Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

E sa noche Nico hizo lo que haría cualquier hombre adulto, maduro y emocionalmente estable: se puso a espiar a Federico en el móvil.

Le costó dos clics. Una foto de la boda en la que Alfonsina aparecía etiquetada, un salto a las etiquetas viejas, y de ahí, como quien tira de un hilo hasta ahorcarse con él, a Federico.

El banquero salía en todas partes: en una gala benéfica con esmoquin, en la cubierta de un velero que no era suyo, pero como si lo fuera, en un artículo de la prensa económica sobre “el futuro de la banca privada en Madrid” con una sonrisa de dentista y una corbata que valía más que la moto de Nico.

Fue bajando por aquella vida perfecta con el pulgar y el estómago cada vez más cerrado.

Casas con ventanales de cristal. Relojes. Restaurantes que él, que llevaba acompañando a su hermano, chef tres estrellas Michelín, no habría sabido ni reservar. Un mundo entero, ordenado y caro, en el que un tío con camiseta de Metallica y una moto vieja no pintaba nada.

Apagó la pantalla. Se quedó a oscuras, en el sofá de su apartamento sintiéndose, por primera vez desde que tenía uso de razón, poca cosa.

—Poca cosa —dijo en voz alta, para oírlo, a ver si sonaba tan mal como pesaba.

Sonó peor.

F ederico apareció en Ática dos días después, a primera hora de la tarde, con un ramo con veinte rosas David Austin —ostentoso por demás— y esa forma de entrar en los sitios como si ya fueran suyos.

Nico estaba en el salón, subido otra vez a la dichosa escalera —Pablo seguía con la niña mala—, y esta vez cambiaba otra bombilla que parpadeaba.

Bajó al oír la puerta, con el destornillador en la mano y una caja de bombillas bajo el brazo, y se encontró de frente con el hombre con el traje de corte inglés y las flores.

Federico lo miró de arriba abajo. La camiseta, los vaqueros, las bombillas. Y decidió, en medio segundo, lo que Nico era.

—Oye. —Le indicó sin mirarlo apenas, ya buscando con los ojos algo más importante detrás—. Estoy buscando a Alfonsina. Dile que ha llegado Federico, su novio.

Se quedó de piedra al escuchar “su novio” porque ella en ningún momento había admitido que el tipo fuera su novio.

Nico podía haber dicho muchas cosas. Por ejemplo, que ese salón lo pagaba su apellido, que llevaba años sosteniendo junto a su hermano aquel imperio de seis restaurantes, haciendo lo que hiciera falta para que todo siguiera funcionando.

Podía haberle dicho, con mucho gusto y en un madrileño muy fino, por dónde podía meterse el ramo de flores.

Pero Alfonsina apareció en ese momento por las escaleras, y Nico, que en ocasiones no había suprimido su patanería delante de proveedores, inspectores y su propia madre, descubrió que delante de ella no quería montar el numerito del tipo resentido.

Así que apretó la mandíbula, la famosa mandíbula de los Rey de Francisco, y se tragó el sapo entero.

—Federico —dijo ella, y algo en su cara se torció al ver la escena—. ¿Qué haces aquí?

—Sorprenderte. —Federico le plantó dos besos y un “estás cansada, se te nota” que a Nico le dieron ganas de comerse el destornillador—. Le he dicho a tu empleado que he venido a verte.

—¿Mi empleado? —Alfonsina miró a Nico. Miró a Federico. Y algo se le puso muy recto en la espalda—. Federico, él es Nicolás Rey de Francisco. Hermano de Mateo.

Federico parpadeó.

—Nico es... —Hubo una pausa mínima—. Es parte fundamental de la operación de los restaurantes. Le acabas de pedir que vaya a buscarme como si fuera un recadero.

Un silencio muy fino cruzó el salón. Nico se cruzó de brazos y le dirigió una sonrisa ladeada. Vamos, a ver qué dices Federico.

—Ah. —Federico recompuso la sonrisa con la agilidad de quien se recompone sonrisas para vivir—. No lo sabía. Con la ropa... Pensé que era el de mantenimiento. En fin. Sin ofender, hombre.

—Ningún problema —dijo Nico—. Los dejo. Tengo una bombilla a medias.

Y volvió a subirse a la escalera, dándoles la espalda, con el corazón haciéndole ruido y una cosa caliente y pequeña ardiéndole en el pecho que no era del todo orgullo herido, porque una parte —una parte idiota, traidora, esperanzada— se había quedado con el filo de la voz de ella defendiéndolo.

Le duró lo que Federico tardó en llevársela a almorzar.

E n el coche, Federico condujo tres manzanas por Chueca en silencio antes de soltarlo.

—No me ha gustado.

Alfonsina miraba por la ventanilla.

—¿El qué?

—Cómo lo has defendido. Por un malentendido de nada. —Cambió de marcha con suavidad—. Parecía que te importaba más el orgullo del tipo ese que quedar bien conmigo.

—Es el hermano de Mateo, Federico. Y no es “el tipo ese”. Mateo lo ha dejado al frente conmigo estas dos semanas. Lo has tratado como a un sirviente.

—Porque lo parecía. —Lo dijo sin maldad, que era lo peor, con la tranquilidad del que constata una verdad evidente—. ¿No le has visto la facha? —Sonrió de forma dulce—. Cielo, es que tú tienes esa cosa. Te pones del lado del que menos brilla. Es muy tierno. Pero hay que saber estar.

Hay que saber estar.

Alfonsina conocía esa frase. Se la habían dicho en galas, en cenas, en la cocina del ático de Federico, en el barrio de Salamanca, un domingo de enero con un tono condescendiente que la sacaba de quicio.

Notó, muy abajo, una alarma pequeña encenderse y notó también, con más fuerza, las ganas de apagarla, porque había decidido darse otra oportunidad con el hombre que, ante ella misma y ante su familia, representaba la elección perfecta.

“Alfonsina, Federico es extraordinario”, era como escuchar a su madre.

“Hija, ¿qué hombre es tan atento? Mira cómo te consiente, cómo está siempre tan pendiente de ti. No puedes seguir postergando. Este hombre es el correcto. Una madre sabe esas cosas. Hazme caso”.

—Tienes razón —dijo ella al final, y odió lo fácil que le salió—. Me he pasado. Lo siento.

Federico le cogió la mano encima del cambio y se la besó, satisfecho, como señal inequívoca de que la perdonaba.

Y Alfonsina se dejó besar la mano mirando por la ventanilla, muy correcta, apagando la alarma como quien apaga una vela con dos dedos: rápido, antes de que el humo delate que alguna vez estuvo encendida.

—Q ue no, que no me lo creo, tío. —Kike dejó el trago en la barra pegajosa de El Tigre con la solemnidad de un juez—. Que tú, Nico Rey, le has dicho que no a esa. A esa de ahí que está buenísima para un polvo.

—Que sí, hombre.

—Repítemelo mirándome a los ojos.

Nico se lo repitió mirándolo a los ojos, y Kike se echó atrás en el taburete como si le hubieran dado una noticia médica.

Llevaban en El Tigre desde las nueve, en la barra de siempre, entre el ruido, el humo prestado de la puerta y las montañas de tapa gratis que allí te ponían con cada trago, aunque no las pidieras.

Kike era colega de Nico desde el colegio, desde antes de que ninguno de los dos supiera lo que era un desamor, y tenía la virtud de decir las verdades sin filtro y el defecto de decirlas a gritos.

Media hora antes, una chica guapísima —morena, ojos de gata, risa fácil— había bailado con Nico entre la barra y la máquina de tabaco, se le había pegado lo justo, le había dicho al oído que vivía a dos calles y le había dejado la pregunta colgando con una ceja levantada.

Y Nico, el mismo Nico que había coleccionado noches como si fueran estampitas, que se sabía el camino a casa de media Comunidad de Madrid, le había sonreído, le había dicho que era un encanto, y se había vuelto a la barra con Kike.

—Es que no lo entiendo —insistió Kike—. Estás fatal. Llevas toda la noche con cara de haber perdido el Atleti tres a cero. Y viene la solución envuelta en papel de regalo y le dices que no. ¿Tú te estás muriendo o qué?

—Algo así.

—¿Cómo se llama?

Nico bebió. No contestó.

—Nico.

—Da igual cómo se llame.

—No me digas que otra vez tienes una recaída con la cuadriculada esa de Alfonsina. —Kike chascó la lengua—. Tío, que no te hace caso. ¿Cuándo lo vas a entender?

—Me besó.

Kike dejó el trago a medias.

—En la boda de Mateo. Creo que había bebido mucho vino y…

—Eso sí que es nuevo. ¿Le tocaste el culo por lo menos?

—No seas bestia. Alfonsina es… es una chica seria. Es… es…

—Sí, una estirada. Más rancia que el vinagre.

Kike le dio una palmada en el hombro.

—Por eso no es para ti. A ti te pegan las otras. Las que van a lo que van.

Le hizo señas con la mandíbula porque acababa de entrar una chica de cabello rojizo y un vestido tan corto que apenas le cubría lo indispensable.

—Tiene novio —dijo Nico, se bebió el whisky de un solo sorbo y pidió otro—. Un pijo con mucho dinero y…

—Pues no eres competencia. Aterriza y deja de creer en lo que sabes que jamás va a pasar.

Kike le pasó una tapa por delante como quien acerca una medicina.

—Come algo, anda, que el amor con el estómago vacío es más cabrón todavía.

Olvídate de esa mujer. Ella es inalcanzable para ti.

Nunca se va a fijar en ti. Y lo del beso...

eso fue un desliz. A veces las marquesas se cansan del solomillo y les apetece probar los callos, pero jamás se quedan con los callos, Nico. Jamás.

Nico comió, porque discutir con Kike era igual que discutir con una pared, nunca le ganabas, y porque su amigo le acababa de decir una verdad del tamaño de una catedral.

L legó a su apartamento pasada la una, con la borrachera justa para que le doliera todo con más nitidez.

Salió al balcón. Chueca seguía despierta abajo, con su murmullo de terrazas y despedidas, ajena por completo a él.

Se sentó en la única silla, sacó el papelillo y el tabaco, y se lió un porro con la misma precisión con que su hermano emplataba un lenguado —lo único que a Nico le salía ordenado en la vida—.

Lo encendió. Le dio una calada larga. Miró los tejados.

Y pensó, porque no pudo no pensarlo, en dónde estaría ella ahora.

En si habría salido con el tipo ese. En las manos de aquel tío —las manos de reloj caro, las manos que abrían puertas de coche— sobre la cintura que él le había encontrado en una terraza.

En Federico haciéndole a Alfonsina, en ese mismo instante, todo lo que Nico se había pasado el fin de semana imaginando hacerle él.

Le dio otra calada, más honda, como si el humo pudiera llenar el hueco.

No lo llenó.

Aplastó el porro contra el cenicero despacio, girándolo, apagándolo del todo, hasta que no quedó ni una brasa. Como quien mata la idea de que la mujer que le gusta, a esas horas, estaba con otro.

Después se quedó ahí sentado un rato más, mirando Madrid.

Por una vez en su vida, a Nicolás Rey de Francisco no se le ocurría ni un solo chiste para matar su tristeza.