Capítulo Once
E l lunes por la mañana, Alfonsina entró en Ática a las ocho en punto, como siempre, y se encontró con una taza de café humeando encima de su escritorio y a Nico apoyado en el marco de la puerta con una cara de felicidad que no tenía ningún derecho a tener un lunes a las ocho de la mañana.
—Buenos días, jefa. —Le señaló la taza con la barbilla—. Sin nada. Como a ti te gusta.
—Gracias.
Y entonces lo miró bien, y se le olvidó por completo lo que iba a decir.
Porque Nico se había afeitado.
No era solo eso. Era todo. Se había afeitado la cara entera, limpia, sin esa sombra perpetua de tres días que llevaba desde el principio de los tiempos, y llevaba un pantalón de vestir gris, y una camisa blanca bien planchada, y el pelo un poco engominado hacia atrás, y olía, Alfonsina lo notó desde la puerta, al perfume bueno, no al de todos los días.
Y llevaba una corbata azul marino colgándole del cuello, con un intento de nudo torcido que parecía haber sobrevivido a tres derrotas, un desastre de seda que no había manera de que le quedara bien.
Estaba para comérselo. Corbata incluida. Corbata, sobre todo.
—¿Qué? —dijo Nico, al ver que ella se había quedado mirándolo.
—Nada. —Se sentó deprisa—. Que vas... arreglado.
—Ah, eso. —Se miró la corbata colgando y puso cara de mártir—.
Tengo una gestión esta mañana. En la Comunidad.
Terminar lo de las licencias de San Sebastián, que hay que ir en persona a mover papeles y ya sabes cómo son en los sitios oficiales, que si vas con pinta de cocinero te tienen tres horas esperando y si vas con corbata te reciben en veinte minutos.
—Se peleó con el nudo, tiró de un extremo, lo empeoró—.
El problema es que yo no sé hacerme esto.
—¿No sabes hacerte el nudo de la corbata?
—Nunca he sabido. —Lo dijo sin ninguna vergüenza, con la naturalidad del que confiesa que no sabe silbar—.
Me lo hace Mateo. Desde la comunión. Me pongo delante de él, levanto la barbilla, y él me lo hace en diez segundos sin mirar.
—Se señaló el cuello, resignado—. Y el tío se ha ido a Santorini y me ha dejado tirado con esto.
He mirado tres tutoriales en el móvil y he estado a punto de ahorcarme yo solo.
Alfonsina se rio antes de poder evitarlo.
—Trae.
Se le escapó. Le salió del estómago, sin pasar por la cabeza, y para cuando quiso darse cuenta ya se había levantado de la silla y ya estaba rodeando el escritorio y ya estaba de pie, delante de él, con las manos levantadas hacia su cuello.
Nico se quedó muy quieto.
—Levanta la barbilla —dijo ella, con una voz que le salió un poco rara.
Y Nico levantó la barbilla.
Y Alfonsina Reyes empezó a hacerle el nudo de la corbata a Nicolás Rey de Francisco a las ocho y cuarto de un lunes por la mañana, en un despacho con la puerta abierta, con los dedos temblándole un poco sobre la seda y la nariz a un palmo de su cuello y todo el sentido común del mundo gritándole que aquello era una malísima idea.
Cruzó el extremo ancho sobre el estrecho.
Lo pasó por debajo. Por arriba. Le olía el cuello a jabón y a perfume bueno y, por debajo de todo, a él.
Nico no decía nada. Nico había dejado de respirar con normalidad y miraba un punto fijo por encima de la cabeza de ella, la barbilla alta, las manos quietas a los costados, tragando saliva de una manera que ella, tan cerca, no podía no notar.
—Estate quieto —murmuró ella, aunque él no se estaba moviendo.
—Estoy quieto —murmuró él, aunque le costaba la vida.
Pasó la lazada. Apretó despacio, subiendo el nudo hacia el cuello, con dos dedos, hasta dejarlo justo en su sitio, centrado, perfecto, y le bajó un poco el cuello de la camisa por encima, y le alisó la seda sobre el pecho con la palma de la mano en un gesto que no hacía ninguna falta y que duró más de lo que debería.
Y se quedaron así.
Ella con la mano abierta sobre su pecho.
Él con la barbilla todavía alta y los ojos ahora mirándola.
A dos palmos. El nudo ya estaba hecho hacía rato y ninguno de los dos se movía, y el aire del despacho se había vuelto espeso, imposible de respirar, cargado de todos los meses que llevaban conteniéndose.
—Ya está —susurró Alfonsina, sin apartar la mano.
—Ya está —susurró Nico, sin apartarse.
Y fue entonces cuando se oyó a Guillermo.
G uillermo venía por el pasillo con la fregona y el cubo, y venía cantando, con una entrega que no le correspondía a nadie y un sentido de la oportunidad que solo tiene el destino cuando quiere hacer daño, aquello de “... la gente que a mí me critica de noche y de día, porque vivo con este querer...”, y a Alfonsina le dio tiempo justo de dar un salto hacia atrás y apartar la mano del pecho de Nico como si la seda se hubiera puesto al rojo vivo.
Guillermo asomó la cabeza por la puerta, vio a los dos separándose de un brinco, y no cambió la cara ni medio milímetro.
—Anda, qué guapo va hoy el señorito. —Se apoyó en la fregona, gozándolo—. ¿Y ese milagro de la corbata?
—Tengo una gestión —dijo Nico, con la voz tomada.
—Ya, ya. Una gestión. —Guillermo miró a Alfonsina.
Miró a Nico. Miró la corbata recién hecha.
Sonrió con toda la cara—. Pues te ha quedado muy bien el nudo.
Muy bien hecho. Muy... a mano. —Cogió el cubo, encantado de la vida, y antes de irse remató, cantando otra vez, subiendo la voz por el pasillo—: “... porque vivo con este queréee...”.
Y desapareció, tan pancho, dejando a los dos plantados en la oficina, rojos como dos tomates, con un nudo de corbata perfecto y una situación que ninguno de los dos sabía ya cómo deshacer.
—Bueno —dijo Nico, aclarándose la garganta, cogiendo la americana—. Que... que me voy, que a las nueve tengo que estar allí. Gracias por... —Se señaló el cuello—. Por esto.
—De nada.
—Vuelvo sobre la una. ¿Repasamos la agenda cuando llegue?
—Cuando llegues.
Y se fue, con el nudo que le había hecho ella apretándole el cuello todo el camino hasta la Comunidad de Madrid como si fuera la mano de Alfonsina que no se le quería quitar de encima.
Y Alfonsina se quedó sola en su oficina con un café que no había pedido, un lunes, con los dedos que todavía le olían a él, y un anillo que pesaba dos kilos en el fondo del bolso, guardado en su cajita, donde llevaba desde el domingo por la noche sin atreverse ni a mirarlo ni a tirarlo ni a ponérselo.
Se lo tengo que decir.
Se lo tenía que decir, claro. Era la asistente de dirección, y él era el hermano del dueño, y trabajaban codo con codo doce horas al día, y era imposible esconder durante semanas que estaba comprometida.
Se lo tenía que decir hoy, con naturalidad, entre la agenda y el pedido de Valencia, como quien informa de un cambio de proveedor.
Federico me pidió matrimonio.
Cuatro palabras. Las ensayó mentalmente y le supieron a ceniza.
Guardó el bolso en el cajón de abajo, con llave, como si el anillo fuera a salirse solo.
N ico volvió a la una y diez, con la corbata todavía puesta, el nudo de ella, intacto, que no había querido deshacer, y la americana colgada de un dedo por encima del hombro, y subió las escaleras de dos en dos con esa energía suya de perro grande.
—Solucionado —anunció desde la puerta—. Veinte minutos. Te lo dije. Corbata igual a veinte minutos, camiseta igual a tres horas. El mundo es una vergüenza, jefa, pero es lo que hay. —Se tocó el nudo—. Y esto ha aguantado toda la mañana. Menuda profesional.
—Es un nudo. No tiene mérito.
—Para el que no sabe hacérselo, tiene todo el mérito del mundo.
Se dejó caer en la silla de las visitas, se aflojó por fin la corbata con dos dedos, se remangó la camisa hasta los codos y estiró las piernas.
—¿Por dónde vamos?
Repasaron la agenda.
Y fue una tortura porque estaban los dos solos, con la puerta abierta pero solos, un lunes tranquilo de mediados de mes, y porque él se había remangado y tenía los antebrazos ahí, encima de la mesa, y porque cada vez que se inclinaba para mirar un papel le llegaba a Alfonsina esa oleada de perfume bueno, y porque ella todavía tenía en los dedos el tacto de la seda de aquella corbata y el calor de aquel cuello.
Y él, por su parte, tampoco lo estaba pasando mucho mejor.
Porque a media agenda Alfonsina se levantó a buscar un expediente al archivador del rincón, el de abajo, y para llegar al cajón inferior tuvo que doblarse hacia delante, y la falda de tubo se le tensó, y Nico, que se estaba esforzando muchísimo en ser un caballero, bajó la vista exactamente medio segundo antes de poder evitarlo.
Medias de nailon. La línea de la media subiéndole por la pantorrilla. Y, por encima, adivinaba que bajo la tela llevaba la liga.
A Nico se le secó la boca.
Para. ¡Que es virgen, bestia! Que es una mujer inocente que se guarda para hacer las cosas bien, no un aperitivo. Que se merece flores y paciencia y un hombre que no le mire el culo mientras busca el expediente de las cámaras frigoríficas. Compórtate. Piensa en cualquier cosa que no sea esa liga.
Pensó en la liga.
—¿Lo tienes? —preguntó él con una voz que le salió un tono más grave de lo previsto.
—¿El qué? — Alfonsina se enderezó con el expediente en la mano, un mechón suelto pegándosele a la mejilla.
—El expediente.
—Ah. Sí. —Volvió al escritorio—. Las cámaras de Barcelona.
—Las cámaras de Barcelona —repitió Nico, que en aquel momento no habría sabido la diferencia entre una cámara frigorífica y un fregadero, aunque le fuera la vida en ello.
Se sentó. Le pasó el expediente. Y al pasárselo los dedos de ella rozaron los de él, apenas, un segundo, y los dos apartaron la mano a la vez, demasiado rápido, como si quemara.
Y siguieron con la agenda a trompicones, cada uno mirando su papel, hablando de proveedores con una concentración fingida, muy profesionales, muy poco convincentes, los dos a la temperatura exacta a la que las cosas empiezan a hervir y los dos fingiendo que no.
Llevaban así una hora larga cuando se oyó a Guillermo por el pasillo.
G uillermo venía cantando, con la fregona a rastras y ese don que tienen algunas personas de aparecer siempre en el peor momento posible.
—Alfonsina, hija, qué bien te veo. —Se apoyó en la fregona—. Con lo pálida que estabas el viernes. Se ve que Sevilla sienta bien. O el acompañante. —Guiñó un ojo con toda la malicia del mundo, que en Guillermo era una malicia inofensiva, de patio de vecinas—. Que abajo está, por cierto.
Alfonsina se quedó helada.
—¿Quién está abajo?
—El prometido. El del cochazo. Así se ha presentado —Guillermo cogió el cubo—.
Muy elegante, como siempre. Subiendo viene, que le he dicho que estaban aquí arriba.
Yo no sé si hacía falta decírselo, pero como pregunta con esa educación, pues uno se lo dice.
—Se encogió de hombros—. Bueno, sigo, que este suelo no se friega solo.
Y se fue, tan pancho, cantando, sin tener la más remota idea de que acababa de encender la mecha.
Nico se había quedado muy quieto en la silla.
—¿El prometido? —preguntó y ya se estaba levantando.
—Nicolás...
—Creía que era solo tu novio.
—Y lo es. Era. Es complicado. —Alfonsina se levantó también, dejó el expediente en la mesa, no supo qué hacer con las manos—. Nicolás, espera, déjame que...
Pero ya se oían los pasos en la escalera. Pasos de suela buena, de zapato caro, subiendo sin prisa, con la seguridad de quien nunca en su vida ha tenido que subir deprisa unas escaleras.
Y Federico apareció en la puerta.
Impecable, como siempre. Traje azul de rayas, corbata de seda color burdeos, la sonrisa puesta. Traía un ramo pequeño en una mano y en la cara esa expresión de propietario satisfecho que, a Alfonsina, de golpe, en aquel despacho, al lado de Nico, le pareció más insoportable que nunca.
—Aquí está mi chica. —Federico entró como entraba a todas partes, como si el sitio le perteneciera de antemano—. Perdón por la interrupción. Pasaba cerca y no me he podido resistir.
Miró a Nico. Lo reconoció. Y en la sonrisa de Federico apareció ese matiz de superioridad divertida que reservaba para la gente que consideraba servicio.
—El hermano del jefe, ¿verdad? —Le tendió la mano—. Saludos.
Nico le estrechó la mano. No dijo nada.
—Oye, pues qué bien que estés tú también.
—Federico pasó el brazo por los hombros de Alfonsina, que se puso rígida como una tabla—.
Así se enteran todos, que para eso somos casi familia.
—Miró a Alfonsina con una ternura que era casi verdadera, y esa era la peor parte—. ¿Ya se lo has contado, cielo?
Alfonsina abrió la boca.
—Federico, este no es el...
—Que se ve que no. —Federico se rio, encantador, y se dirigió a Nico como quien comparte una buena noticia con el vecindario—.
Nos hemos comprometido. Este fin de semana, en Sevilla.
Delante de toda la familia. —Apretó a Alfonsina contra su costado—.
Que esta mujer me ha dicho que sí después de hacerme esperar media vida. Así que ya ves, va a haber boda.
El despacho se quedó en silencio.
Un silencio que Alfonsina sintió en el estómago, en la garganta, en las plantas de los pies.
No miró a Federico. Miró a Nico. Solo a Nico.
Y vio el momento exacto en que a Nicolás Rey de Francisco se le cayó algo por dentro, muy hondo, sin ruido, como se hunde una casa en el agua: los ojos, medio segundo, apenas.
Pero no se le movió ni un músculo de la cara.
Nico soltó el aire despacio y cogió la americana del respaldo de la silla.
—Enhorabuena —dijo.
Lo dijo mirando a Federico, con una voz perfectamente tranquila, educada y vacía.
—A los dos —añadió.
Y miró a Alfonsina una última vez, media décima de segundo, sin reproche y sin súplica, con una cosa peor que las dos: con nada. Con la cara de un hombre que ha decidido, en tiempo real, delante de ella, no dejar que se le note nada.
—Tengo cosas abajo —dijo—. Los dejo, que estén bien...
Y salió del despacho.
No dio un portazo. No delante del correcto.
Salió con toda la elegancia que su cabeza destrozada fue capaz de fabricarle, con la americana colgada de un dedo por encima del hombro y la espalda muy recta, y bajó las escaleras a un paso normal, ni deprisa ni despacio, saludando de camino a un camarero con un gesto de la barbilla, como cualquier otro lunes.
Fue peor que un portazo. Un portazo se puede perdonar. Un portazo es rabia, y la rabia es amor con mala leche.
Aquello era otra cosa. Aquello era un hombre cerrando una puerta por dentro y echando la llave para que nadie lo viera hundirse.
Alfonsina se quedó en la oficina, con el brazo de Federico sobre los hombros, el ramo pequeño perfumándole la cara y una náusea subiéndole por la garganta, viendo desaparecer al único hombre que de verdad había querido en toda su vida.
—¿Ves como no se lo tomaba a mal? —dijo Federico, satisfecho, dándole un beso en la sien—. Buen chico. Un poco parado, pero buen chico.
Y Alfonsina no dijo nada, porque si abría la boca no le iba a salir una palabra, le iba a salir todo lo demás.