Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2)
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Capítulo 1
A quel domingo, después de la boda de su hermano mayor, Nico lo pasó casi entero en calzoncillos.
Boca arriba en la cama deshecha, con las persianas a media asta y el móvil a unas pulgadas de la nariz, llevaba desde media mañana en la misma postura: la de un hombre de treinta y dos años haciendo el imbécil con una dignidad que ya no engañaba a nadie, ni a sí mismo.
En la pantalla, a toda página, una foto de Alfonsina Reyes.
No era gran cosa. Era de la inauguración de Raíz —el restaurante de Mateo, su hermano—, hacía un año: ella de pie al lado de una mesa, con el traje gris de siempre, el moño de siempre, la carpeta de siempre, mirando fuera de cuadro a algo que sin duda estaba resolviendo.
No sonreía. Alfonsina casi nunca sonreía en las fotos, como si sonreír fuera información que no pensaba regalar.
Y aun así Nico llevaba, lo había comprobado con horror la noche anterior, cuarenta y una semanas de fotos suyas repasadas una a una, con el pulgar quieto sobre el corazoncito para no darle sin querer y quedar como un intenso.
Cerró los ojos. Y volvió, porque llevaba todo el fin de semana volviendo, a la terraza durante la boda. A ese cabello negro suelto sobre los hombros, a esos ojos negros grandes e intensos, y aquellos labios carnosos pintados de rojo.
A ella tirándole de la corbata hacia abajo con esa precisión de controladora aérea para estamparle un beso en la boca.
La única mujer de Madrid que jamás le había reído una gracia, y lo había hecho ella, decidida, sin pedir permiso, después de que él —él, joder, que tenía un chiste para cada silencio— se quedara sin ninguno y le dijera la verdad como un inexperto: “Me venía a Ática temprano solo para verte llegar a las ocho en punto” .
Se lo había dicho. En voz alta. Sin titubear.
Y ella, en lugar de reírse en su cara como se merecía, lo había besado.
Nico sonrió al techo de su habitación como un subnormal perdido.
Después la sonrisa se le fue transformando en otra cosa, porque el recuerdo, sin pedirle opinión, se estaba yendo por su cuenta a sitios menos honorables —a esa piel sedosa, a cómo olía cuando se acercó, lo que habría pasado si en vez de una terraza en medio de una boda con cincuenta invitados aquello hubiera sido, supongamos, cualquier otro sitio con menos gente y más horizontal—, y la mano de Nico, que era un animal con criterio propio y sin educación, empezó a bajar despacio por debajo del elástico del calzoncillo, y el domingo, por fin, prometía ponerse interesante.
Sonó el móvil. Le vibró en la cara, literalmente, porque lo tenía apoyado casi en la nariz. En la pantalla, tapándole a Alfonsina la cara, un nombre enorme: MATEO .
—Me cago en... —Nico dio un respingo, se sentó de golpe, apartó la mano del lugar del delito como si su hermano pudiera verlo por la cámara, y descolgó con la voz de quien acaba de ser sorprendido en algo—. ¡Hombre! ¡El casado! ¿Qué pasa?
—¿Estás durmiendo todavía? Son las doce.
—Qué va, qué va. Estaba... haciendo cosas. Productivo. Muy productivo.
—Ya. —Al otro lado se oía el ruido de fondo de un aeropuerto, megáfonos, ruedas de maletas—. Escúchame, que embarcamos en nada y esto es importante.
Nico se pasó la mano por la cara. Su hermano. En su luna de miel. Llamándolo a él.
—Dime, hombre, dime.
—Alfonsina y tú se quedan a cargo de todo. En dos semanas estoy de regreso. Por favor, no la cagues.
Nico apartó el teléfono de la oreja y lo miró como si le hubiera hablado en arameo.
—¿Perdona?
—Alfonsina lleva la operación, que se la sabe mejor que yo. Tú das la cara donde haga falta, firmas lo que ella te diga que firmes y sostienes lo que ella te diga. No tienes que inventar nada. Solo ayudarla a que no se hunda.
—Mateo. Tú estás confiando en mí. En mí. ¿Te has dado un golpe en la cabeza en la boda o qué?
Hubo un silencio corto, con megafonía de fondo, y luego la voz de su hermano bajó un punto.
—Confío en ti desde hace mucho. El que no confía eres tú. —Y antes de que a Nico se le hiciera un nudo en la garganta—: Y Alfonsina te va a tener corto, así que compórtate.
Nico se río, y la risa le salió rara, porque tenía la garganta luchando con la emoción.
Dos semanas. Los dos. Al frente de todo. Alfonsina a las ocho en punto, todos los días, para él solito.
—No la voy a liar —dijo—. Te lo juro por el Atleti.
—Eso es que la vas a liar parda, seguro. —De fondo, Nico oyó a Vicky, la esposa de Mateo, decir algo que hizo reír a su hermano—. Que te dejo, anda. Y Nico...
—¿Qué?
—Gracias. En serio.
Colgaron. Nico se quedó sentado en la cama, en calzoncillos, con el móvil en la mano y una sonrisa que no le cabía en la cara. Miró otra vez la foto de Alfonsina, la de la inauguración, la que no sonreía.
—Prepárate, boquita de piñón —le dijo a la pantalla, como el idiota que era—. Que mañana vas a conocer a tu nuevo jefe.
E l lunes empezó bien, por lo menos eso pensó Nico. Ese fue el problema.
Llegó a la Calle Hortaleza en Chueca a las ocho menos cuarto, que para él era casi de madrugada, con la Harley todavía rugiéndole entre las piernas y dos cafés para llevar encajados como pudo en el asiento de atrás.
Se había levantado a las seis y media. Se duchó.
Se puso la mejor camiseta que tenía, de Metallica por supuesto, porque tampoco iba a disfrazarse, pero sí la que en mejor condición estaba.
Estuvo a punto de ponerse el perfume bueno, pero desistió porque sería demasiado evidente. Así que se echó el perfume más casual.
Había pedido dos cafés en el Café Belén: el suyo, y el de ella —solo, sin azúcar, en vaso grande—, porque sabía cómo lo tomaba y porque eso, se dijo mientras aparcaba, tenía que significar algo después del beso.
Apagó el motor debajo del cartel del metro.
El barrio olía a lunes y a pan recién hecho.
Ática, uno de los restaurantes de Mateo, esperaba con su rótulo dorado y su emblema de diamante, las persianas todavía a medio subir.
Estaba bajando los cafés de la moto cuando un coche paró delante de la puerta.
Un Mercedes negro, largo, silencioso, de esos que no hacen ruido porque el ruido es de pobres. Nico lo miró con el desprecio profesional del que va en moto por gusto.
Entonces se bajó el conductor. Un hombre.
Alto —más alto que Nico, y a Nico eso no le pasaba casi nunca—, con un traje oscuro, de esos hechos a la medida, seguramente de corte inglés, y que se usan en los anuncios de perfumes masculinos, un reloj que se veía desde la otra acera y esa manera de moverse del que nunca en su vida ha tenido que correr para coger nada.
Rodeó el coche, abrió la puerta del copiloto y le tendió la mano a quien venía dentro con la naturalidad del que ha abierto muchas puertas y sabe el efecto que ocasiona.
Del coche, de la mano del extraño, bajó Alfonsina.
Con el moño puesto otra vez. Con las gafas de aumento, el traje gris, las medias negras de nailon y la carpeta apretada contra el pecho.
Llevaba un café de Il Chicco d’Oro en la mano, iba riéndose de algo que el hombre del traje acababa de decirle.
Riéndose. Alfonsina. Que no se reía ni en las fotos.
Nico se quedó de piedra en la esquina, con un vaso de cartón en cada mano.
El del traje añadió algo. Ella volvió a reírse, negó con la cabeza, le dio un golpecito en el pecho con la carpeta, como se regaña a alguien con quien tienes confianza de sobra. Y él, entonces, se inclinó.
Le dio los dos besos que se dan los conocidos en Madrid. Fue lento. Le dijo algo más, parecía que ahora era más serio. Ella asintió.
El hombre subió al acorazado y se fue con su silencio de dinero. Alfonsina entró en Ática sin mirar a los lados. Sin verlo.
Y Nico se quedó en la acera, con dos cafés en las manos, como el idiota que le ha traído el desayuno a la novia de otro.
Miró el vaso de ella. Solo, sin azúcar, en vaso grande.
Lo tiró a la papelera más cercana. Se bebió el suyo de un trago que le quemó hasta el orgullo. Y entró en Ática con la cara que ponía cuando el Atleti perdía porque algún árbitro no vio bien la jugada: la de un hombre al que le acaban de quitar algo que ya daba por suyo.
L a encontró en el despacho de su hermano, encendiendo el ordenador, con la carpeta abierta y el café —el del enemigo— humeando al lado del teclado.
—Buenos días —dijo Alfonsina sin levantar la vista—. Tenemos a los proveedores a las diez, la nómina de Verso sin firmar y una inspección pendiente en Raíz. Empieza por lo que quieras.
Nico se apoyó en el marco de la puerta. Cruzó los brazos. Se ordenó a sí mismo estar tranquilo, con el mismo éxito con que se lo ordena a un volcán.
—¿Quién es?
Alfonsina levantó la vista por fin.
—¿Quién?
—El del coche.
—¿Cuál coche?
—El del Mercedes. El que te ha abierto la puerta como si fueras la reina de Inglaterra.
—Ah. —Volvió a la pantalla, tan tranquila—. Federico.
Silencio.
Nico esperó. No llegó nada más.
—¿Y? —dijo.
—¿Y qué?
—Nada.
—¿Necesitas algo, Nicolás?
—No.
Contó hasta cinco. No aguantó ni a tres.
—¿Es tu novio?
Alfonsina lo miró por encima de las gafas de aumento, despacio, como se mira a un hombre que acaba de preguntar la estupidez más grande del siglo. Y no contestó. Ni que sí ni que no. Devolvió los ojos a la pantalla y dijo, con una calma que a Nico le pareció un delito:
—Los proveedores a las diez. ¿Te encargas tú o me encargo yo?
Nico apretó la mandíbula. La famosa mandíbula de los hermanos Rey.
—Me encargo yo —dijo.
Y salió del despacho con la dignidad justa para no dar un portazo, con el sabor del café quemado en la garganta y un traje inglés en la cabeza que incomodaba como una piedra en el zapato.
Así que ella iba a fingir que aquel beso de la terraza no había significado nada.
Que aquel idiota, con su acorazado y su reloj, creyera que tenía la partida ganada.
Nico Rey de Francisco no se rendía. Eso, al menos, lo había heredado de su madre.
Muy bien, Federico. Que empiece el partido.