Capítulo Siete
E n el despacho, con la puerta cerrada, Federico se acercó a Alfonsina como quien recupera un terreno que da por propio.
—Te he echado de menos, cariño —dijo, y la besó.
Fue un beso correcto, medido, con sabor a nada, y Alfonsina se dejó al principio porque era lo sensato, porque tocaba, porque llevaba cinco meses aprendiéndose el papel de mujer razonable.
Pero cuando la mano de Federico le subió por el costado y se cerró, sin más trámite, sobre uno de sus pechos, algo dentro de ella —algo nuevo, algo que hasta hacía unos días no sabía que tenía— dijo que no antes que la boca.
Le atrapó la muñeca. Se la retiró. Y se separó.
—No.
—Alfonsina, mujer, que somos nosotros. Que llevamos… un año en esto.
—He dicho que no, Federico. —No fue un no coqueto, ni un no de “insiste un poco” a ver qué pasa.
Fue un no de puerta cerrada, de expediente archivado, el no más limpio que había dicho en su vida—.
Aquí no. Y así no. Y ya hemos hablado. Me pediste una oportunidad y estuve dispuesta a dártela, pero si esto se va a convertir en lo de antes mucho me temo que no va a prosperar.
Federico se quedó mirándola con una expresión que ella conocía bien: la del hombre acostumbrado a que las cosas cedan a la primera. Recompuso la dignidad, se estiró el puño de la camisa, recogió el desprecio como quien recoge un abrigo.
—Ya. —Su voz se enfrió cinco grados—. Cuando se te pase esta fase, me avisas. No tengo todo el día y ya te he dicho que para mí la intimidad es importante,
Y se fue, tieso, ofendido, con el orgullo de banquero apretado bajo el brazo.
Abajo, en el salón, Nico lo vio salir de Ática a grandes zancadas, con esa cara de propietario al que le acaban de rebotar un pago, y por primera vez en tres días larguísimos se le compuso el ánimo.
Lo vio alejarse con más prisa de lo que exigía la elegancia y sonrió, despacio, como quien ve al equipo rival fallar un penalti en el minuto noventa.
—Que tengas buen día, campeón —murmuró Nico, encantado.
E sa tarde tocaba videollamada con Brisa, el restaurante de Barcelona, por lo de una plaza de sumiller y un problema con las cámaras frigoríficas.
Se pusieron los dos delante del portátil, hombro con hombro, muy profesionales, y durante cuarenta minutos fueron el mejor equipo del mundo: Alfonsina con los números, Nico con la cocina, resolviendo a dúo como quien lleva años haciéndolo.
Cuando Horacio, el chef de Barcelona, se despidió y la pantalla se puso en negro, se quedaron los dos un segundo mirando su propio reflejo, muy juntos, sin la excusa del trabajo por delante.
—Oye. —Nico carraspeó, y a Alfonsina le sorprendió notarlo dudar, él que nunca dudaba—. Ponen una peli en los Renoir. Una de esas tuyas, de leer los subtítulos. He pensado que a lo mejor… no sé. Que si te apetecía.
Y ahí estaba. La invitación. Torpe, sincera, tan Nico que casi dolía.
Y Alfonsina, que se había pasado horas muertas convenciéndose de que él se había enfriado, de que la contención era el principio de la despedida, hizo lo que hacía siempre que algo le importaba demasiado: lo mató antes de que le hiciera daño.
—Mejor no. —Cerró el portátil con cuidado—. Creo que es mejor dejar las cosas así, Nicolás. Trabajamos juntos y no quiero que… lo laboral se resienta. Somos profesionales. Además, está Federico… que…
Vio pasarle algo por la cara. No insistió. Nico nunca insistía cuando de verdad quería algo; esa era una de las cosas que ella todavía no había aprendido a leer en él.
—Claro —dijo—. Profesionales. Y, además, el bueno de tu novio.
Pero antes de levantarse, alargó la mano y le colocó, con dos dedos, un mechón que se le había escapado del moño y le caía sobre la sien. Lo hizo despacio. Los dedos se demoraron un instante detrás de su oreja antes de apartarse, como si alejarse costara más de lo debido.
—Se te había soltado —dijo, con la voz un poco ronca.
Y se fue a la cocina, dejándola con el corazón haciéndole otra vez cosas sin permiso y con la certeza, más firme que nunca, de que se estaba equivocando en algo. Solo que no sabía en qué.
E l domingo, Alfonsina desayunó con Edith, su amiga desde los doce años.
Quedaron en el café de siempre, el de las tostadas grandes, y Edith llegó con su barriga de seis meses por delante, pidió un descafeinado con la resignación de las embarazadas y escuchó, como escuchaba ella, sin aspavientos, dejando que la otra se vaciara.
Alfonsina se lo contó casi todo. Lo del escritorio. Lo del Ritz. Y, bajando mucho la voz, aunque no había nadie cerca, lo del apartamento de Nico: que se había plantado en su puerta a la una de la madrugada, decidida, y que había sido él quien la había parado.
Edith dejó la taza en el plato con un tintineo suave.
—A ver si te entiendo. —Contable hasta para el amor, hizo la suma en voz alta—. Fuiste tú a buscarlo a él. Decidida. Y él te dijo que no porque no te quería confundida.
—Sí.
—Y tú, en vez de darte cuenta de que ese hombre es de otra pasta, has decidido que te encuentra demasiado aburrida y poco sexy.
—Es que… Edith, tú no lo entiendes. Le dije lo mío.
Que nunca he… ya sabes. —Se puso a mover el azúcar que no había echado—.
Y desde entonces está distinto. Contenido.
Me trae libros y me pone bien el pelo y no me besa…
tú sabes. Me invitó al cine, pero me parece que lo hace para que me sienta menos mal.
—Tienes un cacao en la cabeza, Alfonsina. Tres años despotricando y diciéndome que el tipo es un irresponsable de manual, que es un mujeriego, que cambia de mujer como de calzoncillos y ahora te veo y te desconozco.
—La verdad es que está lo otro.
—¿Qué otro?
—Federico volvió a buscarme. Dice que quiere que lo intentemos.
—Pero ¿qué me estás contando? ¿Has vuelto con ese?
Alfonsina se quedó callada porque ni ella misma tenía respuesta para esa repentina decisión de regresar con el banquero después de cinco meses.
—Federico es el correcto, Edith. Nicolás es… no sé ni qué es.
—Yo no te voy a decir con quién tienes que estar. Pero llevas toda la vida preparándote para vivir, Alfonsina. El máster, los ahorros, esperar al hombre correcto... —Le dio un golpecito en la mano—. A lo mejor ya está bien de prepararte. Vive un poco. Aunque te equivoques.
Edith le dio un sorbo a su café.
—¿Desde cuándo tienes ese crush con Nicolás Rey de Francisco? Según mi memoria desde el día que entraste a trabajar con Mateo y chocaste con el de la camiseta de Metallica en el pasillo.
—Yo no tengo ningún crush con Nicolás —dijo Alfonsina, que solo había oído esa parte.
Edith se rio por primera vez en toda la mañana, con ganas, sujetándose la barriga.
—Ay, hija. Sigue en negación. Ya me contarás.
A la misma hora, al otro lado de Madrid, Nico subía las escaleras del piso de su madre en Chamberí, en una de esas calles con árboles viejos donde los porteros te saludan por el apellido.
El piso olía, como siempre, a trementina y a eucalipto con lavanda. Gladys estaba delante de uno de sus lienzos cuando él entró, y encontró a su madre con un pincel entre los dientes y las manos manchadas de azul.
—Hombre, el desaparecido —dijo sin volverse—. Una semana sin venir. Ya pensaba que te habías muerto y no me habían avisado por no gastar en el telegrama.
—He estado liado, mamá.
—Y ni un mensaje. A tu hermano se lo perdono, pero a ti, Nicolás.
—Pues es culpa de Mateo que me dejó al mando.
—A ti. Al mando. —Gladys se sacó el pincel de la boca y lo miró por encima de las gafas—. Pobre Mateo. Con lo que le costó cada estrella.
—Qué graciosa. —Nico se dejó caer en el sofá, los pies encima de la mesa de cristal de la abuela Pilar por pura costumbre, y ella, también por pura costumbre, se los bajó de un manotazo cariñoso al pasar.
Comieron lo que había y su madre lo dejó hablar de tonterías un rato largo: del Atleti, de la caldera dañada de uno de los restaurantes, de que Pablo, el de mantenimiento, seguía con la niña mala.
Lo dejó rellenar el silencio con ruido, como hacía siempre, porque Gladys sabía que a su hijo pequeño había que darle cuerda hasta que se le acababa y salía la verdad por su propio peso.
Salió con el café desde la cocina y se lo dio.
—¿Ya le has dicho algo a la asistente de Mateo?
Nico se atragantó.
—Mamá.
—Mamá nada. —Gladys removió el azúcar sin inmutarse—.
Que llevo tres años viéndote hacer el bobo con esa muchacha.
Desde el mismo día que tu hermano la contrató.
Y en su cumpleaños, que te pusiste aquella camisa estrafalaria y no le quitaste el ojo de encima en toda la noche.
Su madre te miraba como si te hubiera crecido una cabeza de extraterrestre.
—Esa señora no me soporta.
—Mal te veo, Nicolás. —Gladys apagó la televisión y se acomodó en la butaca—. ¿Y pudiste decirle algo en la boda de tu hermano?
—Ya. Bueno. —Nico se pasó la mano por la nuca—. Algo le dije.
—¿Y?
—Y me besó ella.
Gladys dejó la taza en el plato y lo miró por encima de las gafas, y por un segundo a Nico le pareció que a su madre se le encendía la cara entera.
—Ahí está mi hijo.
—No te emociones. —Nico soltó una risa sin ganas—.
Que después apareció un banquero con un Mercedes y un traje inglés de rayitas y se la llevó al Ritz a cenar.
—Silencio—. Y ella un día me besa y al otro me dice que fue un error y que mejor no complicar lo laboral.
Y yo ahí, mamá, como un pasmarote, comprándole libros que no me voy a leer ni en dos vidas.
—Pero estás dando la pelea, mi amor
—No soy lo que ella necesita. —Se le escapó, y en cuanto lo dijo supo que llevaba años esperando decirlo—.
Míranos, mamá. Ella es… ordenada. Correcta.
Habla tres idiomas y puede sentarse a discutir las cuentas de seis restaurantes sin despeinarse.
Y yo soy el que, según tú, perdería la cabeza si no la llevara pegada al cuello.
El que se puso una camisa estrafalaria en su cumpleaños.
Yo no doy el perfil que ella necesita y merece.
Se hizo un silencio raro en el salón de los lienzos.
Gladys dejó la cucharilla. Cuando habló, no había ni rastro de guasa; era la otra voz, la de la mujer que había metido en su casa a un exesposo moribundo que ya no era nada suyo y lo había cuidado nueve meses hasta su muerte.
—Nicolás. Mírame. —Esperó a que lo hiciera—. Tú no has dejado de acercarte a esa mujer por los restaurantes ni por los idiomas. Tú no te has acercado a ella por cobarde. Que es distinto, y eso se cura.
—Mamá…
—Y lo del perfil. —Levantó una mano manchada de azul—.
¿Sabes quién habla de perfiles? La gente que compra cuadros por el marco.
Tu padre daba un perfil estupendo, hijo, y ya sabes cómo acabó eso.
A ese hombre lo cuidé yo hasta el último día no por su perfil, sino porque debajo había algo que valía la pena. Y me costó veinte años entenderlo.
Nico se quedó mirando el fondo del café.
—Esa mujer es de las que dan trabajo —siguió su madre, más suave.
—Ya te digo.
—No me has entendido. Digo que esa mujer no te lo va a poner fácil.
Tiene estructura, carácter y sabe lo que quiere, aunque ahora mismo no tenga ni idea de qué quiere contigo.
—Le puso la mano en la rodilla—. Esa te va a dar guerra.
Pero la recompensa será una mujer con estructura.
Y tú, hijo mío, con lo bueno que eres y el desastre que eres, necesitas mucha estructura. Toda la que puedas encontrar.
—¿Y qué hacemos con el novio, mamá?
—Pues el novio es eso un novio. —Se levantó a recoger las tazas—. No es su marido. Además, estoy segura de que tú eres mucho más guapo y encantador que ese pijo.
La madre le dio un beso en la coronilla.
— Prométeme que no vas a decidir por ella que no eres suficiente, Nicolás.
—Salgo a fumarme un cigarrillo en el balcón y vengo.
—Anda, y luego me ayudas con el azul de ese cuadro, que no me sale el mar.
—Ajá.
Era la misma frase de siempre y la misma respuesta de siempre.
Un pacto viejo entre ellos dos, de esos que no necesitan renovarse: él decía cigarrillo, salía al balcón y volvía oliendo a lo que no era tabaco; ella suspiraba por la nariz y no decía nada.
Llevaban diez años representando esa obra sin cambiarle una coma.
Nico salió al balcón. Sacó el papelillo, el tabaco, la hierba. Lo lio, despacio, con la precisión de siempre. Y se quedó con el porro entre los dedos, sin encenderlo, mirando los tejados de Chamberí y pensando en una mujer de moño tirante.
Se quedó mirando el porro entre los dedos. Por primera vez no pensó en si Alfonsina lo aprobaría. Pensó en si a él le seguía gustando necesitar aquello cada vez que algo le dolía.
Guardó el porro sin encender en el bolsillo del vaquero y volvió al salón.
Gladys lo miró llegar. Lo miró de la manera en que miran las madres, con mucha ternura. Y entonces, cuando él se puso a su lado delante del lienzo, hizo lo que llevaba diez años haciendo sin que él se enterara: olfateó el aire con disimulo, como quien comprueba si se ha dejado algo en el fuego.
Tabaco no. Hierba tampoco. Nada.
No dijo una palabra. Mojó el pincel en el azul, lo escurrió contra el borde de la paleta y sonrió para dentro, muy quieta, para que su hijo no se lo notara.
—Ahí —dijo Nico, señalando una esquina del lienzo—. Ahí le falta luz.
—Ya lo sé —dijo su madre—. Llevo muchos años sabiéndolo. En los cuadros y en todo lo demás.