Epílogo 2 Unwritten
ZAHARA
Las campanillas de la puerta sonaron a mi espalda cuando salí de la cafetería con el abrigo cerrado hasta el cuello y el gorro de lana calado hasta las orejas.
Respiré hondo y una pequeña nube de vaho se me escapó de los labios mientras me detenía bajo el toldo verde.
Ya había anochecido. A aquellas alturas del año, Londres se empeñaba en robarle horas al día para regalárselas a la ciudad.
Las farolas bañaban las aceras con su luz dorada, los escaparates competían entre sí por ver cuál tenía la decoración navideña más bonita —pese a quedar casi un mes para la Navidad— y cientos de diminutos puntos blancos cruzaban la calle suspendidos sobre nuestras cabezas llenando el cielo de estrellas artificiales.
Me giré por puro instinto hacia la cristalera de la cafetería.
Desde fuera, Hartwell & Pages resultaba aún más acogedora que de costumbre. La forma en la que la luz envolvía las estanterías repletas de libros y a las personas leyendo junto a la cristalera con una taza entre las manos era hipnótica.
En ese momento, Lily estaba retirando unos platitos vacíos de una mesa mientras hablaba con una pareja de clientes habituales, los Cavendish, que alternaban épocas en la capital y periodos en sus propiedades en Brighton, al sur de Inglaterra.
Mi jefa alzó la cabeza, y nuestros ojos se encontraron a través del cristal.
Me sonrió, yo alcé una mano, y ella me respondió con un ademán con el paño de cocina que llevaba sobre el hombro, con tanta teatralidad que me arrancó una carcajada.
Le lancé un beso, ella negó con la cabeza sin dejar de sonreír y volvió a charlar con el adorable matrimonio.
Era curioso que, después de año y medio, siguiera sintiendo exactamente lo mismo cada vez que contemplaba aquella cristalera.
Eché a andar.
Ya no necesitaba consultar el móvil para saber qué calle coger ni qué cruce convenía evitar según la hora del día, aunque hubo un tiempo en el que Londres me había parecido una ciudad inmensa, desconocida y un poco aterradora.
Simplemente caminaba. Y me gustaba hacerlo.
Encontraba encanto hasta en el bullicio constante, el metro abarrotado de primera hora, los parques cubiertos de hojas en otoño y, sobre todo, en aquella sensación de que siempre quedaba una librería por descubrir a la vuelta de la esquina .
Seguía echando de menos Costa Serena, por supuesto.
Extrañaba a mi familia, el mar, el olor a sal cuando el viento soplaba desde la playa…
Durante un tiempo llegué a preguntarme si querer tanto un lugar significaba que debía renunciar al otro, pero había comprendido que podía tener el corazón repartido entre Costa Serena y Londres, porque se podían echar raíces en más de un lugar y que estos no compitiesen entre sí.
Atravesé el cruce y el aroma del Mediterráneo me hizo la boca agua al pisar la acera.
Marco ya tenía preparado el pedido incluso antes de que cruzara la puerta.
—Déjame adivinar —le dije mientras apoyaba el bolso sobre la barra—. César ha vuelto a pedir lo mismo.
—Si algún día cambia de plato, pensaré que está enfermo.
—¿Y Didier?
Marco alzó una segunda bolsa.
—Ensalada y lasaña vegetal.
—Querrá compensar los excesos del viaje de novios.
Puse cara de incredulidad, y el hombre levantó una tercera bolsa.
—Y de postre: tiramisú.
—Eso ya me cuadra más.
Pagué mientras él ayudaba a uno de los camareros con una comanda y me despedí de él con un gesto de la mano.
Seguí caminando por Kensington Park Road con las bolsas en una mano cuando la dependienta de The Mews Bridal, a la que le gustaba el café con hielo durante todo el año, terminó de bajar la persiana del escaparate.
—¡Buenas noches, Zahara!
—¡Nos vemos el lunes, Sarah !
Ella me dedicó una sonrisa antes de guardarse las llaves en el bolso.
Metí la mano libre en el bolsillo del abrigo para combatir el frío, aunque unos metros más adelante la volví a sacar para despedirme de Raj, el dueño de la tienda de alfombras, que me sonrió e inclinó la cabeza en respuesta.
La melodía que llevaba días instalada en mi cabeza me acompañó desde la estación de Ladbroke Grove hasta que subí los escalones de nuestro edificio.
Ni siquiera tuve que molestarme en sacar de nuevo las llaves al llegar al rellano, pues César ya me esperaba apoyado en la puerta, con los brazos cruzados y la cabeza inclinada.
—Buenas noches —me dijo con un tono de voz que me hizo alzar una ceja.
—Hola.
No se movió ni un centímetro al acercarme a él. Tan solo sonrió de medio lado cuando apenas nos separaban un par de centímetros.
—¿Dónde está? —Levanté las bolsas de comida—. Me refiero a mi beso de bienvenida.
Solté una risa incrédula.
—Qué exigente estamos hoy, ¿no?
—Solo eficiente. Si sé que vas a acabar dándomelo, prefiero ahorrarnos el rodeo y disfrutar desde el principio.
Me acerqué despacio, fingiendo que iba a concederle el capricho. En el último instante, giré la cabeza para esquivarlo.
Él no tardó en reaccionar. Me rodeó la cintura con un brazo, tiró suavemente de mí y me plantó un beso que nada tuvo que envidiarle a ninguno que me hubieran dado en aquel rellano.
Cuando nos separamos, le di un golpecito en el pecho.
—Cada día eres más descarado .
—¿Te molesta?
—No. —Le acaricié la nuca y lo atraje de nuevo hacia mí para hablarle sobre los labios—. La verdad es que me gusta.
Sus ojos brillaron con esa satisfacción silenciosa que solo aparecía cuando conseguía exactamente la reacción que buscaba.
—Lo sabía.
—No seas tan creído.
—Anda, yo creí que también te gustaba que fuera un poco chulito, como tus exnovios.
Puse los ojos en blanco.
—No tenses demasiado la cuerda, cariño, que todavía puedo dejarte sin postre.
Entonces sí que vi auténtico pánico reflejado en su cara.
—Eso ha sido un golpe bajo —se quejó, y yo me eché a reír.
—¡Mi española favorita! —chilló Didier.
Giré el cuello hacia el pasillo a tiempo de verlo salir de la cocina.
Corrí hacia él y me colé entre sus brazos.
—Mantén tus labios lejos de su boca —le advirtió César desde atrás.
—Ahora soy un hombre felizmente casado, ¿por quién me tomas?
—Besaste a la recepcionista del hotel de Montreal —dijo su recién estrenado marido a la vez que salía de la cocina con una copa de vino en la mano—. Hola, Zahara.
—¡Lucien! —Lo abracé a él también—. ¿Ya os habéis recuperado del jet lag ?
—Yo sí.
—Mi cuerpo sigue creyendo que está desayunando frente al río San Lorenzo. —Didier dejó escapar un suspiro dramático—. No entiendo por qué nadie desayuna con sirope de arce en Londres. Es una costumbre que deberíamos importar de inmediato.
Nos reímos y fuimos al salón.
Mi chico comenzó a sacar los recipientes de las bolsas mientras la parejita nos contaba algunos de los detalles de su luna de miel. En algún punto entre la excursión a las cataratas de Montmorency, y la ruta gastronómica por Quebec, César se dio cuenta de que no dejaba de mirarlo.
Llevaba un jersey azul marino con las mangas remangadas hasta los antebrazos y los pantalones que tanto me gustaban.
Le sonreí, él se me acercó y, sin interrumpir a Didier, se colocó a mi lado, apoyó una mano en mi cintura y me depositó un beso sobre la sien. Fue un gesto pequeño y cotidiano que, tantos meses después, aún me hacía enamorarme un poco más.
Didier carraspeó con exageración cuando nos quedamos mirándonos embelesados.
—Perdonad que interrumpa este apasionado despliegue de romanticismo, pero algunos nos estamos muriendo de hambre.
—Habla por ti —replicó Lucien—. Yo puedo esperar cinco minutos.
—Tienes suerte de que el matrimonio me obligue a perdonar estas traiciones.
—Ah, bueno. Es que se ha pasado todo el vuelo ensayando respuestas maritales.
—Y todavía no he sacado las mejores.
Me reí, César negó con la cabeza, y nos sentamos alrededor de la mesa mientras Didier seguía narrando sus peripecias en Canadá.
En un momento dado, me quedé observándolos a los tres.
César comía con la misma precisión de siempre, Lucien le estaba recolocando el vaso a Didier para que no lo tirara con uno de sus gestos, y el músico hablaba sin respirar mientras recordaba, con un entusiasmo casi infantil, lo feliz que había sido durante una semana entera pudiendo hablar francés a todas horas.
Y pensé que, si alguien me hubiera mostrado aquella escena el día que aterricé en Londres, lo más seguro es que no le hubiese creído.
La cena se alargó mucho más de lo previsto entre las anécdotas del viaje y varias discusiones sobre cuál había sido el mejor restaurante al que habían ido. Cuando el reloj rozaba la medianoche, Lucien se levantó de la silla.
—Será mejor que nos vayamos, Di, mañana tienes ensayo.
—Y yo una cita importantísima con mi almohada —añadí tras el enésimo bostezo—. En un rato nos tenemos que levantar para ir al aeropuerto.
—Pasadlo genial.
—Lo intentaré.
Después, estrechó la mano de César y le sostuvo la mirada.
—Gracias —le dijo Lucien.
—Ahora ya no me necesitas.
—Eso espero.
Entrecerré los ojos, pero un enorme cuerpo se lanzó sobre mí.
—Voy a echarte muchísimo de menos, española.
Me aparté lo justo para mirarlo.
—Ni que fuéramos a cruzar el Atlántico en un velero, Didier. Solo nos vamos un par de días por mi cumpleaños.
—Es francés —dijo César.
—Son melodramáticos —añadió Lucien.
—Y apasionados —remató el aludido.
Bufé y le di un beso en la mejilla .
—Anda, francés apasionado, pórtate bien y busca un hueco para llevarme otra vez al estudio.
—¿Y que acabes llorando?
—Como en la boda… —apuntó César.
Llevaban razón.
Lloré durante toda la canción, porque fue una versión preciosa de Still the one y porque nunca olvidaría la forma en la que Lucien miraba a Didier mientras le cantaba, como si llevara toda la vida esperando aquel momento.
—Es que fue taan bonito y taan romántico…
Mi amigo sonrió, aunque aquella vez el gesto fue mucho más comedido de lo habitual. O igual era el cansancio, que me hacía ver cosas donde no las había.
—Ya cuadramos, ¿sí?
Cruzó una mirada con César que me desconcertó.
—Venga, vámonos antes de que te acuerdes de otra anécdota y no los dejemos descansar.
Las risas nos acompañaron hasta el rellano.