Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Doce
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Capítulo Doce

D esde lo del anillo, Nicolás Rey de Francisco había desarrollado un sistema para sobrevivir la semana.

El sistema consistía en no mirarla.

No mirarla cuando llegaba a las ocho en punto.

No mirarla cuando cruzaba el salón con la carpeta pegada al pecho.

No mirarla cuando se reía por teléfono con un proveedor, ni cuando se mordía el boli pensando, ni cuando se le soltaba un mechón del moño y se lo colocaba con ese gesto que a él le había quitado el sueño durante meses.

No mirarla. Café por la mañana, sí, porque no ponérselo habría sido demasiado evidente, pero dejado en el escritorio sin comentario, sin “boquita de piñón”, sin nada.

Cordial. Profesional. Muerto por dentro.

Llevaba así desde el lunes y pensaba seguir hasta que su hermano volviera de Santorini y lo relevara de aquella tortura, o hasta que se muriera, lo que pasara antes.

Y entonces, un jueves por la mañana, entró Mary Tere en Ática.

Y el sistema se fue a tomar por saco.

M ary Tere entró como entraba a todas partes: como si le debieran dinero.

Empujó la puerta de cristal con la cadera, cargada con una mochila enorme y una maleta de ruedas que chirriaba, con unas gafas de sol de estrella de cine subidas en el pelo, una camiseta cortada que le dejaba el ombligo al aire con un piercing, unos vaqueros rotos y, subiéndole por todo el antebrazo izquierdo, un tatuaje de flores y calaveras que se movía cuando ella gesticulaba, que era siempre.

—¡NICO! —gritó, a pleno pulmón, en mitad del comedor vacío de un restaurante de estrella—. ¡NICO, JODER, QUE YA ESTOY AQUÍ!

Guillermo, que estaba montando el office con la puerta de la cocina entreabierta, sacó la cabeza como una tortuga y no la volvió a meter.

Nico salió de su despacho con cara de no entender nada y, cuando la vio, se paró en seco a mitad de la cocina.

—¿Mary Tere?

—¿Quién va a ser, el fantasma de las Navidades pasadas?

—Ella soltó la maleta de golpe, cruzó el comedor y se le tiró al cuello sin preguntar, colgándose de él, con las piernas casi levantadas del suelo y le espeto un beso en los labios sin boca abierta—.

Madre mía, Nico, estás… —Se echó para atrás sin soltarlo, mirándolo de arriba abajo, y silbó—.

Estás para comerte con vino. ¿Qué te ha pasado?

¿Te ha dado por el gimnasio o qué? Y afeitado.

Y con camisa. ¿Tú? —Le dio una palmada en el pecho—.

¿Quién eres y qué has hecho con mi Nico?

—¿Qué haces aquí?

—Que he vuelto, cariño. De Alemania. Que aquello es una tundra emocional, Nico, gente que sonríe con la boca y te odia con los ojos, no lo aguanto más.

—Se dejó caer en una silla del comedor, estiró las piernas y las colocó una encima de otra, y miró alrededor como quien reconoce un sitio después de mucho tiempo—.

Anda, pero si es Ática. Ha cambiado, ¿eh?

En mis tiempos esto era la mitad de pijo.

—Silbó, tasando el techo, las lámparas, la barra de mármol—.

Se ve que a Mateo le va de lujo. ¿Dónde anda el santo?

¿Sigue con esa cara de anuncio de colonia?

—De luna de miel. En Santorini.

—¿Pero no estaba casado con la niña pija?

—Se ha divorciado y se ha casado con otra.

Mary Tere soltó una carcajada.

—¿Mateo? Madre mía, lo que me he perdido. —Se quedó mirando a Nico, negando con la cabeza, divertida—. Y te ha dejado a ti al mando de todo el chiringuito. A ti. —Se rio otra vez—. El mundo se acaba, Nico. Se acaba.

—Gracias, Mary Tere. Siempre tan maja.

A rriba, en su oficina, Alfonsina había oído el grito.

Lo había oído todo el edificio. Un ¡NICO, JODER! a pleno pulmón no lo para ni la puerta cerrada de una oficina, y Alfonsina se había quedado con el bolígrafo en el aire y una punzada en algún sitio que prefería no localizar.

No bajó. Se dijo a sí misma, muy firme, que no iba a bajar.

Que no era asunto suyo quién le gritaba a Nico en mitad del comedor con esa voz de mujer que conoce muy bien a un hombre.

Que ella tenía trabajo. Que tenía un pedido de Valencia.

Que tenía un anillo en el bolso, además, así que menos aún era asunto suyo.

Estaba en esas, muy digna, muy ocupada, muy comprometida, cuando apareció Guillermo en la puerta con la fregona y una cara de Nochebuena.

—Alfonsina. —Se apoyó en el palo, saboreándolo—. No te vas a creer quién ha llegado.

—No tengo tiempo, Guillermo.

—Una mujer. Preguntando por Nico. —Bajó la voz al tono de las grandes confidencias—. Pero preguntando en plan… tú me entiendes. En plan de confianza. Se le ha tirado al cuello y le ha plantado un beso. Con maleta y todo, ¿eh? Con maleta. Que esa no viene de visita, esa viene a quedarse.

Alfonsina no levantó la vista del correo.

—Me alegro por él.

—Muy guapa, además. De estas modernas, con tatuajes y el ombligo al aire.

Muy… —Guillermo buscó la palabra con delectación— …

llamativa. Y lo tutea todo, y le dice “cariño”, y “mi Nico”.

—Suspiró, encantado de la desgracia ajena—.

Yo creo que es una ex. De esas ex que vuelven.

Que son las peores, Alfonsina, que las ex que vuelven vienen con hambre atrasada.

—Guillermo, ¿no tienes suelo que fregar?

—Lo tengo. —No se movió—. Pero es que la vida es esto, hija. Lo demás es rellenar.

Alfonsina apretó los labios. Miró la pantalla del ordenador sin verla. Y al cabo de unos diez segundos, con una voz que se esforzó muchísimo en hacer neutra y que le salió cualquier cosa menos neutra, dijo:

—Pues mira, ya que bajas… llévale este pedido a Luis, que lo necesita para la comanda.

Cogió un papel cualquiera de la mesa, un pedido que perfectamente podía haber mandado por correo, que podía haber esperado, que no hacía ninguna falta llevar en mano al comedor en aquel preciso instante, y se levantó.

—Ya se lo llevo yo, que para eso estoy —dijo Guillermo.

—No, no. Ya bajo yo. Que tengo que… hablar con Luis de una cosa. —Ella rodeó el escritorio, papel en mano, la barbilla muy alta—. Aprovecho.

Guillermo se apartó de la puerta para dejarla pasar, con una sonrisa que le ocupaba la cara entera, y no dijo nada más, porque no hacía falta, porque los dos sabían que en la vida de Alfonsina Reyes jamás había habido un pedido tan urgente.

Pero la siguió escalera abajo porque por nada del mundo pensaba perderse aquella telenovela turca.

A lfonsina bajó las escaleras con el papel en la mano y toda la dignidad que pudo reunir, ensayando por dentro la cara de indiferencia profesional que le iba a poner al mundo.

La cara no le duró ni el último escalón.

Porque lo que se encontró abajo fue una mujer despatarrada en una silla del comedor de Ática, con las piernas subidas una encima de otra, riéndose de algo con la cabeza echada hacia atrás, y a Nico de pie a su lado —Nico, su Nico, el de aquellos días de cordialidad muerta— mirando a aquella mujer con una sonrisa que Alfonsina no le había visto desde el lunes.

Relajado. Suelto. Con la guardia baja. Como un tonto al que le ha vuelto a sonreír la vida después de mucho tiempo.

Y Alfonsina se paró en seco, con el papel en la mano, y sintió cómo se le subía a la cara un calor que no tenía nada que ver con las escaleras.

Mary Tere la vio.

Mary Tere, que llevaba en aquel comedor menos de diez minutos, que no sabía absolutamente nada de nadie, que jamás había oído el nombre de Alfonsina Reyes, giró la cabeza hacia la escalera, vio bajar a una mujer con moño y falda de tubo y un papel en la mano, y lo entendió todo en dos segundos y medio.

Lo entendió por la cara de Alfonsina. Por cómo se había parado. Por cómo miraba a Nico y por cómo intentaba no mirarlo. Por esa contención de mujer correcta que se está muriendo por dentro y no se lo puede permitir.

Lo entendió por cómo se había parado Alfonsina.

Por cómo miraba a Nico y por cómo intentaba no mirarlo.

Y, sobre todo, por la cara de Nico, que al oír los pasos se había girado y había cambiado la sonrisa relajada por otra cosa: la expresión transparente de un pobre hombre al que acababan de poner delante a la mujer.

A Mary Tere se le iluminaron los ojos. Porque Mary Tere, que Dios la tenga confusa, era muchas cosas —guapa, divertida, leal a su manera, incapaz de guardar rencor más de una tarde— pero por encima de todas las cosas era una hija de la gran putísima, y acababa de encontrar, en un comedor de Chueca un jueves por la mañana, el mejor juguete que le habían regalado en años.

—¿Y esta preciosidad quién es? —dijo, sin levantarse, mirando a Alfonsina con una sonrisa de gata.

—Es Alfonsina. —Nico carraspeó—. La asistente de dirección. Lleva Ática. Bueno, lo lleva todo.

—Ah, la secretaria. —Mary Tere lo dijo sin maldad aparente, que era justo lo que la hacía tan efectiva—. Encantada, guapa. Mary Tere.

—Alfonsina. —Un asentimiento seco—. Le traigo esto a Luis.

Y fue a cruzar hacia la cocina, rápida, con el papel por delante como un escudo, pero no llegó a tiempo, porque Mary Tere ya había recargado para disparar.

—Oye, pues qué bien que haya alguien serio llevando esto, porque este —le dio a Nico un manotazo cariñoso en el muslo, con una confianza de años, con una confianza de quienes han compartido cama— para los papeles es un desastre.

Un desastre. Yo lo sé bien, que viví con él tres años y no fui capaz ni de que apuntara en el calendario cuando se pagaba la luz.

—Se rio—. Menos mal que ahora me va a tener otra vez cerca para organizarlo, ¿verdad, cariño?

Que vengo del aeropuerto derechita, con las maletas y todo, y me vas a tener que dar cobijo.

El papel se detuvo en el aire.

Alfonsina se giró, muy despacio.

—¿Cobijo? —preguntó Guillermo en un tono muy cotilla.