Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Trece
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Capítulo Trece

E l viernes por la mañana, Alfonsina Reyes hizo una cosa que llevaba una semana sin atreverse a hacer. Se puso el anillo.

Lo sacó de la cajita del fondo del bolso, donde llevaba durmiendo desde Sevilla, y se lo deslizó en el dedo delante del espejo del baño de casa de sus padres, y se miró la mano como quien se mira una mano ajena.

El pedrusco le quedaba grande. Le pesaba.

Lanzaba destellos absurdos bajo la luz fluorescente.

No se lo puso por Federico. Se lo puso por Nico, porque llevaba desde el jueves con la imagen clavada de aquella mujer despatarrada en una silla de Ática diciendo que vivía con él, y de la mano de Nico en su hombro, y de aquella frase sobre las noches, y porque a las tres de la madrugada, dando vueltas en la cama, había tomado una decisión fría y rabiosa: si él juega, yo también.

Que se fastidiara, que la viera llegar con el anillo puesto, brillando, oficial. Que supiera lo que era.

Se miró una última vez en el espejo, muy digna, muy armada, y salió hacia Ática con el pedrusco por delante como quien saca un arma.

N ico la vio entrar desde el otro extremo del salón, y lo primero que vio no fue el brillo.

Un destello en la mano izquierda, en el dedo, un destello que no había estado ahí en toda la semana y que ahora entraba por la puerta de Ática a las ocho en punto, con su moño y su falda de tubo y su café en la mano, luciéndolo como una condecoración.

Se le cerró el estómago.

Se lo ha puesto.

Toda la semana con el anillo escondido, sin decir nada, y ahora, justo ahora, justo el día después de lo de Mary Tere, se lo pone.

Nico no era tonto. Llevaba toda la vida siendo un desastre para los papeles, pero nunca para las personas, y entendió lo que aquel anillo significaba puesto precisamente aquella mañana.

Era una respuesta, un toma tú también .

Y durante un segundo aquello debería haberle alegrado. Porque si Alfonsina quería darle celos, era porque lo de Mary Tere le había dolido. Y si le había dolido, era porque algo le importaba.

Pero entonces volvió a mirar el anillo. Y se le torció todo por dentro.

Porque podía ser eso. O podía ser algo mucho más sencillo.

Se lo ha puesto porque ya es de él.

Porque en Sevilla había pasado lo que tenía que pasar. Porque el correcto ya le había enseñado lo que se estaba perdiendo con Nico, y ahora ya estaba, ya era suya, ya se acabó.

No tenía ninguna prueba. Se lo estaba inventando entero, alimentándolo con celos y con noches sin dormir. Pero los celos no piden pruebas, los celos construyen la peor versión de todo con lo primero que pillan.

—Buenos días —dijo Alfonsina, cortante, pasando por su lado sin mirarlo.

—Buenos días —dijo Nico, con una voz que no reconoció ni él.

Y así empezó el día más largo de la semana.

F ue una guerra sin un solo disparo, de temperatura bajo cero, de esas que no se ven, pero congelan la casa entera.

Repasaron la agenda como dos diplomáticos de países enemigos.

Se pasaron papeles sin rozarse los dedos.

Casi se hablaron de usted, se dijeron “gracias” y “por supuesto” y “cuando puedas” con una educación de cuchillo, cada frase perfectamente correcta y helada, y por debajo de cada una de aquellas frases corría un río de lava.

Alfonsina tecleaba con el anillo puesto, muy visible, dándole al teclado con la mano izquierda más de lo necesario.

Nico lo miraba de reojo cada vez y cada vez se le apretaba un poco más la mandíbula.

—El pedido de Barcelona sube el jueves —dijo ella.

—Perfecto.

—Y Horacio pregunta si confirmamos las cámaras.

—Confírmalas.

—¿Con el presupuesto de antes o con el nuevo?

—Con el que tú veas. Tú eres la que lo lleva todo, ¿no? —Lo dijo sin levantar la vista, con un retintín finísimo—. La que lo tiene todo bajo control.

Alfonsina apretó los labios.

—Con el de antes, entonces.

—Con el de antes.

Silencio. Teclas. El anillo lanzando destellos.

Y así toda la mañana, los dos correctísimos, los dos hirviendo, los dos convencidos de que al otro no le importaba nada, usando sus respectivas armas —ella el anillo, él a Mary Tere— para hacerle daño a la única persona por la que habrían hecho cualquier cosa.

Hasta que a media tarde reventó.

R eventó por una tontería, como revientan siempre las cosas grandes.

La discrepancia era ridícula: seis botellas de un Burdeos que, según el inventario, debían estar allí y, según las estanterías, habían decidido desaparecer por arte de magia.

Alfonsina bajó a la cava dispuesta a encontrar la respuesta antes de que el sumiller empezara a hacer preguntas. Nico la siguió unos segundos después, no porque le importaran demasiado las seis botellas, sino porque llevaba todo el día buscando cualquier pretexto para quedarse a solas con ella.

La cava de Ática ocupaba el antiguo sótano del edificio, una reliquia de piedra que Mateo se había negado a modernizar cuando compró el local.

Se descendía por una escalera estrecha de peldaños desgastados que desembocaba en una bóveda de piedra caliza iluminada por luces cálidas y tenues.

Las paredes respiraban siglos de humedad contenida; el aire olía a corcho, a roble viejo y a vino reposando con la paciencia de quien sabe que el tiempo siempre juega a su favor.

Miles de botellas descansaban alineadas en estanterías metálicas que recorrían toda la sala, clasificadas con una precisión casi obsesiva. Al fondo, una mesa de madera maciza esperaba las catas privadas que Mateo reservaba para sus clientes más exclusivos.

Allí abajo el restaurante desaparecía.

No llegaban las comandas, ni el tintinear de los cubiertos, ni las voces del comedor. Solo el zumbido casi imperceptible del sistema de climatización y el eco de unos pasos que, en aquel silencio, siempre sonaban demasiado.

—No hacía falta que bajaras —dijo Alfonsina sin girarse mientras revisaba las botellas una por una—. Lo tengo yo.

—Ya sé que lo tienes tú. Lo tienes todo tú.

Ella levantó la vista despacio.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada. —Nico se apoyó contra una de las estanterías con los brazos cruzados, fingiendo una tranquilidad que no sentía—. Que qué suerte tiene ese Federico. Se lleva una mujer que lo tiene todo bajo control. La agenda, el inventario... la boda. Todo perfectamente cuadriculado.

Alfonsina cerró la carpeta con un golpe seco.

—No metas a Federico en esto.

—Lo has metido tú. —Nico señaló con la barbilla la mano de ella—. Lo llevas puesto. Todo el día dándole al teclado con la manita, para que se vea bien. No sé a quién quieres impresionar.

—A nadie.

—Ya.

—A nadie, Nicolás. Además, tú no puedes acusarme de nada que la Mary Tere no es que haya disimulado mucho el otro día. Hay que tener valor para dar semejante espectáculo frente a todo el personal.

Alfonsina se puso roja porque fue consciente de que se le había ido la lengua.

—Dime una cosa, boquita de piñón.

Ella apretó la carpeta contra el pecho.

—¿Qué?

—En Sevilla... después del anillo... ¿también le dijiste que sí a todo lo demás?

Alfonsina frunció el ceño.

—No sé de qué hablas.

Nico soltó una risa seca.

—Claro que lo sabes. Me pregunto si el correcto tuvo su gran premio.

—Cuidado con lo que estás insinuando, Nicolás.

—No insinúo nada. Solo intento entender si ahora eres la prometida perfecta... en todos los sentidos.

El silencio que siguió fue absoluto.

Alfonsina sintió que toda la sangre le abandonaba el rostro. No por la insinuación.

Por quién la había hecho. Porque Nico conocía la respuesta. La conocía desde aquella noche en que ella, avergonzada y temblando, le había confiado su secreto. Sabía cuánto significaba eso para ella.

Y, aun así, había elegido utilizarlo para herirla. Como si su confianza no hubiera valido nada. Como si ella fuera capaz de vender sus principios por un anillo.

Alejó la carpeta del pecho. Y le cruzó la cara con la mano derecha abierta.

No fue una cachetada de señorita. No fue un gesto simbólico ni un manotazo de teatro.

Fue una hostia con toda la mano abierta, con toda la fuerza del brazo, con todos los meses de rabia y de deseo y de humillación detrás, tan fuerte que a Nico se le giró la cara y el chasquido rebotó en las bóvedas de piedra de la cava y se le quedó a él la mejilla ardiendo, roja, con la forma de los dedos de ella marcándose despacio.

—Eres un cerdo —dijo ella, con la voz temblando de pura furia.

Nico volvió la cara despacio. Le ardía la mejilla. Le brillaban los ojos.

Y en vez de recular, en vez de pedir perdón, en vez de hacer cualquiera de las cosas sensatas que podía haber hecho, hizo la única que le pedía el cuerpo: porque se había pasado, porque le dolía la cara y le dolía más lo otro, porque aquella mujer acababa de pegarle con una pasión que no le pega quien no siente nada.

Dio el último paso, le agarró la muñeca de la mano con la que le había pegado, le pasó el otro brazo por la cintura, la atrajo de un tirón contra él y la besó.

Alfonsina se resistió. Apretó la boca, cerró los labios, se puso rígida entera, empujó con la mano que le quedaba libre contra el pecho de él. Un beso a una boca cerrada, un beso contra una estatua, un beso que era todo rabia y nada más.

Durante tres segundos.

Tres segundos duró la estatua. Tres segundos duró la dignidad, la ofensa, el anillo, Federico, todo.

Porque él la tenía sujeta por la cintura y no la soltaba.

Porque el aire fresco de la cava olía a piedra antigua, a corcho y a roble húmedo, pero él seguía oliendo a cocina, a especias y a Nico.

Porque el silencio de las bóvedas hacía que el roce de sus respiraciones sonara demasiado alto.

Y porque llevaba meses —meses— soñando exactamente con aquello.

Al cuarto segundo, el cuerpo de Alfonsina hizo lo que llevaba desde largo tiempo amenazando con hacer.

Se rindió. Abrió la boca.

Le devolvió el beso. Le agarró la camisa con el puño y tiró de él hacia dentro en vez de empujarlo, y Nico soltó un gruñido ahogado contra su boca al notar el cambio, mientras el eco de su respiración rebotaba entre las viejas paredes de piedra.