Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Cinco #3
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Capítulo Cinco #3

Ella asintió Nico no insistió, tampoco perdió la paciencia. La volvió a besar. Se dedicó a mordisquearle los hombros y el nacimiento de los pechos con una paciencia de monje.

—Nico.

—Dime, preciosa.

Silencio. Nico se detuvo.

—¿Te he incomodado?

Ella negó con la cabeza.

—Yo… yo nunca he estado con nadie.

Nicolás Rey de Francisco se separó un poco sin dejar de mirarle la cara.

—¿Nunca?

Alfonsina escondió la mirada. Nico la tomó del mentón. Le temblaba un poco el labio. Él sacó su mano del interior de la braga despacio, como si acabara de desactivar una bomba. Se quedó sin palabras.

—Nunca me he sentido cómoda en la intimidad… hasta ahora… contigo.

Al ver que él no mostraba ninguna reacción, ella supuso falta de interés, así que caminó hacia la puerta mientras se arreglaba el vestido y conservaba un poco de su dignidad.

Él la tomó del brazo.

—Alfonsina…

—No, Nico, fue un error venir.

—¿Siempre te vas a escudar en que tus decisiones son errores?

Nico le acarició el mentón y la obligó a mirarlo.

Alfonsina lo besó de nuevo. Ansiosa, decidida a dar el paso. Sin pensar en mañana. Quería que esa primera vez fuera con él.

—Quiero que estemos juntos, Nicolás —lo dijo con un desespero nuevo—. Quiero que me hagas el amor.

Él le despejó un mechón de pelo de la cara y le sonrió.

—Me encantaría. Ni te imaginas cuánto, pero no quiero que mañana te arrepientas. Que esto sea un impulso y después te sientas culpable.

—Voy a cumplir veintisiete años el mes que viene. ¿Para cuándo lo voy a dejar?

Nico le puso un dedo en la boca.

—Esto no es una carrera, Alfonsina.

—No quiero esperar.

—Y yo no te quiero confundida —dijo él, más bajito, apartándose por fin—. Te quiero decidida.

Alfonsina se quedó sin ninguna respuesta.

—Quiero que, si vuelves, sepas por qué has venido. Que no sea por Federico, ni porque estás cabreada, ni porque estás por cumplir veintisiete. Que sea porque quieres estar aquí. Conmigo.

Nico le dio un corto beso en la boca y le dijo:

—Deja que me vista y te llevo a casa —dijo—. No vas a coger un taxi tú sola a estas horas. Dame dos minutos.

Y se metió en el cuarto.

Alfonsina se quedó sola en el salón.

Oyó abrirse un armario. Un cajón. El roce de una percha. Nico moviéndose al otro lado de la pared mientras ella seguía allí plantada, con el vestido azul arrugado, el pelo deshecho, el carmín corrido, y la humillación subiéndole por el cuerpo despacio, como una marea.

Repasó la noche entera, y cada escena le ardió más que la anterior.

Podía envolverlo en todas las razones bonitas del mundo —que si no así, que si no hoy, que si se lo merecía—. Daba igual. Ella se había ofrecido entera, se había quedado desnuda por dentro delante de aquel hombre, y él la había rechazado.

No pensaba quedarse ahí parada esperando a que el hombre que acababa de rechazarla la subiera a su moto para llevarla a casa y que frente al portal se volviera a disculpar.

Se puso los tacones, agarró el bolso, y salió del apartamento sin hacer ruido.

Bajó las escaleras deprisa y en cuanto pisó la calle paró el primer taxi que pasó y se metió dentro antes de que le fallara el orgullo.

Solo cuando Madrid empezó a pasar por la ventanilla, oscuro y vacío a esas horas, se permitió que le temblara la barbilla.

C uando Nico volvió al salón, ya vestido, con las llaves de la moto en la mano, encontró la puerta entreabierta.

Y el salón vacío.

—¿Alfonsina?

Nada.

Miró el pasillo. Miró la puerta abierta a la noche, como si ella pudiera materializarse de nuevo por puro empeño de sus ganas.

—No, no, no. Joder.

Salió al rellano, se asomó al hueco de la escalera. Nada. Se había ido sola, de madrugada, dolida, y él ni siquiera la había oído marcharse.

Se pasó las dos manos por la cara y soltó todo el aire de golpe.

Lo había hecho bien. Joder, por una vez con una mujer había hecho lo correcto. Había pensado en ella antes que en sí mismo.

Empezaba a sospechar, con un nudo en el estómago, que hacer las cosas bien con aquella mujer podía salirle muchísimo peor que hacerlas como siempre.

Sacó el móvil. La llamó.

Un tono. Dos. Tres.

Buzón de voz.

—Joder, Alfonsina.

Colgó. Abrió el chat, y se quedó mirando la pantalla con el pulgar suspendido.

Escribió: “Avísame cuando llegues, por favor”.

Lo envió. Vio el “entregado”. No el “leído”.

Escribió otra cosa. La borró. Escribió otra. La borró también, porque todo lo que se le ocurría sonaba peor.

Se quedó sentado en el sofá, a oscuras, con el móvil en la mano esperando un “he llegado”.

Dejó el móvil encima de la mesa auxiliar, caminó hasta la ventana y volvió a cogerlo antes de que hubiera pasado un minuto. Nada.

A la una y cuarenta y siete, cuando ya estaba planteándose salir a buscarla sin tener ni puta idea de por dónde empezar, la pantalla se iluminó.

“He llegado”.

Ni "gracias". Ni "buenas noches". Nada.

Dos palabras.

Nico soltó el aire que llevaba quién sabía cuánto tiempo aguantando.

Escribió: “¿Estás bien?”

Lo borró.

Escribió: “Siento si te he hecho sentir mal”.

También lo borró.

Apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y cerró los ojos.

—Bien hecho, campeón —murmuró para el techo—. Muy bien hecho.