31 End of beginning
«Mi silencio no me protegió. El tuyo tampoco lo hará». - Audre Lorde
ZAHARA
No pude escuchar la voz que hablaba al otro lado de la línea, pero sí vi la reacción de César.
Poco antes me había dedicado esa sonrisa a la que me había vuelto adicta y me había regalado un último y efímero beso mientras me prometía muchos más con la mirada.
Al segundo siguiente, todo su cuerpo se tensó.
—¿César?
Dejó de estar conmigo. El brazo que me rodeaba la cintura perdió fuerza, aunque sus dedos siguieron aferrados a mí como si necesitara sujetarse a algo para no caer.
—¿Cómo…? —Su voz apenas fue un susurro—. ¿Cuándo ha ocurrido ?
Un escalofrío me recorrió la espalda.
No sabía qué estaba pasando, pero aquella pregunta no presagiaba nada bueno.
Lo primero que pensé fue en Leo y Leire, y el pulso se me aceleró mientras sacaba el móvil del bolsillo con manos torpes.
Estudié la pantalla casi sin verla. No había ni una llamada perdida ni un mensaje ni nada que explicara la expresión de absoluto terror que nunca antes había visto en la cara de César.
Volví a levantar la vista hacia él.
Permanecía inmóvil, con los iris fijos en algún punto del suelo.
Asintió una vez, los nudillos le empezaron a palidecer alrededor del teléfono y repitió el gesto.
—De acuerdo. Gracias.
Y la llamada terminó.
No hubo más preguntas. Solo aquel «gracias» vacío y pronunciado con una voz que ya no parecía la suya. No la del César de los últimos días, al menos.
Apartó lentamente el teléfono de la oreja y la pantalla se apagó entre sus dedos.
Durante varios latidos no hizo absolutamente nada. Ni siquiera pestañeó. Incluso dudé de si seguía respirando.
A aquellas alturas mi nivel de ansiedad era preocupante.
—¿Qué ha pasado?
Tardó tanto en contestar…, tanto que pensé que igual ni me había oído.
Cuando por fin desvió la vista del suelo y habló, el aire desapareció a nuestro alrededor.
—Él ha… muerto.
Su voz sonó completamente plana.
Durante una fracción de segundo mi cabeza siguió aferrándose a la idea de que hablaba de Leo o de cualquier otra persona. Pero después todo cobró sentido y comprendí por qué tenía esa expresión, por qué parecía haberse quedado sin respiración.
Alfonso.
César se soltó de mí con gesto ausente y caminó hasta el respaldo de la silla donde habíamos dejado las sudaderas. Rebuscó en el bolsillo de la suya hasta que dio con las llaves y la cartera. Las sacó y volvió a guardar.
Acto seguido, miró la pantalla oscura del teléfono, la desbloqueó y se quedó observándola con la vista perdida hasta que esta se apagó de nuevo.
No me moví. Comprendí que, si lo hacía demasiado pronto, quizá terminaría de esconderse detrás de ese muro al que llevaba toda la vida recurriendo.
Esperé. Y, solo cuando se pasó la mano por el pelo y cerró los ojos, hablé.
—¿Qué puedo hacer?
No contestó de inmediato. Continuó mirando las llaves como si no recordara cómo habían llegado hasta la mesa y por qué las había sacado.
—Tengo que ir.
Di un paso en su dirección. Solo uno.
—Vale.
—A Zaragoza.
—¿Quieres que vaya contigo? —Silencio—. ¿O prefieres estar solo?
La mandíbula se le tensó.
El tiempo que tardó en contestar me robó años de vida.
—No lo sé —admitió con la voz rota—. Solo sé que tengo que verlo. Necesito confirmar que es verdad, que se ha acabado .
Aquella fue la primera frase verdaderamente humana que pronunció desde que había colgado el teléfono. La primera que no sonó automática.
—Entonces iremos.
Levantó por fin la vista hacia mí y vi tras ellos un vacío tan inmenso que me heló la sangre.
—No deberías vivir esto, Zahara.
Esperaba que el dolor lo desbordara, pero César estaba reaccionando como llevaba toda la vida haciendo: conteniéndose hasta desaparecer detrás de sí mismo.
La diferencia era que ya no estaba solo.
Había visto aquella expresión antes, muchos años atrás, en el chiquillo que un día me dijo que no pasaba nada mientras se tragaba las lágrimas para que yo no tuviera miedo. No esperaba volver a encontrarla en el hombre que tenía delante.
Entonces no había entendido la magnitud de lo que le ocurría. Durante años pensé que César era capaz de soportarlo todo, pero ahora entendía que, en realidad, solo había aprendido a sobrevivir tragándose cada herida.
Di un paso más en su dirección y negué con una sonrisa.
—Cuando no era más que una cría te prometí que siempre iba a protegerte.
Me di cuenta de cómo cambió su mirada.
—¿Te acuerdas?
—Sí. —Respiré hondo—. Está claro que no fui capaz de hacerlo entonces y tampoco sé si sabré hacerlo ahora, pero no pienso irme, César.
Él bajó la vista.
—No me hagas esto, Zahara. No quiero arrastrarte a…
—No me estás arrastrando a nada —lo interrumpí.
Él cerró los párpados como si cada una de mis palabras le estuvieran rompiendo el alma—.
No puedo evitar que esto te duela. Y no es que piense que no eres lo suficientemente fuerte, ya has demostrado con creces que es así, pero no quiero que vuelvas a enfrentarte tú solo a nada.
—Es mi… problema. Es mi padre.
—¿Y? ¿Hay alguna norma que diga que el sufrimiento no se puede compartir? Porque, si existe, pienso saltármela. —Conseguí que soltase el aire por la nariz, y con eso me bastó—. César, solo hay una persona capaz de hacer que me marche. Y esa eres tú.
—Zahara…
Cuando volvió a abrir los ojos los tenía brillantes.
Me costó pronunciar las siguientes palabras, que salieron en un susurro roto.
—Si me lo pides, me iré. Pero tendrás que decidirlo tú.
El silencio que siguió fue mucho más frágil y doloroso.
César bajó la vista al móvil que aún sostenía entre los dedos, lo observó sin vida y me dio la impresión de que no terminaba de asimilarlo.
—Era su contacto de emergencia. No… No lo entiendo. —La voz se le quebró antes de terminar y el pecho le subió cuando respiró hondo—. Ni siquiera sabía que tenía mi número.
Aquella frase me atravesó el corazón.
No supe qué decir, no había nada que pudiera aliviar una contradicción así, y deduje que él no esperaba que lo hiciera.
Ese enorme peso que había cargado durante toda su vida le hundió los hombros de nuevo. Vi cómo abría la mano y soltaba el teléfono, que cayó con un golpe sordo en el sofá. Y di por hecho que iba a volver a alejarse, que iba a levantar otro muro y a decirme que estaba bien solo.
Sin embargo, no lo hizo .
En su lugar, dio un paso en mi dirección y luego uno más. Y cuando me rodeó con los brazos y escondió la cara en mi cuello, sin decir nada ni pedir ayuda, el corazón se me rompió en mil pedazos.
No me abrazó como otras veces. No buscaba besarme ni protegerme, tampoco consolarme. Solo necesitaba dejar de sostenerse él mismo durante un momento.
Me abrazó con una fuerza desesperada y con el cuerpo temblando, y yo le respondí con la misma entrega. Porque, aunque no podía salvarlo de aquel dolor, sí podía quedarme mientras lo atravesaba. Y permanecimos así una eternidad.
No intenté apartarlo ni llenar el silencio.
Y nos mantuvimos así tanto como él lo necesitó, hasta que poco a poco fue recuperando el control.
—¿Mejor?
Asintió y le limpié las mejillas con una sonrisa triste.
Y salimos de casa sin soltarnos de la mano.
Costa Serena seguía exactamente igual que unos minutos antes.
El sol —ese que habíamos visto nacer desde el acantilado— continuaba ascendiendo sobre los tejados; la gente paseaba, un coche rojo dobló la esquina…
Y pensé que el mundo tenía la extraña costumbre de seguir girando para los demás cuando el de una sola persona se detenía.
Cuando llegamos a su casa, juntos de la mano, César fue el primero en entrar.
Leire sonrió en cuanto nos vio; tuve claro que su intención era felicitar a César, pero cuando se fijó en nuestras expresiones, sobre todo en la de su hijo, se levantó del sofá y se acercó a nosotros.
—¿Qué ha pasado?
César inspiró hondo, vi cómo tragaba saliva y luego negó con la cabeza .
Le apreté con suavidad los dedos entre los míos e incluso llegué a creer que retrocedería, que volvería a ponerse aquella máscara de la que me había hablado tan solo un par de días antes con la que siempre trataba de proteger a su madre.
Pero, una vez más, me sorprendió.
Me dedicó una breve mirada y le explicó lo que sabía del accidente por la llamada del hospital.
El gesto de Leire se contrajo antes de acercarse a César. Él se dejó abrazar como no lo hacía desde que era un niño, y yo me solté de su agarre y me retiré unos cuantos pasos para darles algo de intimidad.
—Necesito ir, mamá.
—De acuerdo.
—No sé… cómo se supone que debo sentirme.
Ella le acarició la espalda.
—No existe una forma correcta de vivir algo así. —Lo acarició de nuevo—. Solo deja que te queramos un poquito mientras averiguas qué necesitas.
Vi cómo los hombros de César cedían otra vez. Las lágrimas empezaron a caer despacio por la cara de Leire, no tan descontroladas como las de su hijo un rato antes, sino más silenciosas y profundas.
Leo, que acababa de salir de la cocina y había escuchado lo suficiente como para comprender lo que ocurría, se acercó y posó una mano firme sobre el hombro de César.
—Voy preparando el coche.
Él se separó unos centímetros de su madre y, sin dejar de mirarla, negó.
—Iré con Zahara.
Desvié la vista hacia el sofá con el corazón encogido y las mejillas húmedas. Mis padres, que observaban de pie la escena con expresiones preocupadas, me miraron y asintieron .
—Eso me deja mucho más tranquila, hijo.
—Iré a por mi coche para que os lo llevéis —dijo mi padre.
—Y yo os prepararé algo para el camino —añadió Leo.
Mi madre se levantó para ir tras él a la cocina.
Me giré para seguirlos, pero la mano de Leire en mi antebrazo me detuvo.
Observó a su hijo sin soltarnos a ninguno de los dos y después me atrajo hacia ellos con una sonrisa.
—Cuídalo mucho.
Asentí.
—Lo haré.
—Ya lo hace —susurró César.
La barbilla de la mujer se movió de forma incontrolada.
—Y cuídala tú también, César.
—Siempre, mamá.
Leire nos rodeó a los dos con sus brazos.
—Mis niños… Venid aquí.
La mano de César buscó la mía incluso dentro de aquel abrazo, y entonces comprendí que aquello nos marcaría para siempre a todos.
La muerte de Alfonso era solo una parte.
Lo importante era que aquel niño, ya convertido en hombre y que llevaba toda la vida convencido de que debía soportar el dolor en silencio, acababa de aceptar, de la forma más dolorosa y a la vez sanadora posible, que había personas dispuestas a sostener parte de ese peso con él y por él.
Un rato después, con una mochila improvisada y una bolsa llena de comida, nos despedimos de los cuatro y nos dirigimos hacia la puerta.
—César —lo llamó Leire. Él se giró, ella dio un paso hacia él, le acomodó el cuello de la camisa y, con los ojos llenos de lágrimas, le sonrió—. Te quiero mucho y estoy muy orgullosa de ti.
La mano de César se cerró alrededor de mi cintura.
—Yo también te quiero, mamá.
Leire cerró los párpados un instante, sonrió, le besó la frente y a mí, la mejilla.
—Tened cuidado.
Asentimos a la vez y dimos media vuelta.
No tenía ni idea de qué nos encontraríamos en Zaragoza. César tampoco sabía cómo se despediría de un padre que nunca llegó a serlo.
—Yo también estoy muy orgullosa de ti —le dije justo antes de arrancar.
Cuando entrelazó sus dedos con los míos y me besó la palma comprendí que, pasara lo que pasase a partir de entonces, ninguno de los dos volvería a caminar solo.