Capítulo Cinco #2
Nico se rio sin ganas. A los quince años había estado perdidamente enamorado de Vanessa, su primera novia y la chica con la que había tenido su primera vez.
—La he besado, Kike. En su oficina pintada de rosa y de escritorio blanco. En serio, no de coña. Y al día siguiente me ha mirado como se mira una factura y me ha dicho que fue un error.
—Ya te dije. Es que no escuchas. Es un error.
—Para mí no.
Kike se quedó callado un momento, cosa rara en él, y luego hizo lo único decente que sabía hacer, que era pedir dos tragos más.
—No es un error —dijo Nico arrastrando las palabras porque el whisky le había adormecido un poco la lengua—. Es una tía cagada de miedo. Que no es lo mismo. Los errores no besan como me ha devuelto el beso.
Nico se bebió lo que le quedaba en el vaso de un solo sorbo. Fuera, en algún sitio de Madrid, bajo lámparas que parecían pertenecer a un mundo en el que él no pintaba nada, ella cenaba con otro.
Le dio por imaginárselo. Y se obligó a parar, porque imaginárselo era beber veneno esperando que no le hiciera daño.
F ederico la dejó en el portal de sus padres a las doce y media. No subió porque al día siguiente tenía que madrugar para un torneo de golf.
—Ha sido una noche perfecta, cariño —dijo. Le dio un beso en la boca, pero Alfonsina no lo animó a seguir—. Como va a ser todo de ahora en adelante, cielo. Ya verás.
Regresó a su Mercedes y se marchó.
Alfonsina se quedó sola frente al portal, con los tacones en una mano. Arriba la esperaba su cuarto de siempre y una madre que por la mañana volvería a recordarle que Federico era un gran partido y que ella tenía que decidirse pronto porque una oportunidad como aquella no se podía desperdiciar.
Había sido una noche perfecta. Ese era el problema. Perfecta como una jaula con sus iniciales grabadas en la puerta. Aburrida, anticipada, con un Federico que lo controlaba todo de forma milimétrica, hasta la cantidad de aire que Alfonsina respiraba..
Y Alfonsina, que llevaba veintiséis años haciendo siempre lo correcto, lo sensato, lo que tocaba, lo que sus padres esperaban, estaba a punto, por primera vez en su vida, de hacer una locura.
No subió. Sacó el móvil y pidió un Uber. Le dio al chofer una dirección que no había pisado jamás pero que se sabía de memoria de tanto imaginarla: un apartamento en Chueca, en la Calle Libertad, encima de una librería, a pocos minutos de Ática.
No se permitió pensar en todo el trayecto. Pensar era la coraza, y la coraza la habría hecho dar media vuelta.
N ico abrió la puerta en unos bóxer y sin camiseta, con el pelo revuelto y cara de no creerse lo que tenía delante: Alfonsina, en su rellano, a la una de la madrugada, con un vestido azul de gala y los tacones colgando de la mano.
Parpadeó varias veces y se restregó los ojos con el dorso de la mano, como si necesitara comprobar que no estaba soñando.
—¿Boquita de piñón? —Se despertó de golpe—. ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?
—No lo sé. —Fue lo más honesto que le había salido en años—. He venido y no sé muy bien por qué.
Nico se apartó para dejarla pasar, y a Alfonsina no le ayudó en nada que el hombre estuviera medio desnudo. Ese torso que había adivinado bajo la camiseta de Metallica, de cerca, desnudo, era una idea peligrosa.
El apartamento la sorprendió. Esperaba una leonera de canalla; se encontró con una casa impecable, la cocina como un quirófano y los cuchillos alineados por tamaño.
—No es lo que esperabas. —Se pasó la mano por la nuca, y el gesto le hizo cosas a la concentración de ella—. Sí, sé que soy un desastre en muchos aspectos, pero necesito vivir con orden. Al menos en donde duermo.
Se quedaron de pie en mitad del salón, ella con su vestido de gala, él medio desnudo, y por un momento no hubo nada más que decir.
—¿Quieres algo? —De pronto caminó hacia la cocina—. Agua, vino, té… bueno té no tengo. Una cerveza.
Ella se le había acercado.
—Nico.
—¿Qué?
—Bésame.
No se lo tuvo que pedir dos veces.
Cruzó el metro que los separaba y la besó, y esta vez no hubo oficina, ni horquillas, ni teléfono que sonara: hubo su boca entera y sus manos subiéndole por la espalda y el vestido de gala convertido de pronto en un estorbo.
Alfonsina le echó los brazos al cuello y se pegó a aquel torso caliente como quien por fin llega a su sitio.
Nico la empujó poco a poco hasta que la espalda de Alfonsina quedó contra la pared del pasillo.
Cuando le bajó la boca por el cuello con un desespero descomunal, a ella se le escapó un sonido que jamás reconocería.
—Eres tan hermosa.
Las manos de Nico le encontraron los pechos por encima de la seda y ella arqueó la espalda; y sin pensarlo —Alfonsina, sin pensar, un milagro para ella la mujer del control— bajó la mano por aquel pecho de músculos marcados.
Nico la miró con sus ojos oscurecidos por el creciente deseo, le tomó la mano y la llevó hasta su erección.
Alfonsina lo miraba con los ojos casi desorbitados.
—Esto es lo que me ocasionas —dijo él con voz ronca.
Ella hizo un gesto para retirar la mano, pero Nico no se lo permitió. Así que acarició despacio. Él gimió contra su cuello cuando ella apretó un poco.
—Nicolás…
Le levantó la falda y buscó sus bragas de encaje.
—¿Puedo? —preguntó él con la voz ronca de deseo.
Ella asintió y cerró los ojos, esperando.
Nico llevó sus dedos despacio, con una delicadeza que ella no le conocía. Primero la acarició sobre el encaje. Después introdujo su mano poco a poco hasta que encontró su centro húmedo.
Alfonsina se tensó un poco.
—¿Te gusta?