30 Heaven and hell #2
Bajamos el sendero mucho más despacio de lo que lo habíamos subido.
Ella iba señalándome rincones que le traían recuerdos de cuando era pequeña: una roca desde la que se lanzaban los adolescentes cada verano pese a que todos los adultos se empeñaban en prohibirlo, un pino retorcido al que habían bautizado como el árbol dinosaurio en una de las excursiones con su familia en bicicleta, la entrada a la cala en la lejanía donde Adriel y Alicia se habían besado por primera vez siendo muy jóvenes…
Apenas diez minutos después, Zahara se detuvo delante de una cafetería.
Levanté la vista hacia el rótulo y después volví a mirarla.
—No puede ser.
—¿Qué?
—Este sitio…
—Hace los mejores gofres del universo. ¡Lo sé!
Nos sentamos frente a la cristalera y, después del segundo gofre, Zahara me apremió porque, según ella, aún no había terminado el secuestro.
—¿Cuántas fases tiene exactamente este plan?
—Las suficientes como para que luego pueda exigirte un buen masaje de pies .
Solté una carcajada, y nos montamos en el autobús hasta el centro comercial. Era un edificio sencillo, abierto al exterior, con varias tiendas distribuidas alrededor de una plaza interior donde un par de niños alimentaban a las palomas mientras sus padres fingían que aquello no iba con ellos.
Zahara caminó decidida, puede que demasiado decidida para mi tranquilidad.
—¿Ahora qué?
—Confía en el proceso.
Se detuvo frente al escaparate de una librería.
—No podían faltar.
—Por supuesto que no.
Entró sin esperar a ver si la seguía.
Las estanterías ocupaban casi todo el local y una música suave sonaba de fondo. El dependiente, un hombre de mediana edad con una barba azul, levantó la vista al oírnos y saludó a Zahara con familiaridad antes de desaparecer unos segundos en la trastienda.
Enseguida regresó con un paquete rectangular envuelto con mimo en papel kraft y decorado con una cinta verde. Se lo entregó, Zahara le dio las gracias y después se giró sobre sí misma.
—¿Qué es? —le pregunté cuando me lo tendió en la puerta de la librería.
—Ábrelo.
La obedecí y, al descubrir la cubierta de The Wildlife of Star Wars , me quedé completamente inmóvil. Aquella edición en tapa dura era casi imposible de encontrar, y lo sabía porque llevaba años buscándola.
Alcé la vista hacia Zahara, tratando de asimilar todavía lo que tenía entre las manos .
—¿Cómo…? Primero lo de mi cafetería favorita y ahora esto.
La sonrisa de satisfacción que le invadió la cara terminó de desarmarme.
—No eres el único que presta atención a los detalles, Navarro.
La acerqué a mí sin decir una sola palabra y la besé en mitad de la puerta de la librería. Cuando nos separamos, un señor con un enorme sombrero, que esperaba paciente para entrar, murmuró algo en alemán mientras nos dedicaba una mirada entre divertida y resignada.
No entendí una sola palabra, aunque habría jurado que acababa de llamarnos cualquier cosa menos discretos.
Zahara y yo nos miramos y acabamos riéndonos los dos. Entonces, ella consultó la hora en el móvil, y me di cuenta de que me había pasado toda la mañana sin mirar el reloj.
No fui capaz de recordar la última vez que me había ocurrido algo parecido.
—Hora de regresar.
El sol ya apretaba con fuerza cuando cruzamos de nuevo la urbanización con las sudaderas en la mano.
Llegué a pensar que había organizado una fiesta sorpresa a nuestro regreso. Sin embargo, al entrar en su casa, me di cuenta de que estábamos total y completamente solos.
—¿Dónde están?
—Nos han prestado la casa un ratito. —Se acercó a mí y me abrazó por la cintura—. Digamos que, durante años, mis hermanos me han creado una enooorme necesidad de utilizar la ducha de la habitación de mis padres, y quería asegurarme de que nadie nos interrumpiera.
Miré alrededor con desconfianza.
—¿Ellos estaban compinchados en el secuestro ?
—Sí.
—¿Y saben lo de la ducha?
—Eso está incluido en el contenido premium del secuestro, solo válido para el cumpleañero. —Mi carcajada murió en su boca cuando tiró de mi camiseta hasta que nuestros cuerpos quedaron pegados—. ¿Me merezco o no me merezco ese masaje de pies?
Reí por lo bajo y la besé de nuevo.
Esa vez fue ella la que profundizó el beso al rodearme el cuello con los brazos mientras yo deslizaba las manos por su espalda.
—Eres un peligro.
—Pues llevas toda la mañana siguiéndome sin protestar.
—Eso demuestra que soy un hombre valiente.
—O que estás muy enamo….
Mi teléfono comenzó a sonar, y los dos nos sobresaltamos al mismo tiempo.
—Dame un minuto.
Ella hizo un puchero y comenzó a juguetear con el borde de mi camiseta mientras yo sacaba el móvil del bolsillo del pantalón.
Me incliné para besarla una última vez, convencido de que solo sería una corta interrupción, y deslicé el dedo por la pantalla sin siquiera mirar quién me llamaba.
—¿Sí? —pregunté con una sonrisa cuando Zahara me rozó el cuello con la nariz. Al otro lado, una voz desconocida recitó mi nombre completo, y yo fruncí el ceño—. Sí. Soy yo.
Hubo un breve silencio.
—Necesitamos hablar con usted sobre…
Dejé de respirar.
Un pitido agudo empezó a abrirse paso en mis oídos hasta cubrir cualquier otro sonido. Sentí un único golpe del corazón contra el pecho, tan fuerte que tuve la sensación de que se había detenido para siempre antes de echar a correr desbocado.
—¿César? —Escuché a Zahara en la lejanía.
Los dedos se me agarrotaron alrededor del teléfono y dejé de sentir el suelo firme bajo los pies. Intenté tragar saliva, pero la garganta había dejado de obedecerme y no fui capaz de responder.
Solo podía repetir en mi mente, una y otra vez, el nombre de la única persona capaz de convertir el mejor día de mi vida en una absoluta pesadilla.