Lo que pasa en Londres no se queda en Londres (Costa Serena 9) Epílogo 2 Unwritten #3
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Epílogo 2 Unwritten #3

Pude ver a mi padre colándose detrás del mostrador para prepararse un café sin pedir permiso, a Liam intentando alcanzar un cuento de la estantería más baja, a Beca enseñándole a su hermano Biel a leer y a mi madre diciéndome que el sofá del rincón necesitaba unos cojines nuevos.

Incluso a África leyendo en una esquina, a una pareja desconocida compartiendo un trozo de tarta y a ese vecino mayor que entraría cada mañana para pedir el mismo café.

El yeso agrietado me hizo cosquillas en la yema de los dedos cuando acaricié la pared.

Poco a poco, aquel dibujo había empezado a superponerse y, pese a que el local seguía vacío y roto, ya no lo veía así.

—Lo veo. —Las lágrimas empezaron a resbalarme por las mejillas. Mi chico, que no se había movido en todo ese tiempo, sonrió con los ojos brillantes—. Puedo verlo, César.

Y ya no fui capaz de contenerme por más tiempo.

Solté el dibujo, la carta y cualquier intento de mantener la compostura, y me lancé sobre él, que me sostuvo antes incluso de que mis brazos le rodearan la nuca. Las llaves cayeron en algún lugar del suelo, y le escondí la cara en el cuello mientras reía y lloraba al mismo tiempo.

—Estás loco.

—Puede. Pero tú me regalaste el mejor cumpleaños de mi vida y he tenido más de un año para pensar en cómo devolvértelo.

—¿Y tu trabajo?

Sonrió.

—Llevo meses negociando mi traslado. Mantengo el nuevo puesto, pero trabajaré desde la oficina de Alicante. Empiezo allí cuando tú estés preparada para abrir esta puerta.

Fruncí el ceño al caer en un detalle muy importante.

—Pero está a más de dos horas.

—Solo tendré que ir dos días a la semana. El resto trabajaré desde casa.

Las lágrimas volvieron a empañarme la visión. Negué despacio, incapaz de creérmelo.

—¿Desde cuándo estás planeando todo esto?

—Desde hace meses. Creo que desde que el ascenso se hizo oficial. Me has apoyado en todo durante este tiempo, y ahora quiero hacer lo mismo por ti.

—Estás muy loco.

—Por ti, sí. Feliz cumpleaños, Zahara.

Me aparté apenas unos centímetros para mirarlo. César acababa de regalarme algo que jamás me habría atrevido a soñar: la posibilidad de construir un futuro juntos.

Lo besé entre lágrimas, y él me sostuvo cuando entrelacé las piernas alrededor de sus caderas.

—Te quiero —balbuceé contra su boca, y él hundió la lengua en la mía.

Y, antes de poder cometer alguna locura poco higiénica, un carraspeo resonó detrás de nosotros .

Ambos giramos la cabeza a la vez.

—Sentimos interrumpir.

—Cuidado con esa espalda, César, estás distribuyendo mal el pes…

Mamá le dio un codazo a papá en el costado, y él se quejó.

César aprovechó para dejarme en el suelo.

—¿Qué hacéis los dos aquí?

—¿ Los dos ? —Escuché a Guille—. Y a los de aquí fuera que nos den, ¿no?

—Cierra el pico —le amonestó Diana.

—Se me está mojando el uniforme… —informó Rodrigo.

—La lluvia en Costa Serena es un buen presagio —recordó Alana.

—Los hemos interrumpido demasiado pronto —comentó Emma.

Alguien encendió la linterna de un teléfono, y pude verlos con más claridad.

Leo, Leire, mis hermanos y hermanas, todas sus parejas y los niños estaban al otro lado del cristal, como si fueran chiquillos ansiosos esperando la reapertura de la juguetería.

—¿Va en serio?

Mis padres se hicieron a un lado y fueron entrando uno tras otro.

—Tu novio te ha comprado un local con un trono y todo. Creo que va bastante en serio.

—¿Cuánto tiempo lleváis ahí?

—El suficiente para comprobar que besaros sigue siendo igual de raro de ver —contestó Carolina.

El local comenzó a llenarse de voces, de pasos, de abrazos y opiniones dispares.

—Ahí irá el mostrador, ¿no?

—Es una mala posición, da el sol toda la tarde .

—Yo digo que ese váter tiene que desaparecer hoy mismo.

—En cuanto desayunemos empezamos a demoler, como en los programas de reformas.

—Ni se te ocurra tocar un ladrillo sin que el arquitecto del estudio de tu madre dé el visto bueno.

—Además no tenemos cascos.

—Qué aburridos sois.

Las voces empezaron a mezclarse unas con otras. Y el local que unos minutos antes solo contenía polvo, humedad y silencio, de pronto estaba lleno de vida.

De familia.

De planes y de futuro.

Miré de nuevo a César, le busqué la mano entre todo aquel caos y entrelacé mis dedos con los suyos.

Yo tampoco entendía cómo había logrado mantener un secreto tan enorme como aquel y menos aún con mi familia de por medio.

Aunque, pensándolo bien, aquel ya no era el César que conocí tanto tiempo atrás.

Ese habría intentado hacerlo todo solo, pero el hombre que tenía frente a mí había aprendido a dejarse ayudar, incluso sentándose cada dos semanas frente a un psicólogo.

Y qué orgullosa estaba de él.

—¿Lo has comprado? —susurré.

Él asintió, más serio de repente.

—Nuestro refugio, Zahara.

—¿Y Londres?

Tragué saliva cuando me dedicó una de mis sonrisas favoritas, esa que había aprendido a regalarme durante aquel año y medio.

—Seguirá allí siempre que queramos volver. Como cuando relees uno de tus libros favoritos .

Miré otra vez a mi alrededor, a mi familia, a Leo y Leire. A César. Y lo besé con toda mi alma.

Durante mucho tiempo creí que la vida consistía en encontrar el lugar correcto.

Me equivocaba.

A veces basta con que te entreguen las llaves y te ayuden a construirlo.

Gracias por leer esta novela.

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¿Quieres saber cómo empieza la siguiente y última entrega de la serie Costa Serena?

Pues pasa la página