Capítulo Nueve #2
Estaba limpia. Estaba absolutamente limpia, sin una gota de agua sucia, sin un pelo, seca y brillante como si acabara de salir del cajón. Alguien la había lavado. Alguien la había secado y la había dejado ahí, en el centro exacto del hueco que quedaba entre el teclado y el borde de la mesa.
Y no había nota.
Alfonsina se sentó despacio. Se quedó mirándola sin tocarla, con el bolso todavía colgado del hombro.
Era la segunda vez.
La primera había sido un libro, y aquella vez él sí había hablado — toma, es una tontería — y se había metido las manos en los bolsillos porque no sabía qué hacer con ellas.
Esta vez ni siquiera eso. Esta vez había entrado en su despacho, había dejado el objeto y se había ido, y le había dejado a ella todo el trabajo de entenderlo.
Pensó, en este orden:
Que la había encontrado debajo de la nevera, o detrás de la cámara, o en el fondo del cubo del fregadero, porque en un sitio así es donde acaban las cosas pequeñas después de una inundación.
Que la había reconocido. Que un hombre había mirado una pinza de carey en el suelo de una cocina y había sabido de quién era.
Que la había lavado con jabón, con las manos, en un fregadero, y la había dejado secar.
Y que no le había dicho nada.
Guillermo pasó por la puerta con la fregona y el cubo, en pleno como una ola , y la vio ahí sentada con una pinza en la mano y los ojos en ninguna parte.
—¿Todo bien, Alfonsina?
—Todo bien, Guillermo. —Y luego, con toda la naturalidad que pudo fabricar, que no fue mucha—: Oye, ¿tú sabes quién ha traído esto?
—¿La pinza? —Guillermo apoyó la fregona en el marco—. Esa la tenía Nico.
Alfonsina no movió ni un músculo.
—¿Nico?
—Ayer. Se pasó media tarde con ella en la mano.
—Guillermo lo contaba como quien cuenta el tiempo que va a hacer, sin sospechar ni por un segundo que estaba entregando pruebas—.
Yo lo vi en la cocina, dándole vueltas así, entre los dedos, mientras discutía con no sé quién por teléfono.
Dije, qué raro, un pasador de señora. Pensé que era de alguna clienta y que lo iba a poner en objetos perdidos.
—Se encogió de hombros—. Pues mira, era tuyo. Menos mal que no lo tiré.
—Menos mal —dijo Alfonsina.
—Que esas cosas se pierden en un momento.
—En un momento.
Guillermo asintió, satisfecho con la conversación, cogió otra vez la fregona y retomó el como una ola justo donde lo había dejado.
Se fue silbando.
Y Alfonsina se quedó sentada con la pinza en la palma abierta, incapaz de sacarse de la cabeza una imagen que ni siquiera había visto: Nico, en mitad de una cocina, dándole vueltas entre los dedos mientras hablaba por teléfono.
Aquella noche, haciendo la maleta encima de su cama, con el vestido de la boda ya metido en la funda y los zapatos en su bolsa de tela y el neceser abierto encima de la almohada, Alfonsina cogió la pinza de la mesilla.
Se quedó con ella en la mano un momento.
Y en vez de dejarla en el cajón, donde estaban las otras cuatro, la metió en el neceser, entre el cepillo de dientes y la crema, y cerró la cremallera.
No se preguntó por qué.
Uno no se pregunta esas cosas los jueves por la noche a las once y media, cuando el viernes hay que madrugar y el sábado hay una boda y el hombre con el que se supone que va a esa boda te ha escrito ya tres veces para preguntarte de qué color va a ser el vestido, para que no desentone.
E l viernes por la mañana, a las ocho en punto, Alfonsina cruzó la puerta de Ática con la maleta pequeña rodando detrás de ella y la funda del vestido doblada sobre el brazo.
—¡Alfonsina! —Guillermo asomó la cabeza desde la barra, con un trapo al hombro—. Qué elegante. ¿Y esa maleta?
—Me voy fuera el fin de semana, Guillermo.
—¡Uy! ¿Sola?
—Buenos días, Guillermo.
—Que yo no pregunto nada. —Volvió a meter la cabeza en el fregadero pequeño de la barra—. Pero maleta de ruedas pequeñas es fin de semana romántico, eso lo sabe todo el mundo.
Alfonsina no le contestó. Metió la maleta y la funda en su oficina, las dejó en un rincón, donde no molestaran, y se sentó a trabajar como si fuera un viernes cualquiera, porque lo era, porque tenía un mes que cerrar y un pedido de Valencia que confirmar antes de irse y no pensaba dejar nada a medias.
Estuvo una hora larga con los correos. Confirmó Valencia.
Dejó preparada la conciliación del mes para que Nico solo tuviera que darle al botón.
Llamó a la del banquete del jueves. Hizo, en fin, exactamente lo que hacía siempre, con la eficacia de costumbre, salvo que cada tanto se le iban los ojos al rincón de detrás de la puerta, donde la maleta esperaba como una cuenta pendiente.
Nico llegó sobre las nueve y media, con el casco bajo el brazo y dos cafés, y subió a la oficina de Alfonsina a repasar la agenda, como todas las mañanas.
—Buenos días, jefa. —Le dejó uno de los cafés en la mesa—. El tuyo. Sin nada, como a ti te gusta.
—Gracias. ¿Y qué tal Verso?
—Todo bien. Ya medí las dos tablas e hice el pedido a Girona. Deben estar aquí a principio de semana. Cuestión de cambiarlas y aquí no ha pasado nada.
—¿Y el seguro?
—Me llamó ayer. Han aprobado el parte. Te dejé la documentación en la bandeja. —señaló hacia la bandeja con el mentón.
—Uy, qué eficiencia.
Se rieron.
—Con tal de que Mateo no lo note.
—Nicolás, en algún momento se lo tenemos que decir.
—Sí, ya habrá tiempo. Cuando esté relajado y con dos whiskys en la cabeza o le podemos decir a Vicky que cuando terminen de echar un polvo se lo diga.
La cara de Alfonsina se encendió. Nico cerró los ojos un segundo.
—Disculpa, me pasé.
—Mejor vamos con la agenda.
El pedido de Valencia estaba confirmado, sí. El banquete del jueves, atado. La conciliación del mes, lista, solo darle al botón. Nico iba asintiendo, tomando nota, haciendo alguna broma tonta, y ella le iba contestando, y todo era normal, todo era como cualquier otro viernes de los últimos tiempos.
Y entonces Nico vio la maleta.
Fue un segundo. La vio en el rincón, con la funda del vestido encima, y Alfonsina supo el momento exacto en que la vio porque lo conocía ya lo suficiente para leerle la cara: se le paró algo detrás de los ojos, un instante, apenas.
Pero no dijo nada.
No dijo ya te vas , ni bonita maleta , ni qué, ¿contenta con la bodita ?
No hizo ninguna de las cosas que ella se había pasado la semana temiendo que hiciera.
Bajó otra vez la vista a la agenda, carraspeó, y siguieron con la agenda como si en aquel rincón no hubiera una maleta que decía a gritos adónde iba ella y con quién.
Fue peor que si se lo hubiera echado en cara.
Muchísimo peor. Porque Alfonsina se pasó el resto de la agenda esperando el comentario que no llegó, y el silencio de Nico —ese hombre que tenía un comentario para todo, que no sabía quedarse callado ni debajo del agua— le pesó más que cualquier reproche.
A media mañana, Alfonsina terminó lo que tenía que terminar, cogió la maleta y la funda, se asomó al despacho de Nico, que era un cuarto minúsculo con una ventana pequeña en una esquina de la cocina de Ática.
—Ya me voy.
Nico levantó la vista del ordenador.
—Vale. Buen viaje.
—Te he dejado los teléfonos en la carpeta.
—Los tengo.
—Y si pasa cualquier cosa...
—Te llamo.
—Vale.
—Vale.
Salió a la calle a esperar el Uber.
Nico la vio marcharse desde la ventana.
La vio salir a la acera con la maleta. La vio mirar el móvil, guardarlo y subirse al Uber.
El coche giró en la esquina y se acabó.
Nico se quedó ahí un minuto largo, con el ruido de la cocina empezando a arrancar para el turno del mediodía.
—Dos días —dijo en voz alta, a nadie—. Dos putos días.
Y se fue a trabajar.