Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Trece #2
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Capítulo Trece #2

Ya no fue un beso de rabia. Fue un incendio.

La empujó contra la pesada puerta metálica de la cava.

El golpe hizo vibrar el acero en mitad del silencio.

Ella sintió el frío de la chapa en la espalda y el calor de él pegado por delante; el contraste le arrancó un escalofrío.

En vez de apartarse, se apretó más contra su cuerpo, le pasó los brazos por el cuello y le mordió el labio.

Nico le hundió una mano en el moño y se lo deshizo de un tirón. El pelo de Alfonsina cayó sobre sus hombros, y él le echó la cabeza hacia atrás para besarle el cuello, la garganta y el hueco de la clavícula, mientras el aire inmóvil de la cava parecía contener la respiración junto a ellos.

—Esto lo llevo queriendo hacer desde el primer día —dijo él contra su cuello, con la voz rota, sin un gramo ya de aquella contención de caballero de los últimos tiempos—.

Desde el primer puto día que entraste por esa puerta con tu moño y tu cara de no haber roto un plato.

Y tú lo sabías. Sabías lo que me hacías.

—Cállate.

—No me da la gana.

Le buscó la pierna, le subió la falda de tubo con la mano, despacio, subiéndole la mano por el muslo por encima de la media de nailon, hasta que los dedos encontraron el borde de la media, y encima el encaje, y encima la liga.

La liga. A Nico se le fue la cabeza del todo.

—La madre que me parió —masculló—. La liga.

Todo el día ahí sentada, tan correcta, tan de hielo, con esto debajo.

—Le mordió la oreja—. ¿Tú sabes la de veces que me la he imaginado?

Contando botellas, pasando papeles, con esa carita de no haber roto un plato, y a mí se me pone dura solo de verte cruzar el salón.

Ahora mismo. Nótalo. —Le apretó las caderas contra las suyas para que lo sintiera—. Esto me lo haces tú, y solo tú.

—Nico...

—Déjame que te lo cuente. —Le subió más la mano por el muslo, por encima de la liga, y ella tembló entera—.

Llevo meses queriéndote sentar en ese escritorio de ahí arriba, abrirte las piernas, quitarte estas medias con los dientes y comerte el coño hasta que te olvides de tu propio nombre.

Hasta que se te caiga el moño y toda la compostura y me supliques.

Eso. Que me supliques tú a mí, por una vez, señorita perfecta.

Le apretó el muslo, subió más, hasta la ingle, rozándola por encima de la ropa.

—Quiero oírte. Quiero saber qué ruido haces cuando dejas de fingir que eres de piedra. —La voz le raspaba contra el cuello de ella—. Porque de piedra no eres, boquita de piñón. Lo estoy notando aquí. Estás empapada. Y no es por el correcto.

—Cállate, cállate...

—Dime que pare y paro. —Le rozó los labios con los suyos, sin besarla, torturándola, los dedos jugando en el borde del encaje—. Dímelo y me voy. ¿A que no puedes?

Y a Alfonsina se le doblaron las rodillas, y se le escapó un gemido que no pudo controlar, un gemido largo, hondo, que la delató entera y que mandó de paseo tres años de compostura de un solo golpe.

—No puedo —jadeó—. No puedo, Dios, no puedo.

—Ya lo sé.

Él le desabrochó el primer botón de la blusa.

Luego el segundo. Le apartó la tela y le acarició un pecho por encima del encaje del sujetador, con la palma entera, y ella arqueó la espalda contra la puerta de la cámara y le mordió el hombro para no gritar.

Le bajó la copa del sujetador, le buscó el pecho con la boca, y ella le hundió las manos en el pelo y dejó de fingir del todo.

Que se joda todo , pensó Nico, con la poca cabeza que le quedaba, tirándole ya de la falda hacia arriba, buscándole el elástico de las bragas con el pulgar. Federico, el anillo, mi hermano, todo. Que se joda absolutamente todo. Esto tenía que haber sido nuestro.

Le bajó las bragas por los muslos, deprisa, torpe, y ella lo dejó, jadeando contra su boca, con los ojos cerrados.

Él se desabrochó el pantalón con una mano, se bajó el calzoncillo lo justo, la levantó un poco contra la puerta, le separó las piernas con la rodilla, y buscó la manera, ciego de deseo, urgente, muerto de ganas después de meses, de años.

Y entonces, en el último segundo, en el segundo mismo antes de todo, Nico abrió los ojos y le miró la cara.

Y paró.

Paró en seco, con el corazón golpeándole en las costillas, porque lo que vio en la cara de Alfonsina no era deseo.

O no solo. Debajo del deseo, en el fondo de los ojos, había otra cosa: le temblaba la barbilla, y tenía el cuerpo tenso de una manera que no era la del placer sino la del miedo, la de alguien que aprieta los dientes y se prepara para aguantar algo, la de una mujer que va a hacer por primera vez en su vida una cosa que había querido guardar y que va a hacerla mal, deprisa, contra una puerta de acero en una cava que huele a corcho, por rabia y por celos y no por lo que ella siempre había soñado.

Y en esa cara Nico leyó, de golpe, todo lo que llevaba una semana negándose.

Que era mentira lo que él se había inventado.

Que en Sevilla no había pasado absolutamente nada.

Que Federico no le había enseñado nada, ni le había comido nada, ni se había dejado ella nada, que seguía siendo exactamente la mujer que se había parado en el umbral de su piso días atrás, temblando, confesándole en voz bajita que nunca lo había hecho con nadie.

Y que él, Nicolás Rey de Francisco, el que se las daba de haberla respetado, el único que decía quererla de verdad, estaba a punto de quitarle eso mismo. En una cava. Contra una puerta. Movido por unos celos que se había inventado él solo.

Se apartó como si quemara.

—No —dijo, con la voz rota—. No, no, así no.

Se subió el pantalón de un tirón, se giró de espaldas, se pasó las dos manos por la cara y por el pelo, respirando como si hubiera corrido, y se quedó así un momento, dándole la espalda, con los hombros temblándole.

—Perdóname —dijo, sin girarse—. Alfonsina, perdóname.

Ella no dijo nada. Se oía su respiración detrás de él, agitada, y el zumbido de la climatización.

—Lo que te he dicho antes. Lo de Sevilla.

Lo de... —Se le quebró la voz—. No es verdad.

Sé que no es verdad. Lo sé desde el principio.

Lo he dicho para hacerte daño porque llevo una semana comiéndome la cabeza como un imbécil, imaginándote con él, y me he vuelto loco, y he dicho la mayor guarrada que se le puede decir a una persona, a ti, precisamente a ti.

—Se volvió, por fin, y tenía los ojos rojos—.

Soy un cabrón. Un cabrón y un cobarde, tenías toda la razón. Perdóname.

Alfonsina estaba apoyada en la puerta, sujetándose la blusa cerrada con una mano, muy pálida, sin llorar, mirándolo.

Y bajó los ojos.

No dijo “te perdono”. No dijo “no pasa nada”. No dijo nada, porque sí pasaba, lo único que hizo fue bajar la mirada al suelo de la cámara, a su ropa interior, con una dignidad silenciosa que a Nico le dolió más que la bofetada.

Nico se agachó. Recogió las bragas del suelo, con un cuidado casi reverente, y se las tendió sin mirarla a los ojos. Ella las cogió. Se giró para ponérselas, de espaldas, y él se giró también, para darle intimidad, en aquel sótano donde cinco minutos antes se estaban comiendo vivos.

Él le devolvió la carpeta del inventario cuando ella estuvo lista. Le apartó del hombro un mechón suelto, el mismo gesto de siempre, pero esta vez sin permitirse tocarla más de lo justo.

—Sube tú primero —dijo él, muy bajo—. Yo espero un poco. Que no nos vean subir juntos.

Alfonsina asintió. Se recogió el pelo como pudo, con las manos temblándole, se alisó la falda, respiró hondo, y subió por la escalera.

Dejó a Nico solo en la cámara fría, con la mejilla todavía ardiéndole, la certeza de haber estado a punto de cometer la peor bajeza de su vida, y el ruido de la climatización zumbando sobre su cabeza como una acusación.

S e quedó allí abajo un rato largo.

Y cuando por fin subió, ya lo tenía decidido: aquello no podía seguir. No podía seguir viéndola cada día, ni jugando con Mary Tere, ni haciéndole daño, ni haciéndose daño. Tenía que poner tierra de por medio antes de romper algo que ya no se pudiera arreglar.

Aquella noche le dijo a Mary Tere que tenía tres días para recoger sus cosas.

Y a la mañana siguiente no fue a Ática. Metió cuatro cosas en una bolsa, pidió un taxi al aeropuerto y compró el primer billete a San Sebastián, con la excusa de las licencias, sin avisar a nadie.

Ya en la puerta de embarque, con el café de máquina quemándole en la mano y el aviso de que iniciaban el embarque, hizo la única cosa que fue capaz de hacer: la llamó.

Ella contestó al segundo tono.

—¿Nicolás? ¿Dónde estás? Tenías reunión con Lilliam a las diez y no...

—Me he ido a San Sebastián. —Cerró los ojos—. Lo de las licencias. Hay que estar allí en persona unos días.

Un silencio. Al fondo del teléfono, el rumor de Ática arrancando el día. Al fondo del suyo, la megafonía del aeropuerto llamando a un vuelo que no era el de él todavía.

—¿Unos días? —La voz de ella sonó distinta. Más pequeña—. ¿Cuántos?

—Tres. O los que hagan falta.

—Nicolás, no puedes irte así, dejando cosas pendientes, sin...

—Tú puedes manejarlo. Mejor que yo. Siempre. —Tragó saliva—. Alfonsina.

—Qué.

—Lo de ayer. —Le costó cada palabra—. Perdóname. Otra vez. Necesito unos días para... —No supo cómo terminar la frase, así que no la terminó—. Necesito unos días.

Otro silencio, más largo. Él la oyó respirar. Se la imaginó de pie en su oficina, con el moño perfecto y el anillo puesto y la carpeta contra el pecho, sin saber qué decir, igual que él.

—Ve con cuidado —dijo ella al final, muy bajito.

Y colgó ella, antes de que él tuviera que hacerlo, que fue lo más piadoso que podía haber hecho.

Nico se guardó el móvil, tiró el café a medias, y se fue a hacer cola para embarcar hacia el norte, hacia el único sitio del mundo donde no iba a tener que verle la cara a la mujer cuya confianza había estado a punto de traicionar.

Tres días.

Los que hicieran falta.