dos días y uno llueve.

—NICO. —La voz de Mateo cortó por lo sano—. Raíz. Inspección de Sanidad. Hoy.

Nico se despertó del todo de golpe.

—¿Qué?

—Que me acaba de escribir Ernesto, el jefe de cocina de Raíz, muerto de miedo.

Que ha llamado alguien esta mañana preguntando por el horario de apertura, con esa voz, tú ya sabes esa voz, y que en Chamartín les han dicho que a dos restaurantes de la zona les cayó inspección la semana pasada sin avisar.

Van a caer hoy, Nico. Hoy o mañana. Y yo estoy a tres mil kilómetros.

—Vale. Vale, tranquilo.

—No me digas que me tranquilice que he llamado a Alfonsina y no me atiende.

—Mateo hablaba a toda velocidad, atropellándose—.

Escúchame. La cámara de Raíz, la de pescado, tiene el termómetro que baila, lo iba a cambiar la semana que viene.

Hay que cambiarlo HOY. Los registros de temperatura hay que tenerlos al día, que Ernesto a veces los rellena a ojo el viernes de toda la semana, y eso es una multa que te mueres.

El desagüe del office. Las fechas de caducidad.

Los guantes. El certificado de la formación de manipulador de alimentos de los dos nuevos, que no sé si lo tienen. Nico, ¿estás apuntando?

—Estoy apuntando —mintió Nico, buscando un boli en la mesilla y tirando al suelo un vaso de agua.

—Que no es Ática, Nico. Que Ática funciona sola. Raíz es la que más papeleo tiene y la que peor lleva Ernesto, que cocina como los ángeles, pero para los papeles es un desastre, como tú. —Una pausa—. Perdón.

—No, si tienes razón.

—Encuentra a Alfonsina. —Lo dijo como quien invoca a un santo—. Alfonsina lo tiene todo, Nico. Los certificados, los registros, todo digitalizado. Ella sabe dónde está cada papel de cada restaurante. Si van los dos, esto se arregla. Ella los papeles, tú la cocina. ¿Me oyes? Los dos.

Nico se quedó un segundo callado, con el boli en la mano y el agua empapándole el calcetín en el suelo.

Los dos.

—Te oigo —dijo—. Vamos los dos.

A las ocho y media, Nico y Alfonsina se encontraron delante de Raíz, en Chamartín, y fue la primera vez que se veían desde la cava.

Él llevaba una camisa limpia, planchada, remangada, y pantalón de vestir, y la cara de un hombre que había dormido tres horas en los pasados días.

Ella llevaba su uniforme de guerra: moño, traje oscuro, tacón, y una carpeta con todos los certificados de Raíz impresos y ordenados por pestañas de colores, porque Alfonsina Reyes había recibido la llamada de Nico a las seis y cuarto — inspección en Raíz, ¿puedes?

— y en dos horas había montado un dossier que habría hecho llorar de emoción a cualquier funcionario.

—Buenos días —dijo ella.

—Buenos días. —Nico le sostuvo la puerta de Raíz para que entrara—. Gracias por venir tan pronto.

—Es mi trabajo.

—Ya. Aun así. Gracias.

Y ahí empezó la cosa más rara del día, que no fue la inspección.

Fue cómo se trataron. Porque Nico la trató con un respeto que le dolió a ella en el alma.

Nada de “jefa” con retintín. Nada de “boquita de piñón”.

Nada de rozarle los dedos al pasarle un papel, nada de mirarle la boca, nada de acercarse más de la cuenta.

Toda la mañana Nico mantuvo entre los dos una distancia de medio metro exacto, cortés, profesional, imposible de reprochar, y le habló con un “por favor” y un “cuando puedas” y un “lo que tú veas” que eran perfectos, educados, y fríos como el mármol de la barra.

No la castigaba. Eso era lo peor. Un castigo se aguanta.

Aquello era otra cosa: era un hombre que había decidido no volver a permitirse ni un roce, ni una broma, ni un centímetro, porque sabía que si se permitía uno no iba a poder parar, y que ya había estado a punto de hacer algo imprudente, y que la única manera de no repetirlo era construir un muro de cortesía y no asomarse por encima.

Y Alfonsina, que lo entendió perfectamente, se pasó la mañana con un nudo en la garganta.

Porque prefería mil veces las pullas. Prefería mil veces la guerra fría del anillo, los “qué suerte tiene Federico”, el retintín.

Cualquier cosa antes que aquel señor amable y lejano que le decía “muchas gracias, Alfonsina” cada vez que ella le tendía un certificado, como si fueran dos desconocidos que coinciden en un ascensor.

Ninguno de los dos mencionó la cava.

Ni una palabra. Ni una mirada. Como si no hubiera pasado. Como si no llevaran los dos la escena entera grabada a fuego detrás de los ojos, reproduciéndose en bucle cada vez que se quedaban callados.

Trabajaron así toda la mañana, impecables, distantes, rotos.

Y salvaron Raíz.

Porque cuando a la una y cuarto entró por la puerta una señora con una carpeta y una acreditación colgada del cuello y esa manera de mirar que tienen los inspectores de Sanidad, se encontró un restaurante con los registros de temperatura al día, los certificados de manipulador de alimentos de toda la plantilla en una carpeta con pestañas, las cámaras a la temperatura correcta —Nico había cambiado el termómetro a las nueve de la mañana, con sus manos, subido a un taburete—, las fechas de caducidad revisadas una por una y un office reluciente.

La inspectora estuvo dos horas. Miró debajo de todo. Abrió todas las cámaras. Leyó todos los papeles.

Y se fue con un acta limpia y un “todo correcto” que, a Ernesto, el jefe de cocina, casi le da algo del alivio.

—No sé cómo agradecéroslo —dijo Ernesto, blanco todavía—. De verdad. No sé cómo.

—Dale las gracias a ella —dijo Nico, señalando a Alfonsina con la barbilla, sin acercarse—. Yo he cambiado un termómetro. Los papeles, que es lo que te habría hundido, los tenía todos ella.

Y Alfonsina, que en cualquier otro momento se habría hinchado con ese reconocimiento, solo sintió que el nudo se apretaba más. Porque Nico seguía viéndola. Seguía sabiendo exactamente lo que valía. Solo había decidido hacerlo desde lejos.

V olvieron a Ática en silencio, cada uno mirando por su ventanilla del taxi.

Y en cuanto llegaron, Nico se metió en su despacho y cerró la puerta.

No de un portazo. Con cuidado. Como cerraba las puertas últimamente.

Guillermo, que lo vio entrar en su oficina con esa cara, se acercó al pase, donde un par de camareros y Luis, el jefe de mozos, montaban el servicio de la tarde y soltó, apoyado en la fregona, con la autoridad de quien lo sabe todo:

—A ese le pasa algo.

—A ese le pasa que ha estado toda la mañana en una inspección —dijo Luis.

—No, no. —Guillermo negó con la cabeza, sabio—.

La inspección la han pasado. Vienen de salvar Raíz, me lo ha dicho Ernesto por el grupo de Whatsapp.

No es eso. —Miró hacia la puerta cerrada del despacho—.

A ese le pasa algo con la del moño. Llevan una semana los dos con una cara de entierro que no veas, y ahora encima el señorito vuelve de San Sebastián mudo y se encierra.

—Cogió la fregona—. Aquí ha pasado algo.

Y yo no digo nada, ¿eh? Pero ha pasado algo.

—Guillermo, tú siempre dices que no dices nada y no paras de decir.

—Es un don —dijo Guillermo, y se fue a fregar.

Y a las cinco y media de la tarde, cuando Nico llevaba dos horas encerrado fingiendo que revisaba facturas, se abrió la puerta de Ática y entró Daniela.

Nico la vio por las cámaras de seguridad y supo que pasaba algo antes de salir, porque Daniela nunca aparecía por Ática, y menos así: despeinada, con ojeras, con Gisela, la hija de su hermano, de la mano y una bolsa de viaje al hombro, mirando alrededor como quien busca una salida.

Gisela tenía diez años, síndrome de Down y una mochila de mariposas de la que no se separaba últimamente.

Era, además, la persona menos capaz de fingir que Nico conocía.

La niña no sabía disimular nada, Si estaba contenta, se le notaba en todo el cuerpo; si algo la aburría, lo decía; y cuando quería a alguien, lo quería sin condiciones y sin cálculo, que era exactamente lo que la hacía la persona favorita de Nico en el mundo, por encima de cualquier adulto.

Venía agarrada a su mochila de mariposas, muy seria, observándolo todo con esa atención tan suya.

—Nico. —Cuando lo vio salir al salón se le fue el aire—. Menos mal. Menos mal que estás tú.

—Daniela. ¿Qué pasa?

—Necesito un favor. —Lo dijo rápido, atropellada, con esa voz de la gente que ha ensayado algo muchas veces y aun así le sale fatal—. Sé que no tengo ningún derecho a pedírtelo. Sé que no. Pero no tengo a nadie más, Nico, te lo juro, he llamado a todo el mundo.

—Tranquila. Cuéntame.