Capítulo Doce #2
—Me voy a quedar en su casa. —Mary Tere estiró los brazos por encima de la cabeza, gozándolo, y lo dijo mirando a Nico, pero para que lo oyera toda la sala—.
Unos días, hasta que encuentre piso, que en Madrid está la cosa imposible.
¿A que no te importa, Nico? Total, el piso es tuyo desde que éramos novios, me lo conozco de memoria.
—Sonrió, pura pólvora—. Como en los viejos tiempos.
Y Nico, que no había dicho todavía ni que sí, se encontró de pronto con una ex instalándosele en casa en tiempo real, delante de Alfonsina, sin que le hubieran preguntado.
Y ahí fue cuando Nico vio la cara de Alfonsina.
Fue medio segundo. Alfonsina no dijo nada.
Alfonsina era demasiado correcta, demasiado dueña de sí misma.
Pero se le tensó la mandíbula, y se le puso blanca la mano con la que apretaba el papel, y por un instante —un instante brevísimo, delator, glorioso— miró a Nico con los ojos de alguien a quien acaban de clavar algo por la espalda.
Rabia. Rabia pura y dura. Celos de los que no se pueden confesar.
Y a Nico, que llevaba toda la semana muriéndose de lo mismo, que llevaba días viéndola pasar del brazo invisible del correcto sin poder decir ni pío, se le encendió por dentro una cosa fea, mezquina y deliciosa.
—A que sí —dijo Nico.
Lo dijo despacio, mirando a Mary Tere, pero para Alfonsina, todo para Alfonsina, y le pasó a Mary Tere una mano por el hombro con una naturalidad que le costó el alma pero que le salió perfecta.
—Como en los viejos tiempos —añadió—. Que buena falta me hacía un poco de… compañía por las noches. El piso es muy grande para uno solo.
No era verdad. El apartamento era minúsculo. Y esa noche ella iba a dormir en el sofá, y él no le iba a ceder la cama, y no iba a pasar absolutamente nada ni tenía intención de que pasara. Pero eso Alfonsina no lo sabía.
Y Nico la miró a los ojos al decirlo. Media décima de segundo. Sin sonreír.
—Qué bueno —dijo Alfonsina con una sonrisa fingida.
Lo dijo con una voz de hielo, cortante, perfecta, la voz de la asistente de dirección más profesional de Madrid, y cruzó hacia el office con el papel, y se lo entregó a Luis, que lo miró con extrañeza porque no lo había pedido, ni lo necesitaba, ni sabía qué hacer con él.
—¿Y esto?
—El pedido.
—¿Qué pedido?
—El que sea —dijo Alfonsina, y se apoyó un segundo en la encimera de acero, de espaldas al comedor, con los ojos cerrados y una respiración que le costaba, mientras al otro lado de la puerta se oía la risa de aquella mujer y la voz de Nico riéndose con ella.
Luis, que llevaba media vida en aquel oficio y había visto de todo, dejó el papel en la mesa sin decir nada, le puso a Alfonsina un vaso de agua delante, y siguió con lo suyo.
Algunas cosas no se preguntan.
A quella noche, en el ático de Chueca, Mary Tere se dejó caer en el sofá con una cerveza y los pies encima de la mesa baja, y observó a Nico, que fregaba los platos de la cena de espaldas, con las mangas subidas y los hombros tensos.
—Oye.
—¿Qué?
—La del moño.
Nico cerró el grifo.
—¿Qué le pasa a la del moño?
—Que te gusta. —Mary Tere le dio un trago a la cerveza, con la satisfacción de quien acierta una quiniela—. No, perdona. Que te gusta no. Que estás enamorado hasta las trancas, que es distinto. Se te cae la baba, Nico. Das pena. Un poco de dignidad, hombre.
Nico se secó las manos con un trapo, despacio, y se giró.
—No sé de qué me hablas.
—Ya. —Ella sonrió—. Y yo soy monja. —Se incorporó, dejó la cerveza, y por un momento, solo un momento, se le puso una cara casi seria, casi de la Mary Tere buena, la que también existía—. A ver, cariño. Que nos conocemos.
—Está comprometida.
—No le agradó verme —Mary Tere se rio—. Cuando he dicho lo de las noches. —Se frotó las manos, deleitándose—. Nico, a esa mujer se le ha caído el alma a los pies. Y una mujer que se pone así de mala por celos es una mujer a la que le importas tú más que su anillo.
Nico no dijo nada. Colgó el trapo. Se quedó mirando la ventana, Madrid abajo.
—¿Sabes lo que pasa? —Mary Tere volvió a coger la cerveza, se recostó, subió los pies—.
Que a las mujeres nos encanta que nos den celos.
Nos vuelve locas. Nos saca la verdad de dentro más rápido que ninguna otra cosa.
—Le apuntó con el botellín—. Y yo, mira, casualmente, estoy viviendo en tu casa.
Guapa, sin piso, y con muchííísimo tiempo libre.
—Sonrió, angelical y demoníaca a la vez—.
Yo te ayudo a averiguar si a la del moño le mueves algo de verdad, y tú me dejas el sofá hasta que encuentre piso. Trato justo.
Nico siguió mirando la ventana.
Sabía que era una idea horrible. Sabía que Mary Tere no lo hacía por él, lo hacía porque era incapaz de ver una llaga sin meter el dedo, porque siempre había sido así, porque le divertía.
Sabía que lo correcto, lo maduro, lo que haría el hombre nuevo que estaba intentando ser, era decirle que no, dejar a Alfonsina en paz con su compromiso y comerse el dolor solo, con dignidad.
Y entonces se acordó de la cara de Federico en el despacho, del “¿le contaste, cielo?”, del anillo, del brazo del correcto sobre los hombros de ella.
Y se acordó de la cara de Alfonsina esa mañana, apretando el papel.
—Trato —dijo Nico.
Y Mary Tere levantó la cerveza en un brindis, encantada de la vida, encantada de sí misma, encantada de haber vuelto justo a tiempo para el mejor espectáculo de la temporada.
—Esto va a ser divertidísimo —dijo.
Y por una vez en su vida, la muy maldita tenía toda la razón.