Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Trece #4
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Capítulo Trece #4

Pero Alfonsina la miró de verdad, por primera vez en semanas, y lo que vio le encogió el estómago.

Su madre estaba más delgada. No sabía desde cuándo exactamente; solo que la blusa le sobraba ahora en los hombros.

Y estaba aquella ronquera que no terminaba de irse, la misma que Nilda llevaba semanas despachando con un será este catarro cada vez que alguien preguntaba.

—Mamá. —Alfonsina le cogió la mano—. Esto no es normal. Tienes que ir al médico.

—Al médico voy yo cuando haga falta.

—Hace falta ya.

—Alfonsina. —Nilda le dio unas palmaditas en la mano, terca como una mula, con esa terquedad de las madres que se pasan la vida cuidando a todos menos a sí mismas—. Que estoy bien. Que es la edad, y el ajetreo, y que no como a mis horas. No me montes un drama en mitad de El Corte Inglés.

Alfonsina apretó los labios. Conocía a su madre. Sabía que insistir ahí, en aquel banco, no iba a servir de nada más que para que Nilda se cerrara en banda. Pero se prometió, en silencio, que no lo iba a dejar pasar. Que la iba a llevar al médico, aunque tuviera que arrastrarla.

Esperaron un rato, sentadas, hasta que a Nilda le volvió el color. Compraron al final un conjuntito de algodón color crema con lunares —lo eligió Nilda— y una mantita suave. Volvieron a casa en taxi, pese a las protestas de Nilda, con Alfonsina pendiente de su madre, disimulando para no agobiarla.

Y cuando llegaron a casa, se encontraron con la sorpresa.

Federico estaba en el salón.

Sentado en el sofá bueno, con las piernas cruzadas y una taza de café en la mano, charlando con el padre de Alfonsina como si tal cosa. Se había presentado sin avisar, como hacía últimamente, con esa confianza de futuro yerno que se cree ya de la familia.

—¡Ahí está mi chica! —Se levantó al verla, sonriente, y le dio un beso en la mejilla que a Alfonsina le supo a corcho—. Estaba aquí, charlando con tu padre. Qué tarde más agradable.

El padre de Alfonsina, un hombre grande y callado que nunca había sabido muy bien qué hacer con Federico, aprovechó la llegada de las mujeres para escabullirse con Nilda hacia la cocina, dejándolos solos con una habilidad de años.

—¿De compras? —Federico miró las bolsas—. ¿Algo bonito?

—Cosas para el bebé de Edith. —Alfonsina dejó las bolsas en una silla—. El baby shower es mañana.

—Ah. —Federico ladeó la cabeza—. El baby shower. No me habías dicho nada.

—Es mañana, sí.

—¿Y a mí no se me invita?

Alfonsina levantó la vista. Ahí estaba ya, el tonito.

—Es una cosa íntima, Federico. De la familia y las amigas de siempre. Edith, Marta, la familia de ella. Cosa de chicas, sobre todo.

Y a Federico se le tensó algo en la cara. Despacio. Como siempre.

—Cosa de chicas. —Repitió, dejando la taza en la mesa con un cuidado excesivo—. Claro. Cómo no. Yo solo soy tu prometido, no tengo por qué ir a conocer a la gente de tu vida.

—Federico, no es eso...

—No, si no pasa nada. Solo me sorprende enterarme ahora. Pensé que, estando comprometidos, empezaríamos a hacer estas cosas juntos.

—No te estoy dejando fuera de nada. Es un baby shower.

—Es cómo me tratas. —La voz le fue subiendo, perdiendo el barniz—. Siempre igual. Yo poniéndolo todo, y tú a lo tuyo, con tus amigas, con tu trabajo, con ese mundo tuyo al que no me dejas entrar. ¿Sabes lo que parece? Parece que te avergüenzas de mí. O que escondes algo.

—No escondo nada. —Alfonsina notó que se le aceleraba el pulso—. Baja la voz, que están mis padres.

—Ah, ahora también te molesta que hable. —Dio un paso hacia ella, y aunque no la tocó, algo en su manera de plantarse, de llenar el espacio, la hizo retroceder medio paso—. Escúchame bien, Alfonsina. Tú llevas mi anillo. ¿Te acuerdas? Un poco de respeto es lo mínimo que espero.

Alfonsina se quedó callada, con la espalda contra la pared, con esa sensación conocida y horrible de hacerse pequeña, de tragar, de no encontrar las palabras para defenderse porque él siempre las tenía todas.

—Federico, creo que es mejor que te vayas.

Él la miró un segundo, calibrando. Y luego, como si accionara un interruptor, recogió su chaqueta del sofá con un gesto seco.

—Me voy, sí. No vaya a ser que estorbe. —Se dirigió a la puerta, y antes de salir se giró una última vez, con una sonrisa que no era una sonrisa—. —Algún día tendrás que decidir si de verdad quieres compartir tu vida con alguien, Alfonsina. Porque no se puede estar siempre con un pie fuera.

Y se fue dando un portazo que hizo temblar los cuadros de la entrada.

N ilda salió de la cocina al oír el estruendo, secándose las manos en un paño.

—¿Qué ha sido eso? ¿Se ha ido Federico?

Alfonsina seguía apoyada en la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho, tragándose el nudo.

—Se ha enfadado porque no lo he invitado a la fiesta de Edith.

Nilda no dijo nada.

Se quedó mirando la puerta por la que acababa de salir aquel hombre dando un portazo, con el paño todavía en las manos, y en su cara —esa cara cansada y desmejorada de los últimos meses— se dibujó algo muy quieto y serio.

Miró a su hija, apoyada en la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho y aquella expresión que Nilda conocía desde que era pequeña: la de Alfonsina preguntándose en silencio si la culpa había sido suya.

—Anda, ven a merendar algo —fue lo único que dijo, con una suavidad distinta—. Que se te ha quedado mala cara.

Pero por dentro, Nilda se quedó inquieta con la actitud de Federico.