Capítulo Cinco
L a mañana siguiente, Alfonsina llegó a Ática a las ocho en punto, como siempre, blindada como nunca y decidida a no caer en tentación. Líbrame, Señor.
Traje gris. Moño de acero. Gafas de aumento.
La carpeta contra el pecho como un escudo.
Se había pasado la noche en vela en su cuarto de casa de sus padres construyendo, ladrillo a ladrillo, la versión oficial de los hechos: no había pasado nada.
Un desliz. Un calentón de oficina que le podía pasar a cualquiera y que no iba a volver a pasar, porque ella era una persona correcta y las personas correctas no se dejan subir a los escritorios y manosearse con tipos con camisetas de Metallica y muy mal juicio.
Lo malo de las versiones oficiales es que hay que sostenerlas delante del otro testigo.
—Buenos días, jefa. —Nico apareció en la puerta del despacho de Mateo con dos cafés y una sonrisa que no le cabía en la cara, la sonrisa de un hombre que ha besado a la mujer que le quita el sueño y ha vivido para contarlo—.
Te he traído el tuyo. Solo, sin azúcar, en vaso grande.
Del café de la esquina, no de la pijería italiana esa.
—Gracias. —Alfonsina cogió el vaso sin mirarlo y lo dejó en el escritorio, lejos—. Los pedidos de Verso. Hoy. Y la factura de Brisa que te dijo Mateo.
Nico parpadeó.
—¿Estás… bien? Lo de ayer…
—Ayer no pasó nada, Nicolás.
—Ayer pasó bastante, la verdad.
—Ayer —cortó ella, con una voz que había pulido durante ocho horas para que le saliera exactamente así de plana— fue un error de los dos. No se va a repetir. Estamos hasta el tope de trabajo, estamos tensos y nos dejamos llevar.
—Pues yo me quiero seguir dejando llevar.
—Nicolás, por Dios. Tenemos un restaurante con inspección esta semana y no voy a permitir que un calentón ponga en riesgo el negocio de tu hermano. ¿Los pedidos de Verso los haces tú o los hago yo?
Vio cómo la sonrisa se le iba apagando despacio, como una bombilla a la que le bajan la corriente, y por un segundo —solo un segundo— Alfonsina deseó poder devolverle la sonrisa. Y eso fue todavía peor.
—Los hago yo —dijo Nico.
Y se fue sin bromear, que en él era la cosa más triste del mundo.
Alfonsina se quedó con su café solo, sin azúcar, en vaso grande, del café de la esquina, el que sí le gustaba.
N ico bajó a la cocina con el humor por los suelos y se encontró de frente con lo último que le apetecía: a Ioana, colocando servilletas, con una sonrisa que se le encendió entera al verlo.
—Nico. —Se apartó un mechón rubio—. ¿Vas al concierto de WarCry mañana? Podríamos ir juntos. Me has dicho que te gusta.
Y ahí estaba. Servido. Fácil. Una chica guapísima, maja, que le hacía ojitos sin doble fondo, que le proponía una salida como quien no quiere la cosa. El Nico de hacía un mes ya habría comprado las entradas. El Nico de ahora tenía la boca de otra pegada todavía a la suya y no le salía ni fingir.
—Ioana. —Dejó la caja que llevaba—. Eres un encanto. En serio. Pero yo ando… liado con una cosa. Con una persona. Y no sería justo ir a ese concierto contigo con la cabeza en otro sitio.
Ioana lo miró. Dos años en Madrid le habían enseñado tres cosas: castellano, ironía y a leer a los hombres de un vistazo.
—Ya. —Sonrió, sin drama—. La del moño.
—¿Cómo…?
—Nico, guapo, se te ve en la cara cada vez que ella cruza el salón.
Pareces el perro de mi abuela cuando oye la lata de comida.
—Le dio una palmadita en el brazo, colega ya, sin rencor—.
Tranquilo. Yo busco a alguien que me mire a mí.
Pero cuando ella te deje de hacer sufrir, dile que hay lista de espera. Como en Verso.
Y se fue meneando la cabeza. Nico se quedó pensando que, hacía apenas un mes, habría usado a una tía estupenda para dar celos sin pensárselo dos veces. Y que esta vez, por lo menos, tuvo buen juicio, porque de haberlo hecho ya no podría ni mirarse al espejo.
Guillermo, uno de los empleados, que fregaba unos vasos en la barra, lo había oído todo.
—Nico Rey diciéndole que no a la rubia. —Silbó—. Estás enfermo, macho. Estás enfermo de verdad.
—Cállate y friega.
—Y encima esta noche la otra se va a cenar al Ritz con el del Mercedes. —Guillermo lo dijo sin maldad, como quien informa del tiempo, y a Nico se le puso la cara que se le ponía cuando el Atleti perdía un penal—. La escuché hace unos días hablar por teléfono con una amiga. Habló alto.
Nico bufó. Guillermo tenía la mala fama de saberlo todo y no por los métodos más honestos.
—Que no se entere que andas esparciendo mierda —le dijo Nico—. Te vas a la calle.
—Tío, tampoco tienes que ponerte así. Solo quiero que estés advertido.
—Métete tus buenas intenciones por el culo, Guillermo, y deja la mala costumbre de meterte donde no te llaman.
Nico salió a fumarse un cigarrillo para calmarse un poco.
E sa noche en casa de sus padres, Alfonsina se puso el vestido azul.
El que Federico había elegido. El que “sí daba la talla para una noche en el Ritz”.
Le quedaba perfecto, porque Federico tenía buen ojo para las cosas que se exhiben, y mientras se subía la cremallera en el espejo del cuarto de siempre —el de su adolescencia, con las mismas cortinas y la misma decoración— su madre apareció en la puerta con un trapo en la mano y una opinión en la boca, que era su postura por defecto.
—Qué bueno que has recuperado el juicio y has vuelto con Federico —dijo mientras acomodaba la ropa que Alfonsina todavía no había doblado—. Deberías apreciarlo.
Alfonsina apretó los dientes, pero no dijo nada.
—No como ese otro loquito hermano de tu jefe. Recuerdo el día de tu fiesta de cumpleaños que no dejaba de mirarte. Llegó tan mal vestido. Estrafalario. Ni se te ocurra, Alfonsina. Tu padre y yo no te hemos educado para eso.
—Mamá…
—Federico ha sido honesto con sus intenciones. No sé por qué no te decides de una vez y se casan.
—Porque un matrimonio no se toma a la ligera. —Alfonsina batallaba con uno de sus pendientes frente al espejo.
—Yo solo digo que a tu edad yo ya estaba casada.
—Ya lo sé, mamá. Me lo dices todos los días.
Su padre escuchaba desde el salón, pero no dijo nada. Nunca decía nada. Había perfeccionado el arte de no tomar partido con la misma disciplina con que Alfonsina había perfeccionado la coraza; de tal palo, tal astilla.
Alfonsina se miró en el espejo. Azul de gala. Moño impecable. Una mujer correcta, elegante, del brazo de un buen partido.
No se reconoció del todo. Pero se dijo que eso, seguramente, era madurar y era lo que le convenía.
E l Ritz era un grito de opulencia: mármol, luz dorada, camareros que se movían sin ruido, una carta sin precios en la copia que le tendieron a ella.
Federico estaba guapísimo, atento, con la mano en la parte baja de su espalda guiándola entre las mesas como se guía algo que no quieres que se rompa.
La primera señal fue con la carta.
—La señorita tomará el lenguado —le dijo al camarero, cerrando la carta de ella con una sonrisa—. Y de empezar, el steak tartar. —Le tomó la mano para besársela—. Confía en mí, cielo, aquí es delicioso. Hay que cuidar la figura que creo que has aumentado como tres kilos.
Alfonsina había estado a punto de pedir el arroz. Pero asintió, porque discutir por el menú en el Ritz era de mal gusto, y guardó el arroz en el mismo cajón donde guardaba tantas cosas.
La segunda señal fue con el sumiller.
El chico se equivocó al escanciar, un pelín, una gota derramada en el mantel, y Federico levantó una ceja y soltó un “vamos a ver, hijo, ¿es tu primer día?” con una sonrisa que cortaba.
El camarero se disculpó tres veces. Y Alfonsina, que no supo por qué, se acordó de golpe de un hombre al que también habían tratado como si se tratara del chico de los recados en un salón con logo dorado.
La tercera señal fue con su trabajo.
—Le estaba contando a Alfonsina —le dijo Federico a la pareja de la mesa de al lado, unos conocidos de la banca a los que saludó como quien colecciona—, que en cuanto formalicemos lo nuestro deja esa locura de llevarle la agenda a ese chef y montamos algo a su altura.
Una galería, a lo mejor. Le pega. ¿Creen que le pega?
“Le pega”. “A su altura”. “Formalicemos lo nuestro”. ¿En serio estaba discutiendo su vida con un par de desconocido que le sonreía con condescendencia? Todo dicho por encima de ella, sobre ella, para ella, sin ella.
Y así fueron cayendo las señales de nuevo, una tras otra, pequeñas, elegantes, sin un solo grito: gotas.
Federico retirándole una pelusa invisible de la manga.
Federico decidiendo que no tomarían postre porque “hay que cuidarse para la boda de los Alcázar”.
Federico llamándola “mi Alfonsina” como se dice “mi reloj”, “mi coche”, “mi mesa de siempre”.
Ninguna era para montar una escena. Todas juntas, en cambio, pesaban como una losa del mejor mármol, colocada encima de ella con mucho cuidado para que no se notara que era una lápida.
—No pidamos postre —dijo Federico—. No te va a servir el vestido para la boda de los Alcazar.
Alfonsina se sorprendió pensando en el churro que se comió de pie, con rabia, en el comedor de empleados. Y en un hombre que, en una sola mañana, se había dado cuenta de que no había desayunado.
Federico, en un año, no le había preguntado nunca ni qué arroz le gustaba.
A la misma hora, en El Tigre, Nico iba por el cuarto whisky y por la enésima puñalada de despecho.
—Está cenando en el Ritz —dijo, al fin, mirando una tapa sin comérsela—. Con mármol y velitas y un tío que le abre las puertas del coche. Del Mercedes negro. El acorazado. Y yo aquí, en una barra pegajosa, oliendo a fritanga.
—Rodeado de tías buenorras —apuntó Kike—, que tú por idiota te niegas a ver.
—No es eso, Kike.
—Ya sé que no es eso. —Kike dejó el trago—. Es que se te ha metido dentro y no hay dios que te la saque. Te conozco desde los siete años y no te había visto así ni con Vanessa. Y con Vanessa estuviste gilipollas perdido.