Capítulo Trece #3
S an Sebastián lo recibió con esa luz gris y plateada del norte, tan distinta a la de Madrid, y con el olor a mar metido en cada calle.
Nico llegó a Norte a media tarde, al volante de un sedán que había alquilado en el aeropuerto de Hondarribia, subiendo por la ladera del monte Igeldo hasta que el restaurante apareció recortado contra el cielo, colgado del acantilado como si alguien lo hubiera plantado allí para desafiar al Cantábrico.
Abajo el mar rompía contra las rocas con una furia blanca y sorda que se oía incluso con las ventanillas subidas.
Norte era el sexto y el más pequeño de los restaurantes de Mateo.
Su capricho. Su laboratorio. Doce mesas en una sala de piedra oscura y madera clara con una cocina abierta de par en par al comedor, para que el cliente viera trabajar al equipo como quien ve una coreografía.
Cocina de arraigo, lo llamaba Mateo: la cocina castellana que Mateo traía de Madrid —la caza, las legumbres, los asados— dialogando con lo que subía cada mañana de la lonja de Pasajes.
Un madrileño que no venía a copiar a los vascos en su casa, sino a hablar con ellos de tú a tú.
Y ahora mismo, con su hermano de luna de miel en Grecia, Norte era de Nico, aunque fuera prestado.
M áximo Satrústegui lo estaba esperando en la entrada del restaurante, secándose las manos en el delantal.
Cuarenta y tres años, jefe de cocina, un armario de hombre con las cejas permanentemente fruncidas y esa manera vasca de decir mucho con pocas palabras. Era la mano derecha de Mateo en Norte, el que sostenía la casa cuando el jefe andaba repartido entre sus otros cinco locales.
—Rey. —Le tendió una mano del tamaño de una pala—. Dame buenas noticias con los permisos.
Nico levantó un sobre después de estrecharle la mano.
—Por fin —le dijo al chef.
Máximo agarró el sobre.
—¡Zorionak! —dijo en euskera—. Aunque menos mal que apareces. Tenemos lío.
—Cuéntame.
Y mientras entraban al local y se acercaban a la cocina, abierta de par en par al comedor, el ballet de siempre a la vista de todos: los jefes de partida en sus puestos, el vapor, el filo de los cuchillos contra la tabla, los stagiaires limpiando pescado con la cabeza gacha, Máximo le fue soltando los problemas como quien descarga un saco.
El proveedor de la lonja había fallado con los rodaballos de la noche.
La cámara de pescado tenía el termostato loco.
Concha, la sous chef , estaba de baja dos días por una muela y el ritmo del pase iba cojo.
Y para colmo, esa noche tenían el comedor lleno y un mozo de sala que había llamado diciendo que tenía fiebre.
Nico escuchó todo, asintiendo, y para cuando llegaron al fondo de la cocina ya tenía media cabeza resolviendo.
—Vale. ¿Qué llevaba el rodaballo?
—Pilpil de sus espinas, puerro a la brasa y un fondo de ave.
—¿El fondo está hecho?
—Desde esta mañana.
—Pues si hay merluza de pincho buena en Pasajes. ¿Te aguanta el plato?
Máximo lo pensó un segundo.
—Sí. Con un par de ajustes.
—Mantenemos el fondo y el puerro y ajustamos el pilpil con las espinas de la merluza.
Lo probamos antes del servicio y, si funciona, sale eso.
Si no, cambiamos el plato entero. —Se quitó la cazadora—.
El termostato que lo mire el técnico ya, hoy, y mientras tanto que bajen la carga de esa cámara y repartan el pescado en la otra.
Y el pase lo llevo yo esta noche, que para eso he venido. ¿Tienen una chaquetilla que me quede?
Máximo lo miró un segundo, con algo parecido a la aprobación asomándole bajo las cejas.
—Sabía que servías para algo, madrileño.
A quella noche, Norte reventó.
Lleno hasta la última mesa, con el pase echando humo y una sala que no daba abasto. Y con un mozo de menos, la cosa se puso fea a eso de las diez, cuando entraron dos mesas a la vez y el maître empezó a mirar al techo pidiendo ayuda a algún santo.
Así que Nico hizo lo que había hecho toda la vida cuando faltaban manos: se remangó y se puso a sacar platos.
De la cocina a la sala y de la sala a la cocina, con dos y tres platos en cada brazo, cantando las mesas, recogiendo, describiendo el plato de merluza como si lo hubiera parido —“merluza de pincho de Pasajes, pilpil ligero, tuétano y un caldo de sus espinas”—, con una soltura de años de oficio.
El madrileño, el hermano del jefe, el que algunos en aquella cocina habían mirado de reojo al llegar, resultó que sabía moverse en una sala con los reflejos de quien llevaba media vida entre restaurantes.
Fue en uno de esos viajes, cargando una bandeja, cuando lo interceptó Giulia.
Una de las stagiaires. Italiana, de Turín, veintipocos años, con unos ojos oscuros enormes y una melena que llevaba recogida bajo el gorro pero que se le escapaba en mechones sobre la cara. Hablaba un español rápido y cantarín, salpicado de italiano, aprendido a base de stages por media Europa.
—Has estado increíble esta noche —le dijo, cortándole el paso con una sonrisa que no tenía nada de inocente—. En serio. Sala, cocina, todo. No sabía que el hermano del jefe fuera... así.
—Se hace lo que se puede. —Nico le devolvió una sonrisa educada y siguió andando.
Pero Giulia no se rindió tan fácil. Cuando terminó el servicio, ya de madrugada, con la cocina a medio recoger y el equipo desinflándose del subidón, se le acercó otra vez mientras él colgaba la chaquetilla.
—Oye, unos cuantos vamos a tomar algo a un bar aquí cerca, para bajar. —Ladeó la cabeza—. ¿Te vienes? Invito yo a la primera.
Y Nico, que unos meses atrás, una semana atrás, joder, habría dicho que sí sin pensarlo, que se habría tomado esa copa y las que hicieran falta, y a saber qué más, se sorprendió a sí mismo negando con la cabeza.
—Gracias, pero estoy reventado. Ha sido un día muy largo. —Cogió las llaves del sedán—. Otro día.
Giulia arqueó una ceja, sorprendida, no acostumbrada al no.
—Otro día —repitió ella, medio sonriendo—. Vale.
Y Nico salió a la noche vasca, al aire frío y salado, y condujo de vuelta al Airbnb con el rumor del mar acompañándolo todo el camino.
E l apartamento que había alquilado era pequeño y bonito, con una ventana que daba a la bahía. Nico se dio una ducha larga, dejando que el agua caliente le soltara los músculos molidos del servicio, y se metió en la cama en calzoncillos, con el pelo mojado y el cuerpo muerto.
Cogió el móvil.
Lo tuvo en la mano un rato, mirando el techo.
Quería llamarla. Quería marcar su número, oír su voz, repetirle la letanía del perdón hasta quedarse sin palabras.
Perdón por la cava, por lo de Sevilla, por ser un cabrón y un cobarde y por haberla tocado con rabia cuando lo único que quería era tocarla con todo lo contrario.
¿Y si no lo perdonaba?
Había sido un cretino. De los grandes. Le había echado en cara la única confidencia que ella le había hecho en su vida, la había arrinconado contra una puerta de acero, había estado a un segundo de quitarle algo que ella llevaba toda la vida guardando.
Por unos celos que se había inventado él solito, como un crío.
No tenía cara para llamarla. Pero tampoco podía soltar el teléfono.
Al final hizo lo que llevaba haciendo meses, lo patético, lo de adolescente: se metió en las redes de Alfonsina.
Y ahí estaba ella, una comida con sus padres, una puesta de sol desde su ventana, un café con Edith.
Nico las miró una a una, despacio, como un imbécil, deteniéndose en su cara, en esa sonrisa que casi nunca enseñaba entera, en el moño, en las manos.
Se quedó con el pulgar suspendido sobre la pantalla un buen rato.
Y no llamó.
Bloqueó el móvil, lo dejó en la mesilla boca abajo, y se quedó mirando el techo del apartamento ajeno, escuchando el mar, echándola de menos con una intensidad que le parecía ridícula para un hombre de treinta y dos años que se las había dado toda la vida de no necesitar a nadie.
E l sábado por la mañana, Alfonsina salió de compras con su madre.
No quería llegar al baby shower de Edith con las manos vacías, así que se llevó a Nilda al centro comercial a buscar algo para el bebé —un conjuntito, una mantita, cualquier cosa de esas pequeñas y blandas que se le antojan a una cuando va a ser tía del hijo de la mejor amiga—.
Y Nilda, que para esas cosas tenía un ojo y un gusto que Alfonsina no había heredado, la acompañó encantada.
Recorrieron las tiendas de bebés despacio, tocando telas, discutiendo con cariño si el amarillo o el verdecito, riéndose de unos muñecos minúsculos con orejas de conejo.
Y por un rato, entre percheros de ropa diminuta, Alfonsina se olvidó de la cava, de Nico, de San Sebastián, del anillo que le pesaba en el dedo.
Por un rato solo fue una hija paseando con su madre un sábado por la mañana.
Hasta que Nilda se paró en seco en mitad del pasillo.
—Espera, hija. Espera un momento.
—¿Qué pasa?
Nilda se había puesto pálida. Se llevó una mano a la frente, buscó con la otra el respaldo de un banco, y se sentó despacio, con cuidado, como si el suelo se le moviera debajo.
—Nada, nada. Un mareo tonto. Se me ha ido la cabeza un segundo.
Alfonsina se sentó a su lado al instante, el corazón en un puño, con una mano en la espalda de su madre.
—Mamá, ¿estás bien? ¿Te traigo agua? ¿Un zumo?
—Que no es nada, mujer. —Nilda hizo un gesto para quitarle importancia, pero seguía blanca—. Será un bajón de azúcar, que hemos salido sin desayunar bien. Se me pasa en un momento.