Capítulo Nueve
E l martes por la mañana, a las once y veinte, el móvil de Alfonsina se puso a vibrar encima del escritorio en su oficina con una foto de Mateo en la pantalla, y Nico, que llevaba diez minutos sentado en la silla de las visitas fingiendo que le interesaba el pedido de Valencia, se enderezó como un colegial.
—Es tu hermano.
—Ya lo veo. Ponlo en altavoz.
—Nicolás...
—Ponlo en altavoz, que si te oigo hablar sola me voy a poner nervioso.
Alfonsina apretó el botón verde y dejó el móvil en el centro del escritorio, entre los dos, como se deja una granada.
—¡Buenos días! —La voz de Mateo llegaba con eco de terraza y con un ruido de viento de fondo—. ¿Estás sola?
—Estoy con Nico.
—Mejor. Así lo digo una vez. —Una pausa de esas que Mateo hacía a propósito—. Nos quedamos dos semanas más.
Nico levantó la cabeza de golpe.
—¿Cómo que dos semanas más?
—Dos semanas más. Hemos cambiado los vuelos esta mañana.
Y entonces se oyó de fondo, lejos y clarísima, la voz de Vicky:
—¡Alfonsinaaa! ¡Este hombre está más rojo que un camarón y no se quiere echar nada!
—Que se eche aloe vera.
—Si lo vieras, parece un camarón, Alfonsina y no quiere ponerse nada.
Nico se tapó la boca con la mano.
Y Alfonsina —que llevaba tres años de su vida programando la agenda de aquel hombre en franjas de quince minutos, que le había reservado los billetes, los coches, los médicos y las cenas, que le había recordado el cumpleaños de su propia hija dos veces— sintió una cosa rarísima en el pecho al oírlo discutir por una crema en una terraza a tres mil kilómetros.
Quería mucho a su jefe.
—Que se lo eche —dijo—. Dile que lo digo yo.
—¡Que lo dice Alfonsina! —gritó Vicky, triunfal, y se alejó del teléfono.
Mateo suspiró.
—En fin. ¿Cómo va todo? ¿Ha estado todo bien por allá?
Nico y Alfonsina se miraron por encima del móvil.
Fue medio segundo. Fue exactamente el mismo medio segundo que se habían mirado el domingo de madrugada, sentados en el suelo de una cocina inundada, con dos platos vacíos y todo lo demás por delante.
—Sí —dijo Nico—. Estupendísimo. Muy tranquilo todo.
—Alfonsina, ¿y la inspección?
—Todo va corriendo como un reloj suizo.
Silencio al otro lado. Un silencio de tres segundos que en una llamada de lejos dura una semana.
—Ya.
—Ya —repitió Alfonsina, y se dio cuenta demasiado tarde de que repetir la última palabra de una frase es lo que hace la gente que miente.
—Espero que ninguna de mis cocinas haya sufrido un percance.
—NOOOO.
Lo dijeron los dos a la vez, con la misma intensidad, con la misma velocidad y con el mismo entusiasmo, que es la manera más eficaz que ha encontrado el ser humano de confesar un delito.
Otro silencio.
—Bueno —dijo Mateo despacio—. Pues nada. Confío en que me estén diciendo la verdad. Cualquier cosa, me llaman.
—Que te lo pases bien, hermano.
—Que sí. —Y justo antes de colgar, con una voz que a Nico le sonó exactamente a la de su padre—: Nico.
—Dime.
—Gracias.
Y colgó.
Nico se quedó mirando la pantalla apagada del móvil un rato largo, con las manos entrelazadas, sin decir nada, porque hacía por lo menos ocho años que su hermano no le daba las gracias por nada que no fuera pasarle la sal.
—No se lo ha creído —dijo Alfonsina.
—No.
—Ni una palabra.
—Ni una. —Nico se recostó en la silla—. Y ha decidido no preguntar, que es lo que hace mi hermano cuando quiere que sepas que sabe.
Y ahí se instaló el silencio.
No era el silencio de la cocina. Era otro.
Era el silencio de una oficina a las once y media de la mañana con la puerta abierta y a Guillermo pasando por el pasillo con una caja de servilletas, y los dos mirándose las manos, y ninguno de los dos capaz de decir en voz alta lo que había pasado el domingo a las cuatro de la mañana, y ninguno de los dos capaz de irse.
Alfonsina lo rompió como rompía ella las cosas: administrativamente.
—El viernes no voy a estar.
Nico no levantó la vista.
—Ah, ¿no?
—Me voy a Sevilla. Es la boda de uno de los mejores amigos y cliente de Federico. —Cogió un bolígrafo que no necesitaba—. Vuelvo el domingo por la tarde.
Ya lo sabía. Lo sabía desde el día anterior, desde el hueco de la escalera, desde está bien, el viernes nos vamos a Sevilla a primera hora , y llevaba más de veinticuatro horas exactas dándole vueltas con la disciplina de un hámster en su rueda. Pero uno tiene dignidad.
—Vale.
—Es una cosa que llevo comprometida desde hace unos meses.
—Vale.
—Y el hotel está pagado desde...
—Alfonsina, que vale.
—Y te dejo los teléfonos más importantes por si acaso, y si pasa cualquier cosa yo tengo cobertura, o sea que...
—Alfonsina.
—...que puedes llamarme a cualquier hora, incluso el sábado, porque yo el sábado voy a estar en una boda, pero eso no significa que no...
—Alfonsina.
Se calló y se puso colorada hasta las orejas, porque acababa de darse cuenta de que llevaba cuarenta segundos justificándose ante un hombre que no le había pedido explicaciones, y de que nadie en el mundo se justifica cuarenta segundos por algo que no le importa.
Nico sabía exactamente por qué estaba hablando así.
Y por eso, y solo por eso, no le dio el gusto.
—Si pude manejar lo de la inundación —dijo, poniéndose de pie—, puedo manejar también un incendio. Ve tranquila.
—Nicolás...
—Y disfruta con Federico.
Lo dijo sin sarcasmo. Esa fue la parte mala. Lo dijo como se dicen las cosas de verdad, sin dobleces, y salió del despacho, y cerró la puerta detrás de él.
No la cerró de un portazo.
Y en el pasillo Nico apretó los dientes y pensó, con mucha claridad y muy despacio: disfruta con Federico .
Tres palabras. Se las iba a estar comiendo hasta el domingo.
E l martes a las cinco de la tarde el del seguro visitó Verso.
Se llamaba Requena, tenía la cara cansada de la gente que se gana la vida tasando las desgracias de los demás y unos zapatos que no eran para pisar madera húmeda. Se arrodilló en el suelo de Verso, metió una sonda entre dos tablas, chascó la lengua.
—Roble macizo. Del bueno. —Se levantó con un crujido—. Esto no lo cubre la póliza. Filtración progresiva. Falta de mantenimiento. Lo pone en la cláusula octava.
Alfonsina, que llevaba veinte minutos de pie junto a la barra con la carpeta apretada contra el pecho, sintió que se le caía el estómago.
Falta de mantenimiento. La cláusula octava.
Ya estaba redactando mentalmente el correo a Mateo, el que le había jurado que no iba a tener que escribir, cuando Nico habló.
Y habló distinto.
—La cláusula octava excluye la filtración progresiva por falta de mantenimiento demostrable.
—Nico no había levantado la voz. Tenía las manos en los bolsillos y hablaba despacio, como quien recita algo que se sabe de memoria—.
Esto no es progresivo. Es una junta del lavavajillas que reventó de golpe un domingo por la noche.
Rotura súbita y accidental de conducción interna.
Cláusula tercera, apartado b. Eso sí lo cubre.
Requena lo miró por primera vez en toda la tarde.
—¿Y cómo demuestra usted que fue súbita?
—Porque tengo la junta. —Nico señaló con la barbilla una bolsa de plástico transparente junto a la puerta de la cocina, con un trozo de goma reventada dentro—.
No la he tirado. Se ve el punto de rotura.
Y tengo la hora exacta del aviso en el registro de llamadas, y tengo a cinco empleados que pueden declarar que el suelo estaba seco a las diez y media.
Un mantenimiento deficiente no revienta a las once en punto.
Se filtra durante semanas y deja marca. Aquí no hay marca.
Levante usted cualquier tabla que no sea la del office y está seca por debajo.
Silencio.
Requena se quedó mirándolo, y luego miró la bolsa con la junta, y luego volvió a mirar a Nico con una expresión nueva, la de un profesional que reconoce a otro.
—¿Usted a qué se dedica?
—A que no le tomen el pelo a mi hermano.
Y ahí, junto a la barra, con la carpeta apretada contra el pecho, Alfonsina Reyes se quedó mirando a Nicolás Rey de Francisco como si no lo hubiera visto nunca.
Porque no había visto a este Nico nunca.
Llevaba tres años viendo al otro: al del casco bajo el brazo, al de la camiseta de Metallica, al que entraba en el despacho sin llamar y hacía que Mateo se pellizcara el puente de la nariz.
Y resulta que debajo de aquel había este —un hombre que se había guardado un trozo de goma reventada en una bolsa a las cuatro de la mañana porque ya sabía, ya entonces, agotado y calado, que un perito iba a intentar colarle la cláusula octava el martes.
Había pensado en el martes. El domingo de madrugada, mientras ella se venía abajo por unos manteles, él ya estaba pensando en el martes.
Requena se fue a las seis, con el parte redactado a favor del restaurante y la junta fotografiada desde cuatro ángulos.
Nico cerró la puerta y se giró, y se encontró a Alfonsina mirándolo con una cara rara.
—¿Qué? —dijo.
—Nada.
—¿Tengo algo?
—No. —Ella bajó la vista a la carpeta, la abrió por abrir, la volvió a cerrar—. Que dónde has aprendido tú a hablar así con un perito.
Nico se encogió de hombros.
—Llevo quince años viendo a mi hermano montar restaurantes. Algo se pega. —Se paró en la puerta—. No todo lo que hago es tirar la ceniza fuera del cenicero, jefa.
Le guiñó un ojo y se fue. La dejó ahí, con la carpeta en la mano y la rarísima sensación de haber estado tres años catalogando mal a una persona.
E l jueves por la tarde, Alfonsina volvió a su oficina después de dos horas en la notaría y se encontró una cosa encima de la mesa, delante del teclado.
No había nadie. La puerta estaba abierta. En el pasillo se oía a Guillermo cantando algo de Rocío Jurado con muy poco talento y mucha entrega : “ Grabé tu nombre en mi barca Me hice por ti marinero…”.
Era su pinza.
La pinza de carey que llevaba puesta el domingo, la que se le había soltado en algún momento de aquella noche entre cubos y manteles y que ella había dado por perdida sin pensarlo dos veces, porque había perdido cosas más importantes esa noche.