Epílogo 1 Homeward bound
CÉSAR
Nunca pensé que la última vez que vería a mi padre sería también la primera en la que dejaría de tenerle miedo.
Había necesitado verlo para creerlo, para convencer a una parte de mí, la que llevaba demasiados años esperando que regresara, de que aquella vez no iba a hacerlo.
De que no lo haría nunca más.
El mismo día de su incineración, volvimos a Costa Serena solo para despedirnos de la familia antes de regresar a Londres; el vuelo llevaba semanas comprado, aunque ninguno de los dos había imaginado entonces que lo utilizaríamos siendo dos personas distintas.
No hablamos demasiado durante el trayecto en coche. Zahara condujo la mayor parte del camino, y yo permanecí en el asiento del copiloto, con la mirada perdida más allá de las carreteras que se desplegaban frente a nosotros .
A ratos, ella me apoyaba una mano sobre el muslo o en la nuca. No trataba de encontrar una frase de aliento ni me preguntaba cómo estaba. Simplemente me tocaba.
Y eso era más que suficiente.
Cuando atravesamos la característica entrada al pueblo, no noté la presión en el pecho que tantas otras veces me había acelerado los latidos del corazón.
Zahara redujo la velocidad al entrar en la urbanización y, en cuanto pudimos ver la casa de su familia al final de la calle, me miró y sonrió.
—¿Preparado?
Miré hacia la puerta. Había varios coches aparcados delante, la verja del jardín estaba abierta y un par de bicicletas infantiles estaban tiradas junto a la valla.
—Sí.
Ella inspiró hondo y ensanchó la sonrisa.
—Perfecto.
Aparcó tras la moto de Diana y Rachel.
Fede apareció el primero. Detrás de él salieron Bruno, Gabriel y Estrella. Hans surgió desde un lateral de la casa con unas gafas de sol apoyadas sobre la cabeza y la camisa abierta, como si llevara toda la mañana deleitándose con la órbita del sol.
Nos bajamos y entramos en el jardín, y durante unos segundos todos nos miraron.
Nadie tenía pinta de saber cuál era el protocolo para recibir a alguien después de una situación así. Y no los culpé. Por suerte, algunos de los Remo no necesitaban protocolos durante demasiado tiempo.
—Ahora entiendo por qué habéis tardado tanto —comentó Guille—. Conducía la paquete de mi hermana.
Zahara alzó una ceja .
—Yo también te he echado de menos, hermanito.
—He dicho que habéis tardado, no que me alegre de verte.
—Idiota.
—Caracol.
Leo me sorprendió por mi derecha y me saludó con un abrazo. Antes de separarse, me susurró:
—Ayúdame con tu madre.
—¿Qué le pasa?
—Quiero hacerme un nuevo tatuaje.
Se me escapó la risa.
A sus sesenta y cinco años, las canas rubias ya se abrían paso entre el pelo pelirrojo y la barba, y las arrugas alrededor de los ojos habían ganado terreno con el tiempo. Sin embargo, seguía utilizando chaquetas de cuero y tenía los antebrazos cubiertos de tatuajes.
Uno más no creí que fuese un problema.
—¿Qué te quieres hacer?
—Una horterada en honor a su jubilación —masculló Fede.
—No le hagas caso, es un envidioso.
—Quítale la idea de la cabeza, por lo que más quieras.
África apareció por el otro lado y se colgó al hombro la mochila de Zahara.
—Dios. ¿Te has traído piedras de recuerdo?
—Solo son un par de libros.
—Espero que tengan spicy .
—¿Acaso lo dudabas?
Y así de sencillo todo volvió a la normalidad. O a aquella nueva normalidad a la que todavía me estaba acostumbrando, en la que mi padre nunca más regresaría a romper nada.
Durante las horas siguientes, los Remo volvieron a hacer lo que mejor sabían: llenarlo todo de voces, comida y una cantidad de niños imposible de contabilizar .
Cuando el reloj empezó a acercarse a la hora del vuelo, Zahara me buscó con la mirada desde el otro extremo del salón y, con un leve movimiento de cabeza, me indicó que la siguiera.
Atravesamos la casa con cierto disimulo y, en cuanto cerró la puerta de su habitación y el ruido quedó amortiguado al otro lado, se acercó a mí, me agarró del cuello y me atrajo hacia su boca.
—¿Cómo vas?
Inspiré hondo sobre sus labios.
—Ahora mejor.
Entrelazó los brazos en mi nuca y me besó de nuevo tomándose su tiempo en cada movimiento. Cuando nos separamos me secó los labios con un dedo y me sonrió.
—Ahora ve a hacer la maleta antes de que se nos haga tarde.
—¿Me estás echando?
—Sí. A menos que quieras que te empuje hacia la cama, me suba encima de ti, y toda la planta baja nos escuche.
Le di un último beso, mucho más casto esa vez.
—Me has convencido.
—Ya me imaginaba. No tardes.
—Lo prometo.
Recorrí la urbanización aún con el sabor de sus labios en la boca y apenas me llevó unos minutos reunirlo todo.
Estaba a punto de cerrar la cremallera de la maleta cuando fijé la vista en la estantería.
Pipo permanecía sentado en su balda, exactamente donde Zahara lo había dejado después de reírse de mí durante casi cinco minutos.
Por algún motivo que desconocía, no se creyó que el peluche se había caído mientras dormía y estaba convencida de que lo había cogido porque la echaba tanto de menos que no podía soportar dormir solo.
Negué con una sonrisa. No tenía intención de darle otra oportunidad para reírse de mí, pero…
—Has visto demasiado.
Lo cogí por un brazo y lo guardé en la maleta.
Solo quince minutos después, regresé a su casa. Fede ya tenía el coche preparado para llevarnos al aeropuerto y el maletero abierto.
Gabriel me interceptó y me arrebató la maleta.
—Déjame a mí.
—No es necesario.
—Ya está cogida.
Me quité la mochila del hombro, pero Fede también se me adelantó.
—Mía.
—Pero…
—Ni lo intentes. —La dejó junto a la maleta, cerró el maletero con un golpe seco y se sacudió las manos, satisfecho—. Voy a ver si Zahara está lista.
Me quedé mirando cómo desaparecía por la puerta principal. Gabriel se me acercó con una sonrisa y me dio una palmada en el hombro.
—¿Sabes? Cuando llegué por primera vez a esta familia tardé bastante en dejar de pedir permiso para abrir la nevera.
Lo miré de reojo.
—¿Tú?
—Yo. —Se rio por lo bajo—. Durante mucho tiempo creí que me habían abierto la puerta porque se sentían en deuda conmigo por lo de Bruno.
No necesité que explicara el resto. Conocía la historia y, de algún modo, comprendía demasiado bien aquella sensación .
Yo mismo sentía que buena parte de los Remo me aceptaba porque era el hijo de Leire y no les quedaba más remedio, aunque empezaba a sospechar que nunca había sido así y que era yo quien seguía empeñado en quedarse de pie junto a la puerta.
Gabriel me señaló la casa con un ligero movimiento de cabeza.
—Ahora sé que ellos no funcionan así.
Seguí la dirección de su mirada.
Desde allí alcanzaba a ver a Estrella cruzando el salón con un envase en las manos, y a Guille gesticulando exagerado mientras le hablaba a Diana.
—Ya.
—Bueno… Qué te voy a contar a ti, ¿no? Aunque ahora formas parte del selecto club de los agregados.
—Me dedicó un movimiento de cejas bastante ridículo—.
Te estamos plastificando el carnet de yerno honorífico.
Será el último que concedamos y estamos bastante afectados.
Rodrigo el que más, aunque vaya de poli duro.
Los labios se me curvaron en una sonrisa divertida.
—No sé si formar parte de ese club da más derechos que responsabilidades.
—Las dos cosas.
—Eso me temía.
Gabriel soltó una carcajada.
—Pero ¿sabes qué da sobre todo? Una increíble familia que siempre está, pase lo que pase.
Le guiñó un ojo a Carolina, que pasaba por el jardín tratando de dormir al hijo de ambos, y después me dio un golpecito en el brazo como si hubiera dicho la cosa más normal del mundo .
Me dejó allí solo, con la garganta cerrada y el corazón acelerado. Aunque no me dio tiempo a reponerme de la conversación cuando la puerta se abrió de golpe.
Zahara apareció la primera.
Llevaba el pelo recogido en una coleta alta, una camiseta blanca con un nudo en el ombligo y unos vaqueros largos y desgastados. Y sonreía mientras hablaba por encima del hombro.
Lo que sentí al verla me hizo comprender por qué había conseguido respirar durante aquellos dos horribles días. Ella lo había hecho por los dos cuando yo no había sabido cómo hacerlo.
Nunca había entendido eso de que alguien pudiera iluminar un lugar con solo entrar en él, aunque técnicamente Zahara estaba saliendo, pero noté que el sol ganaba intensidad cuando nuestros ojos se encontraron y me regaló una de sus sonrisas.
Detrás de ella salieron Estrella, Alana y mi madre haciéndole recomendaciones. Y, como si alguien hubiera abierto las compuertas de un parque infantil, comenzaron a aparecer niños y adolescentes por todas partes.
En cuestión de segundos el jardín volvió a llenarse de voces y risas. Incluso yo me descubrí sonriendo. No es que estuviera ocurriendo nada extraordinario, pero aquella vez sí que me sentí parte de aquel caos.
Parte de aquella enorme familia.
—Hola —me dijo Zahara cuando cruzó el jardín.
—Hola.
—¿Todo listo?
—Creo que sí .
Biel se soltó de la mano de Emma y vino corriendo hacia nosotros. Se enganchó a mi pierna derecha como un koala, y Zahara exageró un puchero.
—Ay, peque… —Se agachó y lo abrazó—. No crezcas mucho mientras no estamos, ¿vale?
El niño, que apenas hablaba pese a estar a punto de cumplir los dos años, se abrazó con más fuerza a mi pierna. Yo me incliné y lo cogí en brazos.
—Tenemos que volver a Londres, muchachito.
—Podéis traer Londres aquí —dijo su hermana Beca.
—No creo que quepa en el maletero del abuelo —contestó Zahara, y a mí se me escapó una sonrisa.
—Volveremos pronto —prometí.
—¿Seguro?
—Seguro.
La niña se lo pensó y después, con esa despreocupación propia de los seis años, se encogió de hombros y dio media vuelta.
—Vale. ¡Olivia! ¿Jugamos al pillapilla?
Abril se acercó a Zahara, le dijo algo al oído y le tendió el dedo meñique. La risa de Zahara no se hizo esperar, aunque terminó entrelazando el dedo con el suyo.
—Tienes más peligro que tu madre.
La adolescente sonrió orgullosa justo cuando Estrella apareció delante de nosotros con una bolsa de tela.
—La abuela ya me ha dado un buen alijo de dulces —dijo Zahara.
—No son dulces. —Me la tendió a mí.