Epílogo 1 Homeward bound #2
Cogí la bolsa y miré por encima el contenido: regañás, almendras fritas y tortas de aceite.
—Muchas gracias, Estrella .
—No es nada, solo por si os entra la morriña y echáis de menos España.
—O también podéis volveros —dijo Alana abrazando a su hermana.
—Tú te fuiste con Hans casi dos años de mochilera.
—Llevas razón. Creo que estoy haciéndome mayor.
—Que alguien le haga entender de una vez a esta mujer que, aunque tenga ese cuerpo de profesora buenorra de pilates, tiene cuarenta y dos años, por favor —dijo África.
Fede movió las llaves del coche alrededor del dedo.
—Familia, ¡vamos abreviando, que, si no salimos ya, no llegamos!
Las despedidas se sucedieron una tras otra, y Leo y mi madre fueron los últimos en acercársenos. Mamá no dijo nada, solo me abrazó un poco más de lo habitual y, cuando se apartó, me acarició la mejilla.
—Llámame.
—Lo haré.
—Aunque no tengas nada importante que contarme.
Zahara me dedicó una sonrisa traviesa.
—Tranquila, ahora que se ha echado novia va a tener cosas interesantes que contarte siempre, ya lo verás.
No supe si sonreír o ponerme a temblar.
Leo, que esperaba detrás de ella, se acercó y me abrazó. Su mano se apoyó firme en mi espalda y cerré los ojos.
—Gracias, papá. Por todo —susurré.
Noté cómo contenía la respiración. Cuando habló, su voz estaba cargada de emoción.
—Ya sabes dónde está tu casa, hijo.
—Lo mismo digo.
—Te quiero.
—Y yo a ti .
Mi madre trataba de disimular quitándole a Zahara una pelusa invisible de la camiseta.
Asentí en dirección a mi chica, ella me agarró de la mano, y nos subimos al coche.
Mientras Fede arrancaba y nos poníamos los cinturones, levanté la vista hacia el jardín. Todos seguían allí, saludando, sonriendo y haciendo aspavientos como si fuéramos a cruzar el mundo en lugar de coger un vuelo de poco más de dos horas.
Y continuaron allí hasta que la casa desapareció al doblar la esquina.
Supe que, al regresar, los encontraríamos en el mismo lugar.
El trayecto al aeropuerto fue mucho más silencioso aquella vez. Al llegar, lo encontramos mucho más concurrido que días antes, quizá porque era domingo o puede que porque ambos anhelásemos cierta calma para poder sobrellevar la última despedida.
—Bueno…
Zahara no dejó a su padre terminar de hablar cuando se enganchó a su cuello.
—Te quiero, papá.
—Y yo a ti, mi vida. —Se separaron, y él la agarró de las mejillas—. Y ya sabes, si alguien se mete contigo en Londres, me llamas.
—¿Y qué harás?, ¿coger un avión?
Fede arrugó la expresión y emitió un gemido lastimero.
Por todos era sabido su miedo a volar.
—No. Pero me quedo más tranquilo si los amenazas.
Nos echamos a reír, y padre e hija volvieron a abrazarse.
—Yo cuidaré de ella.
—Confío en ti. Queda oficialmente bajo tu custodia .
—Será un honor.
—Oh, por favor… —se quejó Zahara—. Solo te falta negociar la dote y volvemos a la Regencia.
—Lee demasiada novela histórica —la excusé.
Fede se echó a reír antes de abrazarme a mí también.
—Buen viaje, chicos.
Se quedó allí hasta que pasamos el control y caminamos hacia la puerta de embarque.
Por suerte, llegamos justo cuando comenzaron a llamar por filas. Zahara entró antes que yo y desapareció por el túnel transparente. Cuando llegó mi turno, localicé la fila dieciséis, guardé la mochila y me dejé caer en el asiento junto a la ventanilla.
Observé cómo el resto de pasajeros acomodaba mochilas y bolsas en los compartimentos superiores. Un hombre de prominente barriga se detuvo a mi lado, miró el número de su tarjeta de embarque, después me miró a mí y me dio las buenas tardes.
Antes de poder decir una sola palabra, escuché la voz de Zahara.
—Perdone. —Los dos nos volvimos hacia ella, que le dedicó una de esas sonrisas capaces de convencer a cualquiera de vender su alma al mismísimo diablo—.
¿Le importaría cambiarme el asiento? El suyo estaría justo al lado de la salida de emergencia.
Además, tiene más espacio para las piernas.
Es que mi novio se encargó de comprar los billetes y lo hizo fatal, como puede ver.
El hombre giró el cuello en mi dirección, yo forcé una sonrisa culpable, y él negó con un chasquido de lengua.
—Ten cuidado la próxima vez y no la dejes sola, ¿no ves lo bonita que es?
—Tenemos cita en la óptica mañana mismo —añadió ella .
—Muchas gracias —le dije al extraño señor cuando agarró de nuevo su equipaje.
Con una mueca satisfecha, Zahara ocupó el asiento junto al mío.
—De nada —dijo mientras se abrochaba el cinturón—. ¿Has visto lo fácil que era?
—Facilísimo.
En cuanto el avión comenzó a rodar hacia la pista, apoyó la cabeza sobre mi hombro y enlazó el brazo con el mío.
—¿Crees que Didier nos va a dar mucho el coñazo ahora que estamos juntos?
Sonreí.
—No lo dudo.
—Quizá se piensa que es una broma. O una apuesta.
—O que uno de los dos se ha dado un golpe en la cabeza —añadí, y ella rio por lo bajo.
—Va a interrogarnos.
—Seguro.
—Y quizá nos pida que nos besemos para creérselo del todo.
—¿Tú y él?
Zahara soltó una carcajada.
—¿Aún te escuece el beso que me dio en la puerta del piso?
—Para nada.
—Ya.
—Y no necesito besarte delante de nadie para demostrar que te quiero.
Zahara se quedó completamente quieta y, muy despacio, levantó la cabeza de mi hombro. Sus ojos, más abiertos de lo habitual, buscaron los míos justo cuando el avión despegaba.
—¿Qué has dicho?
Le robé un casto beso .
—Que te quiero.
Su sorpresa se deshizo en una sonrisa tan radiante que me pregunté cómo había sido capaz de estar tanto tiempo sin quererla de aquella manera.
—Pues estás de suerte, porque yo también te quiero, Mr. PowerPoint.
Resoplé cuando se mordió el labio inferior.
—Podrías haber elegido otro mote más romántico.
—¿Y perder la oportunidad de verte la cara al llamarte así durante nuestro primer te quiero ? Ni hablar.
El beso que me dio se alargó unos cuantos segundos de más y luego volvió a apoyar la cabeza sobre mi hombro.
Entrelacé los dedos con los suyos y miré por la ventanilla cómo todo se iba haciendo pequeño conforme ascendíamos.
—Te doy una hora para que traces el plan.
Giré el cuello en su dirección. Tenía los párpados cerrados.
—¿Qué plan?
—Yo he arreglado lo de los asientos, ahora te toca a ti encontrar la manera de que nos encerremos juntos en el aseo para darle uso a esa imaginación tan cochina que tan bien disimulas.
Abrí la boca para responder, pero acabé soltando una carcajada.
Había aprendido que había cosas mucho mejores que tenerlo todo bajo control. Como confiar mi vida a una mujer impulsiva que adoraba la improvisación y descubrir que nunca me había sentido tan a salvo.