Capítulo Cuatro
A lfonsina llegó a Ática pasado el mediodía, después de tres reuniones complicadas, con los tacones matándola y un humor de perros que se incrementó justo cuando cruzó la puerta.
Nico estaba en la barra, delantal atado a la cintura, antebrazos al aire, dándole conversación a Ioana, una camarera de Verso que llevaba tres días ayudando en Ática.
Ioana era rubia, rumana, curvilínea, llevaba dos años en Madrid y tenía una risa que se oía desde la calle.
Y, por lo visto, encontraba a Nico graciosísimo.
Nico le decía algo, no se sabía qué, pero se le veía en la cara el oficio: la sonrisa ladeada, el cuerpo inclinado, todo el arsenal del canalla desplegado para una chica que no era ella.
Y a Alfonsina se le cerró el estómago de una forma muy concreta y desagradable.
No son celos , se dijo porque necesitaba convencerse. Cruzó el salón sin saludar. Es el hambre .
Pero no era el hambre.
—Buenas tardes —le soltó él al pasar, siguiéndola con la mirada.
Ella subió la escalera hacia su propia oficina sin dar respuesta.
—Vaya humor —comentó Nico.
—¿Siempre es así? —preguntó Ioana.
—A veces es peor —dijo él y se encaminó hacia las escaleras.
Ioana sonrió con picardía y siguió en lo suyo.
A Alfonsina no le duró la paz ni diez segundos. Nico apareció en la puerta de su oficina sin llamar.
—¿Ha ido bien la reunión con Peña?
Nico había entrado detrás de ella. Se apoyó en el marco, todavía con el delantal, con esa cara de “aquí no ha pasado nada” que a ella le dieron ganas de borrarle de un manotazo.
—De maravilla. —Alfonsina abrió el ordenador sobre su escritorio sin mirarlo—. ¿Necesitas algo, o has venido a que te dé una medalla por tu simpatía con las camareras?
—Uy. —Nico levantó las cejas—. ¿Y a la jefa qué mosca le ha picado?
— A la jefa lo que le pasa es que está trabajando y hay quien se pasa la mañana ligando con las camareras en vez de firmar los pedidos de Verso que llevo dos días pidiéndote. —Le clavó los ojos por fin—. Tienes que espabilar un poco, Nicolás. Esto no es una tasca. Es el negocio de tu hermano.
Algo se le encendió a él en la cara. No rabia. Otra cosa. Peor.
—Ahí está —dijo, despacio, cruzando los brazos—. Ya salió.
—¿Ya salió qué?
—Lo que te molesta.
— Ah, ¿sí? ¿Y qué se supone que me molesta?
—Que le dé mi atención a otra.
Alfonsina se echó a reír. Una risa corta, cínica, de las que se ensayan para no temblar. Se levantó, rodeó el escritorio, levantó el mentón y se le plantó delante, tan cerca que le llegó el olor de él —a cocina, a cuero, a hombre—, y le habló casi pegada a la cara, para que entendiera bien:
—Ya quisieras que a mí se me moviera algo por ti, Nicolás. Y no sé de dónde te sacas que a mí me podría interesar un tío como tú.
Él no se apartó ni un milímetro. La miró a los ojos y bajó hasta los labios. Se le iba formando una media sonrisa.
—Parece que a alguien se le olvidó lo que pasó en la boda de Mateo.
—En la boda iba borracha. No va a volver a pasar. Fue una imprudencia de la que me arrepentiré toda mi vida.
Lo dijo con toda la frialdad que pudo reunir, que fue mucha, porque Alfonsina llevaba sus veintiséis años perfeccionando la frialdad como quien pule una coraza. Y se giró para volver a su silla, muy digna, muy correcta, dando la conversación por terminada.
Fue justo entonces cuando él la agarró por la cintura desde atrás y tiró de ella, y Alfonsina se encontró de golpe con la espalda pegada a un pecho que era todo calor, músculo y decisión.
—¿Qué haces, Nicolás? —La voz le salió firme. El pulso, no—. Suéltame.
Él no la soltó.
Y ella odió, con una claridad que le dio hasta vergüenza, el alivio que sintió porque no lo hiciera.
Porque podía apartarse. Podía clavarle un tacón, darle un codazo, levantar la voz.
Podía hacer cualquiera de las cien cosas que Alfonsina Reyes sabía hacer cuando un hombre la tocaba sin que ella quisiera.
No hizo ninguna. Se quedó allí, pegada a él, respirando demasiado deprisa, furiosa consigo misma porque lo que de verdad quería era que Nicolás no la soltara.
Él bajó la cabeza y le habló al oído, muy bajito, sin una gota de guasa, con una voz que ella no le conocía:
—Eres la única que no me deja dormir.
Y Alfonsina, que tenía una respuesta correcta para cada cosa desde que aprendió a hablar, se quedó sin ninguna. Se tensó entera. Sintió que él lo notaba —lo sintió sonreír contra su pelo, el muy sinvergüenza— y antes de que pudiera recomponer la coraza, él la giró.
Ella se resistió. Le puso una mano en el pecho, hizo el gesto de empujar. Pero el gesto no llevaba fuerza detrás, y los dos lo supieron, porque el cuerpo de Alfonsina llevaba desde el lunes en el baño gritando una verdad que la boca se empeñaba en tapar.
Nico le tomó la cara con las dos manos, le buscó los ojos medio segundo —pidiendo permiso sin pedirlo, dándole la última salida—, y como ella no la tomó, la besó.
Y Alfonsina se rindió.
Se rindió como se rinde una represa que llevaba demasiado tiempo aguantando el agua: de golpe, entera, con estruendo.
Le agarró la camiseta con las dos manos, la de Metallica, y en vez de empujarlo tiró de él hacia ella, y el beso dejó de ser un beso y pasó a ser otra cosa, más hondo, más sucio, con hambre atrasada de días.
Él la levantó por la cintura y la sentó en el borde del escritorio, entre los papeles de la nómina de Verso, y se metió entre sus rodillas, y ella lo dejó, y le abrió las piernas para dejarle sitio sin pensar en lo poco correcto que era todo aquello, porque por una vez en su vida Alfonsina no estaba pensando en nada que no fuera todo lo que Nico le provocaba.
La mano de Nico le subió por el muslo, por debajo de la falda de tubo, despacio, y a mitad de camino se detuvo cuando sintió la liga que sujetaban las medias de nilón. Ella lo notó sonreír contra su boca.
—Vaya, vaya, boquita de piñón —murmuró, con los dedos justo en el encaje, en la liga de las medias que nadie, jamás, habría sospechado bajo aquel traje gris de mujer correcta—. Mira lo que llevabas escondido. Una liga. Con lo que me ponen estas cosas.
—Deja de… —jadeó ella, colorada hasta las orejas, muerta de vergüenza y de ganas a partes iguales.
—Ni de coña voy a dejarte.
La apretó contra él, y Alfonsina sintió, muy claramente, contra su vientre, el tamaño del deseo de ese hombre.
Se le escapó un sonido que no pensaba reconocer nunca en voz alta.
Nico le buscó el cuello —el moño ya medio deshecho, por primera vez en la historia— y le mordió la piel, suave, justo debajo de la oreja.
Alfonsina arqueó la espalda y cerró los ojos y se le fue el santo al cielo y todo lo demás.
—Nicolás… —Le salió sin fuerza, más súplica que freno, ya casi rendida del todo—. Esto está fatal.
—Calla, que es lo mejor que nos puede pasar.
Y entonces sonó el teléfono del despacho.
—¡Hostia! —dijo Nico con los dientes apretados.
Era el teléfono inalámbrico de su oficina. Ese que solo usaba una persona.
Los dos se quedaron congelados. En la pantallita, parpadeando con una crueldad exquisita, un nombre: MATEO .
A lfonsina se bajó del escritorio como si le hubieran metido corriente.
—No. No, no, no. —Se estiró la falda, se buscó las horquillas, intentó devolver el moño y la dignidad a sus sitios de origen, las dos cosas imposibles—. Contesta. ¡Contesta!
—Que suene.
—¡Es tu hermano, Nicolás! —Le tiró el teléfono al pecho—. ¡Es Mateo!
Nico descolgó con la respiración todavía descompuesta y una voz que le salió una octava más grave de lo normal.
Nico descolgó con la respiración todavía descompuesta y una voz que le salió una octava más grave de lo normal.
—¿Qué pasa, hermano?
—¿Por qué cojones no cogen ese teléfono?
—Porque estamos a tope de trabajo.
Alfonsina lo miró mientras hablaba. Nico tampoco parecía recompuesto: tenía el pelo revuelto, los labios todavía húmedos y una erección que los vaqueros no conseguían disimular.
Y mientras Mateo, desde una isla griega, empezaba tan tranquilo a dar instrucciones sobre un proveedor de Valencia y unas facturas del restaurante Brisa, Alfonsina se apoyó de espaldas en la pared, con el moño medio deshecho, los labios hinchados, la liga marcándosele bajo la falda y el corazón haciéndole un ruido que no había manera de detener.
Se llevó una mano temblorosa a los labios adoloridos. Sintió unas punzadas cortas y precisas en la entrepierna. Bajó la mirada y comprobó que sus pezones seguían tiesos bajo la blusa.
Una persona correcta , se dijo. Tú eres una persona correcta.
Esta vez ni se molestó en fingir que se lo creía.