Capítulo Dos
A lfonsina se preparó para el portazo.
Lo conocía. Llevaba tres años viendo a Nicolás Rey de Francisco entrar y salir de Ática como un huracán con camiseta: las puertas se le quejaban, las sillas se apartaban solas, el aire mismo se ponía a la defensiva cuando él aparecía.
Así que, cuando lo vio marcharse del despacho con la mandíbula apretada y los celos escritos en la frente como un cartel de neón, apoyó el bolígrafo, contó hasta uno y esperó el estruendo.
No llegó.
La puerta se cerró despacio. Con cuidado. Con una delicadeza que no le pegaba nada al hombre que acababa de cruzarla, como si por una vez en su vida hubiera decidido contenerse, cosa rara en él.
Alfonsina se quedó mirando la puerta cerrada bastante más tiempo del razonable.
El huracán no había dado el golpe. Y eso no estaba en el expediente que ella le tenía abierto.
Y ahí, con la guardia un segundo más baja de lo permitido, se le fue la cabeza adonde no debía.
A la terraza. A la corbata de él atrapada en su puño, a cómo había tirado para obligarlo a inclinarse hacia ella, a la boca de Nico, que no fue para nada como se la imaginaba —y sí, para su vergüenza eterna, se la había imaginado alguna vez—.
A las manos de él encontrándole la cintura como si supieran el camino de memoria.
Al calor absurdo que le había subido por dentro, muy poco correcto, nada correcto, un calor que preguntaba en voz muy bajita qué habría pasado si en vez de una boda con cincuenta invitados hubiera sido, supongamos, cualquier otro sitio con menos gente y menos ropa y…
Basta.
Alfonsina se enderezó en la silla como si le hubieran metido una regla por la espalda. Se recolocó el moño, que estaba perfecto. Volvió a la nómina de Verso con la determinación de una mujer que apaga un incendio a base de fingir que no huele a humo.
Ella era una persona correcta. Las personas correctas no se acordaban de cosas calenturientas.
E n una esquina de la mesa, intacto, se enfriaba el café que Federico le había comprado esa mañana. Con leche de avena, en un vaso con nombre italiano. Como a él le parecía que a ella le gustaba.
El móvil vibró contra la mesa. Ella, que llevaba toda la mañana sin querer mirarlo, terminó por darle la vuelta..
Federico: Reservado el jueves en Deessa, en el Ritz. Ponte el vestido azul, que ese sí te queda de gala. Paso a por ti a las nueve. F.
Ese sí te queda de gala.
Como si los demás vestidos de ella no ayudaran a dar el maldito perfil.
Alfonsina se sabía la película. Llevaba un año protagonizándola.
Federico la había dejado hacía cinco meses, con mucha delicadeza, según él.
Aquel domingo de enero le había dicho que tenía que repensar esa relación porque ella no daba la talla que él buscaba en una compañera de vida.
Sospechaba que fue por lo otro, por su negativa a ceder y terminar en su cama.
Alfonsina no contestó. Dejó el móvil bocabajo otra vez. Cinco meses después, Federico parecía decidido a regresar a su vida. Ella todavía no había decidido si pensaba abrirle la puerta.
L a puerta se abrió sin llamar casi a las diez de la mañana, porque las puertas, para Nico, eran una sugerencia.
—Necesito la escalera pequeña —anunció, ya cruzando el despacho—. ¿La has visto? Se ha fundido la lámpara grande del salón y Pablo no viene hoy.
—¿Y a quién le ha informado de su ausencia?
—Me envió un mensaje.
—Por si no lo sabes, aquí tenemos un protocolo de cómo se manejan las ausencias.
—Tiene a su hija menor enferma, mujer.
—No son formas, Nicolás.
Él se pasó una mano por la nuca.
—Tienes razón, pero se notaba desesperado.
—Si vamos a manejar esto por las próximas dos semanas tenemos que organizarnos.
—Tú mandas y todo corre perfecto.
—Eso no es lo que he querido decir.
—Alfonsina, es mejor así. Tú mandas, yo ejecuto.
—Muy cómodo.
Nico encontró la escalera detrás de una de las estanterías y caminó hacia la puerta. Se detuvo y la miró con esa manera suya que a ella la ponía en guardia, esos ojos que veían más de lo que a uno le convenía.
—No has desayunado y por eso estás de mal humor.
Alfonsina levantó la vista, alerta.
—¿Perdona?
—Que no has desayunado. Tienes ese café pijo sin tocar desde que has llegado y llevas media mañana con la mano en el estómago sin enterarte.
—Se encogió de hombros, incómodo de repente por haber mirado tanto—.
Susana ha traído churros de la Chocolatería San Ginés, están en el comedor de empleados.
Cómete uno antes de la reunión, que negociar con hambre es peor que nada, jefa.
—Nicolás…
Y se fue con la escalera al hombro, silbando, dejándola con la mano en el estómago y con el pecho haciéndole algo que no le había pedido permiso para hacer.
Pensó que Federico, en un año, nunca se había fijado en si ella había comido.
Bueno, sí. Se había fijado. Pero no de aquella manera, sino para actuar como una app de contabilizar calorías: “Tienes que cuidarte”.
“Eres joven, pero ya estás cerca de los treinta, que es cuando la mujer se abandona”.
“Alfonsina, cuidado con el postre, que te marca demasiado las caderas”.
“Cariño, que ya has sobrepasado las mil quinientas calorías del día”.
De todas formas, fue al comedor de empleados y se comió un churro, de pie, casi con rabia, como quien se traga una prueba en contra.
D espués de la reunión con los proveedores, bajó al salón a dejarle al maître las hojas de los pedidos, una gestión de treinta segundos que se le complicó por un motivo muy concreto.
El motivo estaba subido a una escalera, debajo de una lámpara, de espaldas a ella.
Y Alfonsina, que era una persona correcta, lo contempló de arriba abajo con la meticulosidad de una tasadora.
Los vaqueros, primero. Un hombre así no debía tener derecho a que le quedaran tan bien y se le marcaran justo en el trasero de aquella forma.
Después la postura: los dos brazos en alto, peleando con la lámpara, le habían subido la camiseta un poco, y por esa franja de piel asomaba un abdomen marcado, el de un hombre que cargaba sacos de harina y cajas de pescado a diario y que, con toda posibilidad, hacía pesas.
Tenía un tornillo pinchado en los labios, porque el destornillador lo llevaba en la mano, y algo en esa imagen —el tornillo, los labios, el descuido— le puso a Alfonsina en la cabeza una serie de pensamientos que no pudo evitar.
Aquellas manos se las imaginó en sitios que era mejor no mencionar en voz alta.
Se quedó mirando a aquel hombretón más rato del que jamás confesaría.
—¿Te gusta lo que ves, boquita de piñón?
Nico no se había vuelto. La estaba mirando por el reflejo del espejo del fondo, con el tornillo todavía entre los dientes, que se quitó con dos dedos y una sonrisa de un descaro absoluto.
Alfonsina no parpadeó.
—Lo que veo —dijo, sin que se le moviera un músculo de la cara—, es una lámpara torcida y un hombre que se va a partir la crisma por no esperar a Pablo. Baja de ahí, Nicolás. No pienso rellenar el parte de accidentes.
Y siguió andando hacia la cocina, tacones firmes, espalda recta, la barbilla en su sitio, como si por dentro no le estuviera pasando nada.
Le dejó las hojas al maître y se metió en el baño de empleados. Cerró con pestillo.
Y respiró. Cuando abrió los ojos, se vio en el espejo, y su reflejo la delató entera.
A través de la blusa, los pezones —traidores, sin vergüenza— se le marcaban duros como dos acusaciones.
Y por si el cuerpo no había dejado clara su postura, más abajo había mandado un telegrama que no admitía segunda lectura.
Estaba como una cría descontrolada. Con una pulsación intermitente entre las piernas por unos vaqueros y una sonrisa de sinvergüenza.
Alfonsina cerró los ojos otra vez buscando la cordura.
Una mujer adulta. Con un máster. Con un Federico que la invitaba al Ritz y le elegía los vestidos. Deshecha en el baño un lunes por culpa de un hombre subido a una escalera arreglando una lámpara.
—Correcta —le dijo a su reflejo, entre dientes—. Tú eres una persona correcta.
No se lo creyó ni un poco.
S acó el móvil. Le temblaba un pelín el pulso, y eso —que le temblara— fue lo que la ayudó a decidir con cabeza fría.
Le escribió a Federico que allí estaría el jueves. Con el vestido azul. Incluyó un emoji de corazón para reafirmarse en que había tomado la decisión correcta.
Porque el hombre de la escalera daba sonrisas, chistes, comentarios puntillosos, y ni una sola certeza.
Lo seguro, léase Federico, al menos no la dejaba temblando en el baño un lunes por la mañana.
Pulsó enviar. Se lavó las manos con agua fría. Se recolocó el moño, que seguía perfecto.
Y volvió a subir a firmar la nómina, muy correcta, muy erguida, muy ella, procurando no pensar en la escalera del salón ni en el hombre que la ocupaba.