Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Ocho
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Capítulo Ocho

E l porro seguía en el bolsillo del vaquero cuando Nico metió la llave en la puerta de su apartamento, a las once menos cuarto de la noche de aquel domingo.

Lo sacó. Lo dejó encima de la encimera, junto a las llaves y el casco, y se quedó mirándolo un rato largo como quien mira a un antiguo compañero de piso que se ha quedado sin excusas para seguir durmiendo en el sofá.

No lo encendió.

Se quitó la cazadora, abrió la nevera, no había nada que le apeteciera, y estaba pensando en bajar por una cerveza cuando el móvil se puso a vibrar sobre la madera con un nombre que a esas horas de un domingo no traía nada bueno.

TONI VERSO.

—Dime.

—Nico. —De fondo se oía un ruido raro, un chapoteo, gente hablando a la vez—. Tenemos agua.

—¿Cómo que tienes agua?

—Que tenemos agua, Nico. Por todas partes. Sale de debajo del office y no para.

Nico ya estaba cogiendo el casco.

—¿Has cerrado la llave de paso?

—No sabemos dónde está.

—Joder. —Bajó las escaleras de tres en tres, con el móvil pegado a la oreja y la cazadora a medio poner—. ¿Cuánto hay?

Un silencio de esos que no gustan.

—Un dedo. Dedo y medio.

Llamó a Pablo desde la acera, con el motor ya encendido, y le contestó la mujer con esa voz baja que se le pone a la gente que lleva demasiadas noches sin dormir.

La niña seguía mala. Nico le dijo que no se preocupara, que se olvidara, que ya se apañaban, y colgó antes de que la mujer tuviera que decir que lo sentía.

Después llamó al servicio de urgencias veinticuatro horas que salía primero en Google. Contestó un señor con la voz media ronca por el sueño.

—Domingo por la noche, jefe. Le puedo tener a alguien allí sobre las tres, tres y media de la mañana.

—Son las once.

—Domingo por la noche —repitió el señor, como quien recita el parte meteorológico—. Y le va a costar lo suyo.

Nico calculó. Cuatro horas de agua corriendo por un suelo de madera de roble que Mateo había elegido personalmente en una fábrica de Girona, tabla por tabla, como quien elige un colchón.

Cuatro horas de agua entrando en las cámaras frigoríficas.

Cuatro horas de un restaurante que tenía lista de espera de tres semanas y que abría al mediodía siguiente.

—No hace falta —dijo, y colgó.

Arrancó la Harley y salió hacia Malasaña por un Madrid de domingo por la noche, vacío y limpio, con esa quietud rara de las ciudades cuando todo el mundo está en su casa lamentándose de que mañana es lunes.

No la llamó a ella.

Lo pensó en el semáforo de Fuencarral, con el intermitente puesto y el motor ronroneando debajo, y decidió que no.

Que era domingo, eran las once de la noche y llevaba toda la semana comiéndose con las facturas, las nóminas y que lo último que necesitaba era llamarla para darle un problema más y que ella le contestara con esa voz de expediente que ponía cuando quería recordarle que eran profesionales.

Aquello lo arreglaba él.

Verso estaba a oscuras cuando llegó, con las persianas medio bajadas.

Dentro había cinco personas de pie sobre un espejo.

Eso parecía: un espejo. El suelo entero era una lámina de agua quieta que reflejaba las lámparas del techo, y en medio de aquel lago, descalzos y con los pantalones arremangados, Toni, capitán de mozos, y el resto del equipo se miraban unos a otros con la cara de quien no sabe por dónde se empieza.

De Jaime, el veterano chef, ni rastro. Jaime se iba a las diez y media todas las noches porque ese fue el trato con Mateo, que lo había sacado del retiro y de su huerto de Colmenar a base de insistencias.

Un hombre de casi setenta años con una estrella Michelin y su pilpil perfecto no se merecía enterarse por teléfono, a medianoche, de que su cocina se había convertido en un estanque.

Nico se quitó las botas, se subió el ruedo de los vaqueros, y se metió en el agua sin más ceremonia.

La llave de paso general de Verso estaba en el sitio más idiota posible, detrás de una estantería de conservas que alguien había atornillado a la pared en 2014 sin preguntarle a nadie. Nico vació la estantería a manotazos, tiró las latas al suelo mojado, metió el brazo entero por el hueco y giró.

El chorro que llevaba media hora saliendo de debajo del fregadero del office tosió, escupió y se murió.

Silencio.

—Ya está —dijo Toni, con un alivio infinito.

—Ya está una mierda —dijo Nico, mirando el lago—. Ahora empieza lo peor.

A lfonsina llegó veinte minutos después.

Llegó porque Toni la había llamado, claro.

Toni era el segundo más veterano del equipo y tenía pegado con celo, en el tablón de corcho de los avisos, un protocolo que decía que ante cualquier incidencia fuera de horario se notificaba a la dirección, y por dirección se entendía Alfonsina Reyes.

Ese protocolo lo había escrito ella, lo había impreso ella y lo había pegado ella.

De modo que la mujer que Nico había decidido no molestar se bajó de un Uber en la calle de Espíritu Santo a las once y media de la noche de un domingo porque su propio protocolo había funcionado exactamente como estaba previsto.

Lo primero que Nico pensó al verla entrar no tuvo nada que ver con el agua.

Venía en vaqueros de verdad, gastados, y zapatillas blancas, y una sudadera gris, y el pelo recogido de cualquier manera con una pinza, con mechones sueltos por todas partes, sin gafas de aumento.

Llevaba tres años viéndola cruzar la puerta de Ática a las ocho en punto con el moño tirante, el traje planchado, las medias de nilón, y en tres años no la había visto nunca así.

Así era ella cuando no era la asistente de Mateo.

A Nico se le olvidó por completo que tenía un restaurante inundado.

—Nicolás. —Ella se paró en seco en el umbral, mirando el suelo—. Dios mío.

—Está controlado.

—¿Esto está controlado?

—Está más controlado que hace media hora.

Alfonsina no lo escuchó. Ya había sacado el móvil del bolsillo del vaquero y ya estaba deslizando el pulgar por la pantalla con esa eficacia suya que a veces daba un poco de miedo, y Nico supo lo que estaba buscando antes de que lo encontrara, porque era lo único que ella podía estar buscando.

Cruzó el lago en tres zancadas y le puso la mano encima del móvil.

—No.

—Nicolás, hay que informar a Mateo.

—Está en Santorini de luna de miel.

—Precisamente. Es su restaurante y hay veinte centímetros de...

—Son dos dedos. —Nico no le había quitado la mano de encima del teléfono—. Se ha casado hace unos días con una mujer a la que casi pierde por gilipollas. Y tú lo vas a llamar a las once y media de la noche para decirle que tenemos una fuga..

—No es una fuga, es una...

—Alfonsina.

Fue la primera vez que usaba ese tono. No el de jefa, ni boquita de piñón, ni nada. Su nombre, dicho bajito, con dos dedos de agua sucia por encima de los tobillos.

Ella levantó la vista.

—Lo arreglamos nosotros —dijo Nico—. Y cuando esté seco y abierto y funcionando, le mandas un informe precioso con fotos y él te dice qué bien lo has hecho. Pero esta noche no lo llamamos.

Alfonsina se quedó mirándolo con el móvil todavía en la mano y la pantalla encendiéndole la cara desde abajo. En su cabeza, muy ordenada, muy iluminada, había una casilla que decía notificar al jefe y esa casilla llevaba tres años sin quedarse nunca vacía.

Bloqueó el móvil. Se lo metió en el bolsillo.

—No lo llamamos —dijo.

Y en cuanto lo dijo se dio cuenta de que acababa de pasarse de bando y de que no le había costado tanto como debería.

Lo que le costó fue lo otro.

Lo otro llegó unos treinta segundos después, cuando levantó la cabeza y miró de verdad lo que tenía delante: el agua, las latas de conserva flotando de lado como pequeños barcos hundidos, la puerta de la cámara frigorífica con un reguero entrando por debajo, los manteles del armario bajo empapados, cuarenta y tres cubiertos reservados para el mediodía siguiente, la lista de espera de tres semanas, el suelo de roble que Mateo había elegido tabla por tabla.

Y ni un solo teléfono al que llamar. Ni un seguro que respondiera antes del lunes, ni un protocolo pegado con celo en ninguna puerta que dijera qué se hace cuando un restaurante se convierte en una piscina a las once y media de un domingo.

Nada de lo que ella sabía hacer le decía por dónde empezar.

—No va a estar seco —dijo, y le salió una voz que no reconoció—. No va a estar seco para mañana. Es imposible. Hay que llamar a un perito, hay que dar el parte, hay que...

—Alfonsina.

—...y la madera se levanta, Nicolás, la madera se levanta y luego hay que cambiarla entera y son ocho mil euros mínimos, y hay reservas, hay cuarenta y tres reservas, y yo le dije a Mateo que no se preocupara por nada, se lo dije antes de irse...

Se le rompió la voz en la mitad de la frase y se llevó las dos manos a la boca, horrorizada, como quien pilla a otra persona haciendo el ridículo.

Cuatro cocineros y una asistente de cocina miraron con mucho interés hacia otro lado.

Y Nico, que llevaba tres años queriendo verla perder la compostura y que había imaginado ese momento de unas cuantas maneras, ninguna de ellas así, hizo lo único inteligente que ha hecho un hombre en la historia de la humanidad delante de una mujer desbordada.

No la abrazó. No le dijo que se tranquilizara. No le dijo que todo iba a salir bien.

Le dio una tarea.

—Los manteles —dijo—. Armario de abajo, a tu derecha. Sácalos todos, escúrrelos y tiéndelos en los taburetes de la barra. Los blancos aparte, que si les entra el óxido de las patas se van a la basura.

Alfonsina lo miró.

—¿Qué?

—Los manteles. —Nico ya estaba de espaldas, subido a una silla, quitándole la tapa al cuadro eléctrico—. Que necesito manos, jefa.

Y ella —que se había pasado la vida creyendo que tener el control significaba saber siempre qué hacer— se secó la cara con la manga de la sudadera, se agachó y empezó a sacar manteles.

L o que vino después fue la cosa más extraña que le había pasado a Alfonsina Reyes en veintiséis años de vida ordenada.