Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Diez #2
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Capítulo Diez #2

“Ya está, ¿no? Ya somos oficialmente tontos. No me vas a mandar a mi habitación la noche de nuestro compromiso”.

Y cuando ella dijo que no —bajito, cansada, sin dramatismo, solo que no, que hoy no, que estaba agotada—, Federico no había gritado.

Él nunca gritaba. Había hecho lo otro, lo que sabía hacer, lo que le había estado haciendo hacía meses sin que ella supiera ponerle nombre hasta hacía poco: había bajado la voz, había puesto cara de decepción noble, y había empezado a construir, ladrillo a ladrillo, la sensación de que ella estaba haciendo algo mal.

“No te entiendo. De verdad que no te entiendo. Acabo de arrodillarme delante de toda mi familia por ti. ¿Sabes lo que es eso? ¿Sabes lo que ha significado para mi madre? Y tú me haces esto. Me dejas en evidencia. Otra vez con lo mismo, Alfonsina, siempre con lo mismo, y luego te extrañas de que la gente se canse”.

No la había tocado. Ni una vez. Todo el daño era con la voz muy suave y razonable, que es la peor manera, porque contra un grito te puedes defender, pero contra un hombre que argumenta con dulzura acabas dándole la razón tú sola.

Ella había aguantado. Se había ido a su habitación. Y eso, irse a su propia habitación la noche de su compromiso, le había costado más valor del que había tenido que reunir en mucho tiempo.

Y ahora estaba ahí, a oscuras, con el vestido que había elegido él y el anillo que había puesto él y las lágrimas cayéndole sin ruido, y lo peor, lo verdaderamente insoportable, no era la discusión.

Lo insoportable era el anillo y saber que hacía tres horas se había comprometido, delante de doscientas personas, con un hombre al lado del cual llevaba un año haciéndose pequeña.

Que mañana habría fotos y el lunes tendría que contarlo.

Que su madre iba a llorar de alegría y que se le había puesto la vida entera en un carril, de golpe, sin haber dicho que sí.

Cogió el móvil de la mesilla. Buscó, sin pensarlo mucho, un nombre. No para llamar. Solo para verlo, para tener algo a lo que agarrarse en aquella habitación que olía a ambientador de hotel y a error.

Y el móvil se le encendió en la mano, vibrando, con ese nombre exacto en la pantalla.

NICOLÁS.

Se quedó mirándolo vibrar como si fuera un milagro pequeño y absurdo.

Se limpió la cara con el dorso de la mano, deprisa, aunque él no la podía ver. Respiró. Y con la otra mano, sin pensarlo, con un gesto automático que le salió de un sitio muy hondo, se quitó el anillo del dedo y lo dejó en la mesilla antes de contestar.

—¿Nicolás?

Al primer tono. Contestó al primer tono, a las dos menos veinte de la mañana, y los dos lo notaron, y ninguno dijo nada.

—Hola, jefa. —La voz de Nico, al otro lado, con un fondo de noche y de terraza—. Perdona la hora. ¿Te he despertado?

—No. —Se aclaró la garganta—. No, estaba... no. Dime.

—Es una tontería. —Silencio—. Es lo del banquete del jueves. Los del bufete. Que no sé si son cuarenta o cuarenta y dos, por lo del correo de esta tarde, y como hay que cerrar el pedido del solomillo...

—Cuarenta y dos —dijo ella—. Escribieron a las seis para meter a dos del despacho de Barcelona. Está en el correo, en copia. —Se le quebró un poco la voz y la recompuso—. Pide para cuarenta y cuatro, por si acaso, que el solomillo de más siempre se coloca.

—Cuarenta y cuatro. Vale.

—Vale.

Silencio.

Un silencio de seiscientos kilómetros, con una terraza de Chueca en un extremo y una habitación de hotel a oscuras en el otro, y dos platos de solomillo de más que ninguno de los dos necesitaba haciendo de puente entre las dos cosas.

—Oye, que... —Nico carraspeó, y lo dijo como quien comenta el tiempo, con un desinterés tan estudiado que le salió fatal—. Que igual te pillo liada. Que es tarde. No sé si estás... en plan cena, o con gente, o...

Lo dejó ahí, colgando, y por dentro se agarró al borde del balcón esperando la respuesta como un crío espera una nota.

—No. —La voz de ella, pequeña, en la oscuridad—. Estoy sola.

Dos palabras.

Y a Nico, a seiscientos kilómetros, sentado en el borde de su balcón con Madrid abajo y un porro sin encender al lado, se le encendió por dentro una cosa tan grande y tan tonta que tuvo que apretar los labios para que no se le colara en la voz.

Estaba sola. La noche de la boda, a las dos de la mañana, estaba sola en una habitación de hotel hablando de solomillo con él.

No estaba durmiendo con el correcto.

No dijo nada de eso, claro. Se tragó la sonrisa entera, la sepultó bien hondo, y contestó con la voz más plana que pudo fabricar:

—Ah. Vale. —Una pausa milimétrica—. Digo, mejor. Así descansas.

Pero Alfonsina lo había oído. Había oído la milésima de más que él tardó en contestar, y había oído el cuidado con que había dicho “mejor”, y en aquella habitación a oscuras, con el anillo en la mesilla, apretó el móvil un poco más fuerte contra la oreja sin saber muy bien por qué.

—¿Estás bien? —dijo él.

—Sí.

—Tienes la voz rara.

—Es el aire acondicionado. Estos hoteles lo ponen a matar. —Se pasó otra vez el dorso de la mano por debajo de los ojos—. Y he bebido. En las bodas se bebe.

—Ya. —Una pausa—. ¿Qué tal la boda?

—Bien. Bonita. Mucho olivo. —Cerró los ojos—. ¿Y por ahí?

—Aquí Malasaña. Kike. Lo de siempre. —Nico miró el porro sin encender encima de la mesita del balcón—. Aburridísimo, la verdad.

—Mentira.

—Mentira —admitió él, y ella oyó que sonreía, y a seiscientos kilómetros sonrió ella también, en la oscuridad, sin querer, por primera vez en toda la noche.

Hablaron doce minutos.

Del banquete, y del pedido de Valencia, y de que Pablo seguía sin volver porque la niña seguía mala, y de una reserva que se había complicado, y de si al del bufete había que ponerle el menú sin gluten que había pedido uno o daba igual.

Doce minutos enteros de cosas de trabajo, de números, de proveedores, de nada.

Ni una sola frase verdadera en toda la conversación.

Y las dos personas más solas de España a las dos de la mañana, cada una en su ciudad, se agarraron a esos doce minutos de mentiras administrativas como el que se agarra a un flotador, porque era lo único que tenían, porque era lo único que se permitían, porque decir cualquier cosa que fuera verdad habría sido abrir una puerta que ninguno de los dos se atrevía a tocar.

—Bueno —dijo ella al final—. Que mañana ya estoy en Madrid. Vuelvo en el AVE de la tarde.

—Vale.

—Y el lunes seguimos. Tenemos lo de Valencia y lo del banquete y hay que cerrar el mes.

—El lunes seguimos —dijo Nico.

—Buenas noches, Nicolás.

—Buenas noches, jefa.

Colgaron.

En Chueca, Nico se quedó sentado en el balcón con el móvil en la mano y el porro al lado, sin encender, mirando Madrid, con la voz de ella todavía en el oído y una certeza incómoda instalándosele en el pecho: que le había notado algo.

Que no era el aire acondicionado. Que aquella mujer había llorado antes de contestar, y que se lo había negado, y que él no tenía ningún derecho a preguntar más porque no sabía qué era él para ella y, por tanto, tampoco sabía qué derecho tenía a preguntar.

Era el hermano de su jefe, era el que dejaba pinzas en las mesas.

En Sevilla, Alfonsina dejó el móvil en la mesilla, al lado del anillo.

Se quedó mirando las dos cosas.

El anillo, que pesaba un mundo.

El móvil, que pesaba nada y que le acababa de sostener la única conversación honesta de la noche por no haber dicho ni una sola verdad.

Se tumbó vestida encima de la colcha, sin fuerzas para desabrocharse nada.

No durmió.