Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Seis
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Capítulo Seis

N ico había conquistado mujeres con muchas cosas: con una moto, con un plato bien hecho con una de las recetas magistrales de Mateo, con la sonrisa ladeada y un par de frases que nunca fallaban. Nunca, en treinta y dos años, había conquistado a ninguna con un libro.

Lo compró en la librería de debajo de su casa, la que llevaba años viendo sin entrar nunca, y el dependiente lo miró como se mira a un fenómeno cuando pidió, con la camiseta de Metallica y el casco bajo el brazo, “una novela de García Márquez, la del amor ese que dura toda la vida”.

Porque se acordaba lo que ella había dicho.

Semanas atrás, en una tarde muerta de facturas, Alfonsina había dejado caer en medio de una reunión con la sous-chef de Valencia, sin darle importancia, que El amor en los tiempos del cólera le parecía la cosa más bonita que se había escrito nunca, y que su ejemplar estaba tan releído que se le caían las hojas.

Lo había dicho de pasada sin esperar que nadie lo recogiera.

Nico lo recogió. Él recogía todo lo que ella soltaba sin querer, como quien va guardando migas.

Entró en la oficina de ella a media mañana, con el paquete en la espalda, más nervioso que en su primera cita a los quince.

—Toma. —Se lo dejó en el escritorio, delante del teclado, y metió las manos en los bolsillos porque no sabía qué hacer con ellas—. Es una tontería. He escuchado que el tuyo estaba hecho un desastre.

Alfonsina deshizo el papel despacio. Cuando vio la portada, se quedó muy quieta.

Una edición nueva, especial, de tapa dura, con cantos pintados, de la novela que ella había mencionado una tarde cualquiera hacía un par de meses, sin creer que nadie la escuchaba.

—Me acuerdo de que le dijiste a Lilliam que al tuyo se le caían las hojas —murmuró Nico, ya arrepentido de todo, seguro de haber metido la pata—. Y bueno. Pensé que te gustaría una edición nueva, de coleccionista.

Alfonsina no dijo nada durante un rato largo. Federico le había regalado un bolso que costaba tres nóminas y fines de semana de spa. Nunca, ni una vez, le había regalado algo que demostrara que la había escuchado.

—Gracias —dijo por fin, con una voz que no le salió tan firme como pretendía—. No tenías que…

—Ya lo sé. —Nico se encogió de hombros—. Por eso lo he hecho.

Y ahí, en ese “por eso lo he hecho”, a Alfonsina se le rompió un poquito más la coraza, y a él se le fue la vista a su boca sin permiso, y los dos se dieron cuenta a la vez de que estaban solos, con la puerta cerrada, y de lo que había pasado en aquella misma oficina la última vez y de lo que había pasado en el apartamento de Nico la noche anterior.

—Bueno... me voy. Luis me necesita abajo con las mesas del servicio —dijo Nico.

Buscó el pomo de la puerta y se le resbaló porque las manos le sudaban.

—Nos vemos luego, Alfonsina.

Ella no contestó. No estaba segura de que la voz le fuera a salir.

A lfonsina se quedó con el libro entre las manos y un hielo nuevo instalándosele en el pecho.

Había salido casi corriendo de la oficina. Y ella, que llevaba toda la vida leyendo entre líneas porque nadie le decía las cosas de frente, leyó exactamente lo que más temía.

Se lo dije, y ha cambiado.

Claro que había cambiado. Le había confesado que que nunca había estado con nadie —y a un hombre como Nico, acostumbrado a mujeres que sabían lo que hacían, mujeres sin todos los líos que ella llevaba encima, y a noches sin consecuencias, eso tenía que haberle sonado a alarma de incendios—.

Ahora venía con libros y contención, que era la manera educada de retirarse.

Se había dado cuenta de que ella era demasiado complicada, aburrida y correcta.

Apretó el libro contra el pecho. Sintió unas ganas absurdas de llorar que aplastó de inmediato con un pensamiento: Alfonsina, él no es para ti. Entiéndelo.

Dejó el libro sobre el escritorio. Lo miró unos segundos y terminó escondiéndolo en el cajón debajo de las nóminas, donde guardaba las cosas que no se podía permitir mirar mucho.

L a reunión era en el banco, por lo del crédito del proyecto de San Sebastián, y fue, para dos personas que se pasaban la vida resolviendo, un desastre encubierto de eficiencia.

Nico asentía a todo lo que decía el del traje con corbata sin enterarse de una palabra, porque tenía metida en la cabeza la cara que había puesto ella al recibir el libro —esa mezcla de sorpresa y algo que él no supo leer— y no conseguía descifrarla.

¿Se había pasado? ¿Muy pronto? ¿Muy poco?

Nunca en su vida había ido tan a ciegas, y odiaba ir a ciegas.

Alfonsina, a su lado, tomaba notas impecables de una reunión que no estaba escuchando.

Escribía “amortización” y pensaba “salió corriendo”.

Escribía “aval” y pensaba “no quiere ni mirarme”.

Cada vez que él se movía en la silla de al lado, le llegaba su olor —a hombre, a riesgo— y tenía que recordarse que aquello ya estaba decidido, que él se retiraba y ella volvía a su lugar, que mejor así, que era lo sensato.

Volvieron en un Uber casi sin hablar, cada uno seguro de que el otro se había enfriado, cada uno muriéndose por dentro por el otro, los dos convencidos de estar leyendo perfectamente una situación que no entendían en absoluto.

El malentendido iba sentado entre los dos, muy cómodo, disfrutando del paseo.

E l Uber los dejó frente a Ática al mediodía. Y allí, en la puerta, con un nuevo ramo de flores —esta vez rosas rojas de pasión— y esa paciencia de propietario que espera lo que da por suyo, estaba Federico, el correcto.

—Cielo. —Caminó hacia ella al verlos llegar—. Pasaba cerca. He pensado en darte una sorpresa.

A Nico se le cerró el estómago. Le tendió la tablet a Alfonsina sin mirarla y se metió en el restaurante sin saludar, porque un hombre puede aguantar muchas cosas, pero verla recibir flores del tipo del traje inglés después de todo lo que había pasado entre ellos era una tortura.

Alfonsina se quedó en la acera con la tablet en una mano y el ramo en la otra.

—Federico, estoy trabajando.

—Cinco minutos. —Le puso la mano en la espalda, guiándola hacia dentro, hacia su oficina, con esa naturalidad de quien nunca ha pedido permiso para entrar en ningún sitio—.

Tenemos que hablar de la boda de los Alcázar.

Y de nosotros. Llevas meses dándome largas, cielo, y ya va siendo hora de sentar cabeza.

Ahí estaba otra vez, la vieja canción. Alfonsina lo dejó guiarla escaleras arriba, hacia su oficina que quedaba justo al frente del despacho de Mateo.

Y por el camino —no pudo evitarlo— volvió a enero, a aquella cocina del ático de Federico en Salamanca, él explicándole con pena de médico que ella “no daba el grado”.

Lo que nunca le había contado a nadie, ni a su madre, era la otra mitad de la frase.

Que aquella tarde, después de meses esperando a que llegara ese famoso “momento”, Federico había intentado llevársela a la cama y, ante otra negativa, le había dicho que una mujer que a los veintiséis seguía con aquellos remilgos de otra época era una mojigata, una frígida o escondía algo, y que él, sinceramente, ya no tenía paciencia para averiguar cuál de las dos cosas era.

Y Alfonsina se lo había creído. Durante cinco meses se había mirado al espejo preguntándose si sus ganas de hacer las cosas bien, de esperar, de que su primera vez significara algo, la convertían en un defecto con patas.

Hasta que un canalla con camiseta de Metallica le había dicho, con la mano temblándole de aguantarse, que era hermosa y que no tenía ninguna prisa, que quería que estuviera segura.

Cerró la puerta de la oficina detrás de Federico, más por costumbre que por ganas.

Y no vio —porque estaba dándole la espalda a la escalera— que Nico subía en ese momento con una carpeta bajo el brazo. Se detuvo en el último escalón justo a tiempo para verla cerrar la puerta de su oficina con Federico dentro.

Se le apretó la mandíbula. Encabronado como no recordaba haber estado nunca, se quedó mirando aquella puerta, convencido de que acababa de perder una partida que ni siquiera sabía que había empezado a ganar.

—Menudo careto —le dijo Guillermo al pasar cerca, incapaz de callarse—. ¿Otra vez el del Mercedes, ¿eh? Yo no digo nada, pero…

—Pues no digas nada, Guillermo.

—Es que nunca digo nada. —Se alejó, encantado de la vida—. Solo lo pienso muy alto.

Nico se quedó mirando la puerta cerrada, con Federico dentro, con ella dentro, y por primera vez en toda aquella historia le entraron unas ganas bastante poco civilizadas de abrir y sacar al del Mercedes de allí por la corbata