Capítulo Diez
L a hacienda estaba a veinte minutos de Sevilla, entre olivos, con un cortijo blanco encalado y una carpa de color hueso montada en el jardín, y Alfonsina supo desde que bajó del coche que aquella boda le iba a provocar que quisiera salir de allí huyendo.
No por nada concreto. Por todo junto.
Por los sombreros. Por los apellidos con "de" en medio que Federico iba soltando al oído — esos son los de Medina-Sidonia, esa es la mujer del notario, ese de ahí es primo del alcalde — como si le estuviera enseñando un catálogo.
Por la mano que él le tenía puesta en la parte baja de la espalda desde que habían llegado, una mano cálida y firme que no le hacía daño y que sin embargo incomodaba como una etiqueta con el precio hacia fuera.
Por el vestido, que era el que él le había dicho. Que no desentone, cariño. Verde salvia, largo, precioso. Estaba guapísima. Se lo habían dicho once personas.
Federico, en cambio era la mejor versión de sí mismo en sitios así: brillante, atento, encantador con las señoras mayores, exacto con los camareros, con esa risa suya bien colocada que llegaba justo hasta donde tenía que llegar.
Era imposible no admirarlo. Todo el mundo lo admiraba.
Ella también lo había admirado, hacía un año, cuando lo conoció en una gala benéfica de la Asociación de Banqueros a donde Mateo había asistido.
Se tocó el bolso sin darse cuenta. Dentro, entre el pintalabios y las llaves del hotel, había una pinza de carey que no pegaba absolutamente nada con el vestido.
La había metido antes de salir hacia la boda sin preguntarse por qué. Y llevaba todo el sábado notándola ahí, como se nota una piedrita en el zapato, o una verdad en mitad de una mentira muy bien organizada.
La cena fue larga. Los discursos, largos. El primer baile de los novios, largo. Cuando ya el vino había soltado a los invitados y la orquesta arrancaba con algo lento, Federico se puso de pie, cogió una copa, la hizo tintinear con un cuchillo, y a Alfonsina se le heló la sangre.
—Perdón, perdón. Un segundo. —Federico, con esa sonrisa—. Sé que hoy no es mi día, y les pido disculpas a los novios, pero es que llevo toda la noche mirando a esta mujer y no me puedo resistir.
La orquesta paró. Doscientas cabezas se giraron.
Y Alfonsina, sentada, con la servilleta en el regazo y una copa de vino a medias, entendió lo que iba a pasar exactamente medio segundo antes de que empezara a pasar, y no le dio tiempo a nada.
—Alfonsina. —Federico se metió la mano en el bolsillo de la americana—. Llevo media vida tratando de encontrar a una mujer tan estupenda como tú.
Y clavó una rodilla en el suelo, delante de los Medina-Sidonia, delante de la mujer del notario, delante del primo del alcalde, delante de doscientas personas que ya habían empezado a hacer ese “ooooh” colectivo que es media cárcel, y abrió una cajita, y dentro había un anillo que lanzó un destello por toda la carpa.
—¿Te quieres casar conmigo?
Alfonsina abrió la boca. Y no salió nada.
Fue un segundo. Un segundo entero, larguísimo, en el que su cabeza —esa cabeza suya tan ordenada, con sus casillas y sus protocolos— se quedó en blanco, sin una sola casilla marcada, mientras doscientas personas la miraban con las copas en alto esperando la única respuesta que se puede dar en un sitio así.
No dijo que sí. Que quede claro, porque es importante: Alfonsina Reyes no dijo que sí.
Lo que pasó fue que la madre de Federico —una señora de perlas sentada dos sillas más atrás, que llevaba toda la noche esperando ese momento— se llevó las dos manos al pecho y gritó, con una voz que llegó hasta los olivos:
—¡Que ha dicho que sí! ¡Ay, que ha dicho que sí!
Y estalló el aplauso. Y estalló la orquesta.
Y Federico se levantó y le cogió la mano y le puso el anillo antes de que ella hubiera cerrado la boca que había abierto para decir algo que ya nunca supo qué iba a ser, y la abrazó, y todo el mundo se puso de pie, y alguien empezó a hacer fotos, y a Alfonsina la envolvió una ola de enhorabuenas y de besos de gente que no conocía y de flashes, con un anillo en el dedo que ella no había aceptado y una sonrisa en la cara que no sabía quién le había puesto ahí.
En algún momento de todo aquello, entre un abrazo y otro, buscó su bolso con la mano por debajo de la mesa.
Lo encontró. Lo apretó. Notó la pinza dentro.
Y no le sirvió de nada, porque el anillo ya estaba puesto.
A esa misma hora, en Madrid, a seiscientos kilómetros, Nico Rey de Francisco iba por la sexta cerveza en un garito de Malasaña sin darse cuenta de que las estaba contando.
—Estás insoportable —le dijo Kike—. Te lo digo con cariño. IN-SO-POR-TA-BLE.
—No he dicho nada.
—Ese es el problema. Llevas dos horas sin decir nada y mirando el móvil como si te fuera a llamar el Papa.
Kike había traído gente: un par de colegas del gimnasio, una compañera de curro con su hermana, y una tal Brenda que llevaba toda la noche riéndose de las gracias de Nico con una intensidad que no correspondía a las gracias de Nico, porque Nico esa noche no tenía gracia ninguna.
Brenda estaba buena. Objetivamente. Melena, piernas, un vestido negro y una manera de mirar que en cualquier otro momento de su vida —en cualquier otro momento de hace tres meses— a Nico le habría parecido una invitación imposible de rechazar.
Y no sentía absolutamente nada.
Era rarísimo. Era casi preocupante. Estaba ahí, con una mujer guapísima riéndose a dos palmos de su cara, y por dentro solo tenía una cosa, una sola, dando vueltas como una lavadora: que a esa hora, en Sevilla, el correcto estaría bailando pegado a ella.
Que le estaría poniendo la mano en la espalda.
Que a lo mejor la estaría convenciendo de subir a la habitación con esa vocecita de anuncio de coche caro.
Se levantó.
—Ahora vuelvo, voy a mear —le dijo a Kike.
El baño era el típico baño de garito de Malasaña, con las paredes llenas de pegatinas y una bombilla que parpadeaba. Nico se estaba lavando las manos cuando se abrió la puerta y entró Brenda, y echó el pestillo, y se apoyó en la puerta con una sonrisa.
—Se te ve muy solo ahí fuera.
—Brenda...
Ella no le dejó seguir. Cruzó el metro que los separaba, le puso las manos en el pecho, lo empujó contra la pared de las pegatinas y lo besó.
Nico se dejó besar un segundo y medio, con los ojos abiertos, mirando la bombilla que parpadeaba, comprobando con una especie de asombro científico que no, que nada, que ni un cosquilleo, que aquello era como besar una pared muy simpática.
La apartó con suavidad, las manos en sus hombros.
—Brenda. Que no.
Ella se echó para atrás, ofendida, con el orgullo por delante como una bandera.
—Pero ¿qué te pasa, tío? —Lo miró de arriba abajo—. ¿Acaso eres maricón?
Y Nico —que tres meses atrás se habría reído, o se habría picado, o habría hecho cualquier cosa menos lo que hizo— sonrió despacio, con toda la cara, con una especie de paz idiota, y le dijo la verdad más grande que había dicho en su vida en el sitio más tonto para decirla:
—Estoy enamorado hasta los huevos. Y no me empalmo con ninguna que no sea ella.
Brenda parpadeó.
—Buenas noches, Brenda.
Descorrió el pestillo, salió del baño, cruzó el bar sin mirar a nadie, le dejó un par de billetes a Kike sobre la mesa —“para las birras, me piro”— y se fue a la calle a pedir un Uber, con las manos en los bolsillos y una sonrisa de tonto que no se le quitaba, porque acababa de descubrir en un váter de Malasaña que estaba curado y enfermo de la misma cosa a la vez.
E l Uber lo dejó en Chueca a la una y media.
Subió al ático, encendió una lámpara, abrió la puerta del balcón. Madrid abajo, a esa hora, era un rumor bajo y tibio de junio, con alguna moto lejos y las macetas del vecino de enfrente y el letrero de la librería apagado.
Se sentó en el borde del balcón con las piernas colgando hacia dentro, sacó la lata de tabaco, el papel, la hierba.
Lió un porro despacio, con esa parsimonia de cirujano que solo tenía para dos cosas, la mecánica y esto.
Se lo quedó mirando.
En Sevilla eran la una y media también. En Sevilla la boda se estaría acabando o se habría acabado ya, y ella estaría en una habitación de hotel con vistas a la Giralda o a lo que fuera, con el alcornoque, y Nico no quería pensar en lo que estaría pasando en esa habitación y no podía pensar en otra cosa.
Su Alfonsina. Con el correcto.
Se puso el porro entre los labios. Buscó el mechero en el bolsillo.
Y no lo encendió.
Se lo quitó de la boca, lo miró otra vez, y en vez de encenderlo lo dejó encima de la mesita del balcón, entero, sin prender, junto a la maceta de albahaca que era lo único vivo que tenía en casa aparte de él.
Cogió el móvil.
Lo dejó.
Lo volvió a coger.
Necesitaba una excusa. Una excusa cualquiera, transparente, idiota, con tal de que sirviera para marcar su número a la una y media de la madrugada de un sábado sin parecer exactamente lo que era: un hombre borracho de amor y de cerveza, que necesitaba oírle la voz, aunque fuera treinta segundos.
El banquete del jueves. Eso. Los cuarenta de la comida de empresa que había reservado el bufete de abogados, que si al final eran cuarenta o cuarenta y dos, porque habían escrito un correo a última hora y no sabía si contarlos para el pedido de solomillo, y era una duda perfectamente razonable, perfectamente laboral, perfectamente idiota, y daba igual que fueran las dos menos veinte de la mañana de un sábado y que aquello se resolviera el lunes en tres segundos, porque entre ellos dos cualquier excusa valía, cualquier cosa era terreno franco con tal de marcar el número.
Marcó antes de arrepentirse.
E n Sevilla, Alfonsina estaba sentada en el borde de una cama de hotel, a oscuras, todavía con el vestido verde salvia puesto y los zapatos tirados en mitad de la habitación, uno con la punta hacia arriba.
Había subido hacía media hora, después de que Federico, en el pasillo, con la llave magnética en la mano y esa sonrisa que ya empezaba a torcérsele por el champán, diera por hecho que dormían juntos.