Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Ocho #2
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Capítulo Ocho #2

Nico cortó la luz de la mitad del local y dejó viva solo la línea de la cocina, porque el agua y los enchufes de un local de 1974 no se llevan bien.

Sacó todos los alimentos de la cámara baja a la cámara alta, él solo, a brazo.

Mandó a dos a recoger agua con cubos y a uno a hacer un dique con sacos de harina en la puerta de la cámara seca.

Llamó al seguro y habló seis minutos con una teleoperadora en un tono de calma absoluta que a ella la dejó de piedra, porque era el mismo hombre que se ponía a discutir con el árbitro de la tele porque su amado equipo el Atleti estaba perdiendo.

No gritó ni una vez. No dudó ni una vez. Repartía, comprobaba, volvía.

Y ella, con los vaqueros mojados hasta la rodilla, escurriendo manteles y colgándolos de los respaldos de los taburetes como una lavandera del siglo pasado, no dejaba de mirarlo.

Tres años llamándolo el irresponsable, levantando una ceja cuando entraba en el despacho sin llamar, con el casco bajo el brazo y la camiseta de una banda de metal, pensando que Mateo cargaba con un hermano que era un niño grande.

Y resulta que el niño grande sabía exactamente lo que había que hacer.

A la una y media, Laura, la asistente de cocina, que había estado sacando agua sin quejarse ni una vez, se resbaló con una lata y aterrizó de culo en medio del lago, y se hizo un silencio de esos que pueden ir para cualquier lado.

Laura levantó las dos manos, empapada hasta el cuello.

—Estoy bien.

Y entonces Nico se echó a reír. Se rio de verdad, con ganas, apoyado en el pasaplatos, y detrás de él se rio Toni, y después los de cocina, y al final se rio Alfonsina —con el pelo pegado a la frente, con un mantel chorreando en la mano, sin saber muy bien de qué se estaba riendo— y ya no hubo manera de parar en dos minutos largos.

A las dos y cuarto, Nico mandó a todo el mundo a casa.

A las cuatro de la mañana solo quedaba una humedad brillante en las juntas del roble, un olor a detergente de piso y a cerrado, y dos personas que ya no eran capaces de sostener un cubo.

Se sentaron en el suelo de la cocina, con la espalda contra los armarios de acero, porque era el único sitio seco del local y porque ninguno de los dos tenía fuerzas para llegar hasta una silla.

Nico se levantó una vez más —a ella le pareció un acto sobrehumano— y volvió al cabo de un rato con dos platos.

—Es lo que ha sobrevivido —dijo.

Era una tortilla. Una tortilla de patata hecha con lo que quedaba en la cámara alta, todavía caliente, cuajada por fuera y temblando por dentro, en un plato de servicio de Verso con el borde dorado, comida a las cuatro de la mañana sentados en el suelo de una cocina que olía a desastre.

Alfonsina no había comido nada mejor en su vida.

—Está buena —dijo con la boca llena.

—Está de puta madre —dijo Nico—. Que es distinto.

Comieron sin hablar mucho. Ella tenía las zapatillas hechas un asco a un metro de distancia, y los pies descalzos, y en algún momento de la noche había perdido la pinza del pelo y ya no le importaba.

—¿Cómo sabías dónde estaba la llave de paso? —preguntó.

—Porque este local lo montamos mi hermano y yo hace nueve años, y la puse yo ahí porque no cabía en otro sitio. —Nico rebañó el plato con el dedo—. Y luego vino un genio y le atornilló una estantería delante.

—¿Quién?

—Yo.

Y ella se rio otra vez, bajito, con la cabeza apoyada en la puerta del armario, y él se giró para mirarla reírse.

Y ahí se acabó.

No hubo un momento exacto. No hubo una frase. Él la estaba mirando y ella se dio cuenta y en vez de apartar la vista —como llevaba tres años apartándola, como llevaba toda una vida apartándola— lo miró de vuelta.

Y lo que había debajo llevaba tanto tiempo ahí, tan quieto, tan tapado, tan educado, que a las cuatro de la mañana de un lunes, con la ropa mojada y sin fuerzas para nada, ya no quedaba una sola razón sensata para seguir fingiendo que no existía.

Se besaron.

No fue el beso del despacho, que había sido un incendio. No fue el beso del apartamento de él, que había sido una súplica. Fue un beso corto, hondo, cansadísimo, de dos personas que llevaban cinco horas sacando agua y se besaban porque, a esas alturas, era más difícil no hacerlo.

Ella le agarró la camiseta mojada con el puño y tiró un poco. Él le puso la mano en la cintura, por debajo de la sudadera, y apretó, y notó cómo ella se estremecía entera contra la puerta del armario.

Y después se separaron.

Alfonsina apoyó la frente en su hombro un segundo. Nico se quedó muy quieto, con la mano donde estaba.

Ninguno de los dos dijo una palabra.

No dijeron esto no puede ser , que era lo que tocaba.

No dijeron tenemos que hablar , que era lo que tocaba después.

No dijeron nada de nada, y el silencio no fue incómodo, y eso fue exactamente lo peligroso: que estuvieron así, sentados en el suelo, hombro con hombro, unos minutos larguísimos, y a ninguno de los dos le pareció que hiciera falta explicar nada.

—Hay que abrir a la una —dijo Nico al final.

—Hay que abrir a la una —dijo ella.

V erso abrió a la una en punto.

El suelo tenía dos tablas levantadas en la esquina del salón que se taparon con una mesa y un jarrón, y todo olía vagamente a lejía, pero se sirvieron cuarenta y tres cubiertos y nadie preguntó nada.

Jaime llegó a las once de la mañana, olió la lejía desde la puerta, miró a Nico, y estuvo callado el tiempo justo para que a Nico le diera tiempo a arrepentirse de haber nacido.

—¿Y por qué no me llamaste?

—Porque tienes setenta años, Jaime.

—Sesenta y nueve. —El viejo se ató el delantal—. Y me habría venido en pijama.

E n Ática, después de mediodía, había dos personas con las mismas ojeras fingiendo con muy poco talento que aquello era un lunes normal.

—Buenos tardes —dijo Nico cuando llegó después de pasar por Verso.

—Buenos tardes —contestó ella.

—Aquí tienes lo de Valencia.

—Gracias.

Guillermo, que estaba fregando bandejas a cuatro metros con una atención impropia, levantó la cabeza como un perro que oye una lata.

—Menudas caras traen ustedes dos hoy, ¿eh?

—Guillermo —sentenció Nico.

—Que yo no digo nada. —Volvió a la bandeja—. Pero es mucha casualidad.

Alfonsina subió a su oficina con la carpeta apretada contra el pecho, se sentó, abrió el correo, y estuvo cuarenta minutos leyendo tres veces el mismo párrafo sobre las cámaras frigoríficas de Barcelona.

A las tres y cuarto le sonó el móvil encima de la mesa.

FEDERICO.

Lo miró vibrar dos veces enteras antes de cogerlo.

—Dime.

Abajo, en el salón, Nico estaba repasando la mise en place con el jefe de cocina cuando la oyó por el hueco de la escalera. No quería oírla, pero se oía.

—¿Cuándo?… Ya. Federico, es que es el viernes… Pero no puedo irme en la mañana. No, si ya sé lo que significan los Alcázar para tu banco… —Un silencio—. ¿Y por qué no me lo has dicho hasta hoy?

Nico dejó de escuchar al jefe de cocina.

—Sí. —Otro silencio, más largo—. Está bien. El viernes nos vamos a Sevilla en el primer tren.

Se oyó cómo colgaba. Se oyó la silla. Se oyó, tres segundos después, la puerta de la oficina cerrándose con mucho cuidado, como se cierran las puertas cuando no se quiere hacer ruido.

Y Nico se quedó en medio del restaurante, con un paño al hombro, pensando que hacía exactamente once horas aquella mujer se había reído con la cabeza apoyada en un armario de acero, y que ahora se iba a pasar un fin de semana entero en Sevilla con el correcto.

—¿Nico? —dijo el jefe de cocina—. Te decía lo de las alcachofas.

—Perdona. —Nico se pasó la mano por la nuca—. Sigamos con las alcachofas.