30 Heaven and hell
«La verdadera felicidad llega cuando comprendes y aceptas todos los aspectos de quién eres». - Carl Jung
CÉSAR
Me desperté con la sensación de que alguien me observaba desde dentro de la habitación.
Abrí los ojos, todavía atrapado entre el sueño y la realidad. La luz era casi nula y se filtraba a duras penas por los bordes de la persiana bajada. Durante unos segundos no distinguí más que sombras desordenadas y formas sin contorno que parecían moverse incluso cuando no lo hacían.
Me incorporé, la cama crujió bajo mi peso, y dejé que la vista se me acostumbrara a la penumbra.
Un movimiento en una esquina de la habitación captó mi atención .
Tragué saliva, el pulso se me aceleró y hasta el aire se volvió más espeso cuando distinguí una silueta apoyada en el marco de la ventana. La forma de los hombros, la postura, la manera en la que inclinaba la cabeza hacia un lado…
No dijo nada. No se movió ni hizo gesto alguno al saber que estaba despierto. Solo permaneció allí, a la espera.
—¿Qué…?
Su cuerpo impactó contra el mío y por un momento no fui capaz de respirar.
—Buenos días.
—¿Qué hora es? —pregunté a duras penas.
—Demasiado temprano. O tarde, según se mire. —Zahara me rozó los labios con un beso corto y se apartó apenas unos centímetros—. Vístete.
La miré, procesando la escasa información.
—¿Me estás secuestrando?
—Sí.
—¿A dónde vamos?
—Si te lo digo, perdería toda la gracia. —Se incorporó, y yo me dejé caer de nuevo hacia atrás—. Vamos, levanta ese culo tan apretadito que tienes y baja. Te espero en el salón.
—A ti no te gusta madrugar.
Aquella frase no consiguió que su determinación vacilara.
Solo suspiré y obedecí.
Cinco minutos después, bajé las escaleras mientras terminaba de colocarme la camiseta. Ella esperaba junto a la puerta principal, con un pantalón largo de algodón, una sudadera beige y las manos escondidas dentro del bolsillo delantero.
Al verme, susurró:
—Qué guapo.
Me encogí de hombros, y ella sonrió satisfecha .
No le pregunté cómo había entrado. Habían pasado cuatro días desde la primera vez que se había colado en mi casa y, de alguna manera, sentía que había ocurrido una vida entera.
Una donde ya no medíamos cada gesto, donde Zahara entraba en mi habitación incluso estando mis padres en casa y donde yo había asumido los audios insufribles de Didier, en los que alternaba canciones de amor con amenazas muy serias de organizar una sesión de fotos familiar al regresar para celebrar que por fin habíamos dejado de hacer el idiota.
Y, sobre todo, una vida en la que el día a día a su lado había dejado de parecerme un pequeño milagro para convertirse en una maravillosa costumbre.
Y eso era, con toda probabilidad, lo más peligroso. Porque estaba empezando a olvidar cómo era todo antes de ella.
Zahara abrió la puerta con cuidado para no despertar a nadie, y una corriente de aire fresco se coló en el recibidor.
—¿Preparado?
—En absoluto.
—Perfecto. Toma. —Me tendió una de mis sudaderas—. Hace frío.
—¿De dónde la has…? Es igual.
Me mostró los dientes en una sonrisa exagerada.
Cerré la puerta con sigilo, y echamos a andar calle abajo. Las farolas aún estaban encendidas y la hierba de los jardines, húmeda por el relente de la madrugada. El único sonido que rompía el silencio era el de nuestras zapatillas avanzando al mismo ritmo.
—¿Vas improvisando sobre la marcha?
—Mis labios están sellados, Navarro.
Contuve la sonrisa. Sabía que Zahara era incapaz de callarse información valiosa, la impulsividad siempre la hacía delatarse antes de tiempo. Le ocurría cuando hablaba de un libro que le había gustado o cuando preparaba una sorpresa para alguien.
Como aquella mañana.
O madrugada.
No sabía adónde me llevaba, pero sí deduje el motivo.
Tras más de cinco minutos caminando en silencio, y justo cuando se desvió en el sendero de tierra que bordeaba la urbanización, murmuré:
—¿Has madrugado para hacer senderismo?
—En un secuestro no se hacen preguntas, a menos que quieras acabar como los enemigos de la Reina de Corazones.
—Estás fatal.
—Y tú estás loquito por mis huesos.
—No he tenido muchas alternativas, me besaste delante de tu padre y no tengo ganas de acabar en el cementerio.
—Qué va. Carolina y Gabriel le ayudarían a cortarte a cachitos minúsculos, y Fabiola y Rodrigo le dirían los mejores lugares para tirarlos sin levantar sospechas.
Solté una risa por lo bajo y la miré de reojo.
Llevaba la nariz escondida dentro del cuello de la sudadera y la mano que no me sujetaba enterrada en el bolsillo delantero, aun así, caminaba con una energía poco propia en ella tan temprano.
El sendero terminó convirtiéndose en una vereda estrecha de tierra y piedra que ascendía entre pinos bajos y matorrales, y necesitamos encender las linternas de los teléfonos para poder poner un pie tras otro.
Nos vimos obligados a soltarnos de la mano y seguimos avanzando unos minutos más, ella delante y yo un par de pasos por detrás. De vez en cuando se giraba para comprobar que seguía allí, como si existiera la más mínima posibilidad de que hubiera decidido dar media vuelta sin avisarla .
El olor a mar se intensificó cuando el camino se abrió de repente, y comprendí por qué había mantenido la boca cerrada todo el trayecto.
Frente a nosotros, el acantilado cayó varios metros hasta un mar todavía oscuro que respiraba agitado entre las rocas. El horizonte era apenas una línea difusa donde el negro ganaba la batalla.
—Ven.
Me tendió la mano y me condujo hasta una roca plana desde la que podía verse toda la bahía.
Me invitó a sentarme primero, y ella lo hizo justo detrás de mí, con las piernas abiertas a mi alrededor, las manos abrazándome la espalda y la barbilla apoyada en mi hombro.
Durante un rato ninguno de los dos se atrevió a llenar el espacio con preguntas, el mar ya hablaba por nosotros. Las olas iban y venían con una fuerza inmensa, ajenas a los relojes, a las agendas y a todo aquello que durante años había gobernado mis días.
Respiré hondo, y el aire frío me llenó los pulmones con un olor salado y limpio que me embriagó.
Tal y como le había dicho a Zahara hacía ya lo que me parecía una vida, yo no salía de casa sin un destino útil, sin una lista mental de tareas o sin esperar que ocurriera nada. Y en aquel momento entendí que ella estaba regalándome justo lo contrario: un rato sin prisas, sin objetivo y con ella.
El cielo empezó a cambiar tan despacio y a la vez tan rápido que me resultó imposible señalar el instante exacto en el que dejó de ser de noche.
Primero apareció una franja gris, después otra de azul pálido y más tarde una pincelada anaranjada que hizo que todo cambiase de color.
Las rocas, el mar, el cielo entero. Incluso el viento parecía distinto bajo aquella luz .
Fue entonces cuando noté que Zahara buscaba mis manos en el bolsillo de mi sudadera. Entrelacé mis dedos con los suyos, algo más fríos.
—¿Te gusta?
Asentí, y ella me besó el hombro.
Cuando giré el cuello, sus ojos parecían mucho más claros con aquella luz. Y entonces me di cuenta de que Zahara no estaba mirando el amanecer, me observaba a mí mientras lo vivía. Esa idea me conmovió mucho más que el propio espectáculo que teníamos enfrente.
—Te he traído aquí porque quería que este día estuviera lleno de recuerdos bonitos desde el primer minuto. —Me moví y pasé un brazo por sus hombros para poder abrazarla yo también—. Feliz cumpleaños, César.
La miré sin saber muy bien qué decir, pues «gracias» se me quedaba demasiado corto. Aquella era una versión de Zahara desconocida para mí, una que preparaba aquella sorpresa en silencio, que madrugaba y buscaba el lugar perfecto para regalarme un recuerdo que aún ni siquiera existía.
Y nadie, excepto mi madre, había hecho nunca algo así por mí.
—No sé cómo agradecértelo.
Ella arrugó la nariz e hizo como si meditara la respuesta.
—Se me ocurren unas cuantas ideas.
—Has hecho que sea un cumpleaños que no querré olvidar.
Deslicé el pulgar sobre el dorso de su mano sin dejar de mirarla.
—¿Tan poco te gustan?
La delicadeza con la que me preguntó me dejó claro que sabía que se estaba acercando a una herida .
Giré la cabeza hacia el horizonte e inspiré hondo. El sol ya había terminado de asomarse sobre el mar y una estela dorada unía el cielo con el agua.
—Cuando era pequeño sí me hacía ilusión. Como a cualquier niño, supongo. Pero después de lo de mi padre…
No necesité explicárselo. De hecho, no hizo falta que dijese nada más. Ella apoyó la cabeza contra mi hombro y me besó el cuello.
—Por eso te costó tanto aceptar lo de mañana. —Bufé en respuesta, y Zahara soltó una risita—. No es una fiesta, César, solo es una barbacoa de despedida en la que, casualmente, habrá una tarta y treinta y una velas que tendrás que soplar.
—Eso es, exactamente, la definición de una fiesta de cumpleaños.
—Pues no sabes lo que me ha costado convencer a mi madre para que no pusiera globos. Créeme, eso será lo más cerca que mi familia podrá estar nunca de no celebrar algo.
Negué con la cabeza.
—No ganaré esa guerra, ¿verdad?
—Jamás. —Me dio un corto beso en la mejilla—. Así que vete acostumbrando.
Fui incapaz de calcular cuánto tiempo permanecimos allí sentados.
El sol terminó de elevarse y, poco a poco, la playa bajo nuestros pies comenzó a llenarse de vida.
Fue Zahara la que decidió romper el hechizo.
—Creo que es hora de irnos. —Se levantó de un salto y me tendió la mano—. Esto aún no ha acabado.
—¿Hay más?
—Mucho más.
Acepté su mano, y tiró de mí con tanta decisión que me incorporé de golpe y por poco la tumbé con el movimiento .
—Tienes esto más organizado de lo que creía.
—Nunca subestimes a una Remo. —Me dio una cachetada en el trasero—. Mira que eres guapo.
Solté una risa incrédula.
—No me he peinado y seguramente tenga lágrimas secas del viento.
—¿Y?
Después, entrelazó los dedos con los míos y comenzó a andar.