Capítulo Catorce
E l sábado a mediodía, Nico seguía en Norte, peleándose con las mil cosas que Máximo le había puesto por delante.
El técnico del termostato. El proveedor de la lonja.
Los papeles de un par de stagiaires nuevos.
El pedido de vinos. Se había metido de cabeza en el trabajo como quien se mete en agua fría, a propósito, para que el frío no le dejara pensar en otra cosa.
Y más o menos funcionaba. Hasta que, a eso de las dos, en un hueco entre pedido y pedido, cometió el error de mirar el móvil.
Y ahí estaba ella. Una story nueva de Alfonsina. Y a Nico se le paró el aire en la garganta.
Salía vestida con un vestido de tarde, de esos que ella se ponía cuando quería estar guapa sin parecer que lo intentaba, con el pelo recogido en una coleta alta que le dejaba el cuello al aire, los labios pintados de un rosa subido, y una sonrisa de verdad, de las enteras, de las que casi nunca enseñaba.
Estaba preciosa. Estaba para pararle el corazón a cualquiera, y a él se lo paró.
Debajo de la foto había escrito: “ De celebración. Ya mi sobrino viene de camino”.
Nico sonrió a la pantalla como un tonto.
Lo sabía, claro. Seguía a Edith en redes, se había enterado del embarazo hacía tiempo y había visto que ese fin de semana celebraban el baby shower .
Y ahí estaba Alfonsina, guapísima, celebrando la llegada de un bebé que no era suyo con esa cara de ilusión que a él le desarmaba entera.
Puso el pulgar sobre la pantalla. Un corazoncito. Solo un corazoncito, una tontería, un gesto de nada.
Y lo retiró.
Porque qué iba a parecer. Un tío que se ha ido a trescientos kilómetros huyendo, que no llama, que no da señales, y que de repente le pone un corazón a una story como un adolescente.
Patético. Eso iba a parecer. Así que bloqueó el móvil, se lo metió en el bolsillo del delantal, y volvió a la cocina a seguir peleándose con el termostato, con la imagen de aquella coleta alta y aquellos labios rosas clavada en la cabeza el resto del día.
E l domingo, Alfonsina fue al baby shower.
Lo celebraban en casa de los padres de Edith, un piso amplio y luminoso que la familia había llenado de globos blancos y dorados, guirnaldas y una pancarta que anunciaba en letras dulces la llegada del bebé.
Había tarta, había ponche sin alcohol para la embarazada y con alcohol para las demás, había un montón de mujeres de todas las edades y un par de hombres despistados —Noe, el marido de Edith, entre ellos, feliz y abrumado a partes iguales— circulando entre bandejas de canapés.
No era, la verdad, una tradición de toda la vida.
Alguna tía mayor de Edith lo miraba todo con cierto reparo, murmurando por lo bajo que en sus tiempos esto no se hacía, que celebrar antes de que el niño estuviera fuera y sano traía mala suerte, que estas cosas eran modas americanas que se veían en las películas.
Pero Edith, radiante, con su barriga por delante y una corona de flores de mentira en el pelo, no le hacía ningún caso.
Estaba encantada. Y verla así de feliz le llenó a Alfonsina el pecho de algo cálido y punzante a la vez.
—¡Alfonsina! —Una voz conocida la abordó nada más quitarse el abrigo—. ¡Por fin apareces!
Era Marta.
Alfonsina conocía a Marta y a Edith desde la universidad.
Las tres se habían hecho inseparables en la Autónoma, cuando Edith estudiaba Contabilidad, Marta Economía y Alfonsina Negocios Internacionales.
Habían compartido apuntes, exámenes, desamores y una amistad de esas que sobreviven a los años y a la vida adulta.
Marta se había casado hacía cinco meses; Edith, hacía dos años y ahora esperaba un bebé.
La única que seguía soltera —o casi, con un anillo en el dedo que le pesaba como una losa— era Alfonsina.
Se abrazaron fuerte. Marta era todo lo que Alfonsina no era: lengua rápida, sin filtro, incapaz de guardarse una opinión, aunque le fuera la vida en ello.
Se sirvieron ponche —del de las demás— y se apartaron a un rincón, junto a la ventana, a ponerse al día mientras al fondo Edith abría regalos entre chillidos de emoción.
—Bueno. —Marta la miró de arriba abajo, entrecerrando los ojos—. Cuéntame. Que me dijo Edith que has vuelto con Federico.
—Sí. —Alfonsina bajó la vista al ponche—. Decidimos darnos una nueva oportunidad.
Marta hizo una mueca. Una mueca elocuentísima, de esas que valen más que un discurso.
—Tú sabrás, hija. —Le dio un sorbo a su copa—. Pero a quien tú tienes metido en la cabeza no es a Federico, que te conozco. Es al otro.
Alfonsina abrió la boca para negarlo. Y no pudo. Porque era Marta, y a Marta no se le podía mentir, y porque llevaba semanas guardándoselo todo y de repente necesitaba soltarlo con alguien que no fuera Edith, que ya lo sabía casi todo.
Así que se lo contó. En voz baja, por partes, con las mejillas encendidas: lo del apartamento. Lo del casi de la cava, sin entrar en detalles, pero lo suficiente para que Marta abriera los ojos como platos. Y lo de que él se había ido a San Sebastián después de aquello, sin decir cuándo volvía.
Marta la escuchó sin interrumpir, lo cual en ella era un récord. Y cuando Alfonsina terminó, soltó un silbido bajo.
—A ver si me entero. —Levantó una mano—. ¿Tú y Nico se liaron en una cava, y tú dejaste pasar ese momento... con lo bueno que está ese hombre?
—¡Marta!
—¿Qué? Que estoy casada, no muerta. —Se encogió de hombros con toda la cara—. Ese hombre es un pecado mortal con delantal. En tu cumpleaños se veía divino.
—Llevaba una camiseta de una de sus bandas favoritas, Marta, por Dios. —Pero a Alfonsina se le escapó una risa, la primera del día.
—¿Y qué? Estrafalario es que se ve bien él.
—En la cava él paró.
Marta le dio un sorbo a su bebida.
—Cuando podía haber pasado todo, paró. Me dijo que no quería que mi primera vez fuera así, con prisas, por rabia, contra una puerta. Que yo me merecía otra cosa.
Marta se quedó un segundo quieta, cosa difícil en ella.
—Espera, espera. —Bajó la voz—. ¿Ese hombre te tuvo ahí, a huevo, y paró... por respeto? ¿Por cuidarte?
—Sí.
—Alfonsina. —Marta dejó la copa en el alféizar, muy seria de repente—. Eso no lo hace un tío al que solo le interesa acostarse contigo.
—Pero es que es eso, Marta. Que es un alocado, un incorregible, un mujeriego. Su ex vive en su casa. ¿Te imaginas? Es todo lo contrario a mí. Somos agua y aceite. No es un hombre para mí.
— No sé si necesitas un tío así para toda la vida. Pero que necesitas dejar de fingir que no te vuelve loca, eso sí lo sé.
—Se fue a San Sebastián, Marta. Por lo que pasó. Huyendo.
—Claro que está huyendo. —Marta soltó una carcajada corta—. Se ha ido a poner trescientos kilómetros de por medio porque no sabe ya qué hacer para no lanzarse encima de ti. —Ladeó la cabeza—. ¿Y tú qué vas a hacer con eso?
Alfonsina, por toda respuesta, levantó la mano y le enseñó el anillo.
—¿Y?
—¿Cómo que “y”? Estoy comprometida con Federico. Que él es el correcto.
—El anillo no te ha quitado las ganas de Nico. Eso está bastante claro.
—No pienso acostarme con Nicolás.
—No, claro. Y yo he venido por el ponche . Fuera de bromas. Antes de casarte con uno, averigua por qué no puedes dejar de pensar en el otro. Y creo que eso deberías empezar a averiguarlo rápido.
Y se fue a por más ponche, dejando a Alfonsina junto a la ventana, con el anillo en el dedo, la copa en la mano, y un montón de cosas dándole vueltas en la cabeza que no sabía cómo colocar.
Al fondo, Edith levantaba en alto un peluche con orejas de elefante, y toda la sala aplaudía.
A sí pasaron los cinco días.
Cinco días en los que Nico y Alfonsina, a trescientos kilómetros el uno del otro, hicieron exactamente lo mismo sin saberlo: intentar, con todas sus fuerzas, no pensar en el otro. Y fracasar estrepitosamente en el intento.
Nico se enterró en Norte. Llegaba el primero y se iba el último, se peleó con el termostato hasta domarlo, resolvió el desastre de los rodaballos, cubrió las bajas, cubrió las bajas, echó una mano en el pase noche tras noche y sacó platos hasta que le dolían los pies.
Ganó la aprobación de Máximo, que pasó de llamarlo “el madrileño” con retintín a llamarlo “el madrileño” con respeto.
Esquivó, con una educación que no era propia de él, las invitaciones de Giulia, que insistió dos veces más antes de rendirse.
Y descubrió, casi sin querer, una cosa que no esperaba: que le gustaba aquello.
No Norte, que era de Mateo. Sino la sensación.
Tener algo entre manos, un sitio donde levantarse cada mañana con un problema que resolver que fuera suyo, un sitio donde no fuera el hermano de nadie.
Fue una semilla pequeña, casi imperceptible, que se le plantó dentro sin hacer ruido.
Y cada noche, sin falta, acababa igual: en la cama del apartamento alquilado, con el móvil en la mano, mirando las redes de Alfonsina, con el pulgar suspendido sobre la pantalla, sin atreverse a llamar.
Ensayando perdones que no enviaba. Echándola de menos con una intensidad que le fastidiaba reconocer.
Alfonsina, por su parte, sobrevivió a la semana como sobrevivía a todo: por fuera, impecable.
Fue a trabajar cada día con el moño perfecto y el anillo puesto, gestionó Ática en ausencia de los dos hermanos como solo ella sabía, cubrió las mil cosas que se caían sin Mateo y sin Nicolás.
Por fuera, la asistente perfecta a la que nada le afecta.
Por dentro era otra cosa. Por dentro estaba el mareo de su madre, esa ronquera que no se iba y que le daba un miedo que no se atrevía a nombrar.
Estaba Federico y su portazo, y la sensación cada vez más clara de estar metida en una vida que le quedaba estrecha.
Y estaba, sobre todo, la cava. El recuerdo de la cava, que le volvía cuando menos lo esperaba —lavándose los dientes, esperando el metro, firmando un pedido— y le encendía la cara y le aceleraba el pulso y la dejaba furiosa consigo misma por no poder olvidarlo.