Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) Epílogo 2 Unwritten #2
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Epílogo 2 Unwritten #2

Los vimos desaparecer escaleras abajo entre bromas y reproches fingidos y no cerramos la puerta hasta que dejamos de escuchar la voz de Didier resonando por el hueco de la escalera.

—Está raro desde que se ha casado, ¿no? —murmuré un rato después—. ¿Será por haberse ido a Castle Combe a vivir con Lucien?

César, que leía un libro con las gafas puestas, se encogió de hombros desde la cama mientras yo cerraba la mochila con lo imprescindible para pasar un par de días en Costa Serena.

—Siempre le ha costado despedirse de la gente que quiere.

Sonreí, me metí en la cama junto a él y, en cuanto soltó el libro en la mesilla, lo abracé.

—Pues menos mal que solo van a ser dos días.

—Sí…

El fin de semana pasó tan deprisa que apenas fui consciente de ello. El domingo amaneció gris y con esa llovizna fina que en Costa Serena era todo un acontecimiento.

Cuando unos labios me rozaron la frente, todavía era de noche.

—Cinco minutos más.

—Llevo diez negociando contigo.

Hice un mohín con los párpados aún cerrados.

—Y no recuerdo haber firmado nada.

—Zahara…

Abrí un ojo.

César estaba inclinado sobre mí, con un jersey gris, el pelo revuelto e iluminado únicamente por la tenue luz que se colaba por la ventana.

Hacía apenas un mes que mis padres habían terminado de reformar el apartamento que había desocupado Guille. Antes de él, lo habían utilizado otros de mis hermanos, aunque originalmente había sido de mi tía Alicia .

En su honor, el morado seguía predominando en la decoración.

—¿Qué hora es?

—Temprano.

Me besó y, antes de poder atraerlo hacia mí y meterlo en la cama con alguna artimaña, se escabulló.

—Entonces deja de torturarme.

Me escondí otra vez bajo el edredón, y él tiró de una esquina.

—Arriba, dormilona.

—No pensé que te cobrarías la venganza tanto tiempo después —me quejé y me removí sobre el cómodo y nuevísimo colchón.

—Ser paciente siempre tiene su recompensa.

Suspiré resignada y terminé sentándome en la cama. Él aguantó una sonrisa al fijarse en mis pelos revueltos.

—Está bien, pero, como me hagas subir a un acantilado antes de desayunar, te echo a las fieras de mis sobrinos.

—No vamos a un acantilado.

—¿Seguro?

—Confía en mí.

—Sé que me repito, pero eso es lo que dicen la mayoría de los secuestradores.

—Ya.

—Como haga frío, me vuelvo a la cama.

Me puse en pie aún medio dormida y me estremecí en cuanto mis pies tocaron el suelo. Me dirigí al armario para sacar la ropa entre gruñidos.

—Prometo compensártelo.

—Qué insoportable me resulta sentir esta debilidad por ti. No puedo decirte que no a nada.

Su sonrisa se ensanchó .

—Lo sé.

—Has puesto cara de marrano —lo acusé.

Bajo su atenta mirada, me coloqué unos vaqueros, un jersey beige y las botas mientras él esperaba apoyado en la pared con los brazos cruzados. Cuando terminé de adecentarme, me acerqué y busqué cobijo entre sus brazos.

—Estás preciosa.

—No trates de engatusarme y dame algún detalle.

— Nop .

Se separó con un escueto beso, cogió las llaves del aparador y entrelazó sus dedos con los míos antes de salir al jardín delantero.

Tal y como pensaba, aún no había amanecido. Mientras corríamos hacia el coche de Leire, la suave llovizna me hizo encoger los hombros.

—¿Vamos al faro?

—No.

—Mejor, sería una mala idea con este tiempo —comenté mientras nos sentábamos y nos poníamos los cinturones—. ¿A desayunar?

—Tampoco.

—¿Has matado a alguien y necesitas una cómplice?

—Todavía no.

Lo miré de reojo.

—Esa respuesta no me tranquiliza en absoluto.

César soltó una risa baja, aunque siguió conduciendo sin soltar ni un solo detalle de su plan.

Las calles estaban casi vacías a esas horas, y la lluvia había oscurecido el asfalto. Giró en la avenida principal, después a la izquierda en la rotonda del Gato y luego dejó atrás el parque donde mi hermano Bruno había encontrado a Abril morreándose con un chico el verano anterior .

Fruncí el ceño.

—No vamos hacia el acantilado.

—Ya te lo he dicho.

—¿Al puerto?

Negó con la cabeza, y yo seguí observando por la ventanilla mientras trataba de adivinar nuestro destino.

Cuando las calles comenzaron a ensancharse hasta desembocar en una gran plaza adoquinada que se abría frente al paseo marítimo, creí haberlo adivinado.

Reconocí el lugar de inmediato. Era el corazón de Costa Serena, uno de esos rincones por los que todo el mundo pasaba tarde o temprano. La zona donde confluían los comercios y las calles del centro y en la que siempre terminabas encontrándote con algún conocido.

Esa mañana no había ni un alma. Solo el Café Bianca empezaba a colocar las mesas en la parte cubierta de la terraza, y un operario barría las hojas que se habían ido acumulando junto a la balaustrada que miraba al mar.

César redujo la velocidad, y lo miré de reojo.

—Sí que vamos a desayunar —adiviné. En cambio, él negó—. César, dímelo ya…

Permaneció impertérrito.

Aparcó, apagó el motor y, solo entonces, se giró hacia mí.

—Vamos.

—¿A dónde?

Él salió del coche y lo rodeó para abrirme la puerta. Me bajé y le dirigí una cara de malas pulgas, aunque caminé junto a él hasta el centro de la plaza.

Las arrugas de mi frente se acrecentaron cuando se detuvo frente a la antigua juguetería. El negocio llevaba cerrado tanto tiempo que casi había olvidado cómo era el escaparate cuando todavía estaba lleno de trenes de madera, muñecas y cometas de colores.

De pequeña, siempre les insistía a mis amigas para entrar y pedir un sobre de cromos, que era lo único que mi paga alcanzaba a comprar.

Aquel era, con toda probabilidad, el local mejor situado de todo el pueblo. Lástima que un problema de herencia lo mantuviera cerrado desde hacía casi una década.

Me fijé en la pintura de la fachada, que estaba desconchada en varios puntos, y en el enorme escaparate que acumulaba una gruesa capa de polvo por la parte interior. El rótulo de colores había perdido parte de las letras y colgaba precariamente de un lado.

Giré el cuello y miré a César, confundida, él me sonrió con los labios tensos y, tras sacar un manojo de llaves del bolsillo, introdujo una en la cerradura ante mi cara de pasmo.

La persiana metálica emitió un chirrido agudo al subir.

—¿Qué haces?

—Pasa.

—No tengo ganas de acabar en el cuartelillo el día de mi cumpleaños.

—Pasa, Zahara.

Con un bufido crucé el umbral y el olor a humedad me invadió de inmediato la nariz.

César encendió una linterna y la luz dejó en evidencia el suelo levantado en varios tramos, las paredes que acumulaban desconchones y manchas de humedad y el techo del que colgaban cables sin conectar.

Bajé la vista con la nariz arrugada.

En mitad del local —justo en la mitad— había un váter viejo y sucio .

Me giré lentamente hacia César y lo miré como si acabara de perder la cabeza.

—¿Me has despertado antes del amanecer para traerme a ver… un váter?

Él apretó los labios, aunque su expresión fue una mezcla extraña de nerviosismo y expectación que casi me produjo ternura. Casi.

—¿Te gusta?

—¿El váter?

Soltó una risa nerviosa.

—Ven.

Obedecí, pese a seguir sin entender nada.

Cogió una carpeta apoyada sobre una caja cubierta de polvo y, después de abrirla con solemnidad, sacó un folio.

Lo sostuvo unos segundos entre las manos antes de tendérmelo.

—¿Qué es esto?

—Míralo.

Lo cogí. Al principio solo distinguí unas cuantas manchas de color.

César se me acercó y me alumbró las manos. Y fue entonces cuando lo pude ver con claridad: la palmera, el toldo a rayas de colores teja y beige , el escaparate, las mesas, las estanterías e incluso las dos siluetas dibujadas, una frente a la puerta y otra sentada en una mesa.

Pero lo que de verdad hizo que el aire se me atascara en los pulmones fue cuando leí lo que había escrito en el rótulo: «Remo - Books desde allí se veía toda la plaza, la terraza de adoquines, la balaustrada, el mar al fondo.

Di unos pasos hacia la izquierda y visualicé la cafetera, las vitrinas con los dulces y el olor a café y libros.

Las estanterías cubriendo las paredes hasta el techo e incluso una escalera de madera, un rincón con sillones junto al escaparate y una pizarra apoyada en la puerta para poner mensajes bonitos como los que escribía cada mañana en Hartwell & Pages.